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lunes, 25 de abril de 2011

De tal palo tal astilla

Una compañera y amiga, Lidia Solano Belmonte, nos ha enviado su aportación a esta página, escribiéndonos un artículo sobre sus observaciones profesionales con los alumnos, haciéndonos reflexionar sobre la importancia vital que tiene la educación dentro de una familia estructurada convenientemente, permeable y esforzada en vivir, de la mejor forma posible, los ciclos evolutivos propios por los que pasa.

"Siempre me han gustado los refranes por ese sabor popular tan fácilmente entendible y esa inmensa sabiduría que los caracteriza. De hecho, si aplicamos dicho refrán a un contexto educativo, podríamos verificar hasta qué punto se ajusta a realidades concretas, y es aquí dónde me remito a mis alumnos de educación secundaria.
De todos es bien sabido el carácter tan peculiar de los adolescentes. Somos conscientes y entendemos que están afrontando muchos cambios de tipo psicológico, biológico etc., pero esto es algo común para todos. Lo que ya no es tan compartido y se convierte en el punto de divergencia, afortunada o desafortunadamente, es el entorno familiar, y aquí ya estamos hablando de palabras mayores.

Dicho entorno es de gran relevancia para el proceso educativo del alumno y es un factor muy a tener en cuenta para comprender ciertos aspectos de su evolución académica. Por ejemplo, suele ocurrir que un alumno que normalmente saca buenas notas, empieza a mostrar un descenso notable de su rendimiento, y eso nos lleva a pensar que quizá pueda haber algún problema de fondo, probablemente de tipo familiar (aunque a veces puede ser de otro tipo). En estos casos, los profesores comenzamos a investigar, a buscar información del tutor, del orientador, de la propia familia, etc. para poder comprender o dar solución al problema y, en la mayoría de ocasiones, suele efectivamente tratarse de una separación de sus progenitores, acompañada de una nueva situación familiar o de algún otro aspecto negativo dentro de ese ámbito.

Por lo general, los alumnos que muestran una evolución académica digna suelen ser aquellos que viven al amparo de un seno familiar estable, cuyos padres muestran un enorme interés, vienen a vernos, se interesan por el progreso de sus hijos, les ayudan en sus tareas, elogian nuestra labor, etc. Y éste es el perfil ideal de padres que a todos nos gustaría tener para todo el alumnado, pero esto no es más que una mera utopía. A menudo, las situaciones laborales de los padres no les permiten acudir al centro educativo, no disponen de tiempo para dedicar a sus hijos en casa, ni para controlar lo que hacen o dejan de hacer durante el horario extraescolar, etc., y esto suele traducirse en malos resultados. Hemos de ser conscientes de que esta situación se deriva en gran medida del nuevo modelo de familia dónde ambos progenitores trabajan, lo que desgraciadamente, hace mucho daño al proceso educativo de sus hijos, pero eso es harina de otro costal…

Resulta especialmente llamativo el caso de alumnos que disfrutan de una excelente salud familiar, cuyos padres no consiguen dar explicación al pésimo rendimiento académico o a la conducta disruptiva de su vástago, lo cual hace tambalear el refrán de marras y nos induce a dudar de si los hijos se miran o no en el espejo de sus padres. Sin embargo, esta circunstancia no responde con frecuencia a un patrón estándar.

Capítulo aparte merecen aquellos alumnos que se caracterizan por tener un rendimiento académico muy bajo permanentemente y nula motivación por sus estudios, todo ello aderezado con conductas agresivas o antisociales. En estos casos, intuimos que detrás se esconde el fantasma de una familia desestructurada y, lamentablemente, nos solemos equivocar más bien poco. Esto se confirma cuando convocamos a los padres y no acuden al centro, no responden a las llamadas y si vienen, lo hacen en multitud de ocasiones con actitudes similares o peores que las de sus hijos, los justifican e incluso a veces nos hacen culpables y responsables de la situación. Y es precisamente en estos casos cuando pensamos que el refrán tiene su razón de ser, que tiene una veracidad que nos gustaría enormemente que no tuviera pero así es…DE TAL PALO, TAL ASTILLA."


