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martes, 24 de octubre de 2017

Fin de semana…Pareja peleando

Muchos me habéis preguntado que qué os pasa cuando llega el fin de semana, que por una parte estáis deseando que llegue para estar con vuestra pareja y por otra parece que es el momento que, no se sabe por qué, es cuando se establecen los rings adecuados para llevar a cabo las peleas más contundentes y, a veces, más ridículas, pero que dejan una huella profunda, por la asiduidad con las que ocurren.
El amor que decís que existe se va por la puerta cuando vuestras discrepancias entran por la ventana…Y cada vez es peor, porque el deterioro de ese amor se va haciendo más sensible a los pequeños o grandes altibajos y cambia. Cambia a otros tipos de sentimientos que nada tienen que ver con el aprecio, la tolerancia, el respeto, etc. Como dice Graciela Moreschi, psiquiatra, los enojos y reproches se convierten en una constante en el tiempo libre de las parejas.
La mayoría de las veces, las claves son el diálogo y la negociación, aunque ahora no os lo creáis. Si no os surten efecto es porque no sabéis desarrollarlos e implementarlos para que os lleven al puerto de la concordia, el respeto y el equilibrio necesarios para hacer perdurar ese vínculo que aparentemente os une, que muchas veces es una necesidad y no una realidad serena que se siente dentro del alma.
La Dra. Moreschi, al respecto, nos comenta en este artículo, lo siguiente: “Muchas parejas creen que vivir juntos implica tener que hacer todo juntos. Por más parecidos que fueran (y habitualmente no lo son), es imposible desear lo mismo y en el mismo momento. Para colmo, las exigencias cotidianas de la vida actual impiden tener un espacio propio durante la semana laboral. Todos esperamos el fin de las actividades para poder dedicarnos a nosotros mismos. Pero no siempre la pareja tiene las mismas intenciones y, si la creencia es que se debe actuar en conjunto, probablemente surjan diferencias, peleas y reproches.
Algunos ejemplos de esta problemática del fin de semana son los siguientes comentarios:
*Estoy toda la semana ocupada con mi trabajo y después, con la casa. Espero el fin de semana para distraerme y él se va a jugar al tenis con sus amigos o mira televisión. La estoy pasando peor que mis amigas solteras. Envidio sus posibilidades de salir y hacer cosas nuevas.
*Estoy cansado de que ella quiera ir siempre a la casa de su familia. Es un plomo y yo necesito despejarme. Por otra parte, ella dice que no puede verlos durante la semana, cosa que es real, pero no estoy dispuesto a sacrificarme.
*A ella le gustan las actividades sociales y, a mí, las deportivas. Tampoco nos ponemos de acuerdo respecto a las películas que elegimos, ni siquiera con los amigos. Cada fin de semana es un problema. La mayoría de las veces terminamos peleados y sin ir a ninguna parte.
En todos estos casos es evidente que no hay coincidencia de intereses y es lógico que así sea. Son personas diferentes, con historias, inquietudes y características personales distintas, pero esto no quiere decir que no se amen o que hayan perdido el interés en el otro, aunque de persistir la situación, el vínculo podría deteriorarse.
Hombres y mujeres tienen una actitud diferente ante este problema. En general, ellos son menos expresivos verbalmente, se repliegan sobre sí mismos, y llegan muchas veces a la abulia. Al ser incapaces de reclamar por lo suyo, anulan su deseo. Ellas, en cambio, suelen plantear sus necesidades, aunque la mayor parte de las veces lo hacen en forma de reproche. Creo que la mejor opción para este problema es que cada uno tenga su espacio individual. Muchas veces, recomiendo que se pongan de acuerdo sobre qué van a hacer juntos el fin de semana, como cuando eran novios. Pueden elegir una actividad para compartir (desde una buena salida hasta quedarse en casa juntos) y, el resto del tiempo, cada uno podrá emplearlo en aquello que le sea grato.
Algunos ejercicios para hacer en pareja
*Cada uno, haga una lista de las cosas que desea hacer. Diferencien las individuales y las compartidas. Junto a las actividades compartidas, escriban entre paréntesis quiénes podrían acompañarlos además de su pareja.
*Escojan un papel de calcar (semitransparente) y hagan un círculo que represente su tiempo de fin de semana. Luego, marquen proporcionalmente en qué ocupan su tiempo. Hagan abajo el mismo círculo, pero ahora dibujen cómo les gustaría que estuviese dividido su tiempo. Después, superpongan los dibujos. Tomen en cuenta los segundos, y revisen de qué manera deberían hacerlo para que los satisfaga a ambos.”
En el mismo hilo temático que estamos explicando, John Gottman, científico y profesor emérito de la Universidad de Washington, creó un "laboratorio del amor". Allí, después de estudiar a una pareja mientras sus miembros gritan y se enojan, predice con un 95% de acierto si seguirán juntos o se separarán en los próximos 15 años. ¿Cómo lo hizo? Lo consiguió después de analizar a más de 3.000 parejas desde 1980. Tiene una fórmula casi infalible: investigar aquellas emociones que no son "tan evidentes" y sólo se vislumbran al discutir.  
El poder del desprecio
El inventor del "laboratorio del amor" estudió y profundizó las reacciones de cada individuo y clasificó aquellas que son decisivas en provocar las rupturas entre las parejas. Las dividió en cuatro tipos: la defensiva, la crítica, la obstruccionista (quien trata de impedir o dificultar el desarrollo normal de un proceso) y la despectiva. Y es esta emoción, el desprecio, la responsable del mayor número de separaciones. Ser despectivo no es solo criticar, es mucho más. Es responder desde un lugar de superioridad, lo que hace disminuir al otro como persona hasta hacerlo sentir excluido.
Es la reacción que resulta más dolorosa para la otra persona. Incluso, afecta a nuestro sistema inmunológico y nos hace más propensos a enfermarnos, tener resfriados, o dolores en el cuerpo. El desprecio es una respuesta de "jerarquía" y no siempre es generada en forma agresiva. Puede esconderse en comentarios sutiles cómo: "Sí, sí… ¿y tú qué sabes?", frase que a todos nos resulta conocida.
Ante un problema y posterior discusión las mujeres tienden más a reaccionar con la crítica y los hombres al obstruccionismo. Pero en lo que se refiere al desprecio, parece que no hay diferencia de géneros.
La fórmula para discutir
Si queremos que nuestra pareja perdure en el tiempo hay que ser honestos con lo que sentimos y hacemos. Nuestras emociones muchas veces son sutiles, pero las exteriorizamos (conscientemente o no) y la otra persona las percibe.
Por lo tanto, después de una discusión - y con los nervios más calmados- Gottman recomienda conversar con la pareja no tanto del problema, sino de las emociones que había detrás de ésta. Lo que hicimos sentir al otro con lo que dijimos, y lo que el otro nos hizo sentir a nosotros.
Es importante evitar el desprecio. Luego de la conversación es interesante identificar si en algún momento la otra persona utilizó palabras despectivas e hirientes, o si lo hicimos nosotros.
Una buena receta
Si queremos que nuestra relación de pareja perdure en el tiempo, tenemos un buen margen de maniobra. Se basa en cómo hacemos sentir al otro con lo que decimos o, mejor aún, con lo que expresamos sin que seamos necesariamente conscientes de ello.
Ante esto, Gottman da un consejo para los momentos de discusión: hagamos sentir importante al otro. Aún en los enfrentamientos, debemos saber expresar reconocimiento sincero a la otra persona. En la pelea tiene que haber reproches y pedidos de justificaciones, pero además debe haber halagos hacia la pareja. Él sugiere una ecuación entre emociones positivas y negativas que dé como resultado cinco a una: por cada cinco críticas, se aconseja dar una caricia o mimo.
                                                                                  
