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viernes, 14 de diciembre de 2012

Cuando la pareja no marcha…¿qué hacer? (La diferenciación del yo)

Dicen que cuando uno está receptivo, cuando uno está inmerso en problemas y se sumerge en la propia realidad para avisarse de que es conveniente ocuparse de su propia vida, comienzan a surgir ante la propia vista interior conceptos y avisos que dan soluciones para reflexionar sobre tu estado. Eso pasa…, os lo digo yo…Y estando en este estado conscientemente inconsciente para mirar dentro de mí, y en plena búsqueda, me surge este artículo que comparto para uso y disfrute del que lo necesite. ¿Eres tú?...Tal vez…Así comienza y ya me dirás al final qué te suscita.

“Un primer paso para entender nuestras dificultades en las relaciones íntimas es valorar hasta qué punto nuestro «yo» está bien diferenciado, es decir, hasta qué punto tenemos una identidad autónoma, definida desde nosotros mismos, y somos capaces de asumir verdaderamente la responsabilidad por los propios sentimientos, pensamientos y acciones, en lugar de poner esa responsabilidad en los otros (padres, cónyuge, etc.).

A partir de las relaciones tempranas en nuestra familia de origen, y sobre todo de los vínculos intensos de dependencia hacia nuestros padres, vamos desarrollando un concepto de nosotros mismos. En un primer momento, en nuestra infancia, este autoconcepto dependerá fundamentalmente de la aprobación y el cariño de nuestros padres. Posteriormente, vamos siendo capaces de actuar, pensar y sentir autónomamente.

Llega un momento, a partir de la adolescencia, en que cuestionamos la relación con nuestra familia y la visión de nosotros mismos que nos hemos formado a partir de esa relación. Formamos entonces nuestra personalidad adulta escogiendo o identificándonos con aquellos aspectos de nuestra familia que consideramos positivos (estilos de comunicación, de relación, de resolución de conflictos, valores, creencias, costumbres, etc.) y, a la vez, definiendo otros aspectos en los que escogemos estilos de funcionamiento distintos. Llegamos también, a partir de ese proceso, a desmitificar a nuestros padres, hasta que somos capaces de verlos con objetividad y establecer con ellos una relación adulta. El resultado final de este proceso es lo que llamamos un «Yo» bien diferenciado: una capacidad para combinar la autonomía y la intimidad y para establecer relaciones en las que no repitamos problemas sin resolver que tengamos aún pendientes con respecto a nuestra familia de origen.

¿Cómo sabemos si hemos completado o no este proceso? Podemos ver hasta qué punto nos identificamos con las características de una persona bien diferenciada, que serían las siguientes:

—La capacidad de separar los pensamientos de los sentimientos. Ser capaz de estar en contacto con los propios sentimientos, por muy dolorosos o intensos que sean, pero no dejarse inundar o dominar por ellos. Ser capaz de pensar y analizar las cosas con calma.
—Capacidad de mantenerse conectado emocionalmente con las personas significativas del entorno. No cortar la relación por completo cuando ésta se vuelve difícil, como si eso resolviese los conflictos.
—Tener una visión realista de uno mismo, de los propios fallos y cualidades. Es importante tener una especie de «plan de vida», es decir, haberse planteado qué es lo que uno realmente piensa, quiere, cuáles son sus necesidades, sus prioridades, sus valores, etc.
—No tener temas tabú: poder hablar de asuntos significativos y difíciles con las personas de nuestro entorno, y mantener una postura clara con respecto a ellos.
—Respetar la individualidad: tolerar las diferencias de opinión con personas significativas sin intentar convencerlas ni abandonar las propias creencias. No sacrificar «Yo» por la relación, ni esperar que el otro lo haga.
—Actuar en función de uno mismo, de lo que uno piensa y quiere, no de una forma impulsiva o movida por la ansiedad, sino de forma pausada y racional. Todas estas características facilitan las relaciones íntimas. La falta de diferenciación, por el contrario, dificulta nuestras relaciones:
—Reaccionamos con más ansiedad ante problemas o dificultades en la relación. Nos sentimos más atrapados, menos dueños de nuestras acciones y estados de ánimo. Pensamos que es el otro el que provoca nuestras reacciones o sentimientos.
—Actuamos de una forma reactiva, como provocada por la puesta en marcha de un piloto automático. No nos observamos ni pensamos con calma en nuestra forma de actuar.
—Nos distanciamos, o ponemos demasiada intensidad negativa en la relación. Nos empeñamos en repetir una y otra vez las mismas pautas de relación que no funcionan, y que suelen estar basadas en conflictos sin resolver con nuestra familia de origen. Por ejemplo, puede que nos distanciemos del cónyuge para intentar evitar las peleas, tal como hacíamos con nuestros padres; puede que pretendamos encargarnos de solucionar los problemas del otro, o que nos mostremos indefensos para que el otro venga en nuestra ayuda, si ésos eran los roles que teníamos asignados en nuestra familia.

Tipología

Después de evaluar nuestro grado de madurez o diferenciación, un segundo paso para entender cómo podemos mejorar nuestra relación de pareja es identificar dónde se ha «atascado». ¿A qué tipo de pareja, de entre las presentadas a continuación, se parece más la nuestra?

1. La pareja en la que los dos se distancian

Esta pareja sería aquella en la que los cónyuges tienen poco contacto emocional entre sí: pasan poco tiempo juntos, no hablan apenas, tienen únicamente amistades y actividades independientes uno del otro, apenas tienen relaciones sexuales, desconocen cómo piensa o siente el otro en asuntos importantes, etc. Como les produce angustia o malestar el enfrentarse a las dificultades de relación o tratar determinados temas con su cónyuge (problemas sexuales, infidelidad, necesidad de un espacio propio, etc.), evitan esa angustia mediante la distancia física o emocional. Este distanciamiento no se debería tanto a una falta de amor o de sentimientos por el otro, sino que sería una señal de que los cónyuges se sienten demasiado «atrapados» o angustiados; no son capaces de ver claramente qué les ocurre, ni de mantener la calma para afrontar un diálogo difícil. En definitiva, su falta de diferenciación es lo que interfiere en la relación.

El caso extremo de esta distancia suele darse en las relaciones con la familia de origen, cuando cortamos por completo el contacto con algún miembro de la familia con el que quedan pendientes conflictos sin resolver. Esto suele ocurrir porque «nos saca de quicio», porque su mera presencia o mención provoca una reacción emocional automática fuerte, que nos impide actuar pausada y racionalmente. Es decir, estamos tan poco diferenciados o independizados de esa persona que necesitamos la distancia física para tener la sensación de que somos autónomos.

En la pareja, ese tipo de distancia se suele dar mediante un «triángulo»: cuando el ambiente emocional se va haciendo tenso, uno o ambos cónyuges buscan, consciente o inconscientemente, una persona, tema o situación -un «tercero»- que les sirva de foco de conflicto y que distraiga su atención y energía de los problemas maritales. Este tercer vértice del triángulo puede ser un hijo problemático, una «aventura» extramatrimonial, el trabajo, los suegros, el dinero, el consumo de alcohol de uno de los cónyuges o, en general, cualquier asunto sobre el que los cónyuges puedan estar en desacuerdo y pelearse. De esta forma, el «problema», aparentemente, no es ya la relación de pareja, sino otro asunto menos amenazante. Todos podemos identificarnos con este tipo de «estrategia» en aquellas situaciones en las que evitamos el contacto con personas significativas cuando la relación se hace tensa, o acabamos peleándonos por asuntos irrelevantes que nada tienen que ver con la causa de nuestro malestar.

2. La pareja en la que uno se distancia y el otro le persigue

En esta pareja, uno de los cónyuges expresa el deseo de mayor autonomía (típicamente, el hombre), y el otro el deseo de mayor intimidad (típicamente, la mujer). Cada uno está convencido de que la culpa de que la relación no «marche» la tiene el otro. Él se queja de que ella «le agobia», «es una histérica», «no le deja en paz»...; ella se queja de que él «nunca quiere hablar», «no siente nada», «es como una maquina»...

El cónyuge perseguidor intenta, cuando se encuentra angustiado, conseguir mayor intimidad en la relación; insiste en la importancia de hablar de los problemas; tiende a interpretar la distancia del otro como un rechazo; suele perseguirle con gran empeño y, posteriormente, si el otro no responde ante ese acercamiento, retirarse como una forma de «castigo». El otro cónyuge, el que se distancia, suele reaccionar ante esas mismas situaciones de estrés o ansiedad alejándose física o emocionalmente, o incluso constando por completo la relación cuando ésta se vuelve demasiado problemática o intensa. Suele verse a sí mismo como autosuficiente o independiente, y se siente «asfixiado» por la persecución del otro. Aunque tiene necesidad de relación y de intimidad, le resulta difícil expresar su parte más «dependiente».

Distribuidos así los roles, la relación se convierte en una especie de persecución-huida sin fin. Cada cónyuge se ve atrapado en un papel del que no sabe salir, y actúa de una forma reactiva ante cada acción del otro. Con frecuencia están, en realidad, reaccionando ante dificultades de relación en su familia de origen, tanto para tener intimidad como para conseguir autonomía. Siguen empeñados, por ejemplo, en buscar compulsivamente esa intimidad que no vivieron, o en mantener a toda costa una sensación de independencia que no pudieron lograr en su familia.