LIDIA SOLANO BELMONTE
Profesora de Secundaria

miércoles, 20 de abril de 2011

¡¡Somos tan diferentes!!... ¿Mejor separarnos?

Susana regresó a casa después de una semana y nada más recibirla en el aeropuerto, su pareja le dijo que no quería continuar después de cinco años de relación. No esperó a la tranquilidad del hogar. Ahí mismo, con las maletas en la mano, le comunicó que todo se había acabado.

Han pasado varios años y no consigue recuperarse del impacto que le produjo la noticia. Tiene más de 60 años y el escepticismo anida en su corazón. Distrae la sensación de abandono repasando los aspectos negativos de su antigua pareja. Un pobre consuelo.

A Encarna le pasó algo parecido. Durante once años vivió una relación apacible, sin sobresaltos, hasta que surgió el deseo de ser madre. Durante unos meses fue un propósito compartido por ambos. Sin embargo, las dificultades que surgieron les llevaron a recorrer un camino sin brújula. Perdieron el sentido de la relación sin que ella pudiera detectar los síntomas del desencanto.

América acaba de separarse. Ha tenido una relación de más de nueve años, sin intimidad sexual, compartiendo una convivencia que la confrontaba constantemente con la desilusión. Ambos comparten el deseo de formar una familia, y estando separados todavía se reconocen con amor, sin embargo, materializar los sueños que comparten tiene el virus del desencuentro.

Patricia y Carlos tenían la intención de envejecer juntos. Todavía eran unos adolescentes cuando se casaron. Esa posibilidad se esfumó el día que ella descubrió la presencia de una tercera persona. Ambos asumieron que vivían desde hacía mucho tiempo una relación cómoda, nada estimulante para ambos.

Teresa está embarcada en una pugna judicial por conseguir que un juez reconozca sus derechos sobre la casa que compartió durante más de quince años con Guillermo. El proceso de divorcio ha estado precedido de discusiones, obstinación y odio. Ella no le perdona el haberla dejado después de haberle entregado todo. La decisión de una ruptura la tomó él abruptamente. En ningún momento ella intuyó que algo así pudiera ocurrir.

Las situaciones descritas resumen un sentimiento de desencanto que se apodera de la relación y que alguno de los dos, o ambos materializan.

¿Qué hay en común en estas situaciones?...

Yo me quedaría con la pérdida de sentido de la relación. Algo que se evidencia con los siguientes síntomas:


• Hay un malestar emocional que no se reconoce abiertamente.

• Ambos o uno de los dos llega a la conclusión de que no se consigue vivir lo que se quiere.

• La relación se agota o se produce un desgaste lento que sólo se asume cuando se hace crítico.

• Al estallar la crisis el escepticismo y el pesimismo justifican decisiones unilaterales.

• Predomina una valoración negativa del compañero, y el sentimiento de que es el otro quien nos impide ser o vivir conforme a nuestros propios deseos, o naturaleza.

• Los sentimientos de abandono y desencanto impiden hacer una revisión de la responsabilidad compartida.

• Las conclusiones sobre la experiencia se centran en el dolor, en nuestras expectativas o en los defectos del otro.


La ruptura es el resultado de la intolerancia en una relación de pareja. Es la evidencia de que he ignorado todas las señales que pedían aclararme primero personalmente, para luego encontrar el sentido de esa experiencia:

• ¿Qué es lo que me pasa? El malestar tiene una información positiva para mí, siempre y cuando no me identifique con él, ni me tome al pie de la letra lo que me dice.

• ¿Qué quiero hacer con esa información? Contrastar lo que dice la voz emocional nos permite distinguir la parte que está asociada a un pensamiento limitador sobre ti mismo, y por otro, lo que puedes hacer para no retroalimentarlo, teniendo en cuenta que ese es tu talón de Aquiles.

• ¿Para qué quiero este discernimiento? Para superar los filtros emocionales que justifican pensar que el otro tiene el poder de limitar mi forma de vivir, de sentir, de expresar o de manifestarme.

