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lunes, 23 de mayo de 2011

Programa de Radio, nueva etapa 2011.


Estimados amigos, colegas y adictos a Terapia y Familia: quiero anunciaros que el día 19 de mayo pasado, comenzamos una nueva andadura de nuestro Programa de Radio COSAS DE FAMILIA.

He de agradecer profundamente la acogida que tuvo este primer programa y deciros desde aquí que estamos y ponemos la emisora que nos ha acogido, ONDA RADIO, en el 92.4 de la FM, en Beniaján, y sus micrófonos, todos los jueves de 7 a 8 de la tarde, a vuestra entera disposición. Esperamos que nos llaméis y opinéis sobre el tema que tratamos cada día y nos propongáis otros que os puedan interesar.

Un saludo a todos.

Juan José López Nicolás

jueves, 19 de mayo de 2011

Aceptación contra resignación.

Desde este foro, más adecuado imposible, quiero hablaros hoy del Dr. Gabriel Jorge Castellá, argentino, nacido en la Provincia de Buenos Aires. Médico psicoterapeuta, especialista en Logoterapia y en Medicina y Psicología Transgeneracional, investigador clínico del vínculo materno-filial y de la influencia que tienen las vivencias maternas durante la concepción para el desarrollo de la personalidad del hijo, miembro del equipo del Centro de Enriquecimiento del Potencial del Aprendizaje.
No terminaría en diez minutos de deciros qué cosas además de lo relatado hace el Dr. Castellá, pero lo que me ha hecho fijarme en él, entre otras cosas, es algo tan sencillo como el escrito comunicación que relata la diferencia entre ACEPTACIÓN Y RESIGNACIÓN. Es un artículo mucho más largo de lo habitual, pero les garantizo que no tiene desperdicio…por una vez, espero que me hagan caso.

No es la primera vez que insisto en la necesidad de dar el concepto adecuado a las palabras que usamos porque tal como las “pensamos” así las usamos y esta teoría me hace incidir en la necesidad de dar los contenidos adecuados, los elementos necesarios que urge buscar en la palabra para usarla como estrategia en la que basar nuestro apoyo emocional ante momentos de crisis.

Como el Dr. Castellá comenta, “…con la aceptación uno recibe los hechos tal cual son. Le da una sensata y ecuánime acogida a la realidad, para adentrarse en ella y explorar con sabiduría sus recónditos recovecos.

La realidad es compleja y sorprendente. Está llena de matices. El misterio acecha agazapado para asaltar hasta el más experto explorador. Quien se rebela contra ella sólo logra estrellarse contra su granítica estructura; en una inoperante y estéril actividad consigue que la realidad le oculte sus tesoros. Sin advertirlo empuja la puerta hacia el lado que se cierra.

Quien se resigna a su circunstancia paraliza su espíritu. Se inmoviliza y anula a sí mismo. Niega su ser y rechaza con necedad las posibilidades que tiene a su alcance.
Quien, en cambio, acepta la realidad tal cual es, con tan humilde actitud, desvela la clave para que la realidad se rinda a sus pies. Con la aceptación se entra en sintonía con los hechos. Se es UNO con ellos. Con docilidad y fluidez se accede a las riquezas y posibilidades que la realidad, celosamente, resguarda y oculta detrás de un rostro hosco y huraño.

Es frecuente, en nuestra cultura, confundir la noción de aceptación con la acepción actual de resignación, cuando en realidad son antónimos. En su origen etimológico resignación tenía un sentido contrario al que se le asigna hoy. Proviene del latín resignare: romper el sello que cierra algo. Volver a signar. Desde aquí fue evolucionando, o mejor, tergiversándose hasta la connotación actual de impotencia, abandono y sometimiento ante la adversidad que se vive.