Estrategias para mejorar

En primer lugar, es importante hacer un auto-análisis y ver hasta qué punto necesitamos definir mejor nuestro «Yo». Para ello podemos hacernos preguntas como: ¿Qué situaciones nos crean ansiedad? ¿Podemos actuar con calma ante situaciones conflictivas? ¿Somos capaces de asumir la responsabilidad de nuestro propio bienestar, o tendemoa delegarla en el otro? ¿Perdemos «Yo» en las relaciones (es decir, sacrificamos nuestras necesidades por el otro)? ¿Ganamos «Yo» a costa del otro (es decir, intentamos que el otro se acomode a nosotros)? ¿Estamos en contacto con nuestras necesidades tanto de autonomía como de intimidad? En general, ¿tenemos claro lo que pensamos y queremos, o nos resulta confuso? El trabajo personal por aclarar estas cuestiones nos llevará a estar mejor preparados para aportar más a la relación de pareja.

El segundo paso para mejorar la relación sería entender de qué forma estamos manteniendo el problema. Podemos revisas las descripciones de tipos de parejas del apartado anterior y preguntarnos: ¿En qué papel nos encontramos con más frecuencia: perseguidor, evitados, super-competente, etc.? ¿De qué forma contribuimos a las reacciones del otro que tanto nos molestan? Debemos preguntarnos: ¿qué ventajas y desventajas tiene desempeñar ese papel? Por ejemplo, el ser perseguidor puede tener como desventaja la frustración y vacío que se sienten al no conseguir lo que uno quiere del otro; como contrapartida, uno se ve a sí mismo como el que cuida de la relación, y se siente bien por ello. Además, evita enfrentarse a otros motivos de insatisfacción en su vida (por ejemplo, en el trabajo, con sus amigos, etc.) De igual forma, el ser, por ejemplo, el «débil» o «incompetente» en la relación tiene la ventaja de que así se atrae uno la atención del cónyuge, y no se arriesga a que, si llegara a mostrarse más fuerte, el otro lo vea como una amenaza o no lo tolere. De esta forma, el «débil» cuida al otro y la relación, que valora más que su propio bienestar.
Cualquiera que sea el papel que juguemos en la pareja, debemos pensar que lo hacemos por alguna razón válida, que es preciso entender antes de plantearnos cualquier cambio. En general, esas razones tienen que ver con el aprendizaje de las relaciones en nuestra familia de origen. En este sentido, podemos preguntarnos si nuestro papel en la pareja es parecido al que desempeñábamos en otras relaciones anteriores, con los miembros de nuestra familia. ¿O quizá estamos en el presente haciendo todo lo posible para evitar que se repitan experiencias anteriores (por ejemplo, evitando la intimidad, debido a una relación «agobiante» con nuestros padres)? ¿Quién, en nuestra familia, tenía en sus relaciones problemas similares a los nuestros? Las situaciones de pareja que tienden a repetirse, o que provocan en nosotros reacciones intensas, ¿se parecen en algo a situaciones del pasado?

Esto sería señal de que estamos reaccionando a algo anterior a la pareja, perteneciente al pasado y que tiene poco que ver con nuestro cónyuge en el presente. Una vez que vemos claro cómo contribuimos a mantener el problema, podemos iniciar el tercer paso en la mejora de la relación, que sería el escoger un «acto de valentía», un pequeño paso en dirección distinta de la que hemos seguido hasta ahora. Antes de ello, sin embargo, debemos reflexionar sobre si verdaderamente estamos dispuestos a asumir los riesgos del cambio, y sobre si éste es el momento apropiado para ello. Quizá nuestra pareja no funcione muy bien si sigue como hasta ahora, pero al menos así pisamos terreno conocido. Si trabajamos en una mayor «diferenciación» de nuestro «Yo» y en nuestra autoafirmación, el cónyuge puede acabar haciendo lo mismo, con lo que la relación se robustecería; o puede que el otro no tenga la capacidad o el deseo de adaptarse al cambio, y la relación se rompa. Por ello es importante ir dando pasos y asumiendo riesgos poco a poco, e iniciar esta nueva forma de estar en la relación con la convicción de que lo hacemos por nosotros mismos.

Debe ser un cambio motivado por un deseo auténtico de crecimiento personal, y no una «estrategia» para intentar cambiar al otro o para «castigarlo». Por ejemplo, una mujer que quiere dejar de centrarse exclusivamente en su matrimonio y desea emprender nuevas relaciones de amistad, debería hacerlo movida por su deseo de crecimiento personal, no como una forma indirecta de conseguir la atención de su marido o de decirle: «ahí te quedas». Hacerlo así sólo conseguiría prolongar el problema.

Una vez que hemos decidido que es el momento de emprender el cambio, podemos empezar por escoger alguna acción pequeña que rompa el «círculo vicioso», que sea distinta de lo que solemos hacer habitualmente. La clave del cambio es hacerlo muy poco a poco, planteándonos metas modestas y mediante acciones que no nos provoquen una gran ansiedad. Por ejemplo, para definir nuestro «Yo» podemos empezar por no quedarnos callados ante temas o asuntos que son importantes para nosotros, si es eso lo que solíamos hacer anteriormente. En lugar de empezar por la situación más difícil o el tema más conflictivo, deberíamos ir practicando en situaciones menos relevantes. Podemos, quizá, romper el silencio respecto a un tema tabú preguntando a personas de nuestro entorno acerca de sus experiencias y opiniones en ese tema.

Otra tarea enriquecedora, que nos daría una mejor perspectiva sobre nosotros mismos y nuestras relaciones, sería la de aprender más sobre nuestra familia de origen, es decir, tener más información sobre cómo nuestros padres u otros miembros de la familia se enfrentaron a situaciones similares a las que nos enfrentamos nosotros en la actualidad. Cuanto más sepamos de sus experiencias, más claridad tendremos sobre ellos y sobre nosotros mismos, y será menos probable que repitamos sus mismos errores.

En cuanto a las pautas «atascadas» de la relación, sólo nos atreveremos a cambiarlas si partimos del convencimiento de que, por mucho que lo hayamos intentado, hasta ahora no nos han funcionado.

Si somos perseguidores, podemos, por ejemplo, dar pequeños pasos para centrar en nosotros mismos parte de esa energía que estamos empleando en perseguir al cónyuge. Si nos sentimos poco entendidos, es hora de que hagamos algo especial por nosotros mismos, en lugar de esperar que el otro lo haga por nosotros. Si tenemos tendencia a solucionarles los problemas a los demás, podríamos elegir algún pequeño problema o conflicto en el que, por una vez, no vamos a intervenir. También podemos empezar a cambiar la imagen de persona super-competente que damos al cónyuge, al que indirectamente hacemos sentir incompetente, si compartimos con él algún asunto sobre el que tenemos dudas o necesitamos ayuda.

Sean cuales sean los nuevos pasos que demos en la relación, debemos estar preparados para las resistencias, es decir, las «fuerzas», tanto externas como internas, que van a «tirar» de nosotros en dirección contraria al cambio.

No debemos sorprendernos si el otro presiona, más o menos sutilmente, para que continuemos haciendo lo mismo de siempre. Por ejemplo, el cónyuge que se queja de que el otro «le agobia», seguramente le acusará de falta de cariño o de compromiso cuando éste deje de perseguirle y dedique más tiempo a sí mismo o a otras relaciones. Si no estamos preparados para ellas, este tipo de reacciones pueden provocar una gran inseguridad y confusión, precisamente en un momento en que estamos pisando terreno desconocido. Podemos interpretarlas como un señal de que nos hemos equivocado de camino, cuando en realidad están indicando que hemos «dado en el clavo».

Por último, debemos prever que. una vez iniciado el cambio, vamos a «echar de menos» nuestra forma de actuar anterior, y una «fuerza» dentro de nosotros va a empujarnos a retroceder. Quizá, por ejemplo, al dejar de sacrificar siempre nuestras opiniones o deseos «por el bien de la relación», echemos de menos la falta de riesgo que suponía el acomodarnos a los demás y no tener que plantearnos qué es lo que realmente queremos o pensamos.

El proceso que acabamos de describir es largo y arriesgado. Si algo hay que tener en cuenta a la hora de intentar cambiar una relación de pareja que no marcha, es que debemos estar preparados para los obstáculos, tanto internos como externos, y que debemos movernos siempre en el camino de una mayor autoafirmación y «diferenciación». De esa forma, podremos aportar mayor riqueza a la relación.” (Si es eso lo que realmente queremos)

Sobre artículo de
Alicia Moreno
Psicóloga clínica
Universidad de Comillas

viernes, 16 de noviembre de 2012

Autoconciencia contra Descalificación

No es la primera vez, como ya saben los que siguen con asiduidad nuestro Blog, que abordo el tema de las condiciones imprescindibles para lograr los cambios significativos en la vida, que ayuden a crear las condiciones para vivir en un estado de satisfacción necesario y suficiente en aras de nuestro equilibrio personal.

