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viernes, 14 de diciembre de 2012

Cuando la pareja no marcha…¿qué hacer? (La diferenciación del yo)

Dicen que cuando uno está receptivo, cuando uno está inmerso en problemas y se sumerge en la propia realidad para avisarse de que es conveniente ocuparse de su propia vida, comienzan a surgir ante la propia vista interior conceptos y avisos que dan soluciones para reflexionar sobre tu estado. Eso pasa…, os lo digo yo…Y estando en este estado conscientemente inconsciente para mirar dentro de mí, y en plena búsqueda, me surge este artículo que comparto para uso y disfrute del que lo necesite. ¿Eres tú?...Tal vez…Así comienza y ya me dirás al final qué te suscita.

“Un primer paso para entender nuestras dificultades en las relaciones íntimas es valorar hasta qué punto nuestro «yo» está bien diferenciado, es decir, hasta qué punto tenemos una identidad autónoma, definida desde nosotros mismos, y somos capaces de asumir verdaderamente la responsabilidad por los propios sentimientos, pensamientos y acciones, en lugar de poner esa responsabilidad en los otros (padres, cónyuge, etc.).

A partir de las relaciones tempranas en nuestra familia de origen, y sobre todo de los vínculos intensos de dependencia hacia nuestros padres, vamos desarrollando un concepto de nosotros mismos. En un primer momento, en nuestra infancia, este autoconcepto dependerá fundamentalmente de la aprobación y el cariño de nuestros padres. Posteriormente, vamos siendo capaces de actuar, pensar y sentir autónomamente.

Llega un momento, a partir de la adolescencia, en que cuestionamos la relación con nuestra familia y la visión de nosotros mismos que nos hemos formado a partir de esa relación. Formamos entonces nuestra personalidad adulta escogiendo o identificándonos con aquellos aspectos de nuestra familia que consideramos positivos (estilos de comunicación, de relación, de resolución de conflictos, valores, creencias, costumbres, etc.) y, a la vez, definiendo otros aspectos en los que escogemos estilos de funcionamiento distintos. Llegamos también, a partir de ese proceso, a desmitificar a nuestros padres, hasta que somos capaces de verlos con objetividad y establecer con ellos una relación adulta. El resultado final de este proceso es lo que llamamos un «Yo» bien diferenciado: una capacidad para combinar la autonomía y la intimidad y para establecer relaciones en las que no repitamos problemas sin resolver que tengamos aún pendientes con respecto a nuestra familia de origen.

¿Cómo sabemos si hemos completado o no este proceso? Podemos ver hasta qué punto nos identificamos con las características de una persona bien diferenciada, que serían las siguientes:

—La capacidad de separar los pensamientos de los sentimientos. Ser capaz de estar en contacto con los propios sentimientos, por muy dolorosos o intensos que sean, pero no dejarse inundar o dominar por ellos. Ser capaz de pensar y analizar las cosas con calma.
—Capacidad de mantenerse conectado emocionalmente con las personas significativas del entorno. No cortar la relación por completo cuando ésta se vuelve difícil, como si eso resolviese los conflictos.
—Tener una visión realista de uno mismo, de los propios fallos y cualidades. Es importante tener una especie de «plan de vida», es decir, haberse planteado qué es lo que uno realmente piensa, quiere, cuáles son sus necesidades, sus prioridades, sus valores, etc.
—No tener temas tabú: poder hablar de asuntos significativos y difíciles con las personas de nuestro entorno, y mantener una postura clara con respecto a ellos.
—Respetar la individualidad: tolerar las diferencias de opinión con personas significativas sin intentar convencerlas ni abandonar las propias creencias. No sacrificar «Yo» por la relación, ni esperar que el otro lo haga.
—Actuar en función de uno mismo, de lo que uno piensa y quiere, no de una forma impulsiva o movida por la ansiedad, sino de forma pausada y racional. Todas estas características facilitan las relaciones íntimas. La falta de diferenciación, por el contrario, dificulta nuestras relaciones:
—Reaccionamos con más ansiedad ante problemas o dificultades en la relación. Nos sentimos más atrapados, menos dueños de nuestras acciones y estados de ánimo. Pensamos que es el otro el que provoca nuestras reacciones o sentimientos.
—Actuamos de una forma reactiva, como provocada por la puesta en marcha de un piloto automático. No nos observamos ni pensamos con calma en nuestra forma de actuar.
—Nos distanciamos, o ponemos demasiada intensidad negativa en la relación. Nos empeñamos en repetir una y otra vez las mismas pautas de relación que no funcionan, y que suelen estar basadas en conflictos sin resolver con nuestra familia de origen. Por ejemplo, puede que nos distanciemos del cónyuge para intentar evitar las peleas, tal como hacíamos con nuestros padres; puede que pretendamos encargarnos de solucionar los problemas del otro, o que nos mostremos indefensos para que el otro venga en nuestra ayuda, si ésos eran los roles que teníamos asignados en nuestra familia.