Si descorremos el velo de la apariencia se distinguirá con claridad que resignación y aceptación se hallan en posiciones antagónicas ante la realidad.
En la resignación hay ignorancia de las posibilidades. Con la aceptación hay conciencia del límite. En la resignación se sobredimensionan las dificultades. Con la aceptación se vislumbran las posibilidades.

En la resignación sólo hay ojos para “ver” aquello que se carece. Con la aceptación se ilumina aquello que aún se conserva.
En la resignación se paraliza toda acción. Con la aceptación se pone en marcha la acción más sabia.
En la resignación hay una vergonzosa sumisión. Con la aceptación uno encuentra la senda de “su” misión.
En la resignación hay dejadez y complicidad. Con la aceptación hay prestancia y superación.
En la resignación hay impotencia y desconsuelo. Con la aceptación hay fortaleza y serenidad.

La aceptación de lo real es lo que fundamenta la sinceridad de la existencia.
Aceptar la existencia es una acción que se debe realizar en lo más hondo de la vida.
Se requiere un gran temple anímico para aceptar la realidad como es. Por eso lejos de una postura facilista o derrotista es fortaleza de ánimo y claridad de la mente para afrontar la contingencia adversa.

Hay tres reglas de oro para afrontar, con dignidad, las horas aciagas por más adversas que se presenten:
1) Antes que nada, y por sobre todas las cosas, ACEPTAR los hechos tal como son.
2) Estar de acuerdo con esta premisa hasta la fibra más íntima de nuestro ser.
3) Antes de cualquier otro paso respetar al pie de la letra los puntos 1 y 2.

Los dos postulados básicos que le permitieron al pueblo japonés reponerse de la ignominia de las dos bombas atómicas, de Hiroshima y Nagasaki, fueron los siguientes:
1) ¿Qué es lo que aún tenemos? O, en otras palabras: ¿Con qué contamos?
2) Con esto que poseemos: ¿Qué podemos hacer?
Sólo la aceptación de las circunstancias como son, por más dolorosas que sean, puede promover tan valiosas actitudes.

Hay un proverbio japonés que reza: Si las entiendes, las cosas son lo que son; y si no las entiendes... las cosas son lo que son.
Cuanto más se intenta forzar un cambio mayor resistencia se promueve, con lo cual se logra lo opuesto a lo que se pretende.

El Padre Carlos Vallés nos recuerda las palabras de Anthony de Melo.
No cambien. El deseo de cambiar es enemigo del amor.
No se cambien a ustedes mismos: ámense a ustedes mismos tal como son.
No hagan cambiar a los demás: amen a todos tal como son.
No intenten cambiar el mundo: el mundo está en manos de Dios y él lo sabe.
Y si lo hacen así... todo cambiará maravillosamente a su tiempo y a su manera.

La aceptación abre los ojos, ilumina la comprensión, alumbra el camino, despierta la razón, aguza los oídos, refina el tacto, aclara el gusto, sensibiliza el olfato, sintoniza el corazón, redobla la fortaleza, templa el ánimo, fertiliza la paz, inspira la paciencia y nutre la sabiduría.

Para clarificar aún más la noción de aceptación apelaré a la siguiente imagen: Imagine, amigo lector, que se halla atrapado en una arena movediza. Está allí solo y con la necesidad apremiante de poner a salvo su vida con premura. No hay nadie cerca que pueda acudir ante sus gritos de auxilio y tampoco ninguna rama o algo parecido de donde pueda asirse. Debe salvar su vida. ¿Qué hace?

Si se deja arrastrar por la desesperación realizará movimientos alocados, descoordinados e inoperantes, desplazando de tal modo la arena que facilitará su hundimiento, rápidamente. Si, en cambio, logra tener autodominio de sí ante tal peligro y sobreponiéndose al temor, consigue relajarse y hacer la “plancha” se mantendrá a flote, indispensable para salvarse. Luego, lentamente podrá ir desplazándose hacia la orilla.