Recuerda que  hay una delgada línea que separa la discusión del ataque personal o de la pelea, y hay quienes no saben diferenciarlo. La discusión cuestiona la opinión o la acción, la pelea cuestiona a la persona.

(Artículo confeccionado sobre datos extraídos de www.clarin.com)

                                                

lunes, 16 de octubre de 2017

¡Socorro, un adolescente!

Muchos profesionales, psicólogos, terapeutas, orientadores, etc. lo dicen: un adolescente conflictivo no surge de forma espontánea.
Damos muchas vueltas para dar explicaciones de esto, pero la verdad es que no queremos poner el dedo en la llaga porque la responsabilidad, en la mayoría de las ocasiones, es de los padres o figuras parentales de referencia directa. De esos polvos, estos lodos, como se suele decir.

Un niño nace y va aprendiendo, madura, evoluciona y va a ser en gran medida de una manera u otra, muchas veces, según los mensajes y actitudes educativas que vaya recibiendo de sus referentes en las distintas etapas por las que va pasando. Y es en esas etapas cuando se tiene que cargar de objetivos y contenidos adecuados, en cambio, es ahora, cuando se nos va de las manos cuando queremos tomar cartas en el asunto porque la desesperación hace incluso que la relación con los demás miembros del círculo familiar se esté deteriorando.