Tipología

Después de evaluar nuestro grado de madurez o diferenciación, un segundo paso para entender cómo podemos mejorar nuestra relación de pareja es identificar dónde se ha «atascado». ¿A qué tipo de pareja, de entre las presentadas a continuación, se parece más la nuestra?

1. La pareja en la que los dos se distancian

Esta pareja sería aquella en la que los cónyuges tienen poco contacto emocional entre sí: pasan poco tiempo juntos, no hablan apenas, tienen únicamente amistades y actividades independientes uno del otro, apenas tienen relaciones sexuales, desconocen cómo piensa o siente el otro en asuntos importantes, etc. Como les produce angustia o malestar el enfrentarse a las dificultades de relación o tratar determinados temas con su cónyuge (problemas sexuales, infidelidad, necesidad de un espacio propio, etc.), evitan esa angustia mediante la distancia física o emocional. Este distanciamiento no se debería tanto a una falta de amor o de sentimientos por el otro, sino que sería una señal de que los cónyuges se sienten demasiado «atrapados» o angustiados; no son capaces de ver claramente qué les ocurre, ni de mantener la calma para afrontar un diálogo difícil. En definitiva, su falta de diferenciación es lo que interfiere en la relación.

El caso extremo de esta distancia suele darse en las relaciones con la familia de origen, cuando cortamos por completo el contacto con algún miembro de la familia con el que quedan pendientes conflictos sin resolver. Esto suele ocurrir porque «nos saca de quicio», porque su mera presencia o mención provoca una reacción emocional automática fuerte, que nos impide actuar pausada y racionalmente. Es decir, estamos tan poco diferenciados o independizados de esa persona que necesitamos la distancia física para tener la sensación de que somos autónomos.

En la pareja, ese tipo de distancia se suele dar mediante un «triángulo»: cuando el ambiente emocional se va haciendo tenso, uno o ambos cónyuges buscan, consciente o inconscientemente, una persona, tema o situación -un «tercero»- que les sirva de foco de conflicto y que distraiga su atención y energía de los problemas maritales. Este tercer vértice del triángulo puede ser un hijo problemático, una «aventura» extramatrimonial, el trabajo, los suegros, el dinero, el consumo de alcohol de uno de los cónyuges o, en general, cualquier asunto sobre el que los cónyuges puedan estar en desacuerdo y pelearse. De esta forma, el «problema», aparentemente, no es ya la relación de pareja, sino otro asunto menos amenazante. Todos podemos identificarnos con este tipo de «estrategia» en aquellas situaciones en las que evitamos el contacto con personas significativas cuando la relación se hace tensa, o acabamos peleándonos por asuntos irrelevantes que nada tienen que ver con la causa de nuestro malestar.

2. La pareja en la que uno se distancia y el otro le persigue

En esta pareja, uno de los cónyuges expresa el deseo de mayor autonomía (típicamente, el hombre), y el otro el deseo de mayor intimidad (típicamente, la mujer). Cada uno está convencido de que la culpa de que la relación no «marche» la tiene el otro. Él se queja de que ella «le agobia», «es una histérica», «no le deja en paz»...; ella se queja de que él «nunca quiere hablar», «no siente nada», «es como una maquina»...

El cónyuge perseguidor intenta, cuando se encuentra angustiado, conseguir mayor intimidad en la relación; insiste en la importancia de hablar de los problemas; tiende a interpretar la distancia del otro como un rechazo; suele perseguirle con gran empeño y, posteriormente, si el otro no responde ante ese acercamiento, retirarse como una forma de «castigo». El otro cónyuge, el que se distancia, suele reaccionar ante esas mismas situaciones de estrés o ansiedad alejándose física o emocionalmente, o incluso constando por completo la relación cuando ésta se vuelve demasiado problemática o intensa. Suele verse a sí mismo como autosuficiente o independiente, y se siente «asfixiado» por la persecución del otro. Aunque tiene necesidad de relación y de intimidad, le resulta difícil expresar su parte más «dependiente».