Este autogobierno ante la contingencia adversa, esta capacidad de relajarse y mantenerse a “flote” es equivalente a la capacidad de aceptación y lo que se consigue en nosotros cuando la aplicamos.

Citaré a continuación dos relatos que, con sabia elocuencia, plantean qué es aceptar.
El señor Vishnu estaba tan harto de las continuas peticiones de su devoto que un día se apareció a él y le dijo: –He decidido concederte las tres cosas que desees pedirme.
Después no volveré a concederte nada más.

Lleno de gozo, el devoto hizo su primera petición sin pensarlo dos veces. Pidió que muriera su mujer para poder casarse con una mejor y su petición fue inmediatamente atendida.
Pero cuando sus amigos y parientes se reunieron para el funeral y comenzaron a recordar las buenas cualidades de su difunta esposa, el devoto cayó en la cuenta de que había sido un tanto precipitado. Ahora reconocía que había sido absolutamente ciego a las virtudes de su mujer. ¿Acaso era fácil encontrar otra mujer tan buena como ella?

De manera que pidió al señor que la devolviera a la vida. Con lo cual sólo le quedaba una petición que hacer. Y estaba decidido a no cometer un nuevo error porque esta vez no tendría posibilidad de enmendarlo. Y se puso a pedir consejo a los demás. Algunos de sus amigos le aconsejaron que pidiese la inmortalidad. ¿Pero de qué servía la inmortalidad –le dijeron otros– si no tenía salud? ¿Y de qué servía la salud si no tenía dinero? ¿Y de qué servía el dinero si no tenía amigos?

Pasaban los años y no podía determinar qué era lo que debía pedir: ¿Vida, salud, riquezas, poder, amor...? Al fin suplicó al señor: –Por favor, aconséjame lo que debo pedir.
El señor se rió al ver los apuros del pobre hombre y le dijo: –Pide ser capaz de contentarte con todo lo que la vida te ofrezca, sea lo que sea.

El siguiente relato cuenta la historia de un hombre de ciudad que se traslada de visita al campo.
Instalado allí le pregunta a un campesino: ¿Qué tiempo va a hacer mañana?
Con humildad campechana le responde: –El tiempo que yo quiero.
En tono despectivo el burgués le vuelve a preguntar: –¿Y usted cómo sabe que va a hacer el tiempo que quiere?
–Muy simple, desde que aprendí que es imposible tener todo lo que uno quiere aprendí a querer todo lo que tengo. Yo no sé qué tiempo va a hacer mañana, pero, sea cual fuere lo voy a querer. Por lo tanto, va a hacer el tiempo que yo quiero.

¿Cómo no sentir alegría si uno sabe responder con esta sabia actitud?

Si acepto el problema, tal como es, lograré comprensión.
Si logro comprensión alcanzaré serenidad.
Si alcanzo serenidad conoceré la raíz del conflicto.
Si conozco la raíz del conflicto descubriré su sentido.
Si descubro su sentido tendré mayor claridad mental.
Si tengo mayor claridad mental plantearé mejor el problema.
Si planteo bien el problema desarrollaré nuevos enfoques.
Si desarrollo nuevos enfoques transformaré el conflicto en oportunidad.
Si transformo en oportunidad lo dificultoso habré solucionado el problema.”


¿Os ha merecido la pena llegar al final? Espero y deseo que así sea. Espero vuestros comentarios.

Juan José López Nicolás

lunes, 16 de mayo de 2011

Relativo frente a absoluto...Rigidez o cambio.

Os dejo a continuación con un artículo de opinión que nos envía un asiduo lector de nuestra página TERAPIA Y FAMILIA, nuestro amigo RUBEN GONZÁLEZ, que desea compartir con todos unas reflexiones sobre una temática que suele reflejarse en nuestro blog. A ver qué os parece.