• ¿Qué experiencia facilita atravesar los filtros? Ser capaz de escuchar y contrastar las necesidades propias con las del otro. Que ambos miembros de la pareja puedan estar permeables a la diferencia natural que se da entre ambos. Para que la pareja encuentre su propia manera de estimular el comunicarse, el compartir tareas, el vivir nuevas experiencias, el plantearse retos.

Ahora os propongo que recordando una experiencia reciente, repasarla siguiendo las cuatro preguntas. Con las respuestas elaborar una nueva escena y visualizar una manera diferente de resolver la situación. De forma que me imagino con todo tipo de detalles espaciales, sensoriales y emocionales, la conversación que tendría con mi pareja.

Si en algún momento de la visualización detectas que vuelves a tener un malestar, repites el proceso. Conviene ensayarlo una cuantas veces y cuando sientas que estás preparado para hacerlo en vivo y directo, pruebas salir de la realidad virtual y lo practicas con tu pareja.


Vuestros comentarios seguro que reforzarán y ampliarán la visión que hoy comparto con vosotros.

Artículo por cortesía de su autora,
Graciela Large
Experta en Comunicación
y Terapeuta de desarrollo personal.
Recomendamos visitar esta página Comunicación en pareja

miércoles, 13 de abril de 2011

ACTUACION DEL TERAPEUTA FAMILIAR.

Hemos recibido en nuestro correo distintas consultas de orientadores familiares de distintos países preguntando cómo enfocamos nosotros la orientación ante una familia con problemas con hijos adolescentes. Es complicado aseverar que sólo hay una forma efectiva de abordar esto, pero como manera básica y bajo nuestra perspectiva, podemos aportar lo siguiente:

Es bien conocido que el adolescente, por ejemplo, responde a las tensiones que afectan a la familia (como así lo hacen todos y cada uno de los integrantes del sistema familiar, porque todo afecta a todos). Es entonces cuando adquiere fácilmente la etiqueta de "paciente identificado" que se lleva a la consulta, ya que es él -según los padres- el que tiene problemas o el que constituye el problema.

Con facilidad el hijo se convierte así en la víctima propiciatoria (sinónimos: cabeza de turco, chivo expiatorio, etc.) de las desavenencias familiares. Viene a ser como el cubo de basura, en el que todo el mundo puede tirar los trapos sucios de la casa. Viene a ser la parte más débil y espejo que manifiesta las crisis del sistema familiar.

En estas circunstancias, y una vez ha sido el joven remitido, junto con su familia, a la entrevista con el terapeuta familiar, se establece la oportuna estrategia de actuación. De entrada, el terapeuta familiar evitará "patologizar" aún más la situación, no tomando partido ni con los padres ni con el adolescente. En los casos en que hay discordia entre los miembros de la pareja, por ejemplo, es muy frecuente que una de las figuras parentales intente "monopolizar" al terapeuta en alianza con él y en contra del otro consorte, y hay que estar muy alerta para no caer en esta trampa.

El terapeuta examinará objetivamente la estructura familiar que tiene delante, valorando la severidad de la crisis, la capacidad funcional que presupone tiene la familia y si cuenta con suficiente red de apoyo social.
En la terapia familiar interesa casi siempre conocer el "qué", no el "por qué", de la situación familiar que plantea problemas, lo que en otros artículos hemos llamado “abordar el aquí y el ahora”. La finalidad de esta terapia consiste en modificar el presente, no en explorar e interpretar el pasado, ya que el presente de las personas es su pasado más sus circunstancias actuales.

La evaluación del funcionamiento familiar incluye saber el grado de cercanía, de cohesión entre los miembros de la familia. Los vínculos emocionales entre ellos podrán ser más o menos cercanos. Los extremos están representados por la situación de simbiosis y la de distanciamiento. Las familias que mantienen un alto grado de cercanía (familias fusionadas) pueden tener más dificultades para aceptar los procesos de diferenciación adolescente (por ejemplo: separación y partida del hogar).

Por otra parte, las que son distantes no reaccionan debidamente ante el adolescente (que se coloca en situaciones peligrosas) y tienen dificultades en poner límites.
La adaptabilidad familiar es la capacidad de la familia de cambiar sus reglas o pautas de funcionamiento en respuesta a situaciones de estrés. También hay que medir la capacidad de identificar y solucionar problemas de la propia estructura familiar, ya que existen familias que evitan el enfrentamiento de los problemas o que tienden a culparse a sí mismas o a otros por las crisis (lo que se llama secuencias acusatorias). Asimismo, debe conocerse el nivel de comunicación entre los miembros familiares y su capacidad de interactuar tanto a nivel afectivo como con realizaciones prácticas.

