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Bienvenidos, espero que disfrutéis con la utilidad de este blog.

lunes, 23 de mayo de 2011

Programa de Radio, nueva etapa 2011.


Estimados amigos, colegas y adictos a Terapia y Familia: quiero anunciaros que el día 19 de mayo pasado, comenzamos una nueva andadura de nuestro Programa de Radio COSAS DE FAMILIA.

He de agradecer profundamente la acogida que tuvo este primer programa y deciros desde aquí que estamos y ponemos la emisora que nos ha acogido, ONDA RADIO, en el 92.4 de la FM, en Beniaján, y sus micrófonos, todos los jueves de 7 a 8 de la tarde, a vuestra entera disposición. Esperamos que nos llaméis y opinéis sobre el tema que tratamos cada día y nos propongáis otros que os puedan interesar.

Un saludo a todos.

Juan José López Nicolás

jueves, 19 de mayo de 2011

Aceptación contra resignación.

Desde este foro, más adecuado imposible, quiero hablaros hoy del Dr. Gabriel Jorge Castellá, argentino, nacido en la Provincia de Buenos Aires. Médico psicoterapeuta, especialista en Logoterapia y en Medicina y Psicología Transgeneracional, investigador clínico del vínculo materno-filial y de la influencia que tienen las vivencias maternas durante la concepción para el desarrollo de la personalidad del hijo, miembro del equipo del Centro de Enriquecimiento del Potencial del Aprendizaje.
No terminaría en diez minutos de deciros qué cosas además de lo relatado hace el Dr. Castellá, pero lo que me ha hecho fijarme en él, entre otras cosas, es algo tan sencillo como el escrito comunicación que relata la diferencia entre ACEPTACIÓN Y RESIGNACIÓN. Es un artículo mucho más largo de lo habitual, pero les garantizo que no tiene desperdicio…por una vez, espero que me hagan caso.

No es la primera vez que insisto en la necesidad de dar el concepto adecuado a las palabras que usamos porque tal como las “pensamos” así las usamos y esta teoría me hace incidir en la necesidad de dar los contenidos adecuados, los elementos necesarios que urge buscar en la palabra para usarla como estrategia en la que basar nuestro apoyo emocional ante momentos de crisis.

Como el Dr. Castellá comenta, “…con la aceptación uno recibe los hechos tal cual son. Le da una sensata y ecuánime acogida a la realidad, para adentrarse en ella y explorar con sabiduría sus recónditos recovecos.

La realidad es compleja y sorprendente. Está llena de matices. El misterio acecha agazapado para asaltar hasta el más experto explorador. Quien se rebela contra ella sólo logra estrellarse contra su granítica estructura; en una inoperante y estéril actividad consigue que la realidad le oculte sus tesoros. Sin advertirlo empuja la puerta hacia el lado que se cierra.

Quien se resigna a su circunstancia paraliza su espíritu. Se inmoviliza y anula a sí mismo. Niega su ser y rechaza con necedad las posibilidades que tiene a su alcance.
Quien, en cambio, acepta la realidad tal cual es, con tan humilde actitud, desvela la clave para que la realidad se rinda a sus pies. Con la aceptación se entra en sintonía con los hechos. Se es UNO con ellos. Con docilidad y fluidez se accede a las riquezas y posibilidades que la realidad, celosamente, resguarda y oculta detrás de un rostro hosco y huraño.

Es frecuente, en nuestra cultura, confundir la noción de aceptación con la acepción actual de resignación, cuando en realidad son antónimos. En su origen etimológico resignación tenía un sentido contrario al que se le asigna hoy. Proviene del latín resignare: romper el sello que cierra algo. Volver a signar. Desde aquí fue evolucionando, o mejor, tergiversándose hasta la connotación actual de impotencia, abandono y sometimiento ante la adversidad que se vive.

Si descorremos el velo de la apariencia se distinguirá con claridad que resignación y aceptación se hallan en posiciones antagónicas ante la realidad.
En la resignación hay ignorancia de las posibilidades. Con la aceptación hay conciencia del límite. En la resignación se sobredimensionan las dificultades. Con la aceptación se vislumbran las posibilidades.

En la resignación sólo hay ojos para “ver” aquello que se carece. Con la aceptación se ilumina aquello que aún se conserva.
En la resignación se paraliza toda acción. Con la aceptación se pone en marcha la acción más sabia.
En la resignación hay una vergonzosa sumisión. Con la aceptación uno encuentra la senda de “su” misión.
En la resignación hay dejadez y complicidad. Con la aceptación hay prestancia y superación.
En la resignación hay impotencia y desconsuelo. Con la aceptación hay fortaleza y serenidad.

La aceptación de lo real es lo que fundamenta la sinceridad de la existencia.
Aceptar la existencia es una acción que se debe realizar en lo más hondo de la vida.
Se requiere un gran temple anímico para aceptar la realidad como es. Por eso lejos de una postura facilista o derrotista es fortaleza de ánimo y claridad de la mente para afrontar la contingencia adversa.

Hay tres reglas de oro para afrontar, con dignidad, las horas aciagas por más adversas que se presenten:
1) Antes que nada, y por sobre todas las cosas, ACEPTAR los hechos tal como son.
2) Estar de acuerdo con esta premisa hasta la fibra más íntima de nuestro ser.
3) Antes de cualquier otro paso respetar al pie de la letra los puntos 1 y 2.

Los dos postulados básicos que le permitieron al pueblo japonés reponerse de la ignominia de las dos bombas atómicas, de Hiroshima y Nagasaki, fueron los siguientes:
1) ¿Qué es lo que aún tenemos? O, en otras palabras: ¿Con qué contamos?
2) Con esto que poseemos: ¿Qué podemos hacer?
Sólo la aceptación de las circunstancias como son, por más dolorosas que sean, puede promover tan valiosas actitudes.

Hay un proverbio japonés que reza: Si las entiendes, las cosas son lo que son; y si no las entiendes... las cosas son lo que son.
Cuanto más se intenta forzar un cambio mayor resistencia se promueve, con lo cual se logra lo opuesto a lo que se pretende.

El Padre Carlos Vallés nos recuerda las palabras de Anthony de Melo.
No cambien. El deseo de cambiar es enemigo del amor.
No se cambien a ustedes mismos: ámense a ustedes mismos tal como son.
No hagan cambiar a los demás: amen a todos tal como son.
No intenten cambiar el mundo: el mundo está en manos de Dios y él lo sabe.
Y si lo hacen así... todo cambiará maravillosamente a su tiempo y a su manera.

La aceptación abre los ojos, ilumina la comprensión, alumbra el camino, despierta la razón, aguza los oídos, refina el tacto, aclara el gusto, sensibiliza el olfato, sintoniza el corazón, redobla la fortaleza, templa el ánimo, fertiliza la paz, inspira la paciencia y nutre la sabiduría.

Para clarificar aún más la noción de aceptación apelaré a la siguiente imagen: Imagine, amigo lector, que se halla atrapado en una arena movediza. Está allí solo y con la necesidad apremiante de poner a salvo su vida con premura. No hay nadie cerca que pueda acudir ante sus gritos de auxilio y tampoco ninguna rama o algo parecido de donde pueda asirse. Debe salvar su vida. ¿Qué hace?

Si se deja arrastrar por la desesperación realizará movimientos alocados, descoordinados e inoperantes, desplazando de tal modo la arena que facilitará su hundimiento, rápidamente. Si, en cambio, logra tener autodominio de sí ante tal peligro y sobreponiéndose al temor, consigue relajarse y hacer la “plancha” se mantendrá a flote, indispensable para salvarse. Luego, lentamente podrá ir desplazándose hacia la orilla.

Este autogobierno ante la contingencia adversa, esta capacidad de relajarse y mantenerse a “flote” es equivalente a la capacidad de aceptación y lo que se consigue en nosotros cuando la aplicamos.

Citaré a continuación dos relatos que, con sabia elocuencia, plantean qué es aceptar.
El señor Vishnu estaba tan harto de las continuas peticiones de su devoto que un día se apareció a él y le dijo: –He decidido concederte las tres cosas que desees pedirme.
Después no volveré a concederte nada más.

Lleno de gozo, el devoto hizo su primera petición sin pensarlo dos veces. Pidió que muriera su mujer para poder casarse con una mejor y su petición fue inmediatamente atendida.
Pero cuando sus amigos y parientes se reunieron para el funeral y comenzaron a recordar las buenas cualidades de su difunta esposa, el devoto cayó en la cuenta de que había sido un tanto precipitado. Ahora reconocía que había sido absolutamente ciego a las virtudes de su mujer. ¿Acaso era fácil encontrar otra mujer tan buena como ella?

De manera que pidió al señor que la devolviera a la vida. Con lo cual sólo le quedaba una petición que hacer. Y estaba decidido a no cometer un nuevo error porque esta vez no tendría posibilidad de enmendarlo. Y se puso a pedir consejo a los demás. Algunos de sus amigos le aconsejaron que pidiese la inmortalidad. ¿Pero de qué servía la inmortalidad –le dijeron otros– si no tenía salud? ¿Y de qué servía la salud si no tenía dinero? ¿Y de qué servía el dinero si no tenía amigos?

Pasaban los años y no podía determinar qué era lo que debía pedir: ¿Vida, salud, riquezas, poder, amor...? Al fin suplicó al señor: –Por favor, aconséjame lo que debo pedir.
El señor se rió al ver los apuros del pobre hombre y le dijo: –Pide ser capaz de contentarte con todo lo que la vida te ofrezca, sea lo que sea.

El siguiente relato cuenta la historia de un hombre de ciudad que se traslada de visita al campo.
Instalado allí le pregunta a un campesino: ¿Qué tiempo va a hacer mañana?
Con humildad campechana le responde: –El tiempo que yo quiero.
En tono despectivo el burgués le vuelve a preguntar: –¿Y usted cómo sabe que va a hacer el tiempo que quiere?
–Muy simple, desde que aprendí que es imposible tener todo lo que uno quiere aprendí a querer todo lo que tengo. Yo no sé qué tiempo va a hacer mañana, pero, sea cual fuere lo voy a querer. Por lo tanto, va a hacer el tiempo que yo quiero.

¿Cómo no sentir alegría si uno sabe responder con esta sabia actitud?

Si acepto el problema, tal como es, lograré comprensión.
Si logro comprensión alcanzaré serenidad.
Si alcanzo serenidad conoceré la raíz del conflicto.
Si conozco la raíz del conflicto descubriré su sentido.
Si descubro su sentido tendré mayor claridad mental.
Si tengo mayor claridad mental plantearé mejor el problema.
Si planteo bien el problema desarrollaré nuevos enfoques.
Si desarrollo nuevos enfoques transformaré el conflicto en oportunidad.
Si transformo en oportunidad lo dificultoso habré solucionado el problema.”


¿Os ha merecido la pena llegar al final? Espero y deseo que así sea. Espero vuestros comentarios.

Juan José López Nicolás

lunes, 16 de mayo de 2011

Relativo frente a absoluto...Rigidez o cambio.

Os dejo a continuación con un artículo de opinión que nos envía un asiduo lector de nuestra página TERAPIA Y FAMILIA, nuestro amigo RUBEN GONZÁLEZ, que desea compartir con todos unas reflexiones sobre una temática que suele reflejarse en nuestro blog. A ver qué os parece.

¿Realmente existe el paralelismo exacto entre el problema externo y la idea que formamos en nuestro interior y que nos hace sentir bien? ¿Hasta qué punto el “sentirse bien” es consecuencia directa de nuestra facilidad para clasificar y ordenar las impresiones y experiencias que nos llegan del exterior? Nuestra mente actúa de armario con innumerables compartimentos que nosotros mismos fabricamos. Una mente adaptable y moldeable será menos problemática en potencia que otra más sólida o cuadriculada, ya que se adaptará mejor a futuros contenidos inesperados.

