así somos

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miércoles, 30 de mayo de 2012

Yo pienso…o la realidad subjetiva de la vida.

¿Hasta qué punto podemos nosotros mismos ser los artífices de la percepción de nuestra propia realidad?

Está claro que a veces nos viene la sensación de que nuestro camino se va conformando, va tomando forma y entidad en base a una más que complicada mezcla de circunstancias del entorno, decisiones propias y una serie de sucesos que “aparentemente se nos escapan”, son casuales, pero que hacen que encaje todo, más o menos, para dibujar nuestro mapa de vida. Es curioso y sorprendente, pero parece que todo termina encajando. Pero lo que realmente impone nuestro estilo de vida, ese camino que alineó un ladrillo, varios ladrillos, un escalón con otro, para que yo vaya pisando y pasando de uno a otro, lo que en realidad va determinando nuestra existencia, la de cada cual, y el modo de vivirla, son las pequeñas (y a veces no tan pequeñas) decisiones que tomamos sobre cómo pensar y cómo actuar.

Pueden parecer un poco enrevesadas estas primeras líneas que están comenzando a tomar forma ante vosotros, pero la reflexión pausada ante los problemas conceptúan nuevas formas de situarse ante lo que acontece tras un episodio que nos sacó de quicio, nos trastocó y nos hizo, por qué no, hasta “morir un poco”. La consciencia aparece entonces intentando pausar el estado de ánimo negativo creado, suscitando pensamientos con la necesaria distancia para que la perspectiva cambie y el resultado sea otro pensamiento distinto que “ponga luz” en nuestra mente, queriendo asumir la propia responsabilidad de cambiar nuestra actitud hacia algo, hacia alguien o hacia nuestra relación de pareja, para obtener el objetivo de tener que concentrarnos primero en cambiar nuestros pensamientos o valoraciones hacia esa situación o persona, ya que estos son los responsables de dar el brote inicial a partir del cual nace y se desarrollan todo el resto de cosas.

Una vez que conseguimos cambiar nuestros pensamientos, primer objetivo, para que desde dentro no se remueva esa tormenta de arena que nos forzamos en contener por fingir aceptar situaciones que realmente están en “trámite de aceptación” (y aún no dominamos), repito, una vez conseguido cambiar los pensamientos (irracionales ante sucesos ancestrales), es preciso materializar esa transformación modificando nuestras acciones, pero, como dice una compañera mía, “desde las vísceras…desde la realidad de tu interior,…sin fingir.” Este paso es importantísimo porque pone de manifiesto y potencia el cambio anterior para ir modificando lentamente nuestra actitud hacia las circunstancias, haciendo que las recibamos mejor y actuemos ante ellas de forma más tranquila y eficaz. En el momento en que logramos que esta consciencia y aceptación entren en nuestra vida, nos sorprenderemos al contemplar como la fortaleza y la capacidad de superación las acompañan cogidas de la mano, ya que no existe nadie más fuerte que el que conoce bien su debilidad y ha hecho las paces con ella.

Aún así sé que se puede fallar (errare Humanum est.), y no pasa nada, pero desde ese interior interno (permítanme la licencia de enfatizarlo así) y consciente, hemos de saber que el secreto es la perseverancia, la fe, la constancia, ya que sin ellas la transformación sería efímera y carente de sentido. No podemos olvidar que no somos perfectos, como apunté con ese latinajo de antes, y ante esos traspiés que seguramente alguien no perdone (puede suceder), no debemos desesperarnos ni sentirnos autodefraudados, sino más bien ser conscientes del hecho y estar atentos para detectar cuándo y por qué suceden,...”aceptar su existencia y seguir adelante con el mismo empeño y ganas de mejorar que habíamos conseguido al analizarnos nosotros y nuestra vida.”