Todos nos quejamos de cómo nos va, gastando una energía inmensa lamentándonos, porque el miedo ante lo que se avecina, o lo que uno tiene encima, o lo que otros tienen y seguro que nos vendrá..., está caminando hacia nosotros. Los problemas nos abruman y con nuestra pareja más todavía. Esto es verdaderamente imposible de solucionar..."Quiero ser feliz...", "Me agobia...", "No es como me gustaría...", "No me siento libre..."

Esto les resulta familiar, ¿verdad?
Pero no andamos. Estamos parados lamentándonos sin saber que todo proceso de cambio (personal) comienza con un darse cuenta, con un "ver" la situación, sentirla. Es lo que podemos traducir como la toma de conciencia (pero de verdad) del curso y transcurso de nuestra existencia individual: LA AUTOCONCIENCIA.

Sabemos que nos duelen las cosas; el cuerpo y hasta los poros de la piel nos están avisando de que algo no funciona bien y nos negamos a querer situarnos ante nuestro espejo y hacer un STOP necesario para localizar donde están las riendas de la vida y del equilibrio emocional que hemos perdido. Queremos que sea el otro el culpable de nuestra situación...e insistimos en ello, pero somos tan poco autoconscientes de la verdadera situación que instimos en ver más allá lo que tenemos más acá.

Emilio Jorge Antognazza, en su libro (que les recomiendo porque es una verdadera joyica) "¿Qué estoy haciendo con mi vida?, nos comenta al respecto de este tema que creo necesario abordar: " Desde los hechos más simples ("hay una mancha en mi pantalón"), hasta los más complejos (" hay veces de que me doy cuenta de que mi vida no tiene sentido"), requieren, para ser cambiados, una forma de conciencia.

¿Qué puede pasar luego de esa toma de conciencia? Dejamos de ser inocentes. Tenemos que actuar para resolver el conflicto, y este actuar puede provocarnos nuevos problemas.
Para evitar sentir el dolor que produce ese darse cuenta de los propios problemas y rehuir el compromiso y responsabilidad por las acciones para resolverlos, algunas personas intrumentan, la mayoría de veces sin saberlo, un mecanismo de defensa llamado DESCALIFICACIÓN O DESESTIMACIÓN.

¿Qué es esto?...Esto quiere decir: no ver el problema, quitarle importancia, rechazarlo, devaluarlo, renegar de eso, excluirlo, negarlo.

El pensamiento positivo tiende justamente, a consolidar ese mecanismo. Frases tales como "no pienses en eso", "ya va a pasar", "todo está bien", "hoy va a ser un buen día", "tienes que consolarte, la vida continúa", "sonríe, sonríe", etc., le quitan importancia al conflicto o situación problemática, lo cual obstaculiza su resolución.

Dada una situación, ¿qué es lo que se descalifica?

Imaginemos a cuatro amigos quienes, reunidos en un bar, se cuentan sus problemas sentimentales. Julian ni siquiera percibe las señales que su mujer le envía y que significa que algo anda mal entre ellos. Pedro, en cambio, sí las percibe pero les dice a sus amigos que es cosa de mujeres y que ya se le pasará. Carlos toma conciencia de la crisis matrimonial pero declara que él se siente incapaz de hacer algo. Héctor afirma, sin dudar un instante, que cuando se presenta un problema de esta naturaleza ya nada puede hacerse.

Estos cuatro hombres, cada cual con su estilo, no quieren hacerse cargo de que existe un problema (Julian), de que el problema tiene una significación (Pedro), de que es posible resolverlo ya sea con recursos propios (Carlos) o con ayuda externa (Héctor). En definitiva, cualquiera que sea el tipo de descalificación, el problema se mantiene sin resolver.

En síntesis:

Se puede descalificar varios aspectos de una circunstancia:
1. La misma circunstancia: "eso no está sucediendo" (No queremos, nos negamos a ver el problema)
2. La importancia de lo que ocurre: "no te preocupes, esto no es nada."
3. La capacidad propia para resolverla: "no puedo hacer nada."
4. La resolución de esa situación: "nada se puede hacer, nadie puede ayudarme."

La toma de conciencia de un hecho que nos perturba y la aceptación de su existencia es la primera condición para promover un cambio, (y se agrava tal vez la situación, porque esta misma palabra -cambio- ya de por sí, a algunas personas les produce en sí mismo un profundo rechazo o miedo). Esta autoconciencia posibilita que una persona comience el camino hacia una transformación de sus condiciones de vida.

Recordemos, entonces, que para que puedas empezar a cambiar esas circunstancias que te hacen infeliz, lo primero que tienes que hacer es ver, sentir, reconocer tanto tu estado de infelicidad como la o las causas que lo motivan."

lunes, 5 de noviembre de 2012

El pozo emocional

Otro artículo interesantísimo y reflexión crucial les dejo, de la mano de nuestra colega Graciela Large, que como siempre ahonda en la interioridad de nuestro ser. Ese que nos cuesta sacar y al que llegar para conocer nuestras mínimas reacciones de nuestra propia alma. Ese interior que se nos pierde en la distancia y que nos sugiere que le sigamos para encontrarnos, pero del que casi siempre huimos por no enfrentarnos a nuestro propio espejo que nos muestra verdaderamente quienes somos. Y nos ayuda…, y nos quiere ayudar pero somos nosotros lo que no escuchamos su voz cálida, expectante y tan directa y cruda que también nos asusta de una manera real.

Limpiar el pozo emocional, como dice Large, es lo que nos toca experimentar cuando un día descubrimos que nos ha podido el resentimiento. Una limpieza que a veces nos revela que el alejamiento o la evitación hacen más patente el autodesprecio.

Este artículo lo subtitula “crece…crece…crece…resentimiento”

Cuando algo se espera por lo general se guarda dentro y callamos. Aguardamos con la expectativa de que se cumpla. Elaboramos una petición bajo la premisa de que es justo aquello que deseamos, y por lo general, como la norma es no recibirlo, sobre todo en pareja, nos resentimos.

Casi siempre el comportamiento es inapropiado para aquellos que esperan algo y se dilata con el tiempo: que se nos pida perdón, que cambie, que esté más próximo, que actúe con responsabilidad o que nos haga su socio.

A veces sólo consiste en esperar que se nos acepte y se nos quiera porque somos su madre, maestro, esposo, amigo, o compañero de trabajo. Y no pasa. Todo lo contrario. Parece que todo se confabula para alejar la posibilidad.

Es más, ese otro, no sólo deja de cumplir nuestras expectativas sino que además nos muestra con su comportamiento ciertas actitudes que no soportamos y, que por lo general, si nosotros caemos en ellas, las miramos con condescendencia, pero las vivimos rematadamente mal si las hace aquel de quien esperamos algo.

Puede ocurrir por ejemplo que hacemos un favor a alguien en apuros, y luego su comportamiento deja en entredicho nuestra recomendación. Es el caso de Juan que hace poco consiguió a un familiar dos trabajos y sin embargo, por un problema con la bebida le echaron de ambos.

Durante meses se guardó dentro todo su malestar, sin dejar de rumiar su disgusto. Le resultaba imposible dejar de ver a ese familiar como una persona irresponsable que le había fallado. Y ese es el sentimiento que experimentamos cada vez que percibimos al otro como alguien equivocado.

Y en esa percepción se esconde una interesante actitud: la incapacidad para respetar la libertad del otro hasta para equivocarse. Para vivir conforme quiere aquello que necesita.

En el caso de Juan quizás con un aviso habría bastado. Seguramente conocía el histórico de su familiar y llegar a ciertos acuerdos antes de dar el paso de recomendarle le habría ahorrado el disgusto.

El ejemplo nos vale para que contemplemos los efectos que tiene en nuestro ánimo la petición encubierta del tipo que sea. La demanda está en el inconsciente colectivo y se vive como justificada: quiero una pareja para que me quiera; un socio para que me dé poder; una amiga para que me acompañe.

Sin embargo pedir aporta sensación de carencia, convirtiéndonos en personas apegadas y poco desprendidas. La clave para salir de la dinámica mundial de sentirnos con resentimiento y además sentirnos carentes, se basa en dar activando lo que pedimos.

Un mundo en donde cada uno da desde lo que es, sin forzar a nadie en su libertad, nos permite descubrir que cuando coincidimos somos ricos en vivencias, conocimientos y afectos. Y sin olvidar que a muchas personas les gusta vivir su soledad llena de ellos mismos.

lunes, 1 de octubre de 2012

Mi yo alternativo hacia el equilibrio

Estoy convencido de que el subconsciente jamás borra pero es muy factible y capaz de sustituir, reemplazar esos pensamientos que nos inhabilitan para un correcto desarrollo de nuestro equilibrio emocional, y en definitiva, ese estado que nos hace vivir sin sumergirnos en una crisis vital tal que no podamos ver más allá de todo aquello negativo que nos pasa.

Vivir es eso: situaciones que nos son adversas y otras que nos favorecen. Pero a veces nos empeñamos en adentrarnos en todo lo que nos es negativo; como si nos gustara airear en nuestra alma esa sensación de victimismo que nos atenaza hasta hacernos desear lo peor, sin llegar a ser conscientes de que si nos centramos en lo negativo nos llega más negativo

Los pensamientos negativos están allí y para poder quitarles su poder es necesario cambiarlos por su contrario, o sea, por un pensamiento positivo. Pero también soy consciente de que no es fácil si no estamos convencidos de que esta técnica necesita de mucha observación, introspección y consejos de otras personas sobre lo que uno no puede ver respecto a sí mismo, haciendo que el pensamiento negativo refleje “la realidad”. Y la técnica continúa haciendo que una vez que se sepa cual es este pensamiento negativo, escribir una afirmación positiva que lo cambie.