Una misma situación creará reacciones (problemáticas o no) en diferentes personas, todo dependerá de la capacidad de encaje que tengamos, de la mente más o menos abierta o siguiendo con el ejemplo anterior, de dónde hayamos comprado el armario contenedor o en quien nos hayamos fijado para construirlo.

Por lo tanto ¿Se podría dar la situación de que aquél al que consideramos más feliz que nosotros porque a priori tiene menos problemas, en realidad tenga mayor capacidad de encaje de los mismos? Es posible que todo gire en torno a esta capacidad, y para ampliar esta capacidad ayuda, y mucho, la conceptualización de lo externo (e incluso de lo interno).

En esta vida todo es más relativo que absoluto, todo está en continuo movimiento y ésta es la única constante, por lo tanto no es recomendable tener filtros y moldes demasiado estáticos y rígidos que generen rozamiento con lo externo y que a fin de cuentas nos generen malestar y problemas. El problema se genera dentro de cada uno de nosotros, fuera no existe como tal, fuera no existe.

El hecho de no sentirse feliz en muchos casos es debido a nuestra incapacidad de adaptación a lo externo. Si tenemos prejuicios demasiado sólidos,tenemos “papeletas” para generar problemas, ya que los tamaños y variedad de los “compartimentos” los restringimos nosotros mismos y ofrecen menos capacidad de adaptación.

Si basamos nuestra relación con lo exterior en nuestros prejuicios, nos encontraremos en un estado de continua tensión interior fundamentada en la inseguridad y, por qué no decirlo, posiblemente en el mismo miedo. No se pueden tener todas las respuestas preestablecidas para “un todo cambiante”. Solamente un ingenuo egocéntrico podría pensar que lo sabe todo y de esta forma no generaría tensión, pero esta “seguridad” se cimentaría en dos mentiras montadas una encima de la otra, lo que originaria en caso de conflicto la aparición del orgullo, desprecio o cualquier sentimiento de rechazo basado en la creencia de su propia falacia.

Los patrones de comportamiento ante situaciones externas son muy cómodos en este tipo de vida en la que nadie tiene tiempo para detenerse a reflexionar. Adquirimos patrones por comodidad, intentando crear un comportamiento automático ante cualquier situación, esto nos da sensación de control (sólo sensación). El problema es que el mundo se mueve y cambia constantemente y esos patrones deben ser renovados a la vez, si no lo hacemos corremos el riesgo de no ser humildes y querer forzar que todo gire alrededor de nuestro patrón estático, esto genera continua fricción y malestar. Es completamene manifiesto, entonces, aquella frase que dice que no puede entrar en razón quien piensa de forma automática. ¿Qué pensáis de todo esto?


Rubén González

martes, 10 de mayo de 2011

Sobre el ser feliz

A veces nos faltan palabras para designar, explicar o transmitir lo que nos está pasando. Sentimos esa sensación de malestar psíquico y algo dentro de nosotros nos obstaculiza el saber sobre lo que nos está sucediendo.

Decimos “me siento mal” pudiendo expresar con esto una gran tristeza o bronca, un dolor de estómago o de cabeza, una irritación de ojos, cansancio, etc. Esta palabrita, “mal”, sirve para todo.
En general se trata de una cuestión de vocabulario. Cuantos menos vocablos tengamos incorporados menor va a ser la posibilidad de expresar con cierta precisión lo que nos ocurre.

La primera condición para iniciar un cambio en tu vida es saber qué te está sucediendo. En ocasiones, no se poseen los parámetros necesarios para ponerse a pensar. Se sufren las carencias, los problemas, las dificultades, pero cuesta ordenarlas de tal manera que no sólo las conozcamos mejor sino que nos permita empezar a buscar soluciones.

Tú mismo habrás observado cuánta gente manifiesta no sentirse feliz. Esta expresión engloba tantas cosas que es imposible definir qué le está sucediendo. Quizá no se sienta feliz porque ese año no sale de vacaciones o porque no puede comprarse el TV de 37 pulgadas o porque tiene discusiones con su pareja o porque su hijo suspendió cuatro asignaturas o porque acaba de cumplir cuarenta años y se siente viejo o porque los análisis le indican alto colesterol o porque tiene serias dudas sobre la existencia de Dios o porque se pregunta para qué nació o qué sentido tiene su vida, o porque los hijos todavía, muy mayores, dependen de él o ella y... podríamos seguir así hasta el infinito.

Otros consideran que el ser feliz tiene que ver con sentirse completo, sin necesidades ni deseos. Ser el todo, poseerlo todo. Una especie de ente abstracto que nada tiene que ver con lo humano. Este es un fenómeno que está en el principio del desarrollo humano. Podemos rastrear sus orígenes en la relación madre hijo siendo cada uno una parte del otro y viviendo, hasta cierta edad, una ilusión de todo es perfectamente completo que se quiere reeditar a lo largo de la vida. Este anhelo de ser completo, sin fallas, sin carencias, sin “agujeros”, está muy generalizado. Como si la gente tuviera la intuición profunda de la existencia de un primigenio paraíso en donde todas las necesidades eran satisfechas en el momento.

Pero la existencia diaria nos muestra otra cosa: vivimos en estado de carencia. Somos humanos y, por lo tanto, vulnerables. Cada vez que percibimos una falta, una carencia, sentimos disgusto. Estamos viendo televisión y de golpe se corta la electricidad. Nos sorprende y comenzamos a generar hipótesis. Lo primero que pensamos es si se tratará de una falla de la casa. Inmediatamente salimos a la calle para preguntar a los vecinos si tienen luz. Se trata de hechos simples y cotidianos pero no por ser así deja de sorprendernos y enfadarnos. LO REAL nos golpea bruscamente.

Y lo que agrava la situación es que mucha gente quiere vivir en un mundo hecho a medida, como Adán. Ni que hablar, entonces, de accidentes, muertes, malas noticias o el teléfono que suena a las tres de la madrugada. Sobreviene un instante de desorientación hasta que encontramos alguna explicación que nos tranquiliza o algún recurso para resolver el problema. Hay otros ejemplos de irrupción de las carencias. Piense en esas personas competitivas que necesitan poseer algo mejor que lo que otro compró; o las que recurren periódicamente a la cirugía plástica, o se machacan en el gimnasio porque no aceptan la aparición de las arrugas propias de la edad o el paso de la misma; o los que deben cambiar de coche porque “no soportan” que el modelo nuevo tenga prestaciones y cosas chulas que el suyo no posee.

Los ejemplos son infinitos como infinitas las carencias. No reconocer los agujeros o querer taparlos a toda costa, insume tiempo, vida, esfuerzo y dinero. A la corta o a la larga nada de lo que hagamos servirá: aparecerá la nueva computadora, el nuevo auto, la nueva arruga, habrá cortes de luz, moriremos.

Muchos razonan diciendo: Si hago un curso de control mental o meditación o leo libros de autoayuda o hago este o aquel taller vivencial, voy a recibir la información que necesito, el gran secreto para alcanzar la felicidad completa, el Gran Manual que alguna vez hemos mencionado. Después de todos los intentos sobreviene la frustración: la felicidad completa, la perfección no existe. Si la gente buscara en esas técnicas lo que cada una puede dar se sentiría satisfecha. Pero no. Este o aquel curso de autoconocimiento ¡Son buenísimos! Pero, pasado un tiempo, la felicidad no aparece, el entusiasmo decae y se reinicia la búsqueda. Buscamos un imposible y además no pasamos de la superficie en la lucha por hacer realidad nuestros objetivos, quedándonos en la pura teoría.

A diferencia de los que buscan soluciones mágicas hay personas que saben que el conflicto está en ellas mismas y quieren conocerlo. Lo perciben como un algo que no se sabe bien qué es, pero que se hace sentir por una sensación de vacío, de futilidad, de angustia indefinida, una vivencia profunda de que la vida, tal como se está viviendo, no tiene sentido. Un “no sentirse bien” del que no se puede hablar porque, como dijimos, no se encuentran las palabras apropiadas para definirlo.



Sobre el libro del Lic. E. Jorge Antognazza
¿Qué hacer con la vida?

martes, 3 de mayo de 2011

¿Y tú, qué piensas?

Estamos acostumbrados a repasar lo que hacemos, a darle vueltas a lo que sentimos, y sin embargo, acerca de nuestros pensamientos, pocas veces los ponemos en tela de juicio. Sobre todo cuando estamos enfadados con nuestra pareja, o con alguna persona que consideramos que actúa incorrectamente. Nuestro pensamiento sobre la situación nos coloca en una postura que nos confronta, generando suficiente hostilidad y una tensión que se traduce en un malestar físico en nuestro propio cuerpo y en un ambiente que se altera, que se irrita, estés donde estés.

La cabeza y los espacios se llenan de ruido, sobre todo, de monólogos interiores, donde se habla, se acusa, o se grita, sin embargo, nadie se comunica. Para esto último es necesario estar fuera de la tensión, del malestar que acusa, del ruido de fondo que impide escuchar. Cuando nuestros pensamientos nos han hecho presa del miedo, ese sentimiento justifica sentirnos poseedores de la verdad, o de lo que es correcto.

Y cuando estamos en este espacio de prepotencia y de soledad, comunicarse es una meta imposible. Es un diálogo de sordos donde cada uno tiene su propia ley sin que medie la más mínima duda acerca de nuestras percepciones, que, a la larga, no dejan de ser una interpretación de la realidad que se ajusta a su vez a unas cuantas creencias, y sobre todo, a nuestros propios recuerdos que nos hacen pensar que estamos en lo cierto. Nos asusta sobremanera cuestionar que esas certezas sean relativas, y que estén de alguna forma limitadas por las percepciones de los demás. ¿Cuál es entonces la verdad?

Lo que percibimos, aunque nos quedemos callados, encerrándonos en nosotros mismos con desaliento o decepción, o todo lo contrario, nos lleva a reaccionar con dureza, incluso con violencia ante lo que ocurre, nos parece una injusticia, sobre todo para nosotros. Lo que estamos interpretando no dejan de ser hologramas, elaboraciones de pensamiento creados por nuestra mente. Y aún siendo una creación de nuestra mente, sufrimos. Y en este punto es donde nos perdemos con nuestros pensamientos. Nos agarramos a su aparente realidad. Lo contrario nos haría sentirnos perdidos, en manos de otros, o de las circunstancias.

Sin embargo, no caemos en que debido a esa vieja costumbre, a este hábito de respuesta emocional, lo que aparentemente buscamos evitar nos atrapa sin que podamos distinguir que hemos sido los generadores de nuestro propio infortunio, dándole a las personas o a las circunstancias el poder de hacernos daño. Cuanto más no instalamos y nos encerramos en las fortalezas de un pensamiento que enjuicia, éste termina por convertirnos en una figura de barro, donde el aparente azar la moldea. Pasamos a ser unas marionetas de un enredo mental, sin poner distancia a lo que sucede, porque nos duele, y de continuo, permanecemos en el sufrimiento, dando vueltas a los mismos pensamientos que impiden la perspectiva.


Las actuaciones de otras personas, que igualmente responden a esta misma dinámica de enredo mental parecen suficiente justificación para perder nuestra paz. Así cualquier conversación deriva en discusión, donde el diálogo está ausente, y la hostilidad toma forma, hasta cortar con las palabras la posibilidad del entendimiento. Se trata de dos ciegos que a toda costa persiguen tener la razón, y hasta que la dinámica se enrarece, uno de los interlocutores asume un papel más activo que el otro, quien desde su pasividad también se involucra en querer tener la razón, en apoyar para sí mismo sus propias percepciones.