El amor no es suficiente para solucionar estos problemas (aunque es un gran facilitador y ojalá se empleara más) y una vez asumida la responsabilidad de cada miembro en esta situación que se nos presenta, tal vez podamos intentar reeducar y abrir una ventana a la esperanza que condicione las incongruencias en nuestra conducta, lenguaje (forma de comunicarnos) y expresión de emociones  y sentimientos.

Lo crucial en estos momentos es prestarles atención, interés, por lo que hemos de aprender a escucharles, a traducir sus peticiones cargadas de exigencias en la mayoría de los casos, que nos perturban y nos hacen muy difícil saber qué quieren, pero, ¿es que no somos nosotros los adultos los que deberíamos poner “lógica” en este “lío irracional” que aparece ante cualquier situación que se viva?

Tal vez nuestro exceso de autoridad no deje salir nuestra verdadera emoción desde el fondo de nuestro corazón; tal vez llevemos mucho tiempo sin decirles un “te quiero”, o abrazarlos. Tal vez sigamos tratándoles como bebés o los comparemos con otro hermano que “es mejor que él.” Tal vez…

Son muchas cosas las que hay que ajustar. Hasta hemos de aprender a poner las normas que en toda casa deben existir en beneficio de una buena convivencia y entendimiento, ya que el trastorno de los comportamientos relacionales hace evidente la toma de decisiones en el sentido de ir a la solución de los problemas que se presentan: abordaje adecuado de los síntomas.

Pero lo que quiero subrayar y aportar a este abordaje es que cuanto más separemos al adolescente del grupo familiar, más se aleja, y por lo tanto va a ser más complicado reeducar si está a años luz de nosotros. Lo justo y necesario es hacerle sentir, porque lo es, miembro de hecho y de derecho de nuestro grupo familiar, de este grupo de pertenencia. No es el “apestado” que hay que separar; no es el diferente que se saca de “nuestro grupo” de “perfectos” y al que etiquetamos como “el imposible”, como el paciente identificado.

Todo el sistema se ve influido por el problema porque forma parte de él, así como de sus soluciones. Si el mensaje es que nuestro hijo o hija es un problema,… ¡Menudo mensaje le llega!

Ahora nuestro adolescente tiene el problema, pero él no es el problema (que también es nuestro) y espero que se entienda perfectamente este crucial matiz.


viernes, 25 de agosto de 2017

La amplitud de miras

Cada vez es más cotidiano encontrar personas con un alto nivel de desequilibrio emocional. Un no sé qué que queda y deja la vida en manos únicas del destino porque no tenemos ganas de luchar. Nos sentimos mal porque la vida no nos acompaña en nuestros deseos. A muchos les va perfecto y a nosotros nos va el camino cada vez de una forma más lamentable. Y es que los problemas vienen a borbotones encontrando nuestro vaso siempre medio vacío.

Los hechos externos nos marcan y nos inmovilizan no encontrando soluciones a nada de los que nos proponemos, ya que el aire se hace cada vez más escaso y no entra en los pulmones con esa ansia que tenemos para respirar, con angustia vital porque no nos sale nada derecho. No nos sentimos bien y cada vez nos va peor.

Es un círculo vicioso del que no podemos salir (por lo menos sin ayuda) y parece que cada vez nos vemos más hundidos y más inmersos en él…Necesitamos escapar y huimos andando grandes distancias que no hacen otra cosa que acercarnos más a la realidad que no podemos aceptar. ¡Qué mala suerte tenemos!

Es como el gato que se asusta de su cola y huye de ella…Y cuanto más corría más se le echaba encima su “propia” cola. Huir de él mismo era totalmente imposible.

No soportamos sentirnos así, pero mantenemos el camino que nos hace estar en esas situaciones y entramos en un victimismo que no nos ayuda absolutamente nada (en lo que te centras, lo amplificas).

Vivir es complicado y todo lo bueno no dura siempre, pero lo malo tampoco. Se alternan las olas en el mar y hay un arriba y un abajo. Pero lo principal es no equivocarnos o pedir ayuda para  que alguien nos guíe en nuestro necesario diálogo interno que acepte los desafíos vitales. Que marque el rumbo adecuado en nuestra brújula energética para que podamos saber en cada momento hacia dónde dirigirnos y cómo entablar las conversaciones con nuestro propio yo.

La actitud es fundamental para lograr un empoderamiento que vislumbre lo positivo ante la vida. Cambia mucho la situación si comenzamos a cambiar las preguntas que nos hacemos: ¿Qué es lo mejor que te pasó ayer? (Positivo),  en vez de qué cosas malas me pasaron ayer.