V. Narváez, psicóloga clínica, comenta respecto a lo que trato de comunicaros en este artículo que:"… es igualmente importante entender que las maneras de funcionar que tenemos incorporadas a nuestro repertorio y que nos generan sufrimiento se gestaron siguiendo el mismo proceso: la semilla inicial fueron los pensamientos, que nos hicieron reaccionar de una determinada manera que, al repetirse, se afianzó en nuestras vidas en forma de un hábito o costumbre que ha pasado a influirnos en nuestro presente y nuestro futuro. Tener claro este mecanismo es crucial para comprender que para romper estas cadenas de acontecimientos es necesario sustituirlas, poco a poco, por otras más saludables.
Es altamente recomendable y eficaz poner consciencia a nuestros pensamientos porque son ellos los que llenan de creencias y formas lo que nuestra vista subjetiva opina de los acontecimientos a los que nos enfrentamos en la vida. Esta toma de consciencia de nuestra vivencia emocional tiene sin duda numerosas ventajas, ya que nos permite dotar de significado a nuestros sentimientos relacionándolos con nuestras circunstancias y vivencias, posibilitando así la compresión e incluso la modificación de nuestro mundo interior. Y es por todo esto por lo que creo razonable aquella sentencia que rezaba:

“Siembra un pensamiento y cosecharás una acción.
Siembra una acción y cosecharás un hábito.
Siembra un hábito y cosecharás un carácter.
Siembra un carácter y cosecharás un destino.”

o aquella otra…

“Pido perdón a los que ofendí por no dejar que conocieran al que realmente soy.
Pido perdón a los que enfadé por dejarles ver lo que quiero cambiar de mí.”

Darnos permiso a nosotros mismos para experimentar lo que nos toque nos hará más tolerantes a la hora de comprender los sentimientos de los demás, ayudándonos así a respetar el espacio que todos necesitamos para experimentar libremente nuestros pensamientos y los sentimientos y emociones a los que nos lleven. Aún así el objetivo es controlar, dominar, cambiar y sustituir pensamientos ineficaces, irracionales, por otros que me hagan vivir la vida de forma eficiente y eficaz.


Juan José López Nicolás
Basado en datos de
V. Narváez Peralta

lunes, 28 de mayo de 2012

El amor, el individuo y la pareja.

Hemos tenido recientemente una consulta con una pareja que nos preguntaba por qué si se querían tanto estaban teniendo una serie de problemas complicados en su relación. Llevaban 7 años casados, dos hijos y no sabían qué estaba pasando para que los conflictos hubieran anidado en ellos.

A raíz de esta consulta y viendo que el problema latente era el tipo de vida que habían llevado hasta ahora juntos, (pero bastante dependientes; juntos pero no enriqueciéndose de la propia vida) quisimos ilustrar la contestación con una vieja leyenda india. Y espero que a cada lector le dé un buen motivo para reflexionar, como siempre.

Cuenta esta historia que una vez hasta la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.

“Nos amamos - empezó el joven- Y nos vamos a casar - dijo ella- Y nos queremos tanto que tenemos miedo. Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán; algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos. Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte. Por favor- repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra. Hay algo... -dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé....es una tarea muy difícil y sacrificada. No importa- dijeron los dos -Lo que sea- ratificó Toro Bravo.

- Bien - dijo el brujo -, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste? La joven asintió en silencio. Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más brava de todas las águilas y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta...Salgan ahora.

Los jóvenes se miraron con ternura y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur...El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas. El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas… Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.- ¿Volaban alto?- preguntó el brujo- Sí, sin duda. Como lo pediste... ¿y ahora?- preguntó el joven- ¿lo mataremos y beberemos el honor de su sangre?- No- dijo el viejo- ¿Los cocinaremos y comeremos el valor en su carne? - propuso la joven - No- repitió el viejo.

Hagan lo que les digo. Tomen las aves y atenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero...Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres. El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros. El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritadas por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

Este es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, "vuelen juntos pero jamás atados".

lunes, 21 de mayo de 2012

Emociones: espejo de nuestro “almario”

Si hiciéramos el trabajo consciente de mirar de frente, con valentía y franqueza todas nuestras relaciones con las personas que nos rodean, que nos son cotidianas, aprenderíamos muchísimo, ya que esas formas de interactuar con quien tenemos enfrente reflejan, como un espejo fiel, los aspectos (tanto superficiales como profundos) de nuestro ser. Pero no todo el mundo está dispuesto a enfrentarse a sí mismo y descubrir lo que somos, prefiriendo (conscientes o no) seguir encubriendo nuestra realidad y padecerla en lugar de transformarla.