Y no hace falta discutir para que la incomunicación esté presente. Basta con que uno de los dos desee algo distinto a lo que ocurre, para que se establezca un desequilibrio, que como por arte de magia, trae al presente las dinámicas de relación de las familias de origen, y sobre todo, revivimos sensaciones profundas de desamor, sufrimiento y tristeza. Tácitamente se quiere tener razón acerca de lo que no es posible. O nos sentimos impotentes y cobardes para alejar de nuestro pensamiento aquello que nos mantiene en la negación de lo que queremos.


Cuesta detenerse e indagar en eso que pensamos cuando nos duele, y aún más cuando deseamos algo con toda nuestra alma. Somos entonces como niños de cuatro años, confundidos, no se entiende cómo la vida nos niega, a través del otro, esa experiencia gratificante que se anhela, el consuelo, el éxito, o aquellas cosas que se esperan conseguir si el otro cambia, o que nos deje de dar problemas, que nos lo ponga más fácil. ¿Cuánto de realidad tiene entonces lo que sucede, si soy tan vulnerable a ello?


Mi bienestar está hipotecado ante lo que parece pasar, porque me rompe, y mis interpretaciones convierten la experiencia, la relación, o la vivencia, en una lucha, en un empeño ciego para que lo que pasa encaje en lo que deseo, o lo que creo que tendría que ser.


La percepción del mundo es la especialidad del lado izquierdo de nuestro cerebro, que hace continuas elaboraciones de la realidad, a partir de nuestros pensamientos. Nos hemos entrenado a lo largo de nuestra vida en una forma particular de percibirla. ¿Estaríamos dispuestos a una nueva creación que refuerce positivamente lo que nos hace bien? ¿A experimentarnos libres de creaciones que nos hipotecan en nuestras percepciones? ¿A permanecer en un estado de bienestar aunque la persona que amamos no responda a nuestros deseos?


Cuando el bienestar personal deja de ser consecuencia de la conformidad o disconformidad que experimentamos con respecto a lo que hacen las demás personas al tener en cuenta o no, nuestros deseos, inseguridades, miedos, o anhelos, nos aproximamos a una libertad que nos regala la autonomía de confiar plenamente en quien soy, aceptando que las cosas que quiero son mi aprendizaje y mi experiencia personal. Entonces es posible considerar que ningún ser humano puede defraudarnos, ni tiene la obligación de cubrir nuestras necesidades, por lo que esperarlo de nuestros padres, amigos, jefes, parejas, amantes, conocidos, etc, carece de sentido.


Quizás a partir de esta compresión sea más fácil dejar de enredarnos con sentimientos de dolor, ansiedades y pérdidas de motivación. Cada persona está abierta a la posibilidad de descubrir por sí misma que puede crear belleza, alegría, felicidad y bienestar a partir de respetarse en la calidad de sus propios pensamientos y acerca de lo que piensa de los demás. Y ese respeto es posible si somos generadores de pensamientos de cooperación para poder comunicarnos. De manera que nadie tiene por qué resolverme, ni es necesario hacerlo con otros. Cambiamos la perspectiva, aceptando que estamos aquí, juntos, para compartir, e ir a favor del potencial de cada uno.

Artículo de Graciela Large,
Experta en Comunicación
y Terapeuta de desarrollo personal.
Creadora de la página Comunicación en pareja

lunes, 25 de abril de 2011

De tal palo tal astilla

Una compañera y amiga, Lidia Solano Belmonte, nos ha enviado su aportación a esta página, escribiéndonos un artículo sobre sus observaciones profesionales con los alumnos, haciéndonos reflexionar sobre la importancia vital que tiene la educación dentro de una familia estructurada convenientemente, permeable y esforzada en vivir, de la mejor forma posible, los ciclos evolutivos propios por los que pasa.

"Siempre me han gustado los refranes por ese sabor popular tan fácilmente entendible y esa inmensa sabiduría que los caracteriza. De hecho, si aplicamos dicho refrán a un contexto educativo, podríamos verificar hasta qué punto se ajusta a realidades concretas, y es aquí dónde me remito a mis alumnos de educación secundaria.
De todos es bien sabido el carácter tan peculiar de los adolescentes. Somos conscientes y entendemos que están afrontando muchos cambios de tipo psicológico, biológico etc., pero esto es algo común para todos. Lo que ya no es tan compartido y se convierte en el punto de divergencia, afortunada o desafortunadamente, es el entorno familiar, y aquí ya estamos hablando de palabras mayores.

Dicho entorno es de gran relevancia para el proceso educativo del alumno y es un factor muy a tener en cuenta para comprender ciertos aspectos de su evolución académica. Por ejemplo, suele ocurrir que un alumno que normalmente saca buenas notas, empieza a mostrar un descenso notable de su rendimiento, y eso nos lleva a pensar que quizá pueda haber algún problema de fondo, probablemente de tipo familiar (aunque a veces puede ser de otro tipo). En estos casos, los profesores comenzamos a investigar, a buscar información del tutor, del orientador, de la propia familia, etc. para poder comprender o dar solución al problema y, en la mayoría de ocasiones, suele efectivamente tratarse de una separación de sus progenitores, acompañada de una nueva situación familiar o de algún otro aspecto negativo dentro de ese ámbito.

Por lo general, los alumnos que muestran una evolución académica digna suelen ser aquellos que viven al amparo de un seno familiar estable, cuyos padres muestran un enorme interés, vienen a vernos, se interesan por el progreso de sus hijos, les ayudan en sus tareas, elogian nuestra labor, etc. Y éste es el perfil ideal de padres que a todos nos gustaría tener para todo el alumnado, pero esto no es más que una mera utopía. A menudo, las situaciones laborales de los padres no les permiten acudir al centro educativo, no disponen de tiempo para dedicar a sus hijos en casa, ni para controlar lo que hacen o dejan de hacer durante el horario extraescolar, etc., y esto suele traducirse en malos resultados. Hemos de ser conscientes de que esta situación se deriva en gran medida del nuevo modelo de familia dónde ambos progenitores trabajan, lo que desgraciadamente, hace mucho daño al proceso educativo de sus hijos, pero eso es harina de otro costal…

Resulta especialmente llamativo el caso de alumnos que disfrutan de una excelente salud familiar, cuyos padres no consiguen dar explicación al pésimo rendimiento académico o a la conducta disruptiva de su vástago, lo cual hace tambalear el refrán de marras y nos induce a dudar de si los hijos se miran o no en el espejo de sus padres. Sin embargo, esta circunstancia no responde con frecuencia a un patrón estándar.

Capítulo aparte merecen aquellos alumnos que se caracterizan por tener un rendimiento académico muy bajo permanentemente y nula motivación por sus estudios, todo ello aderezado con conductas agresivas o antisociales. En estos casos, intuimos que detrás se esconde el fantasma de una familia desestructurada y, lamentablemente, nos solemos equivocar más bien poco. Esto se confirma cuando convocamos a los padres y no acuden al centro, no responden a las llamadas y si vienen, lo hacen en multitud de ocasiones con actitudes similares o peores que las de sus hijos, los justifican e incluso a veces nos hacen culpables y responsables de la situación. Y es precisamente en estos casos cuando pensamos que el refrán tiene su razón de ser, que tiene una veracidad que nos gustaría enormemente que no tuviera pero así es…DE TAL PALO, TAL ASTILLA."


LIDIA SOLANO BELMONTE
Profesora de Secundaria

miércoles, 20 de abril de 2011

¡¡Somos tan diferentes!!... ¿Mejor separarnos?

Susana regresó a casa después de una semana y nada más recibirla en el aeropuerto, su pareja le dijo que no quería continuar después de cinco años de relación. No esperó a la tranquilidad del hogar. Ahí mismo, con las maletas en la mano, le comunicó que todo se había acabado.

Han pasado varios años y no consigue recuperarse del impacto que le produjo la noticia. Tiene más de 60 años y el escepticismo anida en su corazón. Distrae la sensación de abandono repasando los aspectos negativos de su antigua pareja. Un pobre consuelo.

A Encarna le pasó algo parecido. Durante once años vivió una relación apacible, sin sobresaltos, hasta que surgió el deseo de ser madre. Durante unos meses fue un propósito compartido por ambos. Sin embargo, las dificultades que surgieron les llevaron a recorrer un camino sin brújula. Perdieron el sentido de la relación sin que ella pudiera detectar los síntomas del desencanto.

América acaba de separarse. Ha tenido una relación de más de nueve años, sin intimidad sexual, compartiendo una convivencia que la confrontaba constantemente con la desilusión. Ambos comparten el deseo de formar una familia, y estando separados todavía se reconocen con amor, sin embargo, materializar los sueños que comparten tiene el virus del desencuentro.

Patricia y Carlos tenían la intención de envejecer juntos. Todavía eran unos adolescentes cuando se casaron. Esa posibilidad se esfumó el día que ella descubrió la presencia de una tercera persona. Ambos asumieron que vivían desde hacía mucho tiempo una relación cómoda, nada estimulante para ambos.

Teresa está embarcada en una pugna judicial por conseguir que un juez reconozca sus derechos sobre la casa que compartió durante más de quince años con Guillermo. El proceso de divorcio ha estado precedido de discusiones, obstinación y odio. Ella no le perdona el haberla dejado después de haberle entregado todo. La decisión de una ruptura la tomó él abruptamente. En ningún momento ella intuyó que algo así pudiera ocurrir.

Las situaciones descritas resumen un sentimiento de desencanto que se apodera de la relación y que alguno de los dos, o ambos materializan.

¿Qué hay en común en estas situaciones?...

Yo me quedaría con la pérdida de sentido de la relación. Algo que se evidencia con los siguientes síntomas:


• Hay un malestar emocional que no se reconoce abiertamente.

• Ambos o uno de los dos llega a la conclusión de que no se consigue vivir lo que se quiere.

• La relación se agota o se produce un desgaste lento que sólo se asume cuando se hace crítico.

• Al estallar la crisis el escepticismo y el pesimismo justifican decisiones unilaterales.

• Predomina una valoración negativa del compañero, y el sentimiento de que es el otro quien nos impide ser o vivir conforme a nuestros propios deseos, o naturaleza.

• Los sentimientos de abandono y desencanto impiden hacer una revisión de la responsabilidad compartida.

• Las conclusiones sobre la experiencia se centran en el dolor, en nuestras expectativas o en los defectos del otro.


La ruptura es el resultado de la intolerancia en una relación de pareja. Es la evidencia de que he ignorado todas las señales que pedían aclararme primero personalmente, para luego encontrar el sentido de esa experiencia:

• ¿Qué es lo que me pasa? El malestar tiene una información positiva para mí, siempre y cuando no me identifique con él, ni me tome al pie de la letra lo que me dice.

• ¿Qué quiero hacer con esa información? Contrastar lo que dice la voz emocional nos permite distinguir la parte que está asociada a un pensamiento limitador sobre ti mismo, y por otro, lo que puedes hacer para no retroalimentarlo, teniendo en cuenta que ese es tu talón de Aquiles.

• ¿Para qué quiero este discernimiento? Para superar los filtros emocionales que justifican pensar que el otro tiene el poder de limitar mi forma de vivir, de sentir, de expresar o de manifestarme.

• ¿Qué experiencia facilita atravesar los filtros? Ser capaz de escuchar y contrastar las necesidades propias con las del otro. Que ambos miembros de la pareja puedan estar permeables a la diferencia natural que se da entre ambos. Para que la pareja encuentre su propia manera de estimular el comunicarse, el compartir tareas, el vivir nuevas experiencias, el plantearse retos.

Ahora os propongo que recordando una experiencia reciente, repasarla siguiendo las cuatro preguntas. Con las respuestas elaborar una nueva escena y visualizar una manera diferente de resolver la situación. De forma que me imagino con todo tipo de detalles espaciales, sensoriales y emocionales, la conversación que tendría con mi pareja.