Así que la primera técnica consistirá en:
“Contrarresta los pensamientos negativos con afirmaciones que cambian su sentido”

Ahí va un ejemplo:

“Imagínate que eres una persona que no es muy aceptada en la sociedad o en tu lugar de trabajo. Y está claro que es porque las formas, el trato, la energía que irradias no agrada a las personas que tienes a tu alrededor.”

El pensamiento negativo que se asume constantemente es que “nadie me quiere y todos me huyen y soy sumamente desgraciado y la soledad me abruma. No soy aceptado, pero me da igual, allá ellos, son unos…”

A la gente se le aleja por los propios miedos de uno, en cambio, aunque nos lamentamos, seguimos “viviendo” en ese pensamiento recurrente negativo que nos empobrece vital y emocionalmente.

Una afirmación positiva para este pensamiento negativo seria:”Yo soy una persona feliz, segura y agrado a las personas que me rodean.”

Esta especie de “mantra” persigue sustituir un pensamiento por otro porque debes escribir y repetir verbalmente esta afirmación hasta que forme parte de ti y te haga reestructurar, cambiar, las conductas que te llevan a los pensamientos negativos.

No esperes que estos cambios a nivel mental ocurran sin tener que cambiar cosas en el exterior puesto que es justamente el cambio interno lo que genera el cambio externo. Negarse a cambiar ciertas cosas, las cuales sientes que debes cambiar, es lo mismo que dejar que los pensamientos negativos ganen una batalla.

Una vez que llevas tiempo con tus afirmaciones empiezas a verte más al espejo y a notar cosas que quizás sean desagradables a las demás personas, quizás descubres, volviendo al ejemplo de la persona que se siente rechazada por los demás, que en realidad siempre andas con un mal aliento por tu falta de higiene dental. Quizás ahora te das cuenta que debes cambiar eso, haces un esfuerzo, vas al odontólogo y resuelves tus problemas de aliento.

Ya llevas un punto ganado en contra de tus pensamientos negativos, y muy probablemente notes el cambio en las demás personas también. Esto parece trivial pero te aseguro que los cambios en tu mente te llevan a descubrir demasiadas cosas triviales que estaban perturbando tu deseo.

Lo que realmente es necesario para quitar la influencia de tanto negativismo es descubrirse uno mismo; tener el valor de mostrarse ante el espejo, ante la propia realidad, sin eufemismos, sin negarse a ver lo que realmente los demás ven en nosotros y por eso reaccionan como lo hacen.

Además de lo antedicho, quiero haceros reflexionar sobre una serie de pensamientos negativos que proceden de una sensación muy generalizada hoy en día: El sentimiento de culpa.

“El sentimiento de culpa simplemente nos encierra en un círculo masoquista que se hace cada vez más estrecho. En muchas ocasiones el sentimiento de culpa llega a ser tan fuerte que provoca signos físicos como la sensación de presión en el pecho, el dolor de estómago, un fuerte dolor de cabeza y sensación de peso en los hombros. A esto se le suman los pensamientos recurrentes de autorreproche, agresividad hacia uno mismo y un fuerte desasosiego.”(Jennifer Delgado. 2011)

También podemos poner un ejemplo de estas sensaciones que crean pensamientos recurrentes negativos que nos impiden estabilizarnos, por ejemplo, la madre que experimenta sentimientos de culpa porque estaba en el trabajo mientras el hijo sufría un accidente doméstico bajo la supervisión de la cuidadora. La lógica nos indica que ella no tenía forma de presuponer o evitar el accidente y que necesita trabajar para poder mantener la familia, por ende los sentimientos de culpa son totalmente infundados. En muchas ocasiones la clave para eliminar la culpa radica en saber repartir las responsabilidades asumiendo aquella cuota que nos corresponde, pero no más allá.
Tu mente es tuya, ponla a trabajar en tu beneficio y a tu servicio en la dirección de tu mejor equilibrio emocional.

Juan José López Nicolás
Datos basados sobre el libro
“El Cambio está dentro de mi”

jueves, 6 de septiembre de 2012

Historia didáctica del bambú japonés

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: “crece, maldita seas!”

Algo muy curioso sucede con el bambú japonés, que lo transforma en no apto para impacientes: Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un agricultor inexperto estaría convencido de haber comprado semillas estériles.

Sin embargo, en el séptimo año en un período de sólo seis semanas, la planta de bambú crece más de 30 metros! ¿Tardó solo seis semanas en crecer? No. La verdad es que le tomó siete años y seis semanas desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitían sostener el crecimiento que iba a tener después. Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas personas tratan de encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo.

Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente, justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.

Es tarea difícil convencer al impaciente que sólo logran el éxito aquellos que luchan en forma perseverante y saben esperar el momento adecuado.

Es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos (que todos tenemos), debemos recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que en tanto no bajemos los brazos, ni abandonemos por no “ver” el resultado que esperamos, pues así está sucediendo algo, dentro de nosotros estamos creciendo, madurando.

Quienes no se rinden, van gradual y progresivamente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice. El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación, un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros

miércoles, 1 de agosto de 2012

Comprender el suceso, el fenómeno


Cada paso que uno da en la vida le hace enfrentarse a multitud de sensaciones, experiencias y, sobre todo, emociones que a veces uno no acierta a explicarse. A veces se siente que cuando uno quiere querer y ama a una persona parece que el temor a perderla, los miedos y las inseguridades bloquean el sentido y sacan las expresiones más intempestivas y desacertadas que parecen reflejar lo que se lleva dentro aparentemente sin solucionar.

Sé que observo, transito mi interior para ver qué pasa con él, pero yerro al ponerme delante de la observación sin haberme colocado simplemente por encima, con perspectiva, fuera de ella, con el objetivo de verla y saber qué me pasa y porqué me pasa (sin olvidar en absoluto el “para qué me pasa”)

Se me queda dentro una amarga sensación de inmovilidad, de involución, al sacar los pensamiento y convertirlos en palabras de la manera más deslucida, y no es mi intención, y se me malinterpreta. Aún así y aprendiendo de lo experimentado, vuelvo a ser consciente de que temo lo que no comprendo, y no comprendo lo que no me atrevo a mirar y observar para que salga de una vez por todas. Porque eso puede conmigo de tal manera que irracionaliza mis pensamientos que duelen al cobrar entidad que tal vez yo mismo les otorgue; porque no comprendo…

Y se sufre porque no obtenemos nuestro sitio que hemos de ocupar, siendo uno mismo el que se coloque en él y no dando el poder a nadie para que lo haga. Pero no comprendo y eso asusta porque no se domina la intensidad con la que uno ha de vivir su propia vida.

Hay quien dice que Comprender pasa por conocer los movimientos psicológicos del individuo y las reglas universales de la convivencia humana. En definitiva son los dos sentidos que conforman la esencia del ser humano: una interna y otra externa. Es decir, que tanto el interior como el exterior deben ser conocidos y comprendidos para erradicar de alguna manera ese sufrimiento que a todos nos toca en alguna medida.

Durante unos días se ha puesto en mi camino una poderosa reflexión ante las vivencias últimas que tratan de que aprenda que es necesario observar cómo son los demás y lo que realmente podemos esperar de ellos, así como introducirme en el interior de mi más profundo yo para ver la trascendencia de mi vida junto a las suyas. Porque cuando entienda estos dos grandes puntos, cuando comprenda su grandeza, cuando “simplemente” comprenda, la voluntad emerge y con ella la acción asumida, firme y clara o, por qué no, el freno para hacer o decir lo que proceda según el contexto.

En definitiva, y cuesta lo suyo, el problema viene de la misma incomprensión del mismo, tengo el problema porque no comprendo el problema,  lo que hace ver que la comprensión requiere energía, una investigación y un compromiso profundos de las leyes sociales y biológicas del individuo. La vía es ponernos en el camino y aunque se caiga y haya errores, estar en ese camino ya es bueno en sí mismo.


Juan José López Nicolás

miércoles, 27 de junio de 2012

¿Contigo pan y cebolla?

Cierto es que el amor es lo que mueve, o debería mover, el interior personal de las gentes que habitan en este mundo (no olvidemos que estamos en un mundo en el que poderoso caballero don dinero), y también es cierto que la PERSONA ha de estar preparada para enfrentarse a la vida y a todos sus vaivenes, como no es menos cierto que el ser humano y sus sueños hacen del amor un sentimiento que mira hacia la dirección de las estrellas, el cielo y, en definitiva, sólo los deseos de soñar de la forma más bonita posible.

Pero no podemos olvidar las expectativas de cada individuo que forma la pareja. Es difícil que funcione cuando uno mira solamente al cielo, las estrellas, las puestas de sol y se olvida de que hay una tierra con sus realidades, con sus luces y sombras. Es posible que uno de los dos ame como debe amar y el otro sólo quiera sentirse amado y deje en manos del primero todo el motor que mueve la vida de la pareja, del matrimonio.