¿Realmente existe el paralelismo exacto entre el problema externo y la idea que formamos en nuestro interior y que nos hace sentir bien? ¿Hasta qué punto el “sentirse bien” es consecuencia directa de nuestra facilidad para clasificar y ordenar las impresiones y experiencias que nos llegan del exterior? Nuestra mente actúa de armario con innumerables compartimentos que nosotros mismos fabricamos. Una mente adaptable y moldeable será menos problemática en potencia que otra más sólida o cuadriculada, ya que se adaptará mejor a futuros contenidos inesperados.

Una misma situación creará reacciones (problemáticas o no) en diferentes personas, todo dependerá de la capacidad de encaje que tengamos, de la mente más o menos abierta o siguiendo con el ejemplo anterior, de dónde hayamos comprado el armario contenedor o en quien nos hayamos fijado para construirlo.

Por lo tanto ¿Se podría dar la situación de que aquél al que consideramos más feliz que nosotros porque a priori tiene menos problemas, en realidad tenga mayor capacidad de encaje de los mismos? Es posible que todo gire en torno a esta capacidad, y para ampliar esta capacidad ayuda, y mucho, la conceptualización de lo externo (e incluso de lo interno).

En esta vida todo es más relativo que absoluto, todo está en continuo movimiento y ésta es la única constante, por lo tanto no es recomendable tener filtros y moldes demasiado estáticos y rígidos que generen rozamiento con lo externo y que a fin de cuentas nos generen malestar y problemas. El problema se genera dentro de cada uno de nosotros, fuera no existe como tal, fuera no existe.

El hecho de no sentirse feliz en muchos casos es debido a nuestra incapacidad de adaptación a lo externo. Si tenemos prejuicios demasiado sólidos,tenemos “papeletas” para generar problemas, ya que los tamaños y variedad de los “compartimentos” los restringimos nosotros mismos y ofrecen menos capacidad de adaptación.

Si basamos nuestra relación con lo exterior en nuestros prejuicios, nos encontraremos en un estado de continua tensión interior fundamentada en la inseguridad y, por qué no decirlo, posiblemente en el mismo miedo. No se pueden tener todas las respuestas preestablecidas para “un todo cambiante”. Solamente un ingenuo egocéntrico podría pensar que lo sabe todo y de esta forma no generaría tensión, pero esta “seguridad” se cimentaría en dos mentiras montadas una encima de la otra, lo que originaria en caso de conflicto la aparición del orgullo, desprecio o cualquier sentimiento de rechazo basado en la creencia de su propia falacia.

Los patrones de comportamiento ante situaciones externas son muy cómodos en este tipo de vida en la que nadie tiene tiempo para detenerse a reflexionar. Adquirimos patrones por comodidad, intentando crear un comportamiento automático ante cualquier situación, esto nos da sensación de control (sólo sensación). El problema es que el mundo se mueve y cambia constantemente y esos patrones deben ser renovados a la vez, si no lo hacemos corremos el riesgo de no ser humildes y querer forzar que todo gire alrededor de nuestro patrón estático, esto genera continua fricción y malestar. Es completamene manifiesto, entonces, aquella frase que dice que no puede entrar en razón quien piensa de forma automática. ¿Qué pensáis de todo esto?


Rubén González

martes, 10 de mayo de 2011

Sobre el ser feliz

A veces nos faltan palabras para designar, explicar o transmitir lo que nos está pasando. Sentimos esa sensación de malestar psíquico y algo dentro de nosotros nos obstaculiza el saber sobre lo que nos está sucediendo.

Decimos “me siento mal” pudiendo expresar con esto una gran tristeza o bronca, un dolor de estómago o de cabeza, una irritación de ojos, cansancio, etc. Esta palabrita, “mal”, sirve para todo.
En general se trata de una cuestión de vocabulario. Cuantos menos vocablos tengamos incorporados menor va a ser la posibilidad de expresar con cierta precisión lo que nos ocurre.