Si en algún momento de la visualización detectas que vuelves a tener un malestar, repites el proceso. Conviene ensayarlo una cuantas veces y cuando sientas que estás preparado para hacerlo en vivo y directo, pruebas salir de la realidad virtual y lo practicas con tu pareja.


Vuestros comentarios seguro que reforzarán y ampliarán la visión que hoy comparto con vosotros.

Artículo por cortesía de su autora,
Graciela Large
Experta en Comunicación
y Terapeuta de desarrollo personal.
Recomendamos visitar esta página Comunicación en pareja

miércoles, 13 de abril de 2011

ACTUACION DEL TERAPEUTA FAMILIAR.

Hemos recibido en nuestro correo distintas consultas de orientadores familiares de distintos países preguntando cómo enfocamos nosotros la orientación ante una familia con problemas con hijos adolescentes. Es complicado aseverar que sólo hay una forma efectiva de abordar esto, pero como manera básica y bajo nuestra perspectiva, podemos aportar lo siguiente:

Es bien conocido que el adolescente, por ejemplo, responde a las tensiones que afectan a la familia (como así lo hacen todos y cada uno de los integrantes del sistema familiar, porque todo afecta a todos). Es entonces cuando adquiere fácilmente la etiqueta de "paciente identificado" que se lleva a la consulta, ya que es él -según los padres- el que tiene problemas o el que constituye el problema.

Con facilidad el hijo se convierte así en la víctima propiciatoria (sinónimos: cabeza de turco, chivo expiatorio, etc.) de las desavenencias familiares. Viene a ser como el cubo de basura, en el que todo el mundo puede tirar los trapos sucios de la casa. Viene a ser la parte más débil y espejo que manifiesta las crisis del sistema familiar.

En estas circunstancias, y una vez ha sido el joven remitido, junto con su familia, a la entrevista con el terapeuta familiar, se establece la oportuna estrategia de actuación. De entrada, el terapeuta familiar evitará "patologizar" aún más la situación, no tomando partido ni con los padres ni con el adolescente. En los casos en que hay discordia entre los miembros de la pareja, por ejemplo, es muy frecuente que una de las figuras parentales intente "monopolizar" al terapeuta en alianza con él y en contra del otro consorte, y hay que estar muy alerta para no caer en esta trampa.

El terapeuta examinará objetivamente la estructura familiar que tiene delante, valorando la severidad de la crisis, la capacidad funcional que presupone tiene la familia y si cuenta con suficiente red de apoyo social.
En la terapia familiar interesa casi siempre conocer el "qué", no el "por qué", de la situación familiar que plantea problemas, lo que en otros artículos hemos llamado “abordar el aquí y el ahora”. La finalidad de esta terapia consiste en modificar el presente, no en explorar e interpretar el pasado, ya que el presente de las personas es su pasado más sus circunstancias actuales.

La evaluación del funcionamiento familiar incluye saber el grado de cercanía, de cohesión entre los miembros de la familia. Los vínculos emocionales entre ellos podrán ser más o menos cercanos. Los extremos están representados por la situación de simbiosis y la de distanciamiento. Las familias que mantienen un alto grado de cercanía (familias fusionadas) pueden tener más dificultades para aceptar los procesos de diferenciación adolescente (por ejemplo: separación y partida del hogar).

Por otra parte, las que son distantes no reaccionan debidamente ante el adolescente (que se coloca en situaciones peligrosas) y tienen dificultades en poner límites.
La adaptabilidad familiar es la capacidad de la familia de cambiar sus reglas o pautas de funcionamiento en respuesta a situaciones de estrés. También hay que medir la capacidad de identificar y solucionar problemas de la propia estructura familiar, ya que existen familias que evitan el enfrentamiento de los problemas o que tienden a culparse a sí mismas o a otros por las crisis (lo que se llama secuencias acusatorias). Asimismo, debe conocerse el nivel de comunicación entre los miembros familiares y su capacidad de interactuar tanto a nivel afectivo como con realizaciones prácticas.

La terapia debe focalizarse en hechos concretos, logros visibles, en contraposición a la tendencia propia de los adolescentes de hablar mucho de intenciones, ideas abstractas, confusiones internas, logros futuros, etc.

Debe hacerse hincapié en los "logros mínimos" para alcanzar tales objetivos: día de comienzo, qué pasará en caso de cumplimiento, de incumplimiento, etc., dejando todos los cabos bien atados, de forma previsible y coherente.

La entrevista familiar es, sin duda, el principal instrumento en la evaluación de la dinámica familiar. Sin embargo, el terapeuta puede contar con otros instrumentos de información, como son las encuestas de autoevaluación.
A veces con simples cuestionarios y con muy pocas preguntas, se logra que las personas comiencen a “vaciar” la información que realmente necesitamos y si no lo hacen nos sirve para observar su lenguaje no verbal ante la importancia de esas cuestiones en su vida.

Ejemplo de preguntas a realizar en un contexto o estadio de las sesiones adecuados, a criterio del orientador y de la conveniencia de la situación:

- ¿Estás satisfecho con la ayuda que recibes de tu familia cuando tienes un problema?

- ¿Conversáis entre vosotros sobre los problemas que tenéis en casa?

- ¿Las decisiones importantes se toman en conjunto en la familia?

- ¿Los fines de semana son compartidos por todos los de la casa?

- ¿Sientes que tu familia te quiere?

El especialista, orientador o terapeuta familiar, que aborda el grupo familiar como una unidad de análisis, es como un experto jugador de ajedrez que estudia detenidamente la posición de todas las piezas sobre el tablero. Elabora el denominado "mapa familiar", descubriendo las fronteras entre sus miembros, el espacio físico de cada uno dentro de la familia, las alianzas entre los miembros, etc. Luego, cuando el terapeuta mueve las piezas del sistema, observa las reacciones y resistencias que manifiestan cada uno de los integrantes de la familia. Y así, con suma paciencia, practicando el viejo arte del "tira y afloja", podrá recomponer y equilibrar una estructura familiar que se estaba desmoronando.

Personalmente, siempre recomiendo, como ayuda, pasar el cuestionario de funcionamiento familiar para establecer una base orientativa de la funcionalidad o disfuncionalidad del sistema familiar. A este cuestionario hago referencia en un artículo que encontraréis en ARTICULOS POR SECCIONES Y TEMAS, en la barra lateral.


Juan José López Nicolás
Ref. de datos http://www.proyectopv.org/

viernes, 8 de abril de 2011

EL DESEO DE CAMBIO (Y el miedo a cambiar)

Tú lo sabes, yo lo sé: no es fácil vivir en un estado de calma y bienestar. Tanto circunstancias externas como internas te invitan, permanentemente, a sentir desazón,
desasosiego, inquietud, ansiedad, disgusto, fastidio, malhumor, intolerancia, frustración, enojo, momentos depresivos. Todo lo cual te lleva, como a muchos, a que sintetices esas vivencias con el consabido “me siento mal”.

Días pasados un amigo, que no es ajeno a esta dificultad de vivir en estado de bienestar, me regaló un cuadrito en donde un chimpancé está todo pegoteado con un chicle. El texto dice: "Lo único que lamento es haber llegado al mundo sin un manual de instrucciones". Este hipotético “manual” es algo buscado incesante y afiebradamente por mucha gente. Quizás tú mismo has comprado este libro creyendo que se trataba del Gran Manual.

Otras personas buscan gurúes, místicos, profetas o depositan en el psicoanalista, médico, abogado, un saber que, en realidad, no poseen. La cuestionable filosofía del llamado Pensamiento Positivo (PP) se propone como un buen manual para vivir mejor. Lamentablemente, a pesar de la buena intención de los autores y de los buenos deseos de quienes la practican, todo sigue igual. La famosa frase de Emile Coué, uno de los primeros iniciadores de esta filosofía, "Cada día que pasa y con la ayuda de Dios me siento mejor y mejor", ya no convence a nadie.

Distinta es la persona que tiene una Actitud Mental Positiva (AMP) frente a las adversidades. Este tipo de gente no niega la realidad sino que la encara con un espíritu de lucha, de resolver problemas.

Por ahora, digamos que ese “sentirte mal” es una forma que tiene tu esencia divina de avisarte que las cosas no están funcionando como tú lo deseas. Si, lo sé: la experiencia es dolorosa, sin embargo es el primer gran paso para empezar a cambiar. Desde la vivencia de malestar podemos interrogarnos y darnos cuenta de lo que nos está pasando. Pero conocer y admitir nuestras carencias, nuestras faltas, los huecos de nuestra vida no es para nada agradable. Tomar conciencia de que enfermamos, envejecemos y morimos, de que nuestra existencia tiene un límite, de que aquellos a quienes amamos nos pueden dejar y, de hecho, nos dejan, produce angustia.

Reconocernos como seres humanos con todas nuestras imposibilidades nos baja a tierra de un golpe. Saber que no sabemos y que necesitamos de otros para tantas cosas es una ofensa para nuestra ilusión de creernos completos. Percatarnos de nuestro deslizamiento por el tiempo y compararnos con nuestras fotos de diez años atrás, observar que muchos de los que aparecen ya no están, comprender que toda una época terminó, nos invita a hacer un balance en donde hay mucho de pérdida, de falta, de oportunidades que dejamos y de renuncias a nuestros propios deseos para satisfacer el deseo de algún otro.

Muchas de esas carencias se mantienen y, si se toma conciencia de ellas, podemos preguntarnos... ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

Los partidarios del pensamiento positivo pueden optar por conformarse: “el Señor así lo quiso, agradezco por estar sano, tener trabajo, a pesar de mis problemas siempre estoy con una sonrisa, etc.” Por el contrario, los que poseen una Actitud Mental Positiva no se sienten mal por sentirse mal. Admiten que un estado temporario de mal estar es sentir de acuerdo con la situación que lo origina. Y desde ese "sentirse mal", admiten tener una dificultad, un problema, un imprevisto y hacen todo lo que tienen a mano para resolver la cuestión. Es decir, aceptan la situación desagradable y hacen lo que tienen que hacer para producir un cambio.

Aún así, este cambio requiere unas imprescindibles condiciones para intentar lograr unos cambios significativos en la vida y crear las condiciones para vivir en un estado de satisfacción, a saber: 1) autoconciencia: tienes que reconocer tus propias carencias, dificultades, circunstancias desfavorables; 2) autocrítica, debes hacerte responsable de tus propias conductas que producen y/o perpetúan el malestar; 3) deseo de cambio: tienes que sentir, pensar y hacer lo conveniente para generar transformaciones en la propia vida evaluando las consecuencias de cada decisión tomada. Todo lo anterior debe estar amorosamente envuelto por, 4) tu buena fe o sea, dejar de engañarte a ti mismo.

Tomamos aquí a la mala fe como una actitud de farsa para con uno mismo. Si lo ponemos en forma positiva quedaría así: la buena fe es la disposición de autenticidad para consigo mismo, con los propios valores, palabras que se dicen, sentimientos congruentes y acciones consecuentes.

Un individuo que actúa de mala fe rige su vida por la falsedad, la mentira, un estado de apariencia, se inventa una vida inexistente, se pone trampa tras trampa, se estafa, se defrauda a sí mismo. Una parte de él conoce lo que está haciendo consigo mismo pero lo descalifica apelando a miles de argucias y excusas tan poco convincentes que no soportarían la más mínima confrontación. De ahí que las personas a las que se les cuestionan esas falsas justificaciones se enojan o responden de manera brusca, agresiva.

Se sienten ofendidos, atrapados en un decir sin base cierta. La mala fe atenta contra la toma de conciencia pero cuando se posee ésta última, el autoengaño impide que la persona efectúe las acciones correctivas que le permitirían resolver el conflicto en que se encuentra.