La terapia debe focalizarse en hechos concretos, logros visibles, en contraposición a la tendencia propia de los adolescentes de hablar mucho de intenciones, ideas abstractas, confusiones internas, logros futuros, etc.

Debe hacerse hincapié en los "logros mínimos" para alcanzar tales objetivos: día de comienzo, qué pasará en caso de cumplimiento, de incumplimiento, etc., dejando todos los cabos bien atados, de forma previsible y coherente.

La entrevista familiar es, sin duda, el principal instrumento en la evaluación de la dinámica familiar. Sin embargo, el terapeuta puede contar con otros instrumentos de información, como son las encuestas de autoevaluación.
A veces con simples cuestionarios y con muy pocas preguntas, se logra que las personas comiencen a “vaciar” la información que realmente necesitamos y si no lo hacen nos sirve para observar su lenguaje no verbal ante la importancia de esas cuestiones en su vida.

Ejemplo de preguntas a realizar en un contexto o estadio de las sesiones adecuados, a criterio del orientador y de la conveniencia de la situación:

- ¿Estás satisfecho con la ayuda que recibes de tu familia cuando tienes un problema?

- ¿Conversáis entre vosotros sobre los problemas que tenéis en casa?

- ¿Las decisiones importantes se toman en conjunto en la familia?

- ¿Los fines de semana son compartidos por todos los de la casa?

- ¿Sientes que tu familia te quiere?

El especialista, orientador o terapeuta familiar, que aborda el grupo familiar como una unidad de análisis, es como un experto jugador de ajedrez que estudia detenidamente la posición de todas las piezas sobre el tablero. Elabora el denominado "mapa familiar", descubriendo las fronteras entre sus miembros, el espacio físico de cada uno dentro de la familia, las alianzas entre los miembros, etc. Luego, cuando el terapeuta mueve las piezas del sistema, observa las reacciones y resistencias que manifiestan cada uno de los integrantes de la familia. Y así, con suma paciencia, practicando el viejo arte del "tira y afloja", podrá recomponer y equilibrar una estructura familiar que se estaba desmoronando.

Personalmente, siempre recomiendo, como ayuda, pasar el cuestionario de funcionamiento familiar para establecer una base orientativa de la funcionalidad o disfuncionalidad del sistema familiar. A este cuestionario hago referencia en un artículo que encontraréis en ARTICULOS POR SECCIONES Y TEMAS, en la barra lateral.


Juan José López Nicolás
Ref. de datos http://www.proyectopv.org/

viernes, 8 de abril de 2011

EL DESEO DE CAMBIO (Y el miedo a cambiar)

Tú lo sabes, yo lo sé: no es fácil vivir en un estado de calma y bienestar. Tanto circunstancias externas como internas te invitan, permanentemente, a sentir desazón,
desasosiego, inquietud, ansiedad, disgusto, fastidio, malhumor, intolerancia, frustración, enojo, momentos depresivos. Todo lo cual te lleva, como a muchos, a que sintetices esas vivencias con el consabido “me siento mal”.

Días pasados un amigo, que no es ajeno a esta dificultad de vivir en estado de bienestar, me regaló un cuadrito en donde un chimpancé está todo pegoteado con un chicle. El texto dice: "Lo único que lamento es haber llegado al mundo sin un manual de instrucciones". Este hipotético “manual” es algo buscado incesante y afiebradamente por mucha gente. Quizás tú mismo has comprado este libro creyendo que se trataba del Gran Manual.

Otras personas buscan gurúes, místicos, profetas o depositan en el psicoanalista, médico, abogado, un saber que, en realidad, no poseen. La cuestionable filosofía del llamado Pensamiento Positivo (PP) se propone como un buen manual para vivir mejor. Lamentablemente, a pesar de la buena intención de los autores y de los buenos deseos de quienes la practican, todo sigue igual. La famosa frase de Emile Coué, uno de los primeros iniciadores de esta filosofía, "Cada día que pasa y con la ayuda de Dios me siento mejor y mejor", ya no convence a nadie.