Nuestros vínculos conflictivos, nuestras relaciones conflictivas (y con este término no me refiero a relaciones tóxicas) no hacen más que expresar las heridas que llevamos en el alma y en el corazón producto de nuestra historia personal oculta e inconsciente que, precisamente, se actualiza con aquellas personas que forman parte de nuestra cotidianeidad. Como dice A. Sannuti, esas zonas más oscuras de nuestro ser, esas que nos hacen actuar de una forma que a veces no queremos y que no somos capaces de ver, necesitan hallar la luz para ser sanadas. Por esta razón crucial que nos intenta mover al equilibrio, si en lugar de escapar de todo conflicto (tapándolo o negándolo) pudiéramos mirarlo con honestidad, con ecuanimidad, tal como se nos presenta, nos diría qué es lo que tenemos que comprender, no sólo de nosotros mismos, sino también con la idea de profundizar en el conocimiento de los demás.

La tarea más ardua pero más positiva y adecuada a todas luces es encarar, con respeto y amor, nuestras sombras más temidas, nuestras carencias más padecidas que son parte de nuestras propias fuerzas interiores y sobre las que podemos ahondar y modificar, no sin antes hacerlas conscientes ante nosotros mismos trabajando nuestra yoicidad para compatibilizar los sentimientos y valores con las personas que tenemos y que pasan por nuestra vida, con aquellos con los que vivo y me relaciono.

Aún hoy a algunos les resulta cursi y pedante hablar de amor, pero este sentimiento, este compendio de sensaciones es el que sigue moviendo el mundo y a las personas y madura, a pesar del tiempo y de los sinsabores cargados de estrés cuando hay un profundo conocimiento de uno mismo, premisa necesaria para poder lanzarse a reconocer y amar a los demás. Porque si no pasamos por estos filtros de autoconocimiento llegamos a un punto donde la relación se llena de mente y corazón aletargados, anestesiados por la monotonía, el aburrimiento y el sin sentido –como sigue apostillando Sannuti- de una cultura que engañosamente habla de vida, de pareja, ilusión, aunque su propuesta, en realidad, esté mucho más cerca de la muerte emocional y espiritual.

El conocimiento, el afrontamiento, nos puede dar ideas sobre qué nos separa para poder tener la oportunidad de retomar aquello que hemos descuidado, siempre que la llama siga iluminando el camino por el que un día decidimos caminar juntos.

¿Qué nos pasa?, se preguntan muchas personas. La respuesta ha ido tomando cuerpo a través de los párrafos de este artículo desde el principio: uno mismo no puede mirar hacia otro sitio, hacia el otro para que si hay desamor, si mi almario se está cayendo a trozos es porque no “me dan”, han cambiado y ahora es necesario que vuelvan a cambiar…La realidad es que la forma de encontrarse con el otro se ha relajado, se ha ido acomodando de tal manera que la mirada hacia fuera se hace más fuerte que hacia adentro, hacia el interior para buscarme en mí mismo (y no ver lo errores únicamente en el otro)

Se nos pregunta asiduamente cuáles son los factores más usuales por los que se camina hacia el desamor y aquí os reflejo los que consideramos que son los caballos de batalla que hay que observar para estar alerta y poner nuestro consciente a trabajar cuando notemos los síntomas que todos, en algún momento, hemos sentido.