Del libro del Lic. E. Jorge Antognazza
“¿Qué hacer con la vida?

lunes, 4 de abril de 2011

LA VIRTUD DE ESCARLATA O'HARA

Casi todos conocemos a este personaje cinematográfico, una caprichosa y bella mujer rica, que se enfrenta a la caída de su imperio sociocultural en medio de una guerra. Una mujer un tanto maquiavélica para la que el objetivo es uno y claro y los medios para obtenerlo están justificados.

La virtud de Escarlata reside en su capacidad para dejar a un lado el dolor, el miedo, la culpabilidad, sin pasar por alto que este personaje es tremendamente egocéntrico y egoísta, reitero su virtud para luchar y salir adelante, su "ya lo pensaré mañana" un tanto superficial le permite al mismo tiempo centrar toda su atención en el momento que vive, sin rumiar sus pensamientos más dolorosos, o las incertidumbres del futuro.

Su mente parece no dejar de buscar salida, eso sí, si la estrategia no ha funcionado no volverá a repetirla, algo que parece obvio y que sin embargo resulta tremendamente costoso a muchos, sobre todo porque existe cierta inconsciencia sobre el proceso de resolución, ni tan siquiera son conscientes de su fallo al repetir una y otra vez la misma estrategia equívoca.

A la pregunta ¿qué has hecho hasta ahora para solucionar tu problema?, suele seguirle un: he hecho de todo pero al examinar con detenimiento las estrategias y hasta el planteamiento del problema, es fácil observar que no se tiene claro cómo abordarlo, que se cambian las palabras para terminar haciendo siempre lo mismo, la persona se sume entonces en un mar de pensamientos negativistas y ya no ve salida. Ahora tenemos dos problemas.

Las técnicas de resolución de problemas son sencillas y eficaces si se utilizan correctamente.

Algunas personas tienen una gran capacidad para realizar estos procesos cognitivos de forma natural, mientras que otras andan siempre en conflicto incapaces de solucionar o tomar decisiones. Está claro que Escarlata O´hara no tenía esa clase de conflictos. Y, por suerte para todos, esto se aprende.

¿Qué es una técnica de resolución de problemas?

Es una técnica que sigue un proceso definido cuyo objetivo es que la persona ponga en marcha un plan para solucionar una situación-problema, y aprenda a gestionar situaciones futuras similares.

La resolución de un problema que nos genera malestar y para el que no vemos salida debe hacerse de modo que seamos conscientes en cada momento del objetivo que buscamos y de por qué actuamos de tal manera. Cuando las situaciones se complican y el resultado es importante es mejor no dejar al azar un papel relevante.

Seguir los pasos que se exponen a continuación nos será de gran ayuda:

1. Formular el problema: definirlo y desglosarlo en todas las partes susceptibles de intervención.

2. Establecer un orden de actuación que permita abordarlo paso a paso.

3. Generar alternativas de solución, todas aquellas que se nos ocurran.

4. Decidirse por una alternativa y valorar pros y contras.

5. Llevar la alternativa a la práctica.

6. Valorar resultados.

7. Si el resultado no es satisfactorio: volvemos al punto 4 y ponemos en marcha una nueva alternativa.

El mejor resultado es aquel que nos permite sentirnos a gusto con nosotros mismos y con las circunstancias que lo provocaron, aun cuando no sea el que esperábamos inicialmente.

Es importante este planteamiento porque nos hace ser consciente de que cuando tomamos una decisión fundamentada ante un dilema, es la decisión adecuada, porque es la que queremos. Aunque más tarde, repito, no obtengamos el resultado imaginado, sabemos que no hemos cometido un error, ya contábamos con esta posibilidad. Aprendemos de lo ocurrido y ponemos en marcha un nuevo argumento.

Puede que suene frío pero es de lo más práctico, sea cual sea la naturaleza del problema y sobre todo cuando nos resulta realmente complejo y su magnitud interfiere en nuestro día a día.

Si nos encontramos frente a un muro, sea cual sea su magnitud, en nuestro camino no caigamos en la cobardía o la dejadez de creer que ya no podemos avanzar, si no lo podemos derribar, puede que sí saltar, escalar, picar; solo necesitamos voluntad, convicción y no perder de vista el objetivo.


Artículo por gentileza de Cristina Carmona Botía
Psicóloga y articulista de la página www.sentirse-bien.net

viernes, 1 de abril de 2011

REALIDAD SOBRE LAS DISCUSIONES Y LA PAREJA

Las discusiones en pareja son necesarias ante los desacuerdos, lógicos entre dos personas, con el fin de negociar soluciones ante los problemas o expresar opiniones aún con distintos puntos de vista. La pega es que hay parejas que no saben discutir, no se escuchan, no se centran en las soluciones, sino en buscar culpables y defender sus respectivas posturas, a veces de forma agresiva (enfadados, gritando, irónicamente…) así cualquier tema en el que haya desacuerdo, por nimio que sea, es susceptible de provocar discusiones destructivas donde lo importante es ganar al otro. En general, la familia política y la educación de los hijos son temas de discusión recurrentes en las parejas que acuden a terapia para mejorar su relación.
No es raro que en esa discusión suela ceder el más inhibido, el que huye de los conflictos o convive con una persona con un estilo de comunicación más agresivo. No es cuestión tanto de sexo como de personalidad.

El que cede acaba con la discusión, aunque no llegue a un acuerdo satisfactorio, a corto plazo cesa la situación que vive de forma aversiva, pero a medio o largo plazo la insatisfacción ante su cesión pasan factura; la discusión puede volver a darse y la frustración y el malestar en la relación se afianzan ante su incapacidad para discutir de forma constructiva.

Hay un motivo primordial por el que la discusión puede continuar eternamente y ese es la falta de capacidad para dar el primer paso y pedir perdón o perdonar, pero de corazón. Nos cuesta pedir perdón cuando creo que la culpa no ha sido mía, si culpo al otro del agravio y no me responsabilizo de mi parte de culpa. El enfado tras la discusión y el orgullo no facilitan ese paso. A veces no somos conscientes del dolor causado o creemos que la otra parte exagera. A veces no nos han enseñado a hacerlo o denota una clara falta de compasión, arrepentimiento o empatía.

Nos cuesta perdonar cuando ha sucedido lo mismo muchas otras veces o lo que nos han dicho o hecho no estoy dispuesto a perdonarlo. Quizás no hay que perdonarlo todo. A veces perdonamos en el momento, otras es cuestión de tiempo, hay que dar tiempo para el perdón y facilitarlo con arrepentimiento e intención de enmienda.

A veces surte efecto llevar a cabo unas pautas sencillas y prácticas conducentes a la reconciliación, como por ejemplo dar un tiempo a que el enfado se pase, no ser orgulloso y no dejar que un malentendido o desacuerdo ponga en duda una relación con otras muchas cosas buenas. Enfadarte con quien quieres es normal, nos enfadamos con nuestros padres y hermanos, cómo no hacerlo con nuestra pareja. Lo importante es reconciliarse y analizar en frío qué ha pasado, en qué hemos fallado y tratar de corregirlo para que no vuelva a pasar. Ser humilde y aceptar nuestros errores, respetar el enfado del otro y darle tiempo a que esté preparado para perdonarnos y hablar de lo ocurrido.

Y si aprendemos de ello, mejorando nuestra forma de comunicarnos, expresando desacuerdos y enfados, la pareja sale reforzada y preparada para solventar mejor el próximo malentendido o desacuerdo. Si no aprendemos ni cambiamos nada, podemos dejar de sacar temas importantes por no discutir, pero que no se resuelven, sino que se acumulan hasta que salen de mala manera y/o en un mal momento, haciendo imposible negociar ni resolver nada.

También ocurre a veces, que tras muchas discusiones, sufrimiento y peleas, la pareja deja de sentirse atraída, respetada y querida, haciéndose cada vez mayor la insatisfacción y el deterioro de la pareja. Esta incapacidad de resolver conflictos o respetar y aceptar distintos puntos de vista o necesidades son caldo de cultivo para la infidelidad y la separación. Si no hay perdón la crisis no se supera.

De una entrevista a T. Vaquero Romero
Psicóloga, especialista en pareja

martes, 22 de marzo de 2011

AMOR Y EXPECTATIVAS

Más que de amor en sí mismo, de lo que se trata es de reflexionar más bien sobre las expectativas que el individuo deposita sobre su pareja a la hora de querer ser feliz, de querer descansar sin problemas en un espacio ajeno al "campo de batalla" cotidiano que cada uno mantenemos con la vida.

No tenemos que pedir a otro ser humano lo que tenemos que trabajar en nosotros. EI amor no es compulsivo, es equilibrado. No tiene desesperación, no es impulsivo, y sólo una persona que esté dispuesta y bien entrenada en amarse y aceptarse plenamente puede experimentarlo. La capacidad de amar a otra persona surge de un corazón lleno, no de uno vacío. Esto crea un terrible dilema para tantas mujeres con una niñez melancólica y un corazón vacío, solitario y anhelante. Han pasado su vida adulta buscando con fervor a la persona que pudiera borrar ese dolor. Al ver que esa búsqueda, en lugar de traer alivio, provocó más dolor, (¿dónde está "él"?, pregunta), porque "él" es la respuesta, la esperanza, la necesidad.

Mediante la intensidad y el ardor de esa búsqueda, convierten la relación en una verdadera religión y colocan a sus pies las más grandes cargas.

Lo que piden a una relación es que proporcione un sentido de identidad y propósito, que elimine la sensación de aislamiento y mitigue el miedo al abandono. Existe la expectativa que si están con la persona "adecuada" se sentirán a salvo en un mundo peligroso y estarán protegidas de la amenaza de pérdida, separación y muerte.
Esperan que la relación perfecta las convierta en mejores personas y las cure de defectos y fallas humanas, insatisfacción, envidia, orgullo y desesperación y que las haga más tolerantes con los defectos y las fallas de los demás.

En resumen, piensan que una relación debe hacerlas perfectamente felices. EI hombre con quien están se convierte en el Poder Superior, en la fuente de curación para todo dolor, en respuestas para las preguntas y en todo lo que les falta y no tienen bien desarrollado. ¡Qué expectativas peligrosas!

Una relación con otro ser humano, ya sea progenitor, pareja o hijo, nunca tuvo el propósito de brindarnos todo eso. Una relación puede proporcionar compañerismo, cierto grado de comprensión y la oportunidad de aprender más acerca de quiénes somos. Una buena relación de pareja incluye ternura, afecto y sexualidad. Pero no está en ella proporcionar el resto. La lucha con la angustia y el miedo al futuro, las necesidades de identidad y seguridad, el ansia de hallar un significado y un propósito en nuestra vida, la necesidad de conformarnos con la pérdida y la muerte sin rendirnos a la desesperación ni a la amargura, son cuestiones que pertenecen a la esfera de la búsqueda espiritual, a la esfera personal o individual, no a la esfera de la búsqueda de relaciones.

No tenemos por qué pedir a otro ser humano lo que necesitamos pedir a Dios. O lo que tenemos que trabajar en nosotros mismos sanando el vacío y el dolor existente. Mientras insistamos en hacerlo, no encontraremos lo que buscamos.


Lic. Teresa González- Psicóloga
Autora del libro: “Todos podemos cambiar”

jueves, 17 de marzo de 2011

MENTE Y CREENCIA...PENSAR, ACTUAR

Perder la capacidad de apreciar la belleza que hay en el mundo es muy dañino. Nuestro pensamiento puede crear un veneno en la mente que nos hace perder la perspectiva real y positiva de las cosas.
No nos enfadamos solo por lo que pasa sino por el significado que le damos y si ese significado desarrolla hábitos de agresividad, ira, victimización, rencor, etc., actuaremos de esa misma manera y como casi siempre, serán decisiones precipitadas las que tomemos.