Distinta es la persona que tiene una Actitud Mental Positiva (AMP) frente a las adversidades. Este tipo de gente no niega la realidad sino que la encara con un espíritu de lucha, de resolver problemas.

Por ahora, digamos que ese “sentirte mal” es una forma que tiene tu esencia divina de avisarte que las cosas no están funcionando como tú lo deseas. Si, lo sé: la experiencia es dolorosa, sin embargo es el primer gran paso para empezar a cambiar. Desde la vivencia de malestar podemos interrogarnos y darnos cuenta de lo que nos está pasando. Pero conocer y admitir nuestras carencias, nuestras faltas, los huecos de nuestra vida no es para nada agradable. Tomar conciencia de que enfermamos, envejecemos y morimos, de que nuestra existencia tiene un límite, de que aquellos a quienes amamos nos pueden dejar y, de hecho, nos dejan, produce angustia.

Reconocernos como seres humanos con todas nuestras imposibilidades nos baja a tierra de un golpe. Saber que no sabemos y que necesitamos de otros para tantas cosas es una ofensa para nuestra ilusión de creernos completos. Percatarnos de nuestro deslizamiento por el tiempo y compararnos con nuestras fotos de diez años atrás, observar que muchos de los que aparecen ya no están, comprender que toda una época terminó, nos invita a hacer un balance en donde hay mucho de pérdida, de falta, de oportunidades que dejamos y de renuncias a nuestros propios deseos para satisfacer el deseo de algún otro.

Muchas de esas carencias se mantienen y, si se toma conciencia de ellas, podemos preguntarnos... ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Los partidarios del pensamiento positivo pueden optar por conformarse: “el Señor así lo quiso, agradezco por estar sano, tener trabajo, a pesar de mis problemas siempre estoy con una sonrisa, etc.” Por el contrario, los que poseen una Actitud Mental Positiva no se sienten mal por sentirse mal. Admiten que un estado temporario de mal estar es sentir de acuerdo con la situación que lo origina. Y desde ese "sentirse mal", admiten tener una dificultad, un problema, un imprevisto y hacen todo lo que tienen a mano para resolver la cuestión. Es decir, aceptan la situación desagradable y hacen lo que tienen que hacer para producir un cambio.

Aún así, este cambio requiere unas imprescindibles condiciones para intentar lograr unos cambios significativos en la vida y crear las condiciones para vivir en un estado de satisfacción, a saber: 1) autoconciencia: tienes que reconocer tus propias carencias, dificultades, circunstancias desfavorables; 2) autocrítica, debes hacerte responsable de tus propias conductas que producen y/o perpetúan el malestar; 3) deseo de cambio: tienes que sentir, pensar y hacer lo conveniente para generar transformaciones en la propia vida evaluando las consecuencias de cada decisión tomada. Todo lo anterior debe estar amorosamente envuelto por, 4) tu buena fe o sea, dejar de engañarte a ti mismo.

Tomamos aquí a la mala fe como una actitud de farsa para con uno mismo. Si lo ponemos en forma positiva quedaría así: la buena fe es la disposición de autenticidad para consigo mismo, con los propios valores, palabras que se dicen, sentimientos congruentes y acciones consecuentes.

Un individuo que actúa de mala fe rige su vida por la falsedad, la mentira, un estado de apariencia, se inventa una vida inexistente, se pone trampa tras trampa, se estafa, se defrauda a sí mismo. Una parte de él conoce lo que está haciendo consigo mismo pero lo descalifica apelando a miles de argucias y excusas tan poco convincentes que no soportarían la más mínima confrontación. De ahí que las personas a las que se les cuestionan esas falsas justificaciones se enojan o responden de manera brusca, agresiva.

Se sienten ofendidos, atrapados en un decir sin base cierta. La mala fe atenta contra la toma de conciencia pero cuando se posee ésta última, el autoengaño impide que la persona efectúe las acciones correctivas que le permitirían resolver el conflicto en que se encuentra.