- La falta de comunicación
- La falta de sinceridad
- Las luchas de poder
- La dependencia emocional de uno de los miembros de la pareja
- La expectativas no cumplidas
- El deseo de variedad sexual
- El adulterio
- La distinta evolución personal de cada miembro de la pareja
- La falta de apoyo emocional/personal
- El rencor acumulado de años (la deuda histórica – la falta de perdón-)
- Los celos continuos
- Los problemas sexuales

Ahora estableced vosotros mismos, a vuestro criterio, cuál es vuestro caballo de batalla, tomad conciencia y empezad vuestro camino para iluminar vuestro almario y llenarlo de las emociones más positivas. Aprended a enfrentaros con vuestro espejo.

Juan José López Nicolás

lunes, 14 de mayo de 2012

Sobre un caso real en Terapia

(Cuando el amor se muere)

Por Graciela Large



Durante varios meses E. ha estado dando vueltas en su cabeza a algo que le preocupa. Nada dijo a su pareja, ni a nadie. Ni siquiera lo comentó en consulta conmigo. Pasaron los meses y el carácter de E. se tornó cada vez más intolerante. Incluso para sí mismo. Sin embargo prefirió seguir ocultándolo.

Hacía poco tiempo había empezado una nueva etapa en su vida, y estaba contento con sus decisiones, con su vida y con su relación. Sin embargo eso que le quitaba el sueño no dejaba de inquietarle.

Dentro de E. creció la irritabilidad y comenzó a manifestar abiertamente su intolerancia, especialmente a su pareja, y lo hacía por hechos que parecían tener plena justificación para él. Sin embargo no conseguía recobrar el entusiasmo, dilatando cada vez el poder encontrarse de verdad.

Después de los incidentes le costaba retomar el contacto en la convivencia y la complicidad real prácticamente desapareció. Pedía tiempo para recuperarse, sin embargo ese espacio lo convertía en un aislamiento de su pareja y en incomunicación. Ella consiguió no fragilizarse con los cambios de humor de E. Se había propuesto superar su tendencia a sentirse víctima cuando surgían choques de opiniones, y ahora, le daba su tiempo.

Sin embargo, un incidente social sacó a E. de sus casillas e hizo que su pareja le alertara sobre las consecuencias de su falta de manejo emocional. Le costó reconocerlo abiertamente. Sin embargo, lo sucedido le llevó a confrontar lo que realmente le preocupaba. Consiguió asociar y relacionar su desbordamiento emocional con lo que guardaba dentro de sí. Fue entonces cuando se atrevió a hablar claramente con su pareja expresando aquello que llevaba callando. Los meses revulsivos de silencio y de contención se liberaron de golpe.

Cuando nos encontramos en consulta los tres comprendió lo terribles efectos de su silencio. Callar su preocupación se había convertido en un enfado proyectado. De manera que todo lo que criticaba a su pareja provocaba en él un pozo de recuerdos, o una memoria de intolerancia que alteraba aún más su carácter, sus sistemas nervioso e inmune.

Con la experiencia de E. retomamos el tema del enfado y con él recogemos dos aspectos de otros artículos anteriores sobre este tema: cuando algo nos molesta y accedemos con prontitud a una solución, el enfado se convierte en un aviso. Sin embargo cuando se vuelca en otro de forma no abierta o encubierta, nos encontramos ante un desbordamiento emocional.

Es de humanos enfadarse, ciertamente lo es. Es una reacción instintiva que compartimos con otros animales. Sin embargo lo que nos diferencia de los demás animales es convertir el enfado en una posibilidad de transformación personal. Puede ser una herramienta para vislumbrar una salida a lo que nos molesta, y que probablemente nos invita a un cambio, sobre todo de perspectiva, y en muchas ocasiones nos pide ser valientes para ver de cara lo que intuimos, pero que a priori, no nos gusta nada asumir.