Distribuidos así los roles, la relación se convierte en una especie de persecución-huida sin fin. Cada cónyuge se ve atrapado en un papel del que no sabe salir, y actúa de una forma reactiva ante cada acción del otro. Con frecuencia están, en realidad, reaccionando ante dificultades de relación en su familia de origen, tanto para tener intimidad como para conseguir autonomía. Siguen empeñados, por ejemplo, en buscar compulsivamente esa intimidad que no vivieron, o en mantener a toda costa una sensación de independencia que no pudieron lograr en su familia.

Estrategias para mejorar

En primer lugar, es importante hacer un auto-análisis y ver hasta qué punto necesitamos definir mejor nuestro «Yo». Para ello podemos hacernos preguntas como: ¿Qué situaciones nos crean ansiedad? ¿Podemos actuar con calma ante situaciones conflictivas? ¿Somos capaces de asumir la responsabilidad de nuestro propio bienestar, o tendemoa delegarla en el otro? ¿Perdemos «Yo» en las relaciones (es decir, sacrificamos nuestras necesidades por el otro)? ¿Ganamos «Yo» a costa del otro (es decir, intentamos que el otro se acomode a nosotros)? ¿Estamos en contacto con nuestras necesidades tanto de autonomía como de intimidad? En general, ¿tenemos claro lo que pensamos y queremos, o nos resulta confuso? El trabajo personal por aclarar estas cuestiones nos llevará a estar mejor preparados para aportar más a la relación de pareja.

El segundo paso para mejorar la relación sería entender de qué forma estamos manteniendo el problema. Podemos revisas las descripciones de tipos de parejas del apartado anterior y preguntarnos: ¿En qué papel nos encontramos con más frecuencia: perseguidor, evitados, super-competente, etc.? ¿De qué forma contribuimos a las reacciones del otro que tanto nos molestan? Debemos preguntarnos: ¿qué ventajas y desventajas tiene desempeñar ese papel? Por ejemplo, el ser perseguidor puede tener como desventaja la frustración y vacío que se sienten al no conseguir lo que uno quiere del otro; como contrapartida, uno se ve a sí mismo como el que cuida de la relación, y se siente bien por ello. Además, evita enfrentarse a otros motivos de insatisfacción en su vida (por ejemplo, en el trabajo, con sus amigos, etc.) De igual forma, el ser, por ejemplo, el «débil» o «incompetente» en la relación tiene la ventaja de que así se atrae uno la atención del cónyuge, y no se arriesga a que, si llegara a mostrarse más fuerte, el otro lo vea como una amenaza o no lo tolere. De esta forma, el «débil» cuida al otro y la relación, que valora más que su propio bienestar.
Cualquiera que sea el papel que juguemos en la pareja, debemos pensar que lo hacemos por alguna razón válida, que es preciso entender antes de plantearnos cualquier cambio. En general, esas razones tienen que ver con el aprendizaje de las relaciones en nuestra familia de origen. En este sentido, podemos preguntarnos si nuestro papel en la pareja es parecido al que desempeñábamos en otras relaciones anteriores, con los miembros de nuestra familia. ¿O quizá estamos en el presente haciendo todo lo posible para evitar que se repitan experiencias anteriores (por ejemplo, evitando la intimidad, debido a una relación «agobiante» con nuestros padres)? ¿Quién, en nuestra familia, tenía en sus relaciones problemas similares a los nuestros? Las situaciones de pareja que tienden a repetirse, o que provocan en nosotros reacciones intensas, ¿se parecen en algo a situaciones del pasado?

Esto sería señal de que estamos reaccionando a algo anterior a la pareja, perteneciente al pasado y que tiene poco que ver con nuestro cónyuge en el presente. Una vez que vemos claro cómo contribuimos a mantener el problema, podemos iniciar el tercer paso en la mejora de la relación, que sería el escoger un «acto de valentía», un pequeño paso en dirección distinta de la que hemos seguido hasta ahora. Antes de ello, sin embargo, debemos reflexionar sobre si verdaderamente estamos dispuestos a asumir los riesgos del cambio, y sobre si éste es el momento apropiado para ello. Quizá nuestra pareja no funcione muy bien si sigue como hasta ahora, pero al menos así pisamos terreno conocido. Si trabajamos en una mayor «diferenciación» de nuestro «Yo» y en nuestra autoafirmación, el cónyuge puede acabar haciendo lo mismo, con lo que la relación se robustecería; o puede que el otro no tenga la capacidad o el deseo de adaptarse al cambio, y la relación se rompa. Por ello es importante ir dando pasos y asumiendo riesgos poco a poco, e iniciar esta nueva forma de estar en la relación con la convicción de que lo hacemos por nosotros mismos.