La primera condición para iniciar un cambio en tu vida es saber qué te está sucediendo. En ocasiones, no se poseen los parámetros necesarios para ponerse a pensar. Se sufren las carencias, los problemas, las dificultades, pero cuesta ordenarlas de tal manera que no sólo las conozcamos mejor sino que nos permita empezar a buscar soluciones.

Tú mismo habrás observado cuánta gente manifiesta no sentirse feliz. Esta expresión engloba tantas cosas que es imposible definir qué le está sucediendo. Quizá no se sienta feliz porque ese año no sale de vacaciones o porque no puede comprarse el TV de 37 pulgadas o porque tiene discusiones con su pareja o porque su hijo suspendió cuatro asignaturas o porque acaba de cumplir cuarenta años y se siente viejo o porque los análisis le indican alto colesterol o porque tiene serias dudas sobre la existencia de Dios o porque se pregunta para qué nació o qué sentido tiene su vida, o porque los hijos todavía, muy mayores, dependen de él o ella y... podríamos seguir así hasta el infinito.

Otros consideran que el ser feliz tiene que ver con sentirse completo, sin necesidades ni deseos. Ser el todo, poseerlo todo. Una especie de ente abstracto que nada tiene que ver con lo humano. Este es un fenómeno que está en el principio del desarrollo humano. Podemos rastrear sus orígenes en la relación madre hijo siendo cada uno una parte del otro y viviendo, hasta cierta edad, una ilusión de todo es perfectamente completo que se quiere reeditar a lo largo de la vida. Este anhelo de ser completo, sin fallas, sin carencias, sin “agujeros”, está muy generalizado. Como si la gente tuviera la intuición profunda de la existencia de un primigenio paraíso en donde todas las necesidades eran satisfechas en el momento.

Pero la existencia diaria nos muestra otra cosa: vivimos en estado de carencia. Somos humanos y, por lo tanto, vulnerables. Cada vez que percibimos una falta, una carencia, sentimos disgusto. Estamos viendo televisión y de golpe se corta la electricidad. Nos sorprende y comenzamos a generar hipótesis. Lo primero que pensamos es si se tratará de una falla de la casa. Inmediatamente salimos a la calle para preguntar a los vecinos si tienen luz. Se trata de hechos simples y cotidianos pero no por ser así deja de sorprendernos y enfadarnos. LO REAL nos golpea bruscamente.

Y lo que agrava la situación es que mucha gente quiere vivir en un mundo hecho a medida, como Adán. Ni que hablar, entonces, de accidentes, muertes, malas noticias o el teléfono que suena a las tres de la madrugada. Sobreviene un instante de desorientación hasta que encontramos alguna explicación que nos tranquiliza o algún recurso para resolver el problema. Hay otros ejemplos de irrupción de las carencias. Piense en esas personas competitivas que necesitan poseer algo mejor que lo que otro compró; o las que recurren periódicamente a la cirugía plástica, o se machacan en el gimnasio porque no aceptan la aparición de las arrugas propias de la edad o el paso de la misma; o los que deben cambiar de coche porque “no soportan” que el modelo nuevo tenga prestaciones y cosas chulas que el suyo no posee.

Los ejemplos son infinitos como infinitas las carencias. No reconocer los agujeros o querer taparlos a toda costa, insume tiempo, vida, esfuerzo y dinero. A la corta o a la larga nada de lo que hagamos servirá: aparecerá la nueva computadora, el nuevo auto, la nueva arruga, habrá cortes de luz, moriremos.

Muchos razonan diciendo: Si hago un curso de control mental o meditación o leo libros de autoayuda o hago este o aquel taller vivencial, voy a recibir la información que necesito, el gran secreto para alcanzar la felicidad completa, el Gran Manual que alguna vez hemos mencionado. Después de todos los intentos sobreviene la frustración: la felicidad completa, la perfección no existe. Si la gente buscara en esas técnicas lo que cada una puede dar se sentiría satisfecha. Pero no. Este o aquel curso de autoconocimiento ¡Son buenísimos! Pero, pasado un tiempo, la felicidad no aparece, el entusiasmo decae y se reinicia la búsqueda. Buscamos un imposible y además no pasamos de la superficie en la lucha por hacer realidad nuestros objetivos, quedándonos en la pura teoría.