Del libro del Lic. E. Jorge Antognazza
“¿Qué hacer con la vida?

lunes, 4 de abril de 2011

LA VIRTUD DE ESCARLATA O'HARA

Casi todos conocemos a este personaje cinematográfico, una caprichosa y bella mujer rica, que se enfrenta a la caída de su imperio sociocultural en medio de una guerra. Una mujer un tanto maquiavélica para la que el objetivo es uno y claro y los medios para obtenerlo están justificados.

La virtud de Escarlata reside en su capacidad para dejar a un lado el dolor, el miedo, la culpabilidad, sin pasar por alto que este personaje es tremendamente egocéntrico y egoísta, reitero su virtud para luchar y salir adelante, su "ya lo pensaré mañana" un tanto superficial le permite al mismo tiempo centrar toda su atención en el momento que vive, sin rumiar sus pensamientos más dolorosos, o las incertidumbres del futuro.

Su mente parece no dejar de buscar salida, eso sí, si la estrategia no ha funcionado no volverá a repetirla, algo que parece obvio y que sin embargo resulta tremendamente costoso a muchos, sobre todo porque existe cierta inconsciencia sobre el proceso de resolución, ni tan siquiera son conscientes de su fallo al repetir una y otra vez la misma estrategia equívoca.

A la pregunta ¿qué has hecho hasta ahora para solucionar tu problema?, suele seguirle un: he hecho de todo pero al examinar con detenimiento las estrategias y hasta el planteamiento del problema, es fácil observar que no se tiene claro cómo abordarlo, que se cambian las palabras para terminar haciendo siempre lo mismo, la persona se sume entonces en un mar de pensamientos negativistas y ya no ve salida. Ahora tenemos dos problemas.

Las técnicas de resolución de problemas son sencillas y eficaces si se utilizan correctamente.

Algunas personas tienen una gran capacidad para realizar estos procesos cognitivos de forma natural, mientras que otras andan siempre en conflicto incapaces de solucionar o tomar decisiones. Está claro que Escarlata O´hara no tenía esa clase de conflictos. Y, por suerte para todos, esto se aprende.

¿Qué es una técnica de resolución de problemas?

Es una técnica que sigue un proceso definido cuyo objetivo es que la persona ponga en marcha un plan para solucionar una situación-problema, y aprenda a gestionar situaciones futuras similares.

La resolución de un problema que nos genera malestar y para el que no vemos salida debe hacerse de modo que seamos conscientes en cada momento del objetivo que buscamos y de por qué actuamos de tal manera. Cuando las situaciones se complican y el resultado es importante es mejor no dejar al azar un papel relevante.

Seguir los pasos que se exponen a continuación nos será de gran ayuda:

1. Formular el problema: definirlo y desglosarlo en todas las partes susceptibles de intervención.

2. Establecer un orden de actuación que permita abordarlo paso a paso.

3. Generar alternativas de solución, todas aquellas que se nos ocurran.

4. Decidirse por una alternativa y valorar pros y contras.

5. Llevar la alternativa a la práctica.

6. Valorar resultados.

7. Si el resultado no es satisfactorio: volvemos al punto 4 y ponemos en marcha una nueva alternativa.

El mejor resultado es aquel que nos permite sentirnos a gusto con nosotros mismos y con las circunstancias que lo provocaron, aun cuando no sea el que esperábamos inicialmente.

Es importante este planteamiento porque nos hace ser consciente de que cuando tomamos una decisión fundamentada ante un dilema, es la decisión adecuada, porque es la que queremos. Aunque más tarde, repito, no obtengamos el resultado imaginado, sabemos que no hemos cometido un error, ya contábamos con esta posibilidad. Aprendemos de lo ocurrido y ponemos en marcha un nuevo argumento.

Puede que suene frío pero es de lo más práctico, sea cual sea la naturaleza del problema y sobre todo cuando nos resulta realmente complejo y su magnitud interfiere en nuestro día a día.

Si nos encontramos frente a un muro, sea cual sea su magnitud, en nuestro camino no caigamos en la cobardía o la dejadez de creer que ya no podemos avanzar, si no lo podemos derribar, puede que sí saltar, escalar, picar; solo necesitamos voluntad, convicción y no perder de vista el objetivo.