En ocasiones se puede rectificar salvo que ese “veneno” que nos inoculó nuestra mente con distorsiones cognitivas, nos refuerce en nuestra actitud y nos haga no poder salir a la realidad que hay ahí fuera. Y nos paraliza para no tomar la decisión de iniciar el camino para el cambio que se precise. Y sin embargo, si pensamos desde nuestros “adentros”, somos los únicos responsables de lo que nos pasa, porque nosotros elegimos qué hacer y donde posicionarnos.
La persona a quien le falten habilidades de conducta para sobrellevar ciertas situaciones, como la comunicación o la capacidad de solucionar problemas, fácilmente usará la ira, la rabia, el descontrol, la ruptura, etc., para resolverlo. Es un sistema el que hay que está interconectado y los núcleos de estas interconexiones son el pensamiento, las emociones, las conductas y el entorno. Pero nuestro comportamiento modela el entorno en el que nos movemos ocasionando a veces que las personas que actúan de forma antagonista aparten a los que podrían darles apoyo.
Y en el fondo, el problema, el quid de la cuestión, no es otro que la circunstancia de no entender bien el mundo y la vida, y a veces la ira, el enfado, consumen nuestros recursos.

Como sigue diciendo R. Novaco, tras la ira hay alguien cuya perspectiva de vida es estrecha y exagera la importancia de los acontecimientos.
Se trata de estructurar nuestros pensamientos, para conservar nuestra salud mental, aunque si observamos estos datos que siguen, nos pueden dar bastante en qué pensar. Se pueden establecer unas características mínimas y básicas definitorias de los que están mentalmente sanos y según esto serían:
• Tener la posibilidad de desarrollar aptitudes y talentos satisfaciendo adecuadamente sus necesidades básicas.
• Tener la capacidad de ir aceptando las responsabilidades individuales y compartidas.
• Tener la capacidad de dar y recibir amor, en la amistad y la compañía, y por último
• Tener la autocrítica reflexiva sobre los propios comportamientos con capacidad para aceptarlos o para cambiarlos cuando sea necesario.

Por esto es importante interiorizar que "La mente es la casa de las creencias que promueven los pensamientos que conducen a las acciones que emprendemos. La mente es lo que desarrolla y dirige la estrategia. La mente provee una imagen e instruye al cuerpo en los movimientos necesarios para actuar. La mente es el observador que hace las decisiones acerca de la clase de autodiálogo que utilizamos cuando actuamos. La mente controla nuestra fisiología. La mente se hace cargo del control emocional. ¡La mente es la locomotora que conduce al tren!"

Seguramente a nadie se le ocurre que es uno mismo quien se hace sabotaje a sus propios pensamientos positivos.

Cuando emprendemos este camino de mejoramiento y desarrollo personal,si es que lo hemos decidido, el gran bloqueo está en nuestro paradigma, es decir, en el conjunto de creencias, hábitos, maneras habituales de pensar y actuar. Tu mente consciente está llena de pensamientos, y la subconsciente llena de creencias. Cuando tu mente consciente tiene que adoptar una actitud, una respuesta, una acción, consulta al subconsciente quien le da inmediatamente la respuesta, según cuáles sean las creencias alojadas en él. No todas las creencias que tiene nuestro subconsciente son limitantes. Muchas son potenciadoras, y son las responsables de lo que has logrado en tu vida. Pero de lo que se trata es de ir cambiando las creencias, los modos habituales de pensar y actuar que nos limitan y postergan nuestro desarrollo.



A la hora de comprender un comportamiento o de modificar cualquiera de ellos, es necesario tener en cuenta los tres vértices de este triángulo. Para experimentar sentimientos más positivos, "sentirnos mejor", es necesario pensar de forma adecuada a la realidad y liberarse de ideas irracionales que a uno le hacen daño.

bibliografia: - http://atraelaplenitud.wordpress.com
- datos de entrevista a Raymond Novaco

miércoles, 16 de marzo de 2011

LUCHA DE PODER EN LA PAREJA

Antes de ser una pareja, existen dos personas con diferentes mundos, los cuales representan la historia de sus familias de origen, las experiencias de lo que han vivido, de lo que han experimentado con otras personas, de cómo se han ido sintiendo a lo largo del proceso de su propia vida; se suman a estos factores las creencias, ideas, gustos, pasatiempos, religión, moral personal y sobre todo sus emociones.

Al empezar a vivir en pareja, estos dos mundos se empiezan a mezclar y en muchos de los casos el acoplar estos factores no es fácil y se llegan a crear fuente de conflicto que está sustentada en la necesidad de imponer al otro las ideas y experiencias propias, como si fueran una verdad absoluta, o como si la razón estuviera de nuestro lado.

En el inicio de la vida en pareja, esperamos que estos factores choquen y se generen pequeños conflictos. Por ejemplo: Reclamos porque uno expresa más afecto que el otro, incapacidad de tomar iniciativas, problemas en el reparto del tiempo libre, etc. Es común escuchar frases como las siguientes:

¿Qué quieres hacer?

¿A dónde quieres ir?

¿Me quieres?

¿Yo soy quien siempre te busca?

¿Por qué no me llamas?

Etc.

Lo que hasta el noviazgo había sido dar y recibir cariño, lo cual es necesario para cualquier ser humano desde que se nace hasta que se muere, también lo es en la relación de pareja. Solo que al desarrollarse la vida en pareja, es uno de los factores que empiezan a desaparecer; se nos olvida decirle a la pareja que la queremos, que nos importa, dejamos de hacer las cosas que le gustan, nos dejan de importar sus intereses y casi siempre caemos en la rutina de las obligaciones. Tal parece que en la actualidad el sinónimo de pareja es atender obligaciones.

No expresar afectos fundamentales como el cariño, la ternura, la calidez y la pasión, termina por apagar la llama que enciende la relación, que si no la cuidamos se apaga. Por ejemplo: Olvidar dar y recibir abrazos, no recordar el beso de buenas noches o evitar decir palabras estimulantes y agradables, no reconocer los éxitos de la pareja, no aceptar que a veces cometen errores, no aceptar en ocasiones que la pareja tiene razón, y olvidarnos de que en esencia el otro es así, y las personas sólo cambian cuando lo quieren hacer, no cuando se los queremos imponer.

Un factor que dañan mucho a las parejas es vivir como isla, quiere decir que vivimos sin comunicación. El diálogo de la pareja se centra en los descalificativos, en la agresividad, en la ironía, en la ofensa y en recordarle a la pareja sus obligaciones. Así es como se fomentan los conflictos y baja la autoestima.

Como personas arrastramos vicios como el no saber escuchar, hablar demasiado o no ponerse en el lugar del otro, los cuales son detonantes de tensión en la pareja. Por ejemplo: Llegar a casa y pedir a gritos que se sirva la cena o decirle constantemente a la pareja que no sirve para nada, que falta el dinero, que los hijos se portaron mal, que se descompuso el auto etc., son claros ejemplos de que la relación se está deteriorando.

Los seres humanos deberíamos presentar flexibilidad y adaptación a los cambios, sólo que actualmente no hay mucho espacio para hacer conciencia de estos factores. En la vida de pareja también se necesita la flexibilidad sobre todo en la convivencia y en los cambios que se den con el tiempo. Si la pareja tiende a la rigidez e inflexibilidad de ideas y hábitos puede llegar a asfixiarse, porque cae en la monotonía, el aburrimiento, la rutina hasta llegar al hastío, sobre todo cuando estos factores sólo satisfacen a uno de los miembros de la pareja.

El respeto entre los miembros de la pareja es fundamental. Estar constantemente manipulando y usurpando el espacio personal del compañero o compañera sentimental desencadena conflictos serios, ya que la pareja puede sentirse controlada y manipulada dentro de su espacio vital. Por ejemplo: apropiarse del teléfono móvil del compañero o llamarle cada dos minutos, revisarle su agenda, controlarle las salidas, prohibirle que salga con las amistades, intentar que comparta y acepte absolutamente todo lo nuestro, etc.

La vida moderna requiere repartir las tareas sobre todo en el hogar, ayudar, colaborar; ser solidarios el uno con el otro es uno de los pilares de la convivencia. En muchas parejas el hombre considera que al trabajar ya está exento de las tareas del hogar, y generalmente menosprecia las actividades de la mujer, cuando la mujer está dedicada al hogar. No es raro observar cómo algunos hombres, en público, defienden la igualdad, la colaboración, pero luego, en privado, demuestran una doble moral bastante estricta.

Se trata de equilibrar la cooperación, reconociendo que ambos tienen derecho al descanso y ambos requieren atención. Cuando en la relación no hay cooperación por parte de uno o ambos miembros de la pareja la convivencia se convierte en un campo de batalla de reproches, insultos y frustración causados en muchas ocasiones por las convicciones tradicionales a las que están acostumbrados, las cuales se quieren imponer de manera cotidiana y sistemática. Por ejemplo: No contribuir en las tareas del hogar, dejar de hacer las compras, olvidar con frecuencia las cosas que te encargó tu pareja o que te pidió que le ayudarás a hacerlas, etc.

Con los factores que hemos visto tenemos los ingredientes de la fórmula que se va presentar como una lucha de poder y control al interior de la pareja. Las guerras internas en cuanto a la economía, el hogar o las relaciones sociales provocan una espiral de rivalidad que termina por acabar con la convivencia. Las consecuencias son: el rencor, el enojo, la envidia, la frustración, y la búsqueda de la derrota de su propio compañero sentimental.

La confianza al igual que el afecto es uno de los principales pilares de la pareja. Solo que las parejas cometen un grave error que es permitir que los celos invadan la relación, muchas veces nos engañamos a nosotros mismos diciéndonos, "tanto me quiere, que hasta me cela", y no nos damos cuenta, que los celos irán creciendo poco a poco hasta invadir toda nuestra relación.

La inseguridad, el miedo o la angustia ante lo que puede estar haciendo o pensando la pareja ocasiona ansiedad, depresión, persecuciones, que convierten la relación en una lucha, que es causante de conflictos serios.

Otra de las esferas que se ve afectada, en la relación de la pareja es la vida sexual, existen cuatro grandes etapas en la sexualidad, una es el deseo, seguida por la excitación, posteriormente se presente el orgasmo y al final existe una etapa de descanso reposo, para después reiniciar todo el proceso.

Uno de los factores que más se daña en la relación de pareja es el deseo, ya que en el mundo de la pareja al existir problemas cotidianos, discusiones, cuentas pendientes y todos estos factores que hemos estado hablando que obviamente generan incomodidad en cualquier ser humano, son el factor primordial para desaparecer el deseo sexual. Una persona que es sometida al estrés cotidiano de que hemos estado hablando, generalmente no se da cuenta que su deseo sexual va bajando día a día, llega un momento en que por alguna razón se da cuenta que no tiene deseo sexual con su pareja y se convierte en una fuente adicional de conflicto.

Es de considerar de mucha importancia que si la falta de deseo se presenta, el resto de la respuesta sexual queda bloqueada, evidentemente el problema es mucho más complejo de lo que suponemos. En la fase del deseo interviene el momento psicológico y emocional de cada persona, lo que quiere decir que todos los factores que influyen en su vida van a estar directamente relacionados con la falta del deseo, lo que quiere decir, que se requiere de mucha ayuda profesional para poderlo solucionar.

Cuando estos factores aparecen, puede ser en el hombre o en la mujer, sólo que, en la pareja se ve como un problema del otro y no como un problema de pareja, digamos que lo más objetivo es pensar que la falta de deseo de uno de los miembros es consecuencia de una mala relación de la pareja y no de un problema personal. Sólo en el caso de existir un trauma previo a la vida en pareja puede ser considerado como algo que hay que trabajar de manera individual.

Lo que consideramos como crisis afectivas en la pareja, son los detonantes de una mala relación sexual, de frustraciones, de la falta de ilusiones, de la desesperación, de los deseos exagerados de control, de la baja autoestima, y son detonadores de depresión y ansiedad, que surgen de los efectos de una mal encaminada lucha por el poder al interior de la pareja.