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Lo que unos pueden llamar mercantilismo, otros lo pueden llamar realidad de la vida. Realidad a la que nos obliga la sociedad y sin esa parcela cubierta convenientemente es muy difícil, casi imposible poder hacer realidad los sueños; no nos mintamos a nosotros mismos.

No sólo de pan vive el hombre. No sólo el amor es suficiente para el sostenimiento de una pareja que en su devenir ha de afrontar crisis y buenos momentos. ¿Qué sucede cuando una parte de esa pareja no sabe, no quiere o no puede soportar y hacer frente a las crisis? La pareja sucumbe al caos y se separan, incluso aun sintiendo algo el uno por el otro, por no afrontar las situaciones de la realidad y no crear un espacio objetivo para el diálogo sin que se mantenga cada uno en su posición de terquedad.

¿Quién es el sano: el que rompe la relación por no soportar enfrentarse a las crisis o el que quiere intentar buscar puntos intermedios y hablar para negociar?

Reflexionemos sobre estas preguntas porque cada ser, cada individuo, cada miembro de la pareja, tiene su propio y subjetivo concepto del amor, su propia escala de valores, e incluso, sus propia escala de prioridades, y cuando no coinciden en su mayoría...mala cosa. Lo importante es haberse entregado y tener la conciencia tranquila de haber hecho lo que uno sabía hacer y lo que unos llaman neurosis de amor o amor neurótico, a veces no es más que un intentar salvar algo porque le merece la pena que de una u otra manera, parece que está roto. ¿Roto?

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Tal vez en alguna ocasión pueda haber un encuentro objetivo, neutral, reflexivo, desde el mismo amor o afecto, en el que ambas partes puedan encontrarse de forma diferente. Lo cierto es que en este mundo de hoy, que nosotros mismos hemos fabricado, no puede decirse aquello de “contigo pan y cebolla...”
Tampoco pasemos de largo que lo que a algunos profesionales les parece depresión e histeria por carencia de autoestima ante la pérdida de su pareja, a veces puede ser la vivencia de un puro duelo con todas sus fases (rabia, incomprensión, incredulidad, dolor,...)

Como Orientadores y terapeutas familiares, hemos de tener muy claro que no es nada bueno dejarnos llevar por nuestras propias creencias y visiones subjetivas de las cosas o problemas que se nos presenten. No todos sentimos igual y todo puede llegar a ser comprensible, por lo que se hace necesario, y no de forma teórica sino totalmente práctica, emplear la EMPATÍA, arte difícil que nos hará entender al otro y quizás no tomar decisiones tan drásticas. No opines bajo tu criterio y tu vivencia; sal de ti y ponte en su piel para encontrar su dolor y tu percepción de las cosas cambiará. Yo lo he hecho y funciona...¿Y tú?

También es normal que nadie aprenda en cabeza ajena y hemos de asumir que tenemos nuestro corazón particular y nuestras propias perspectivas, que pueden ensombrecer las situaciones introduciendo una visión distinta de un mismo hecho. Aún así creo que todo es cuestión siempre de matices. No el negro y el blanco van a pintar la vida, sino que los matices de grises también llenan las situaciones de la vida que enmarcan nuestros criterios a la hora de "juzgar" una situación. Y aquí llegamos, tal vez a la necesidad positiva de aprender a relativizar; aprender a que no todo es tan malo ni tan bueno, a que los problemas están para algo y que si hemos de saltar al aprendizaje de la vida es mejor hacerlo salvando los problemas que no teniendo ninguno.

Lo que sí es cierto e inamovible es que sin el AMOR  no elevamos a sabiduría lo vital; sin amor no se facilita el camino a ser Persona, Pareja o Padres; sin el amor no obtenemos la Acción Máxima para Organizar el Reconocimiento, tanto interno como del exterior. En pocas palabras, el amor es el gran facilitador que ayuda a emprender acciones encaminadas a abordar la solución de cualquier tipo de problema.

Pero se necesita trabajo, energía, voluntad, para que germine y no vale sólo aquello de "contigo pan y cebolla..."

Reflexionad y sacad vuestras propias conclusiones. Es un buen ejercicio.

Juan José López Nicolás

martes, 26 de junio de 2012

Pistas para un mejor abordaje y análisis de los problemas.

Soy consciente de que no hay fórmulas mágicas para la solución de los problemas que se nos presentan en la vida, porque hay tantas formas de abordajes como personas y capacidades existen, pero, no obstante, la actitud adecuada para hacerles frente va a marcar grandes diferencias entre una forma negativa, que nos hace morir en vida porque nos introduce en una gran crisis emocional, y la otra forma positiva, la inteligente emocionalmente, que nos introduce en un estado de verdadera actitud de gestión de estos problemas.

La forma desde la que decida enfrentarme a esas situaciones es la que va a marcar qué camino será el que con más facilidad se va a presentar. Quiero decir con esto que si mi actitud es de profunda tristeza (que tengo derecho total a expresarla y pobre del que no encuentre el espacio y las personas para hacerlo) pero me recreo en ella hasta que me incapacita para reaccionar, me veré abocado en una agonía constante y me introduzco en una espiral en la que tengo difícil salida, además de que cualquier problema lo magnificaré, provocando asimismo una reacción de incapacidad que me hará pensar y verbalizar desde mi interior aquello de “no puedo”…”no sé…” , “la pena me lleva en brazos…”, “no aguanto más…”, etc., etc.
Dentro del proyecto de autoayuda y superación personal y su página web, referenciada al final del post, así como por nuestro interés constante de dar elementos válidos para la reflexión, comparto con vosotros estos datos que a continuación os dejo referente a una de las visiones para poder abordar de una manera adecuada la aparición de problemas en nuestro devenir vital y válido, según mi opinión, para cualquier ciclo evolutivo en el que nos encontremos.
Sé que las opiniones sobre la validez e idoneidad de estos sistemas pueden ser variadísimas, pero de eso se trata: de poder activarnos en la búsqueda de recursos que nos valgan a nosotros mismos en la consecución de nuestros objetivos deseados para vivir de una manera más tranquila, pacífica y eficaz, con nuestro yo interno y con lo que nos relacionamos. El tema está servido.

1. PRIMERA FASE: Definir claramente el problema.

2. SEGUNDA FASE: Búsqueda de opciones.

3. TERCERA FASE: Valorar las opciones y decidir.

4. CUARTA FASE: Aplicar la decisión y revisar los resultados.

 PRIMERA FASE: Definir claramente el problema.

 Para poder solucionar un problema primero hemos de saberlo definir de una forma clara y comprensible para todo el mundo. Cuanto mejor seas capaz de expresar y explicar lo que te ocurre, más acotado y comprendido podrás tener tu problema.
Las siguientes preguntas te ayudarán a este propósito de definir con claridad tu problema:
¿En qué consiste mi problema?
¿Quién tiene el problema? ¿yo sólo o le afecta a más gente?
¿Cuándo comenzó?
¿Cómo se manifiesta en mi vida?
¿De qué manera me afecta?
¿Cuánto me afecta?
¿Qué causas parece que tienen que ocurrir para que se desencadene?
¿A qué áreas de mi vida afecta?

Veamos un ejemplo:
 Marta es una chica que hace estudios universitarios de farmacia, pero desde hace algún tiempo se cuestiona si es realmente la carrera universitaria adecuada para su vocación y capacidades. Veamos cómo puede definirse operativamente su problema al responder a las preguntas de arriba:

 - ¿En qué consiste mi problema?
 - No saber claramente cuál es mi vocación.
 - ¿Quién tiene el problema? ¿yo sólo o le afecta a más gente?
 - Pues yo, pero mis padres también están preocupados por este problema.
 - ¿Cuándo comenzó?
 - En el segundo curso de estudios y coincidiendo con varios suspensos en los exámenes finales.
 - ¿Cómo se manifiesta en mi vida?
 - Tengo serias dificultades a la hora de ponerme a estudiar, me desconcentro y no paro de pensar en cambiar de estudios.
 - ¿De qué manera me afecta?
 - Estoy desanimada, desilusionada y tengo momentos de estar triste y ansiosa.
 - ¿Qué causas parece que tienen que ocurrir para que se desencadene?
 - Cuando estoy en época de exámenes me siento peor, también cuando estoy con gente a la que le va bien en los estudios y tienen claro lo que quieren.
 - ¿A qué áreas de mi vida afecta?
 - Además de a mi rendimiento en los estudios, a las relaciones con la gente, ya que me encuentro desanimada y me apetece menos el relacionarme.

 A partir de esta información podemos definir el problema de Marta de la siguiente manera:
"Tengo que decidir que hago con mis estudios universitarios. El estado actual es que la duda me genera desánimo, desconcentración y pierdo rendimiento en los estudios con lo que me siento más incapaz de continuar y esto además afecta a mis relaciones con los demás"
Como vemos la definición del problema debe exponer de la manera más exacta todos los componentes implicados en el problema. Si se reduce como suele ocurrir con frecuencia a dos opciones (en el caso de Marta, sigo o dejo de estudiar), se restringen las posibles soluciones y se toma una perspectiva demasiado extremista del problema que fuerza una solución entre "blanco o negro".

