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martes, 21 de junio de 2016

¡Eso no me gusta…! Pues ya sabes…

El interior suele rebelarse ante situaciones que no nos gustan. Ante esto estamos solos, somos unipersonales y reaccionamos independientemente a tener pareja o no, y nos manifestamos como únicos seres que opinan y reaccionan ante esas circunstancias con opiniones en contra.

Nuestra escala de valores no acierta a introducir variables como el amor que se siente por el otro, las cosas buenas que hace, y no esa en especial que nos saca de quicio, pareciendo tener y cobrar toda la fuerza esa obra que en este momento me exaspera, y debería decirlo. Depende de que se ponga a trabajar, en un buen sentido o no, el área que nos impone las normas por las que debo manifestar, libremente o no, aquello por lo que no me gustaría pasar ni acceder, aquello que verdaderamente me molesta. Depende si se bloquea ese área que me hace ser comprensivo o aquella en la que de forma instintiva me hace reaccionar.

Esto no me gusta y le doy mucha importancia, ya que no soy capaz de relativizar y ver toda la cantidad de cosas buenas que también recibo, pero en ese momento no soy tan autosuficiente ni trabajan los recursos de forma adecuada para detener esa rabia, preocupación o malestar que “ofende” mi propia escala de valores.

Y lo digo, me manifiesto en contra y no es bien entendido, porque las reacciones son tan desmesuradas y en cantidades tales que te apabullan y te hacen pensar que no puedes decir lo que verdaderamente sientes, nunca, nunca, nunca. Porque si las dices, pierdes. Si las manifiestas te llegan una serie de tormentas en forma de reproches y de apelativos del tipo “egoísta”, “poco generoso”, “creador de infelicidad”, “nada comprensivo”, y como poco que eres nada razonable ante algo que no tiene ninguna importancia (claro está, para ellos)

No dices nada, otras veces, con palabras, por no parecer eso que dicen que eres y te va a llover, pero tu cara es un verdadero poema porque no puede negar aquello que desde el interior se refleja en tu mapa gestual. Y te han descubierto de nuevo. Ya saben lo que piensas aunque no lo digas y como no te ríes ni te portas con la cortesía que se espera de ti, te han vuelto a descubrir, que no eres la persona que necesitan a su lado, porque eres grosero, nada generoso, egoísta, etc., etc., etc.

Necesitan que siempre estés bien ya que eres su apoyo y no debes flaquear porque necesitan a su lado la fortaleza que tú representas, la seguridad, la alegría, lo que les hace sentirse bien…Debes ser ejemplo eterno de que contigo se pueden cruzar los ríos más profundos y enfrentarse a los problemas en los que te desenvuelves como pez en el agua. No flaquees porque eso hace que se derrumbe su mundo de esperanza.

¿Qué podemos hacer ante estas situaciones?

Hemos de cambiarlas o matizarlas, porque la tormenta que se acerca es totalmente precursora de los mayores tsunamis emocionales en tu contra, ya que no entienden que se pueda ser así, no viéndose ellos mismo su propio desarrollo y postura ante eso que verdaderamente, de forma objetiva, es capaz de molestar a cualquiera, porque se repite continuamente, siguiendo y permaneciendo las actitudes en el tiempo y además que ves que no tienen viso de ningún tipo de cambio. Seguramente eres tú el que, si quiere una situación, trabaje para ella, si es que merece la pena, porque casi nadie va a cambiar nada si no eres tú mismo.

También podemos verbalizarlas, comunicarlas en un estado de serenidad relativa, cuando no están las “hachas en alto” para que tal vez se entiendan las posturas, ambas, de una vez por todas, porque lo que realmente suele suceder es que estos problemas son repetitivos y/o enquistados, ya que las soluciones nunca se han tomado con la suficiente soltura, positividad, capacidad de negociación y capacidad, real y muy real, sin artificios, de comunicación eficaz, respetando los sentimientos y los tiempos de cada uno.

Lo que está totalmente claro en este punto es que no debemos dejar pasar las cosas que no nos gustan con las personas con las que se convive en alguna medida. El miedo a abordarlas nos hace posponerlas y acaba por ser el verdadero problema difícil de solucionar, pudiendo haber sido, por otra parte, algo sencillo, las primeras veces que aparecen. Y si algo funciona es cuando las partes deciden comprender las posturas del otro: la empatía, porque nadie es más que otro, ni menos.

La prepotencia puede llevarnos a creer lo que no es, precisamente porque esa “máscara” puede contener un miedo e inseguridad que el que la padece la ostenta para paliar el daño que cree que se le puede hacer. La prepotencia no facilita la comunicación ni la empatía, tengámoslo claro, por lo que suele declinarse la oferta de diálogo que en algunas ocasiones se plantea o surge. Porque el final siempre es el mismo, el prepotente se suele levantar porque no consigue su único objetivo, se suele escuchar él y no al otro y suelen prevalecer sus razonamientos sin posibilidad de que sean erróneos.

No es raro que se rompan relaciones más o menos “estables” cuando surgen todas estas pequeñas espinas que se han dejado de solucionar cuando han aparecido. Pero si haciendo lo adecuado y debido no surte efecto o alguien no accede a la negociación en beneficio de un mejor clima, con convencimiento, lo mejor es establecer la necesidad de ver la posibilidad de esa separación que tanto nos aterra.

Juan José López Nicolás

1 comentario:

Leyre Chinchilla dijo...

Muchas veces hay un problema de base: una de las partes se niega al diálogo y prefiere que las cosas "vuelvan a su cauce" y que con el tiempo todo se calme. Huyen y tú no consigues sentarlos a hablar, porque en cuanto empiezas te dicen: déjame, que ahora no quiero hablar...
Y esa situación se alarga y se alarga en el tiempo, enquistando los problemas hasta que un día estallan y no hay vuelta atrás.