Nos alejamos de la solución cuando el enfado nos desborda hasta conseguir romper nuestra paz y golpea al otro, aunque sea por contagio. El mal humor, la queja y la irritabilidad son formas propias del enfado crónico y que solemos airear con cierta ligereza en nuestras relaciones sociales. Cuando todo esto ocurre hay una ausencia de Inteligencia Emocional, que de tenerla activa nos permitiría superar el desbordamiento emocional a partir de saber dar estos cinco pasos:
• Qué me pasa: identifico con claridad mis emociones y soy capaz de asociarlas a sentimientos y pensamientos, llegando a ver el origen de lo que me enfada.
• Acepto lo que me pasa: encuentro recursos que me ayuden a sentirme mejor. Así canalizo la fuerza que tiene el enfado y me prepara para encontrar una salida desde la tranquilidad.
• Gestiono la experiencia: soy capaz de ver lo que pide el enfado. Quizás una conversación, un cambio de actitud, un ejercicio de valentía personal, un compás de espera… Me invito a identificar qué cambio personal esconde mi enfado, y por qué es necesario ese cambio para entenderme con el otro.
• Tomo decisiones conectadas a ese cambio, sabiendo para qué lo hago. Eso me permite hacerme con la situación de forma responsable, creando soluciones positivas, siendo capaz de anticiparme a los posibles resultados.
• Pongo mis habilidades personales al servicio de esas decisiones generando la empatía necesaria con la persona o personas involucradas en la situación. Entonces estoy receptivo y puedo identificar o intuir las emociones, sentimientos y pensamientos de esas personas.

Cuando me desbordo estoy a merced de los instintos y soy incapaz de pensar. Experimento una situación conocida como “secuestro emocional”, a la que le antecede un estado crónico de irritabilidad. Es una maleta que voy llenando arrastrando mi propio lastre de intolerancia personal.

Daniel Goleman nos puede dar una luz de lo ocurrido dentro de E., cuando nuestro protagonista no hacía otra cosa que dar vueltas a lo que le preocupaba al tiempo que lo proyectaba en su pareja. “Cada uno de los pensamientos o percepciones irritantes se convierten en mini detonante de la descarga de catecolamina de la amígdala, y cada una de estas descargas se ve fortalecida, a su vez, por el impulso hormonal precedente.

De este modo, una segunda descarga tiene lugar antes de que la primera se haya disipado, una tercera se suma a las dos precedentes y así sucesivamente. Es como si cada nueva descarga cabalgara a lomo de las anteriores, aumentando así vertiginosamente la escalada del nivel de excitación fisiológica”.

“Cualquier pensamiento que tenga lugar durante este proceso provocará una irritación mucho más intensa que la tendría lugar al comienzo de la secuencia. De este modo, el enfado se construye sobre el enfado al tiempo que la temperatura de nuestro cerebro emocional va aumentando. Para ese entonces, la ira, ante la que nuestra razón se muestra impotente, desembocará fácilmente en un estallido de violencia”.

Con el caso de E. podemos comprobar que el enfado tiene su caldo de cultivo en las relaciones. De manera que si el Amor es el estado que permite establecer vínculos, el enfado es la emoción que expresada abiertamente, o encubierta de alguna manera, consigue romper cualquier relación sin que seamos capaces de recordar que en otro tiempo hubo Amor. Cuando rompemos y dejamos una relación nos llega a parecer un engaño y una irrealidad la proximidad que en otro tiempo compartimos y que nos hacía sentirnos muy unidos a ese otro ser. Es la muerte de los recuerdos positivos y del Amor.

jueves, 3 de mayo de 2012

¿Infiel para ser feliz?

Trato de buscar nuevos temas para escribir, pero no es posible, porque en la actualidad todos estamos padeciendo el mismo problema: intentar buscar fuera lo que se nos escapa desde dentro. Y no puedo incidir en otros tremas sin tener bajo nuestra actualidad reflexiva este que nos ocupa una gran cantidad de energía, llanto y toda suerte de emociones desbocadas y enfrentadas.

Tratamos de buscar y buscar la felicidad, el equilibrio y que alguien nos los dé para poder ser felices o tender hacia ello, pero no somos capaces de valorar que nuestro interior se está deteriorando y perdiendo en un mar de crisis, de tragos de agua salada que no nos sacia la sed y además nos vuelve realmente “locos”.