SEGUNDA FASE: Búsqueda de opciones.
En esta fase deberás hacer un listado exhaustivo de todas las ideas y posibilidades que se te ocurran para solucionar el problema. No elimines ninguna posibilidad de antemano ya tendrás tiempo en la siguiente fase de ir descartando todas aquellas que no te resulten viables.
Lo que si debes tener muy en cuenta a la hora de generar tus ideas es que éstas sean concretas y viables, y no abstractas y poco realizables. Por ejemplo, en el caso de Marta no es correcto poner como opción el "reflexionaré sobre ello", o "me iré a estudiar otra carrera a Inglaterra", la primera por abstracta y la segunda por inviable.

Para localizar nuevas alternativas estos consejos te pueden ser de ayuda:
1. IMAGINA como resolvería este problema una persona que tenga aquellas cualidades que a ti te gustan. También te lo puedes imaginar de ti mismo (¡la imaginación es libre y no tiene limites!) resolviendo ese dilema de manera satisfactoria. Para estos fines puedes ayudarte de las técnicas de imaginación descritas en la página de Aprende a Relajarte.
2. RECUERDA aquellas veces que has solucionado problemas parecidos de manera satisfactoria y aplica la fórmula empleada a esta situación.
3. COMBINA ideas de las alternativas que se te ocurran actualmente o del pasado.

Veamos en el ejemplo de Marta las alternativas que se le ocurren:
1. Esperar que termine el actual curso para dejar esta carrera y mientras tanto ir examinando nuevas posibilidades de estudio o trabajo.
2. Darme un periodo de tiempo hasta final del presente curso para esforzarme en mejorar.
3. Pedir asesoramiento a otras personas: psicólogo, profesores, familiares y compañeros.
4. Tomarme un tiempo de descanso antes de tomar una decisión.
5. Seguir en los estudios tal y como voy y simplemente continuar hasta donde llegue.
6. Opciones 2 + 3. Darme un periodo de tiempo hasta final de curso donde intento mejorar con ayuda profesional psicológica y asesoramiento de los profesores.

Cuantas más alternativas se generen más posibilidades se abren y más capacidad de acierto en la elección, ya que se tienen en cuentan todos los puntos medios que hay entre dos opciones extremas.

TERCERA FASE: Valorar las opciones y decidir.
Ahora deberás examinar cuidadosamente cada una de las alternativas generadas para poder decidir cuál es la que más te conviene. Para este fin deberás ir analizando una a una cada opción y evaluando los pros y contras que cada opción tiene. Todo esto lo deberás hacer por escrito para que tus ideas las puedas ordenar correctamente.
Veamos en el ejemplo de Marta su valoración de ventajas y desventajas de una de sus alternativas:
Alternativa 1: Esperar que termine el actual curso para dejar esta carrera y mientras tanto ir examinando nuevas posibilidades de estudio o trabajo.

VENTAJAS / DESVENTAJAS
1. No tengo que dejar ahora mismo el curso
2. Sigo con mi actividad normal de estudiante sin tener que quedarme sin hacer nada.
3. Aflojo el ritmo de estudio y me puedo sentir menos estresada.
4. Tengo más tiempo para hacer otras cosas.
5. Puedo investigar con tranquilidad nuevas opciones para mi futuro.
6. No me siento culpable de haber tomada una decisión equivocada hasta que lo tenga que hacer cuando termine el curso.
1. Es posible que al final ni estudie ni busque nuevas posibilidades.
2. El problema no se resuelve sino que queda pospuesto a fin de curso.
3. Es posible que me ponga más estresada si veo que asisto a clase pero mi rendimiento sea inferior.
4. Voy a tener la impresión que todos van hacia adelante en los estudios y yo voy para atrás.

Con este trabajo de analizar y escribir las ventajas y desventajas de cada alternativa, en la mayoría de los casos, te podrás clarificar bastante, pero si aún así no lo tienes claro puedes pasar a valorar numéricamente de 0 a 10 cada una de las ventajas y desventajas.

Veamos en el ejemplo anterior que valoración hace Marta de las ventajas y las desventajas:
Alternativa 1: Esperar que termine el actual curso para dejar esta carrera y mientras tanto ir examinando nuevas posibilidades de estudio o trabajo.

VENTAJAS DESVENTAJAS
1. No tengo que dejar ahora mismo el curso. 3
2. Sigo con mi actividad normal de estudiante sin tener que quedarme sin hacer nada. 3
3. Aflojo el ritmo de estudio y me puedo sentir menos estresada. 4
4. Tengo más tiempo para hacer otras cosas. 4
5. Puedo investigar con tranquilidad nuevas opciones para mi futuro. 7
6. No me siento culpable de haber tomada una decisión equivocada hasta que lo tenga que hacer cuando termine el curso. 2
1. Es posible que al final ni estudie ni busque nuevas posibilidades. 8
2. El problema no se resuelve sino que queda pospuesto a fin de curso. 9
3. Es posible que me ponga más estresada si veo que asisto a clase pero mi rendimiento sea inferior. 8
4. Voy a tener la impresión que todos van hacia adelante en los estudios y yo voy para atrás. 7

VALORACIÓN TOTAL DE LAS VENTAJAS = 23 VALORACIÓN DE LAS DESVENTAJAS = 32
PUNTUACIÓN TOTAL = 23 - 32 = -9

Como podrás comprobar en el ejemplo, Marta valoró mucho más a las desventajas, que a pesar de ser menos en número, su valoración era 9 puntos superior a la de las ventajas, por lo que quedaba claro que no era una alternativa positiva.

Cuando hagas estas valoraciones con todas las alternativas llegarás a un resultado final donde habrá una alternativa que tendrá mayor puntuación positiva o en su defecto, menor puntuación negativa. Esta es la alternativa que deberás elegir.

En el ejemplo de Marta, la alternativa con valoración numérica más positiva es la alternativa 6 (darme un periodo de tiempo hasta final de curso donde intento mejorar con ayuda profesional psicológica y asesoramiento de los profesores).

CUARTA FASE: Aplicar la solución y revisar los resultados.
Una vez tomada la decisión tenemos que hacerla práctica y operativa. Esto quiere decir que el simplemente tener claro cuál es la alternativa más adecuada no es suficiente, ya que una buena intención, un buen proyecto, con facilidad se queda malogrado en la medida que la persona no sabe ponerlo en práctica.
Para ponerla en práctica deberás hacer un plan por escrito donde anotes qué tienes que hacer, cómo lo vas a hacer, a quién te tienes que dirigir o quién te puede ayudar, cuándo lo vas a comenzar y cuánto te va a costar (en dinero o en esfuerzo). En definitiva, establecer un guión minucioso para llevar a cabo. Para este fin te pueden ser muy útiles las técnicas descritas en Afronta los Problemas y Desarrolla tu Asertividad.

Una vez puesta en práctica la decisión tomada habrás de revisar los resultados esperando un cierto tiempo dependiendo de las características más inmediatas o más distanciadas en el tiempo del problema. Si los resultados van siendo satisfactorios, alégrate y disfruta con ellos, has conseguido escoger un camino positivo ante el problema, si por el contrario los resultados no son satisfactorios habrás de revisar todo el esquema que has seguido hasta ahora pero en sentido inverso haciendo las siguientes preguntas para definir mejor donde has tenido el problema:

FASE PREGUNTAS
Fase 4: Aplicar la decisión • ¿Está bien aplicada la elección?
• ¿He hecho un buen plan de puesta en práctica?
• ¿Se han dado circunstancias ajenas que han dificultado la aplicación de la decisión?
Fase 3: Valorar las opciones y decidir. • ¿He tenido en cuenta todas las ventajas e inconvenientes?
• ¿He valorado de manera poco realista las opciones?
Fase 2: Búsqueda de opciones. • ¿He seleccionado todas las alternativas posibles?
• ¿He combinado mal algunas alternativas?
• ¿Debería haber combinado alternativas y no lo he hecho?
Fase 1: Definir claramente el problema. • ¿Hice una definición del problema diferente al problema real?
• ¿Realmente es un problema?
• ¿Quiero resolver de verdad este problema?
• ¿De alguna manera me gusta o interesa seguir teniendo este problema en mi vida?

Lo más importante en toda esta estrategia de solución de problemas es que aprendas este método, ya que no siempre se pueden solucionar los problemas que la vida nos trae, pero si podemos hacer que las consecuencias negativas de un problema sean menores, o que las consecuencias positivas de una buena elección sean más satisfactorias.

Utiliza este procedimiento todas las veces que te encuentres con la necesidad de tomar decisiones ya que con la práctica asidua podrás comprobar como cada vez te resulta más fácil y sencillo escoger el camino de menor riesgo en las situaciones de conflicto.

Datos extraídos de

martes, 19 de junio de 2012

Aún tiene razón de ser La Pareja

Hoy en día parece que establecerse en una relación de pareja con proyección de futuro o durante mucho tiempo se ha convertido poco menos que en una misión imposible, y este hecho hace que muchos decidan, tomen la opción de la “multipareja” o la de ser un “esclavo sin esperanza” (por permanecer en un estado o en un sitio donde realmente no quiere ni desea estar)

Parece que, como todo lo demás en este mundo, las relaciones de pareja también se han tornado inestables, superficiales, breves, sólo para satisfacer necesidades inmediatas que no resisten el paso del tiempo.