Artículo por gentileza de José Jaime Martínez. Sexólogo, especialista en Programación Neurolingüística.
De la página www.consultasexual.com.mx

miércoles, 9 de marzo de 2011

PAZ FRENTE A CONFLICTO

A todos nos han enseñado a pensar que es en el exterior donde debemos buscar el sustento, a mirar más allá de nosotros mismos, en busca de fuerza, amor, prosperidad, salud, felicidad y satisfacción personal, espiritual. Hemos sido condicionados en nuestra cultura para creer que recibimos la gracia de la vida de algún punto externo a nosotros. Sin embargo es posible cambiar la dirección de nuestros ojos de afuera hacia adentro y cuando la hacemos, encontramos una energía que habíamos percibido pero no habíamos identificado. No son las personas ni los eventos externos los que nos causan problema, sino que son nuestros pensamientos y actitudes hacia nosotros mismos, hacia la gente y las situaciones, lo que nos causa conflicto y aflicción.

Muchos artículos de este blog inciden en el tema de los pensamientos, pero es que cada vez estoy más convencido de que según piense, así actuaré.
No es raro que nos separemos de nuestra pareja por algún problema que le achacamos o que pensamos que es él o ella quien no sabe tratar nuestra vida como nosotros la queremos. No es raro ver cómo una relación que puede ser adecuada, se ve salpicada por todos los problemas que realmente, si miramos hacia nuestro interior, son nuestros exclusivamente y no del otro, pero nos hemos empeñado en que los acepte como condición para “seguir queriéndolo”.

Nos empeñamos en pensar que el otro no nos entiende cuando la realidad es que no nos puede entender si nosotros mismos no nos entendemos. Y el principal problema estriba en pensar que ese problema no tiene solución.

Cada instante nos brinda una nueva oportunidad de volver a examinar nuestra vida y de elegir otra vez qué es lo que queremos sentir: amor o temor, paz o conflicto. Es reeducar la mente y abrir nuestro corazón.

Sanarnos consiste en descubrir qué valor hemos asignado a actitudes como guardar rencor, culpar a los que nos rodean o criticar y enjuiciarnos a nosotros mismos y, luego, revisar nuevas opciones. Pretender que otra persona nos haga felices y llene todas nuestras expectativas es una fantasía narcisista que sólo trae frustraciones.

Sanar plantea que el propósito de toda comunicación es unir, no separar, que la felicidad es una elección y que nuestro estado natural es la armonía, creatividad y felicidad. Esto nos conduce a la libertad responsable en lugar de la opresión. Tener una actitud curativa se basa en la convicción de que es posible elegir la paz en lugar del conflicto y el amor en lugar del dolor. Nos ayuda a considerar la salud como una paz interior y la curación como el proceso de liberarse del miedo y la culpa.

Juan José López Nicolás
Sobre apuntes de la Lic. Teresa González- Psicóloga Argentina

viernes, 25 de febrero de 2011

AUDIO LIBRO DE TUS ZONAS ERRONEAS, DE WAYNE DYER

Os dejo con esta maravilla y producto de la gran sabiduría para descubrir nuestras zonas erróneas y aprender cómo la vida es lo que nosotros nos proponemos que sea. Escucha los distintos audios y trabájalos de forma adecuada y verás que, cuando miras hacia tí, la vida se te aparece de distinta forma. Este es un gran regalo que quiero compartir con vosotros.

















jueves, 24 de febrero de 2011

ENFOQUE SOBRE EL DUELO Y VIVIR LA PÉRDIDA

En esta dirección http://www.empresaflores.com/04.articulos_06.htm encontré un artículo sobre el duelo y la pérdida que me pareció interesante; unos matices distintos en el enfoque del tema del duelo.

“Nuestra sociedad continúa manteniendo un cierto número de mitos acerca del dolor y el duelo. Estos mitos pueden parecer inofensivos, pero he descubierto que muy pronto llegan a causar dificultades durante el proceso de curación.

Este artículo describe cinco de los mitos más comunes acerca del sufrimiento. Espero que esta información pueda ayudaros a superar estos mitos y a comprender mejor cómo ayudarse a uno mismo y a los demás, a “curarse”.

Mito Nº1: Dolor y duelo son la misma experiencia
La mayoría de la gente tiende a usar las palabras duelo y dolor de forma intercambiable. Sin embargo, hay una diferencia importante entre ellas. Hemos aprendido que la gente se encamina hacia la curación no solamente sufriendo sino también haciendo su duelo.

Está establecido que el dolor corresponde a los pensamientos internos y a los sentimientos que experimentamos cuando muere una persona amada. El duelo, por otro lado, es sacar nuestras experiencias íntimas de dolor y poder expresarlas exteriormente.

En realidad, mucha gente en nuestra cultura sufre, pero no realiza un duelo. En lugar de ser alentados a expresar su dolor externamente, a menudo reciben mensajes tales como “sigue adelante”, “trata de mantenerte ocupado”. Así que tratan de terminar con su sufrimiento en soledad, en vez de hacerlo externamente en compañía de sus seres queridos.

Mito Nº2: Hay una progresión ordenada y predecible en la experiencia del dolor.
Tener períodos de pensamientos similares acerca de la muerte y el dolor ha resultado atrayente para mucha gente. De alguna manera “los períodos de dolor” han ayudado a la gente a darle sentido a una experiencia que no es tan ordenada ni tan predecible como a nosotros nos gustaría que fuera. ¡Si solamente todo fuera tan simple!

El concepto de “período” fue popularizado en 1969 con la publicación de Elizabeth Kubler-Ross en “Sobre la muerte y los moribundos”. Kubler-Ross nunca pretendió que la gente interpretara literalmente sus 5 períodos de agonía. Sin embargo mucha gente hizo justamente eso, no solamente con el proceso de la agonía, sino también con el proceso de pérdida, dolor y duelo.

Una consecuencia de esto es que la gente que rodea a la persona que está de duelo cree que él o ella deberían estar en el “estado 2″ o en el “estado 4″, por ahora. Pero nada puede estar más lejos de la verdad que esto.
Cada persona realiza su duelo de una forma única. No es no predecible, no ordenada. Ni pueden sus diferentes dimensiones ser categorizadas. Solamente nos encontramos en problemas cuando tratamos de ordenar cómo deberían ser las experiencias de duelo y dolor de los demás o cuando tratamos de acomodar nuestro propio dolor dentro de pequeños compartimentos.

Mito Nº 3: Es mejor alejarse del dolor y del duelo en lugar de ir hacia él.
Muchas de las personas que sufren no se dan permiso a sí mismos, o no reciben permiso de los demás para realizar su duelo. Vivimos en una sociedad que a menudo anima a la gente a que se aleje del dolor y no a que se haga cargo de él. Mucha gente ve al dolo como algo que se debe superar y no como algo que se debe experimentar. El resultado es que muchos de nosotros o pasamos el duelo en soledad o tratamos de alejarnos de nuestro dolor.

Aquella gente que continúa expresando su dolor en una forma abierta haciendo su duelo, a menudo es considerada como “débil”, “loca” o “digna de lástima”. El mensaje más común es “tienes que salir y seguir adelante con tu vida”. Resistirse a las lágrimas, sufrir en silencio, y “ser fuerte” son tenidos en cuenta como comportamientos admirables. Mucha gentes que sufre ha internalizado el mensaje de la sociedad que dice que el duelo debería hacerse de una manera silenciosa, rápida y eficiente.

Tal mensaje aprueba la represión de los pensamientos y sentimientos de la persona que está sufriendo. El problema es que el tratar de enmascarar el dolor o tratar de alejarnos de él da como resultado ansiedad y confusión. Con un pequeño, si hay alguno, reconocimiento social del dolor normal del duelo, la gente comienza a pensar que sus pensamientos y sentimientos son anormales. “Pienso que me estoy volviendo loco”, me dicen ellos a menudo.
Ellos no están locos, simplemente están sufriendo. Y con el objeto de recuperarse deben ir hacia delante con su dolor continuando con su duelo, y no tratar de alejarse por medio de la represión y la negación.

Mito Nº 4: Las lágrimas expresando dolor son solamente un signo de debilidad
Desafortunadamente mucha gente asocia las lágrimas, producto del dolor, con un comportamiento inadecuado y con debilidad. Las lágrimas por parte de la persona que está de duelo, a menudo generan sentimientos de impotencia en los amigos, parientes y demás personas que la rodean.

Más que por un deseo de proteger a la persona doliente, los amigos y la familia pueden tratar de detener las lágrimas. Comentarios tales como “Las lágrimas no lo van a traer de vuelta” y “A él no le gustaría que llores”… se oponen a la expresión de las lágrimas.
LLorar es una forma natural de descargar la tensión interna del cuerpo, y le permite a la persona que está de duelo comunicar su necesidad de ser reconfortado. El llanto hace que la gente se siente mejor, emocionalmente y físicamente.
Las lágrimas no son una señal de debilidad. En realidad, son una indicación de la buena voluntad de la persona doliente para hacer el “trabajo del duelo”.

Mito Nº 5: El objetivo es “vencer” tu dolor.
Todos hemos escuchado a la gente preguntar: “¿Todavía te encuentras en esta situación?” ¡Pensar que como seres humanos podemos olvidarnos del dolor, es ridículo! Nunca nos olvidamos de nuestro dolor pero sí podemos llegar a reconciliarnos con él.

No lo resolvemos ni nos recuperamos totalmente de nuestro dolor. Estos términos sugieren un completo retorno a la “normalidad” pero en mi experiencia personal tanto como en la profesional, nuestras vidas han cambiado para siempre por la experiencia del dolor. Par la persona doliente, asumir que la vida va a ser igual que antes de la muerte es irreal y potencialmente perjudicial. Aquellas personas que piensan que el objetivo es “reducir” el dolor, lo pueden convertir en algo destructivo para el proceso de curación.

Las personas que están de duelo, de todas maneras, aprenden a reconciliarse con el dolor. Aprendamos a integrarnos a una nueva realidad que nos lleva hacia delante, continuando con nuestra vida, pero sin la presencia física de la persona fallecida. Con la reconciliación llega un renovado flujo de energía y confianza, habilidad para reconocer completamente la realidad de la muerte, y la capacidad de volver a reincorporarse a las actividades normales de las personas vivas. También llegamos a darnos cuenta que el dolor y el sufrimiento son una parte difícil aunque necesarios de la vida y de los seres vivientes.

A medida que la experiencia de la reconciliación se va descubriendo, también nos damos cuenta de que la vida va a ser diferente sin la presencia de la persona fallecida. Al comienzo nos damos cuenta de esto con nuestra cabeza, y más tarde empezamos a reconocerlo con nuestro corazón. También nos damos cuenta que la reconciliación es un proceso, no un resultado.
La sensación de pérdida no desaparece completamente, pero sí se suaviza, y la angustia intensa causada por el dolor se hace menos frecuente.
Entonces emerge la esperanza de que una vida continúa, mientras somos capaces de hacer un compromiso con el futuro, dándonos cuenta de que la persona fallecida nunca será olvidada, y sabiendo que nuestra propia vida puede y debe seguir hacia delante."

lunes, 21 de febrero de 2011

EMOCIONES Y SENTIMIENTOS

Mujeres y hombres necesitamos expresar deseos, emociones, sentimientos, ideas, pensamientos... Es decir, es crucial e importante poder expresar lo que se siente.


¿Qué son los sentimientos?
Son estados afectivos variables relacionados que tienen que ver con las relaciones amorosas, íntimas e interpersonales, con las relaciones sociales, con el sistema de valores y creencias, y en definitiva, con el mundo afectivo de cada persona. Existen multitud de sentimientos, y no son buenos o malos, simplemente “son, existen, están”; pertenecen a cada uno, y como tal existe total legitimidad para sentirlos así.

