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lunes, 19 de mayo de 2014

Cruzando la frontera de la cordura

En un blog interesantísimo (http://enrelaciones.wordpress.com ), relacionado con nuestra colega, Graciela Large de la Hoz, Coaching e Inteligencia Emocional y Experta en Comunicación, Formadora y Periodista, he leído un artículo crucial para la reflexión de ciertos aspectos de las relaciones, pero sobre todo para la introspección que nos haga sopesar el por qué de nuestras elecciones personales y qué nos lleva a ellas.

Os dejo con él y si os interesa, luego me comentáis qué os parece y a dónde os lleva.

“Este artículo surge al querer indagar en dos preguntas: ¿qué lleva a una persona a obsesionarse hasta matar lo que dice que ama? ¿Qué lleva a hombres y mujeres a elegir una y otra vez relaciones donde pierden su valoración personal?

Quien se obsesiona se deprime. Y viceversa. Con ambas se crea una línea invisible muy frágil que cuando se cruza da lugar a actos que no conducen a ninguna parte. Cuando la persona se polariza se desborda emocionalmente. Y en ese estado vivir en violencia social o autoagredirse es un paso que dan millones de personas en el mundo.

La obsesión tiene como trampa que jamás se consigue aquello a lo que le damos vueltas y más vueltas, y la depresión es una herida sangrante de impotencia. En ambos casos la persona ni se conoce, ni se ama. Está desconectada de su verdadero propósito y convierte a una persona, una situación, o un logro en una búsqueda imposible. Su esperanza está en que algo pase, y eso que quiere en realidad nunca sucede. Y si pareciera que ocurre, en algún momento el desencanto sucede a la exaltación inicial.

Es más, si la mente cree en la venganza, de que es injusto lo que pasa, la reacción de ataque estará justificada para la persona. Si se siente fuerte agrede, si se percibe débil se castiga. Se actúa desde una perspectiva distorsionada de sí mismo.

Hay escondida una petición de ayuda que sólo puede comprender y resolver quien lo experimenta. Obsesión y depresión se convierten en un verdadero dramón emocional cuando se vincula al logro del amor de una persona, o a una valoración de reconocimiento por cualidades que crees tener en el trabajo.

Cuando la persona se ha vencido a sí misma en la repetición de experiencias frustradas, eso pesa, y mucho más si no hay un hábito de reflexión o introspección donde veamos lo que sucede como una experiencia de aprendizaje. Tengamos presente la paradoja que se esconde detrás de la obsesión y de la depresión: quien elige, aunque su intención sea superar una creencia limitadora de sí mismo, no acierta.

Más pronto que tarde confirma el dolor acumulado debido a una mirada contaminada y sesgada de sí mismo. Si es una relación de pareja se piensa entonces que lo natural es que nos den lo que pedimos, y lo sería si fueran elecciones desde la afinidad entre iguales.

Hacemos elecciones desde una convicción: me tienes que dar lo que no tengo.
La frustración de no cubrir lo que se desea termina por romper el equilibrio emocional que nos permite decirnos, yo me amo, me acepto y me valoro, y cada cual es libre de actuar como necesite. Es más, llega un momento que sólo un instante, un gesto, o una palabra de alguien basta para desencadenar todo un recuerdo acumulado que nos resiente.

Para entender la obsesión y la depresión en uno mismo hay que saber leer entre líneas en nuestros actos cotidianos. Lo que sentimos al final del día son una pista. Si hay comparación, desmotivación, queja y tristeza como colofón, día tras día, se van cuajando a lo largo de la vida estos dos estados hasta que se vuelven crónicos. Una vez asimilados a una rutina de vida si nos conocemos poco y además estamos resentidos por la necesidad de aceptación, el entorno y las relaciones se convierten en los mayores agresores de nuestra autoestima y la seguridad en uno mismo.

El recurso de quien no sabe manejar sus emociones siempre es la inconsciencia, y es una puerta que conduce primero a la obsesión y luego a la depresión. Una vez cruzado el umbral perdemos nuestra mejor cualidad que nos hace humanos: vivir con sentido y propósito. La capacidad de conectar actos, emociones y pensamientos, e ir más allá de uno mismo para comprobar que todos formamos una unidad.”