La Dra. Spagnuolo Lobb, introduce en uno de sus trabajos esta temática y escribe:

“¿Es difícil enamorarse o es difícil permanecer en pareja?

El enamoramiento es ciego, se sabe, pero, más que ciego, diría que se centra en las necesidades del enamorado, antes que en las necesidades del otro. Nos enamoramos de quien nos parece pertenecer a una especie de tierra prometida, de quien habla una lengua que siempre habríamos querido escuchar para con nosotros. Por fin, una persona que comprende nuestras intenciones, que puede darnos el reconocimiento humano que siempre hemos deseado de las personas amadas, un buen espejo que finalmente nos hace sentir vistos. Y mágicamente, esta simple sensación nos permite respirar mejor, nos hace sentir más ligeros, nos hace sentir más buenos y más dispuestos ante los otros, más confiados en la posibilidad de que la humanidad pueda acogernos finalmente en el lugar que merecemos.

Es esta maravillosa apertura humana nacida del sentimiento de ser comprendidos, captados profundamente por el otro, lo que nos lleva a decir frases como: "No podría vivir sin ti", "Lo haría todo por ti", "Tú eres mi vida". El amor que acompaña al enamoramiento tiene un único defecto: es extremadamente dependiente del otro. Se está ligado al otro porque sólo él nos hace sentir así de reconocidos. Pero ¿quién es el otro? No siempre se tiene una visión detallada, sea porque se está "cegado" por la belleza de lo que experimentamos, sea porque si realmente nos fijáramos en algunos detalles (que en realidad vemos aunque no podamos "profundizar" en ellos) el sentido del maravilloso reparto del paraíso se desvanecería. Sin embargo, en ese momento de nuestra vida todo nuestro organismo está centrado en la conquista de una "tierra prometida", y poner en tela de juicio al otro, a quien tanto hemos buscado, no sería lo justo.

¿Y qué siente el otro? El otro puede estar también enamorado, puede sentir la música que deseaba sentir en las palabras de la persona amada (obviamente una música totalmente diferente de la que siente ésta), o bien puede estar menos enamorado, y estar con la pareja sobre bases más modestas pero también más "objetivas".

El enamoramiento es importante para la pareja, sin esto nadie tendría el coraje de abrirse íntimamente y permanecer ligado a lo largo del tiempo a otra persona. El enamoramiento es una especie de milagro de la naturaleza, como el abrirse de una flor, en el que todo el organismo está implicado en el rescate terapéutico de sí, ante la posibilidad de amar desde lo profundo del propio ser con la espontaneidad que la incomprensión de la vida nos ha quitado.

Hoy en día, este sentimiento de profunda revolución interior, de apertura a la posibilidad de ser comprendido por el otro, no ocurre "normalmente" como debiera. ¿Qué impide a las nuevas generaciones caer en el amor (como se dice en inglés, to fall in love)? Para caer tiene que haber una cierta seguridad de poderse levantar, o más aún, uno tiene que poder sentirse a sí mismo y aceptarse teniendo la necesidad de ser visto por el otro. Me parece que falta esto en las nuevas generaciones: la capacidad de sentirse a sí mismo. Incluso después es difícil enamorarse, iniciar una historia "sincera".

Otras veces, durante el recorrido que atraviesa la pareja, se pierde la espontaneidad, aunque manteniendo al mismo tiempo una adaptación recíproca. Sentimientos como la vergüenza, la rabia, el amor, el sentido de pertenencia se convierten en la dolorosa normalidad cotidiana.

Sucede, por ejemplo, que aquello que normalmente empieza como deseo de cuidar al otro, o de relajarse en la intimidad, termina en una lucha sobre quién decide, o en la desesperación de no ser capaz de contactar y de ser contactado por el otro.

Los integrantes de la pareja interactúan moviéndose entre dos factores: el deseo de contactar con el otro y el miedo de no ser comprendido en este deseo que, como toda búsqueda de reconocimiento, nos deja expuestos a la humillación de ser valorados negativamente, como inadecuados para la otra persona.

Lo más doloroso no es tanto el hecho de no ser comprendido por el otro en el contenido de la propia experiencia, como el no ser visto en el deseo y en la tentativa de alcanzarlo.

El deseo de intimidad que sostiene y motiva la vida de pareja es parecido al deseo de sentirse en casa, como el relax que disfruta el bebé cogido en los brazos de la madre, como la experiencia de reconocimiento que el caminante tiene en el cuerpo y en el alma cuando finalmente vuelve a su casa. El otro es deseado como un cuerpo que acoge, una casa en la que protegerse de la intemperie, el mundo en el que es posible hablar la propia lengua. El modo en el que este deseo se expresa en la pareja está imbuido del miedo de que el otro no esté donde querríamos encontrarlo, que esté en otro lugar.

Así, la experiencia del otro, más allá del momento del enamoramiento, que por definición es ciego, se siente también como el riesgo de que el deseo de intimidad sea frustrado, como el riesgo de que se repita el fallo experimentado en las relaciones significativas: el otro tiene también la experiencia del extraño que no comprende, del abrazo inseguro que mantiene nuestro cuerpo alerta, de casa ruidosa en la que no es posible reposar. Cada miedo y cada riesgo crean la vibración particular que caracteriza la tensión en torno al otro en la pareja. Cada interacción significativa de una pareja, como también toda su vida, es una historia (auguramos) con final feliz que repara el recorrido de nuestras relaciones significativas, una historia en la que experimentamos nuestra capacidad renovada y crecida de contactar con el otro con plena conciencia, viéndolo realmente más allá del temido rechazo y pudiendo llevar a término el deseo de alcanzarlo.

Sentirse descubierto ante el otro es un sentimiento delicado: a menudo se llena de los dolores pasados, percibidos como evidencia de una intención negativa del otro. El otro es malvado (experiencia paranoide), o quiere embrollarte (experiencia borderline), o es demasiado pequeño, necesitado de nuestra ayuda e incapaz de contenerse (experiencia narcisista): son sentimientos que llenan el vacío en el que nos lanzamos cuando reabrimos la posibilidad de comprometernos en un contacto importante, significativo, en el que hemos puesto la potencialidad de construir una intimidad. Es simplemente más seguro permanecer sobre terreno conocido. Incluso (re)conociendo las motivaciones del otro como típicas de una manera suya de reaccionar y no ligadas a la falta de comprensión o desinterés en nuestros límites, a veces no conseguimos dar el nuevo paso; por ejemplo, no pedimos disculpas después de haber comprendido que hemos ofendido al otro, no sonreímos aun sabiendo que esa sonrisa sería la solución de una disputa. En fin, nos arrojamos obstinadamente en los viejos esquemas por el simple miedo de cambiar.

La psicoterapia de pareja, la Orientación Familiar, puede ayudar mucho a mejorar el estar en pareja. La solución no está en el sacrificio de los deseos individuales en favor de las reglas del vivir social en familia, sino en el reapropiarse de la espontaneidad del vivir con el otro.

En la escuela de especialización en psicoterapia enseñamos a médicos y psicólogos, no a hacer que las parejas no se peleen, sino a hacerlas capaces de sentirse vivas, creativas en su relación, de "jugar". Esto puede implicar momentos de conflicto, ya que atravesar el dolor de las heridas provocadas por el comportamiento del otro puede implicar atravesar la humillación de no sentirse acogido por él, pero ciertamente presupone el objetivo de llegar a la intimidad, el coraje de expresarse a sí mismo y no aplacar el conflicto antes de tiempo. La psicoterapia no tiene nada que ver con dar o quitar la razón a uno o a otro, debe sobre todo mejorar la forma que tienen de funcionar como unidad, el modo en el que gestionan su intimidad relacional, la capacidad de darse apoyo recíproco y encontrar en el otro un lugar "fiable". El modelo que he desarrollado dentro de la psicoterapia de la Gestalt, publicado en un libro americano editado por el profesor Robert Lee, de Boston, y recientemente en la prestigiosa revista italiana Terapia Familiar, afronta los problemas de pareja centrándose en los aspectos positivos de la interacción entre ellos. Que la pareja experimente, incluso en el momento de coraje en el que pide ayuda, que ha hecho espontáneamente alguna cosa para funcionar bien, es un gran apoyo que predispone a los miembros de la pareja a la escucha de la intencionalidad positiva del otro, más allá de los miedos percibidos en la falta de acogida de él/ella. La "queja" del otro, que primero era recibida como una acusación, ahora es entendida como un deseo de contacto, de ser acogido y de ser considerado capaz de acoger al otro.

El otro no está a nuestro lado para curar nuestras antiguas heridas, sino para crear una nueva relación. Aceptar lo que hay de nuevo e inesperado en el otro consiste en renunciar a curar las propias heridas antiguas y, paradójicamente, consiste en verlas de otra forma. Si renunciamos a ver al otro como la persona ideal, capaz de curar nuestras antiguas heridas, podremos ver lo que él o ella hace ya por la relación. Este revolucionario cambio en la percepción del otro hace posible permanecer en pareja sin renunciar a la propia espontaneidad y gozar de las ventajas de no estar solos."