Es positivo y recomendable aprender a reconocerlos (tanto los negativos como los positivos), a escucharlos y a expresarlos.

¿Qué son las emociones?
También son estados afectivos, pero menos estables y más intensos que los sentimientos, pues aparecen de forma inminente, como una respuesta del organismo a lo que acontece en el entorno; tienen un componente corporal muy fuerte, como modo de expresión y liberación de las mismas.

Las emociones y los cajones de Rol social
En la medida que se reconocen y expresan las emociones y sentimientos, Hombres y Mujeres se sentirán más libres y se estimaran más. Además, utilizaran mejor estas expresiones afectivas, pues existen maneras sanas o insanas de funcionar a nivel sentimental.
Como en todos los ámbitos de la vida, en éste tema también existen diferencias de género, los llamados Estigmas sentimentales: “ los hombres no lloran, no expresan sus sentimientos, sus miedos… ” o “ las mujeres son débiles, lloran por todo, son muy cursis…”Los roles masculinos impiden que los hombres tomen contacto con sus emociones y sentimientos, así como los roles femeninos harán que las mujeres se hagan cargo de sus emociones, las expresen y las reivindiquen.

Emociones y Sentimientos
Al interrelacionar las emociones con los sentimientos, los psicólogos sugieren que se debe tener muy claro: que el límite entre los sentimientos y las emociones es muy sutil y es difícil detectar cuando pasamos de uno a otro. Sin embargo, existen características particulares en ambos que los diferencian.

Los sentimientos se mueven entre extremos opuestos (placer-dolor, amor-odio, esperanza-desesperanza); son profundos o superficiales y perdurables en el tiempo. Esta última característica los separa por completo de las emociones, que se distinguen por sus notas de gran intensidad y momentaneidad. Las emociones, por su parte, son un estado de ánimo caracterizado por una conmoción orgánica consiguiente a impresiones de los sentidos, ideas o recuerdos. Una emoción viene acompañada de una respuesta afectiva de gran intensidad, que sobreviene bruscamente e invade la psique de una persona y suele estar acompañada de reacciones neurovegetativas. En su fase inicial, las emociones se asemejan entre sí, independientemente de las circunstancias que las generen (una mala noticia, un momento de intensa alegría, etc.)

Las reacciones son más o menos similares: Sudor frío, temblores, respiración rápida, palpitaciones, secreciones hormonales internas, como el aumento en la producción de adrenalina. Se producen también fenómenos expresivos como gritos y sollozos. Se perturba el tono afectivo habitual, se altera el ritmo de los pensamientos y se pierde, en algunos casos, el control de los actos. En las emociones muy violentas, se liberan los sentimientos reprimidos, reaparecen modos primitivos donde el sujeto puede expresar palabrotas y hasta realizar gestos brutales.

En consecuencia, podemos reconocer en toda emoción dos componentes bien diferenciados. Por un lado, un componente cualitativo que se expresa mediante la palabra que utilizamos para describir la emoción (amor, amistad, temor, inseguridad, etc.) y que determina su signo positivo o negativo pero de manera relativa. Por otro lado, toda emoción posee un componente cuantitativo que se expresa mediante palabras de magnitud (poco, bastante, mucho, gran, algo, etc.), tanto para las emociones positivas como negativas. El cuadro siguiente trata de reflejar estos dos componentes de toda emoción.

¿Las emociones positivas son buenas y las emociones negativas son malas?
Las emociones son el lenguaje con nuestro interior; cuando estamos enojados, tristes, deprimidos, alegres, centrados, felices, enfermos… es nuestro interior que nos habla y las emociones positivas y negativas serán buenas o malas dependiendo la situación en la que nos encontremos.
Las emociones positivas no son buenas en lo absoluto y las emociones negativas no son malas en lo absoluto.

Ejemplos:
• Me siento bien por haberle pegado a fulanito
• Me siento mal por no haber entregado la tarea

¿Cómo influyen los Sentimientos y las Emociones en la toma de decisiones?
A veces las peores decisiones se toman en el peor momento, si estamos deprimidos, enojados, furiosos o inclusive contentos no siempre tomamos la mejor opción; el sentimiento en muchas ocasiones le gana a la razón y de cierta manera la emoción nos controla la realidad.

Es difícil aprender a controlarse en todos los momentos, las personas que se pueden controlar en ciertos ambientes, situaciones y momentos en otros casos parecen estar angustiados, desesperados, ansiosos, fuera de control.
Para poder entendernos, hay que entender que para el individuo que vive en un mundo de muchas sensaciones, demasiados estímulos auditivos, gráficos y táctiles, es fácil perder el control y dejarse llevar, ya sea por la situación, lugar o momento y perder ese control que todos debieran tener y practicar en cualquier circunstancia.

Los primeros pasos en todo proceso de toma de decisiones son los más importantes y existen algunos importantes obstáculos que se presentan inicialmente. Los más comunes son:
• La tendencia a responder ante una situación de manera inmediata
• La tendencia a hacer uso de soluciones que están “disponibles”. La clásica frase de “un clavo saca otro clavo”.
• La tendencia a reaccionar en base a cómo se nos presenta el problema. El médico no solamente toma en cuenta lo que el paciente “le dice” sino que realiza sus propias investigaciones.
• La tendencia a direccionar las decisiones hacia un único objetivo
• La tendencia a confundir los síntomas con los problemas
• La tendencia a evadir realidades

Lo cierto es que no existe una receta única para lograr ese auto control. Algunos respiran profundo, otros se ríen del problema, otros evaden la situación o el momento, otros le dan demasiada importancia. La cuestión aquí es aprender a no ser influenciados negativamente, controlados o manipulados por los sentimientos o las emociones, porque cuando nos gana la emoción, se pierde el control y podemos contagiar a otros a que se descontrolen.

El sistema de toma-de-decisiones que tiene una muy fuerte base racional, se dispara en gran medida a través de los sentimientos y las emociones. Alvar Elbing sugiere como primer paso la habilidad de identificar y aceptar nuestros propios sentimientos, algo que no es tan fácil y sencillo como uno puede suponer, incluyendo tres fases del proceso de auto-conciencia:
• Saber y reconocer lo que uno está sintiendo
• Identificar la probable causa y el referente de nuestros sentimientos.
• Expresar y manifestar nuestros sentimientos en el momento adecuado

No es ningún trabajo sencillo el de analizar nuestro propio comportamiento, es decir, ser sujetos de nuestra propia observación objetiva. George Lomard (“Self-awareness and the scientific method”; Science – 1960) define a la observación “como la capacidad de discriminar / distinguir entre lo que la realidad realmente es y la realidad como uno mismo la ve”.

Hay que saber controlar las propias emociones; el control es diferente a la represión, la cual hace "acumular" tensión sin darle salida. Debemos exteriorizar ciertos sentimientos pero no al grado que nos manipulen, dañen a otros o a nosotros mismos por lo que es conveniente y necesario saber descargarlos adecuadamente.

Una forma muy eficaz para expresarse es anotar en unos diarios personales los sentimientos que uno tiene ante una situación o una persona, para reconocer las propias emociones y sentimientos provocados y saber cómo re-expresarlos. En realidad, las situaciones del pasado pueden ser considerados como un área de aprendizaje y una oportunidad de maduración.
Otra forma de educar al pensamiento es mediante las experiencias ajenas (por ejemplo viendo las emociones en otras personas mediante películas, documentales o fotos).
En el caso del sentimiento negativo provocado por una persona, debemos hacerle ver a la otra persona con el debido respeto, que su actitud no es la mejor y que no es contra ella ese sentimiento, sino por su acción.

Hay situaciones que podemos controlar y son oportunidades, pero hay otras que se encuentran fuera de nuestro alcance y es aquí donde las personas conocen sus limites. Hay personas que se dejan absorber por el momento y se hunden en un “precipicio”, hasta que alguien llega y le brinda una percepción distinta de su situación o problema.
El aprendizaje es capaz de moldear, en definitiva, algunos aspectos importantes de la realidad emocional individual y colectiva.

La manera emocional no se puede mejorar de la noche a la mañana, porque el cerebro emocional tarda semanas y meses en cambiar sus hábitos, no horas y días. Para llegar al punto en que un hábito nuevo reemplaza a otro se requiere cierta práctica. Los estudios clínicos realizados sobre cambios de conducta demuestran que cuanto más tiempo pasa una persona esforzándose por cambiar, más duradero será ese cambio.

miércoles, 16 de febrero de 2011

AMOR Y CRISIS

Una de las características del enamoramiento es que creemos que, tanto nosotros como nuestro amor, permanecerá intacto hasta la eternidad. Sin embargo, nos guste o no, la propia existencia es una sucesión de cambios constantes. Nuestra vida se ve invadida continuamente por acontecimientos que remecen los cimientos de la tranquilidad lograda. Son las crisis, mezcla de temblores con terremotos. Nos conmueven y nos rompen esquemas, hasta que alcanzamos un nuevo equilibrio, que también será temporal. Las crisis, si no sabemos tolerarlas, pueden ser destructivas. Pero si aprendemos a crecer a través de ellas pueden enseñarnos a amar más y mejor.

Una pareja se elige mutuamente en un momento particular de sus vidas, que los distingue por tener ciertos gustos, ideas y valores, así como conflictos y anhelos propios de la etapa en que se encuentran. En la relación se definen roles, tareas y modos de vincularse, donde cada uno se acomoda a las características del otro, potenciando algunos aspectos de sí mismo y postergando otros. El paso del tiempo irá cambiando a los enamorados, pero no siempre en el mismo sentido. Roles que antes se desempeñaron con placer, ahora pueden ahogar. Tareas que se delegaron con gusto en el otro, hoy quizás se quieren recuperar. Lo que primero se vivió como oportunidad, en este momento puede sentirse como un freno. Sin darnos cuenta, todo ha variado.
Con el paso del tiempo vamos cambiando de edad, de talla, de trabajo, de pensamiento, de gustos, pero sin hacer los ajustes en la forma de relacionarnos como pareja. Hasta que un buen día todo comienza a fallar y las insatisfacciones ya no pueden esconderse.

Diferencias que antes no importaban, se transforman en incompatibilidades graves. Lo que antes hacía brotar lo mejor de cada uno, ahora envenena. Los desencuentros pueden llevar al deterioro de la afectividad, a la falta de interés por lo que el otro está viviendo y a la amplificación de sus defectos. O también a sentir que cada día se tiene menos en común, que la pareja impide el propio crecimiento o que se fue quedando atrás. Lo que antes fue amor y pasión, se ha vuelto cariño y rutina. Tapar el sol con un dedo no sirve. Estamos en crisis y hay que enfrentarla.

Toda crisis, aunque parezca una amenaza, es expresión de crecimiento. De la vida que cambia y que nos cambia, y de la dificultad de irse poniendo al día el uno con el otro. Es señal clara de un desajuste que exige transformaciones. Cada relación personal que establecemos hace sacar a la luz algo de lo que somos y dejar otro tanto en las sombras. Una relación sacudida por una crisis no puede quedarse como estaba antes, porque se destruye. Es un seísmo que nos exige mirarnos y rescatar todo lo necesario para restablecer la intimidad y creatividad perdidas. Es una invitación a decirse lo no dicho, a superar el desfase que el tiempo ha provocado y a ponerse las pilas para buscar nuevos puntos de encuentro y seguir creciendo juntos. Es volver a elegirse a pesar de todo.

Muchos quizás no lo logren y busquen otro camino. Sólo deben estar conscientes de que esto no les evitará nuevas crisis. Si el tiempo exige que después de miles de kilómetros recorridos, los automóviles necesiten un ajuste de motor, ¿por qué no habríamos de esperar lo mismo en una relación amorosa?

De un artículo de EUGENIA WEINSTEIN