A diferencia de los que buscan soluciones mágicas hay personas que saben que el conflicto está en ellas mismas y quieren conocerlo. Lo perciben como un algo que no se sabe bien qué es, pero que se hace sentir por una sensación de vacío, de futilidad, de angustia indefinida, una vivencia profunda de que la vida, tal como se está viviendo, no tiene sentido. Un “no sentirse bien” del que no se puede hablar porque, como dijimos, no se encuentran las palabras apropiadas para definirlo.



Sobre el libro del Lic. E. Jorge Antognazza
¿Qué hacer con la vida?

martes, 3 de mayo de 2011

¿Y tú, qué piensas?

Estamos acostumbrados a repasar lo que hacemos, a darle vueltas a lo que sentimos, y sin embargo, acerca de nuestros pensamientos, pocas veces los ponemos en tela de juicio. Sobre todo cuando estamos enfadados con nuestra pareja, o con alguna persona que consideramos que actúa incorrectamente. Nuestro pensamiento sobre la situación nos coloca en una postura que nos confronta, generando suficiente hostilidad y una tensión que se traduce en un malestar físico en nuestro propio cuerpo y en un ambiente que se altera, que se irrita, estés donde estés.

La cabeza y los espacios se llenan de ruido, sobre todo, de monólogos interiores, donde se habla, se acusa, o se grita, sin embargo, nadie se comunica. Para esto último es necesario estar fuera de la tensión, del malestar que acusa, del ruido de fondo que impide escuchar. Cuando nuestros pensamientos nos han hecho presa del miedo, ese sentimiento justifica sentirnos poseedores de la verdad, o de lo que es correcto.

Y cuando estamos en este espacio de prepotencia y de soledad, comunicarse es una meta imposible. Es un diálogo de sordos donde cada uno tiene su propia ley sin que medie la más mínima duda acerca de nuestras percepciones, que, a la larga, no dejan de ser una interpretación de la realidad que se ajusta a su vez a unas cuantas creencias, y sobre todo, a nuestros propios recuerdos que nos hacen pensar que estamos en lo cierto. Nos asusta sobremanera cuestionar que esas certezas sean relativas, y que estén de alguna forma limitadas por las percepciones de los demás. ¿Cuál es entonces la verdad?

Lo que percibimos, aunque nos quedemos callados, encerrándonos en nosotros mismos con desaliento o decepción, o todo lo contrario, nos lleva a reaccionar con dureza, incluso con violencia ante lo que ocurre, nos parece una injusticia, sobre todo para nosotros. Lo que estamos interpretando no dejan de ser hologramas, elaboraciones de pensamiento creados por nuestra mente. Y aún siendo una creación de nuestra mente, sufrimos. Y en este punto es donde nos perdemos con nuestros pensamientos. Nos agarramos a su aparente realidad. Lo contrario nos haría sentirnos perdidos, en manos de otros, o de las circunstancias.

Sin embargo, no caemos en que debido a esa vieja costumbre, a este hábito de respuesta emocional, lo que aparentemente buscamos evitar nos atrapa sin que podamos distinguir que hemos sido los generadores de nuestro propio infortunio, dándole a las personas o a las circunstancias el poder de hacernos daño. Cuanto más no instalamos y nos encerramos en las fortalezas de un pensamiento que enjuicia, éste termina por convertirnos en una figura de barro, donde el aparente azar la moldea. Pasamos a ser unas marionetas de un enredo mental, sin poner distancia a lo que sucede, porque nos duele, y de continuo, permanecemos en el sufrimiento, dando vueltas a los mismos pensamientos que impiden la perspectiva.