Debe ser un cambio motivado por un deseo auténtico de crecimiento personal, y no una «estrategia» para intentar cambiar al otro o para «castigarlo». Por ejemplo, una mujer que quiere dejar de centrarse exclusivamente en su matrimonio y desea emprender nuevas relaciones de amistad, debería hacerlo movida por su deseo de crecimiento personal, no como una forma indirecta de conseguir la atención de su marido o de decirle: «ahí te quedas». Hacerlo así sólo conseguiría prolongar el problema.

Una vez que hemos decidido que es el momento de emprender el cambio, podemos empezar por escoger alguna acción pequeña que rompa el «círculo vicioso», que sea distinta de lo que solemos hacer habitualmente. La clave del cambio es hacerlo muy poco a poco, planteándonos metas modestas y mediante acciones que no nos provoquen una gran ansiedad. Por ejemplo, para definir nuestro «Yo» podemos empezar por no quedarnos callados ante temas o asuntos que son importantes para nosotros, si es eso lo que solíamos hacer anteriormente. En lugar de empezar por la situación más difícil o el tema más conflictivo, deberíamos ir practicando en situaciones menos relevantes. Podemos, quizá, romper el silencio respecto a un tema tabú preguntando a personas de nuestro entorno acerca de sus experiencias y opiniones en ese tema.

Otra tarea enriquecedora, que nos daría una mejor perspectiva sobre nosotros mismos y nuestras relaciones, sería la de aprender más sobre nuestra familia de origen, es decir, tener más información sobre cómo nuestros padres u otros miembros de la familia se enfrentaron a situaciones similares a las que nos enfrentamos nosotros en la actualidad. Cuanto más sepamos de sus experiencias, más claridad tendremos sobre ellos y sobre nosotros mismos, y será menos probable que repitamos sus mismos errores.

En cuanto a las pautas «atascadas» de la relación, sólo nos atreveremos a cambiarlas si partimos del convencimiento de que, por mucho que lo hayamos intentado, hasta ahora no nos han funcionado.

Si somos perseguidores, podemos, por ejemplo, dar pequeños pasos para centrar en nosotros mismos parte de esa energía que estamos empleando en perseguir al cónyuge. Si nos sentimos poco entendidos, es hora de que hagamos algo especial por nosotros mismos, en lugar de esperar que el otro lo haga por nosotros. Si tenemos tendencia a solucionarles los problemas a los demás, podríamos elegir algún pequeño problema o conflicto en el que, por una vez, no vamos a intervenir. También podemos empezar a cambiar la imagen de persona super-competente que damos al cónyuge, al que indirectamente hacemos sentir incompetente, si compartimos con él algún asunto sobre el que tenemos dudas o necesitamos ayuda.

Sean cuales sean los nuevos pasos que demos en la relación, debemos estar preparados para las resistencias, es decir, las «fuerzas», tanto externas como internas, que van a «tirar» de nosotros en dirección contraria al cambio.

No debemos sorprendernos si el otro presiona, más o menos sutilmente, para que continuemos haciendo lo mismo de siempre. Por ejemplo, el cónyuge que se queja de que el otro «le agobia», seguramente le acusará de falta de cariño o de compromiso cuando éste deje de perseguirle y dedique más tiempo a sí mismo o a otras relaciones. Si no estamos preparados para ellas, este tipo de reacciones pueden provocar una gran inseguridad y confusión, precisamente en un momento en que estamos pisando terreno desconocido. Podemos interpretarlas como un señal de que nos hemos equivocado de camino, cuando en realidad están indicando que hemos «dado en el clavo».

Por último, debemos prever que. una vez iniciado el cambio, vamos a «echar de menos» nuestra forma de actuar anterior, y una «fuerza» dentro de nosotros va a empujarnos a retroceder. Quizá, por ejemplo, al dejar de sacrificar siempre nuestras opiniones o deseos «por el bien de la relación», echemos de menos la falta de riesgo que suponía el acomodarnos a los demás y no tener que plantearnos qué es lo que realmente queremos o pensamos.

El proceso que acabamos de describir es largo y arriesgado. Si algo hay que tener en cuenta a la hora de intentar cambiar una relación de pareja que no marcha, es que debemos estar preparados para los obstáculos, tanto internos como externos, y que debemos movernos siempre en el camino de una mayor autoafirmación y «diferenciación». De esa forma, podremos aportar mayor riqueza a la relación.” (Si es eso lo que realmente queremos)

Sobre artículo de
Alicia Moreno
Psicóloga clínica
Universidad de Comillas