Texto basado en “Estar en la frontera de contacto con el otro: el reto de toda pareja”, publicado en la revista Terapia Familiare nº86, 2008, pp. 55-73

viernes, 8 de junio de 2012

¿Comunicación o actitud?...Recaída en conflictos

En las sesiones de Orientación familiar con parejas es muy difícil que uno de los caballos de batalla que contribuyen al fomento de los problemas no sea el de la comunicación, o más bien, la carencia de una comunicación eficaz y eficiente. Pero me he dado cuenta de que a pesar de trabajar sobre esta deficiente comunicación y parecer que las situaciones mejoran cuando se ponen en práctica las pautas para converger en acuerdos y negociaciones, al pasar un tiempo, las recaídas en los problemas se dan con frecuencia.

A esto contribuye el que cuando una pareja acude a terapia a veces es demasiado tarde porque hay un sustrato muy importante de resentimiento y son precisamente esas recaídas las que hacen pensar que la terapia “no funciona”.

A veces nos equivocamos. Todos: pacientes y orientadores nos centramos en problemas que tal vez se solucionaran con una forma distinta de “ataque terapéutico” enfocado a averiguar si realmente la pareja, cada uno de ellos, se han marcado para la solución unos intereses comunes unidos a una actitud parecida en los objetivos, fines y caminos a seguir.

Una actitud que nos lleva a la ira y a la frustración no puede sacarnos del camino disruptivo relacional por mucho que se hable de estabilizar y pautar las normas de una buena comunicación. Es algo tan sencillo como aquello de que hace más quien quiere que quien puede.

¿Qué nos impide hacer lo que sabemos que hemos de hacer? ¿Por qué nos centramos en el inmovilismo y la queja cuando hemos adquirido los recursos terapéuticos?

Parece que todo sigue igual y así es, pero sólo porque nuestra actitud no ha ido cambiando a lo largo de las sesiones. El objetivo que se debe marcar no es otro que el de tratar de construir nuevas condiciones para “juntar” a la pareja a través de ese cambio de actitud. De nada sirve seguir por el mismo camino sin cambio posible porque cuanto más sepa de mí, de mis carencias, de mis potencialidades, si no las utilizo cuando conviene, más soy consciente de que esto sigue sin funcionar.

Lo más complicado siempre será el cambio personal y dejar de culpar a la otra persona, pero precisamente ese cambio no se da porque nuestra actitud real no es de cambiar, sino de esperar a ver lo que el otro me estimula para que yo inicie mi cambio…Y sé qué tengo que hacer, pero…

Hay una sensación remota, incontrolada, inconsciente, pesada y tan interna que no se logra con frecuencia pasar al consciente para que nos mueva, y nos cohíbe caminar hacia ese cambio personal e intransferible antedicho, porque no hemos tenido claro que realmente cambiar significa alterar los aspectos de nuestro pensamiento y comportamiento que no están trabajando para nosotros o no contribuyen a que nuestra vida sea satisfactoria. Precisamente si la persona se resiste a participar en ese cambio de actitud real de forma activa, esas nuevas situaciones que se desean como beneficiosas, pero que tenemos que crearlas nosotros, se demorarán en surgir y surtir efecto.

La Dra. Alejandra Godoy Haeberle, en un articulo, comenta: "Se benefician más de una psicoterapia aquellas personas predispuestas a buscar apoyo y a resolver problemas; las que toleran mejor la frustración y la confrontación; aquellas cuyas expectativas son racionales; las que poseen habilidades sociales y una “mentalidad psicológica”, es decir, son introspectivos, reflexivos, capaces de identificar los problemas, de percibir lo nuevo y de comprenderse a si mismo; los que atribuyen el cambio a sus propios recursos y no creen que sus dificultades se deban a factores externos (locus de control interno).

El pronóstico será mejor si el paciente acepta la racionalidad del tratamiento y adhiere al mismo, si su motivación es alta, si realiza acciones tendientes a superar el problema, si se implica emocional y conductualmente, aun durante las crisis terapéuticas; si confía en el terapeuta como persona y como profesional competente y con experiencia; si las expectativas de mejoría son altas, si se siente capaz de cambiar, si no es resistente y si existe apoyo social (si tienen con quien conversar sus problemas).

El pronóstico será peor a mayor severidad de síntomas y conflictos, si hay comorbilidad (coexisten más de un trastorno), si el trastorno tiene más de 2 años de duración; si el paciente rechaza las demandas interpersonales del tratamiento, si presenta dificultades en sus relaciones sociales y/o familiares. Particularmente resistentes al cambio son los trastornos de personalidad, generalmente egosintónicos (“soy así”). En tanto que trastornos como los adictivos, alimenticios, depresivos crónicos y de personalidad, son los más susceptibles de recaídas.”

Al final, lo interesante, lo inteligente es unir en nuestro significado estas dos palabras: ACTITUD+COMUNICACIÓN. Así obtenemos la “actitud de comunicación” y si seguimos metiéndonos en saber para poder desarrollar habilidades conscientes (recursos) ante los problemas, llegamos al contenido adecuado de estas dos palabras unidas: Actitud de buscar, pensar, crear, construir, transmitir, ofrecer soluciones, resultados y alternativas a través de la comunicación (diálogos internos y con los demás.)

Juan José López Nicolás

lunes, 4 de junio de 2012

Tormento no asertivo de un sufrimiento.

Todos atendemos a razones emocionales que eliminan nuestra propia fuerza de la razón por no querer hacer daño a alguien a quien queremos, o tenemos afecto, o simplemente nos cae bien. Caemos en la quietud de acción sacrificando nuestro bienestar por el de esa otra persona que nos ensombrece, pero lo queremos, nos adultera el alma, pero le queremos, nos enlentece las ganas de vivir y nos quita el aire, pero no nos permitimos hacerle daño, porque va a sufrir.

Va a sufrir porque necesito decirle que no estoy bien así y necesito espacio, sentirme sola conmigo misma y con mi vida. Necesito equivocarme y aprender de estas lecciones vitales que son los fallos que cometo, he cometido y cometeré. Va a sufrir porque necesito sentirme libre y no con esta dependencia que me adormece el alma por saborear la sensación de que no puedo ser en mí misma. ¡Sé que va a sufrir!, pero yo no me expreso…, sufro yo porque no sufra él…Pero no tengo valor para verlo destrozado…porque va a sufrir, ya que detecto una dependencia emocional tan grande (yo también la tengo) que hasta me ha dicho alguna vez, “ámame…, quiero que me quieras.”, ¡como si el amor se tuviera que pedir u obligar a dar!

Con estos sentimientos que tengo sé que me inmovilizo y no pienso para nada en mí, ¿qué hacer, Dios mío?
No puedo dejar de sentirme sin sentir que soy algo más que una mera acompañante para satisfacer las necesidades emocionales y afectivas de alguien que no deja de ser, al mismo tiempo, víctima y verdugo; no deja de ser el protagonista de un juego que se enmaraña con las definiciones de la vida para participar con plena conciencia, pero jugando sólo, sin nadie, a veces, sin red…

Sé que se frustra y aquí estoy yo, sé que se enfada, y aquí estoy yo, sé que piensa en ser feliz y aquí estoy yo para darle sus más altos beneficios que enmarquen su vida en la felicidad que no sabe crearse por él mismo. Pero al final me necesita para poder ser, negando la verdadera realidad porque nada ni nadie puede ser en otro sin ser primero en uno mismo.

Hoy he consultado con alguien y me ha descubierto una nueva identidad propia enlucida en unas palabras que al principio no he entendido: Asertividad y plena conciencia de mí misma.

La verdad es que doy gracias por haber sido consciente de mi propio dolor que ha hecho que me mueva para poder cambiar, no sin un gran trabajo interior, todo lo que alrededor no me gusta, todo lo que ensombrece mi vida porque, y me lo han repetido hasta la saciedad, yo soy la artífice, la protagonista de mi propia vida, y que aún estando llena de responsabilidades que se aceptan integradas, no puedo decir sí a aquello que anule mi propia voluntad de ser, sentir y vivir. No puedo negociar mis derechos inalienables, pese a quien pese; pero esto hay que aprenderlo, hay que interiorizarlo hasta un nivel profundo, formando parte de la intimidad de tu propia piel.

Si pienso detenidamente podré lograr ver y percibir que las experiencias emocionales nos ayudan muy a menudo a dotar de sentido y a dirigir nuestra vida, porque sin ellas, seguramente, nuestra existencia consistiría en algo así como ver la vida pasar desde la indiferencia y la pasividad. Y me he dado cuenta que no puedo negarme a las emociones, no puedo ponerme una coraza y negarlas, ya que a veces pienso que las emociones no se eligen, simplemente se sienten, pero si aprendo a hacerlo de la forma adecuada, con conciencia, con inteligencia…,con ayuda, lograré que lo que alguna vez me aturde al negarme, al ofrecer resistencia a experimentarlas, no suceda y me dé la oportunidad para no acabar añadiendo aún más estrés a la situación.

¡He decidido empezar un cambio en mi vida! porque en estas sesiones de Orientación he aprendido que es muy común que las personas que se sienten incomprendidas, ignoradas y manipuladas acumulan tal frustración que llegan a unas consecuencias negativas a corto y largo plazo, además de generar una baja autoestima, siendo habitual que acaben “estallando” en un desajuste emocional importante. Y yo no quiero esto…, no quiero más de lo mismo.

¡Menos mal que he llegado a tiempo para ordenar mi vida!


Juan José López Nicolás