Artículo por gentileza de Cristina Carmona Botía
Psicóloga y articulista de la página www.sentirse-bien.net

viernes, 1 de abril de 2011

REALIDAD SOBRE LAS DISCUSIONES Y LA PAREJA

Las discusiones en pareja son necesarias ante los desacuerdos, lógicos entre dos personas, con el fin de negociar soluciones ante los problemas o expresar opiniones aún con distintos puntos de vista. La pega es que hay parejas que no saben discutir, no se escuchan, no se centran en las soluciones, sino en buscar culpables y defender sus respectivas posturas, a veces de forma agresiva (enfadados, gritando, irónicamente…) así cualquier tema en el que haya desacuerdo, por nimio que sea, es susceptible de provocar discusiones destructivas donde lo importante es ganar al otro. En general, la familia política y la educación de los hijos son temas de discusión recurrentes en las parejas que acuden a terapia para mejorar su relación.
No es raro que en esa discusión suela ceder el más inhibido, el que huye de los conflictos o convive con una persona con un estilo de comunicación más agresivo. No es cuestión tanto de sexo como de personalidad.

El que cede acaba con la discusión, aunque no llegue a un acuerdo satisfactorio, a corto plazo cesa la situación que vive de forma aversiva, pero a medio o largo plazo la insatisfacción ante su cesión pasan factura; la discusión puede volver a darse y la frustración y el malestar en la relación se afianzan ante su incapacidad para discutir de forma constructiva.

Hay un motivo primordial por el que la discusión puede continuar eternamente y ese es la falta de capacidad para dar el primer paso y pedir perdón o perdonar, pero de corazón. Nos cuesta pedir perdón cuando creo que la culpa no ha sido mía, si culpo al otro del agravio y no me responsabilizo de mi parte de culpa. El enfado tras la discusión y el orgullo no facilitan ese paso. A veces no somos conscientes del dolor causado o creemos que la otra parte exagera. A veces no nos han enseñado a hacerlo o denota una clara falta de compasión, arrepentimiento o empatía.

Nos cuesta perdonar cuando ha sucedido lo mismo muchas otras veces o lo que nos han dicho o hecho no estoy dispuesto a perdonarlo. Quizás no hay que perdonarlo todo. A veces perdonamos en el momento, otras es cuestión de tiempo, hay que dar tiempo para el perdón y facilitarlo con arrepentimiento e intención de enmienda.

A veces surte efecto llevar a cabo unas pautas sencillas y prácticas conducentes a la reconciliación, como por ejemplo dar un tiempo a que el enfado se pase, no ser orgulloso y no dejar que un malentendido o desacuerdo ponga en duda una relación con otras muchas cosas buenas. Enfadarte con quien quieres es normal, nos enfadamos con nuestros padres y hermanos, cómo no hacerlo con nuestra pareja. Lo importante es reconciliarse y analizar en frío qué ha pasado, en qué hemos fallado y tratar de corregirlo para que no vuelva a pasar. Ser humilde y aceptar nuestros errores, respetar el enfado del otro y darle tiempo a que esté preparado para perdonarnos y hablar de lo ocurrido.

Y si aprendemos de ello, mejorando nuestra forma de comunicarnos, expresando desacuerdos y enfados, la pareja sale reforzada y preparada para solventar mejor el próximo malentendido o desacuerdo. Si no aprendemos ni cambiamos nada, podemos dejar de sacar temas importantes por no discutir, pero que no se resuelven, sino que se acumulan hasta que salen de mala manera y/o en un mal momento, haciendo imposible negociar ni resolver nada.

También ocurre a veces, que tras muchas discusiones, sufrimiento y peleas, la pareja deja de sentirse atraída, respetada y querida, haciéndose cada vez mayor la insatisfacción y el deterioro de la pareja. Esta incapacidad de resolver conflictos o respetar y aceptar distintos puntos de vista o necesidades son caldo de cultivo para la infidelidad y la separación. Si no hay perdón la crisis no se supera.

De una entrevista a T. Vaquero Romero
Psicóloga, especialista en pareja