Tratamos de rebuscar entre nuestros sentimientos, entre nuestras palabras desde el alma para poder sentir lo que sentíamos cuando nos encontrábamos bien, pero parece que se nos vuelve la vida como un calcetín y se nos extravía la brújula ante esta constante necesidad de estar continuamente adaptándonos a las nuevas necesidades de esta vida tan manifiestamente distinta. Pero la solución sigue estando en el mismo sitio: dentro de uno mismo, aunque sé que alguno de vosotros no queréis verlo, o no podéis. Y lo entiendo porque nadie estamos libres de pasar por estos momentos

¿A qué se recurre a veces cuando nos encontramos con esta sensación de no sentirnos en nosotros mismos? Fácilmente sale la respuesta: algunos hombres y algunas mujeres optan, a veces, por La Infidelidad.

Nuestra colega, Graciela Large, nos invita, como siempre, a reflexionar sobre este tema y nos deja este escrito que a continuación comparto con vosotros:

"Hay indicadores claros de una crisis en la pareja. Uno de ellos es la infidelidad, que nos lleva a buscar fuera de la relación una solución a lo que nos pasa.

Somos nuevamente como niños pequeños necesitados de cariño, desbordados por silencios, por una distancia que aborta la imaginación y nos encadena a la soledad de quien no se atreve a pedir, a cambiar, a trasformar lo que vive.

La acumulación, el desconocimiento y la fragilidad emocional se combinan para que muchas mujeres opten, como los hombres, por ser infieles. En ellos y en ellas hay un retorno a la infancia, cuando corríamos desesperados a los brazos de uno de nuestros padres sintiendo que el otro nos abandonaba, o nos ponía difícil la vida.

Esa voz predomina cuando nuestros ojos se fijan en otros; cuando empieza nuevamente a hacernos tilín el corazón por algún desconocido; y de repente, dejamos de pasar desapercibidas para el género masculino, al que parecemos resultarles tremendamente atractivas. Recibimos invitaciones, correos, o llamadas que casualmente estimulan esa sensación de consuelo, de ilusión perdida.

La mujer que es infiel busca renovarse en su sensibilidad, a veces, queriendo encontrar a una figura mítica que la rescate del vacío en que ha convertido su existencia.

Sin embargo, la infidelidad puede confundir hasta tal punto que la mujer apueste por irse, creyendo que ha encontrado la panacea a sus miserias, y sin embargo, descubrir poco después que ha sido un error.

No tanto porque la persona con la que te marchas sea la adecuada o no, sino porque la elección se ha dado desde la huída como principio, como motivación escondida en la infidelidad. Y desde ahí discernir, valorar lo que se ha construido, lo que realmente es importante, es un ejercicio negado. La voz que se escucha no atiende ni a razones, ni a valoraciones, ni mucho menos a buscar el sentido de trasformación que pide una relación que se deteriora. Y estos argumentos son igualmente aplicables a la infidelidad masculina.

Quizás la persona tenga que irse de la relación. Sin embargo, la infidelidad la distrae y la disculpa de encontrar sus propias respuestas sin proyectar en otro una tabla de salvación a lo que no es capaz de construir, o de dejar. Porque muchas veces lo que hay en una relación es un apego profundo, sin que esté activo el aprendizaje.

¿De qué sirve una relación fundada en la comodidad, en lo que hacemos siempre, si nos va deteniendo? Y si nos permite crecer, ¿qué sentido tiene una relación si la vuelta a lo esencial se dilata o se anula, porque está basada en lo que es obvio, o en etapas que no corresponden evolutivamente?

La infidelidad en realidad es una llamada de auxilio que pide responsabilizarnos del cambio que queremos, dentro o fuera de la relación.

Ya sea que decidamos quedarnos o irnos el proceso es el mismo. Se necesita primero, aproximarse uno a su propia realidad interior; a lo que me ha estado paralizando, para luego poder ver dónde está realmente el otro; qué hace posible un cambio, y si ese cambio, es lo que realmente quiero para mi vida.

De esta manera podré saber qué pareja tengo; qué tipo de pareja quiero tener; y desde ahí, comprobar qué lo hará posible a partir de esa claridad interior."