Las actuaciones de otras personas, que igualmente responden a esta misma dinámica de enredo mental parecen suficiente justificación para perder nuestra paz. Así cualquier conversación deriva en discusión, donde el diálogo está ausente, y la hostilidad toma forma, hasta cortar con las palabras la posibilidad del entendimiento. Se trata de dos ciegos que a toda costa persiguen tener la razón, y hasta que la dinámica se enrarece, uno de los interlocutores asume un papel más activo que el otro, quien desde su pasividad también se involucra en querer tener la razón, en apoyar para sí mismo sus propias percepciones.


Y no hace falta discutir para que la incomunicación esté presente. Basta con que uno de los dos desee algo distinto a lo que ocurre, para que se establezca un desequilibrio, que como por arte de magia, trae al presente las dinámicas de relación de las familias de origen, y sobre todo, revivimos sensaciones profundas de desamor, sufrimiento y tristeza. Tácitamente se quiere tener razón acerca de lo que no es posible. O nos sentimos impotentes y cobardes para alejar de nuestro pensamiento aquello que nos mantiene en la negación de lo que queremos.


Cuesta detenerse e indagar en eso que pensamos cuando nos duele, y aún más cuando deseamos algo con toda nuestra alma. Somos entonces como niños de cuatro años, confundidos, no se entiende cómo la vida nos niega, a través del otro, esa experiencia gratificante que se anhela, el consuelo, el éxito, o aquellas cosas que se esperan conseguir si el otro cambia, o que nos deje de dar problemas, que nos lo ponga más fácil. ¿Cuánto de realidad tiene entonces lo que sucede, si soy tan vulnerable a ello?


Mi bienestar está hipotecado ante lo que parece pasar, porque me rompe, y mis interpretaciones convierten la experiencia, la relación, o la vivencia, en una lucha, en un empeño ciego para que lo que pasa encaje en lo que deseo, o lo que creo que tendría que ser.


La percepción del mundo es la especialidad del lado izquierdo de nuestro cerebro, que hace continuas elaboraciones de la realidad, a partir de nuestros pensamientos. Nos hemos entrenado a lo largo de nuestra vida en una forma particular de percibirla. ¿Estaríamos dispuestos a una nueva creación que refuerce positivamente lo que nos hace bien? ¿A experimentarnos libres de creaciones que nos hipotecan en nuestras percepciones? ¿A permanecer en un estado de bienestar aunque la persona que amamos no responda a nuestros deseos?


Cuando el bienestar personal deja de ser consecuencia de la conformidad o disconformidad que experimentamos con respecto a lo que hacen las demás personas al tener en cuenta o no, nuestros deseos, inseguridades, miedos, o anhelos, nos aproximamos a una libertad que nos regala la autonomía de confiar plenamente en quien soy, aceptando que las cosas que quiero son mi aprendizaje y mi experiencia personal. Entonces es posible considerar que ningún ser humano puede defraudarnos, ni tiene la obligación de cubrir nuestras necesidades, por lo que esperarlo de nuestros padres, amigos, jefes, parejas, amantes, conocidos, etc, carece de sentido.


Quizás a partir de esta compresión sea más fácil dejar de enredarnos con sentimientos de dolor, ansiedades y pérdidas de motivación. Cada persona está abierta a la posibilidad de descubrir por sí misma que puede crear belleza, alegría, felicidad y bienestar a partir de respetarse en la calidad de sus propios pensamientos y acerca de lo que piensa de los demás. Y ese respeto es posible si somos generadores de pensamientos de cooperación para poder comunicarnos. De manera que nadie tiene por qué resolverme, ni es necesario hacerlo con otros. Cambiamos la perspectiva, aceptando que estamos aquí, juntos, para compartir, e ir a favor del potencial de cada uno.

Artículo de Graciela Large,
Experta en Comunicación
y Terapeuta de desarrollo personal.
Creadora de la página Comunicación en pareja