Las personas creyentes pedimos muchas cosas a Dios, pero creo que algo que debíamos solicitarle con ahínco es fuerza emocional para manejar nuestro propio estrés a medida que aprendemos cosas nuevas y poder  aplicarlas a la realidad, a nuestra realidad de cada momento.

La realidad siempre es la de cada uno y por mucho que intentemos huir esta nos acompaña, queramos o no y con ello nos dice que nos enfrentemos a las durezas de la aventura de vivir.

Uno de los principios de la Programación Neurolingüística (PNL) dice que podemos elegir cómo nos sentimos, independientemente de los hechos “externos”.

Esperar que todo en la vida sea un lecho de rosas es irracional y si se piensa así no trae más que frustración y malestar cuando la realidad se hace presente en nuestras vidas y nos presenta problemas que no sabemos cómo afrontar.

No es fácil, lo sé, pero sí creo que se puede adquirir la capacidad de elegir con qué tipos de pensamientos se alimenta la vida de cada día, de cada momento. “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.”

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿El egoísmo es bueno?

Aunque no lo parezca, y es cierto que ser egoísta no tiene buena prensa ni suele ser bueno cuando su práctica va en contra de la caridad y la misericordia, creo que andaríamos mejor si aprendiéramos a utilizar las necesidades propias hacia la felicidad en vez de hipotecar nuestro tiempo y la vida para que sean otros los que se beneficien de nuestro yo más interno y vital.

¿De verdad es tan malo ser egoísta?

Muchos deciden dedicar su vida completa al capricho de los demás, tal vez motivado por la sensación de culpa en ese tan denostado momento de satisfacer la deuda histórica, por la búsqueda del amor y la compañía, por la necesidad de aceptación, de caricias…Tal vez en la búsqueda irracional de que todos nos quieran, nos acepten y les caigamos bien. Pero nos falta la decisión o la capacidad para reflexionar y tomar conciencia de que es muy pesado complacer a todos todo el tiempo y más cuando renunciamos a lo que realmente uno quiere o necesita.

Intentamos no hacer o hacer tal o cual cosa por ellos, cuando precisamente si no hago, lo que quiero yo es hacer y si hago, lo que me apetece es no hacer. Siempre al revés de mí mismo. Y es que no entendemos que hagamos lo que hagamos, seamos lo cariñosos, competentes, habilidosos, seductores que seamos, siempre habrá alguien a quien no le guste nuestra conducta. Siempre habrá alguien que no aprecie nuestra manera de ser y se sentirá a disgusto con nuestro proceder. Tal vez por miedo, por envidia, por sus propias frustraciones, por su incompetencia, por quién sabe qué, pero uno lo que hace es adaptarnos a ellos para que no se sientan así, para que no se disgusten… ¿Y nosotros, qué?

En varios artículos consultados hemos podido leer: “Cuando aprendemos a dejar de escuchar a los demás con sus comentarios negativos, cuando aprendemos a amarnos tanto que somos capaces de ver nuestra propia luz, es cuando realmente empezamos a ser libres. Estar pendientes todo el tiempo, como base de nuestra vida, de los demás, lo único que va a hacer es que seamos personas frustradas…”, seguramente porque nunca llegaremos a conseguir contentar del todo a quien recibe nuestras eternas atenciones.

No hemos de abandonar nuestra personalidad, ni nuestros anhelos deben verse relegados y supeditados constantemente a los deseos de los demás, porque, en el sentido que deseo reflexionar sobre esto de ser egoísta, es aprender a decir qué es lo que queremos en la vida, es proclamar nuestro deseo de ser felices, es hacer lo que realmente queremos sin tener que fingir aquello que no deseamos. Es ser libres y honestos con uno mismo y también, por qué no, honrado con los demás.

Con este poder en nuestras almas hasta nos queda fuerza y energía para dársela a los demás, pero sin caer en la trampa de que uno tiene que solucionar la vida de los otros antes que la suya propia.
Soy consciente de que este tema suscita multitud de controversias, pero ahí está y así es. Si yo soy feliz puedo dar felicidad, si yo estoy bien puedo dar lo positivo de mí. ¿Qué opinas?

Tal vez la situación a descubrir es qué pasaría si nos decidiéramos a ser sanamente egoístas. Oímos “egoísmo” y salen los juicios negativos de nuestras ancestrales creencias, nuestra moral y escuchamos o ponemos un gran grito en el cielo: ¡Por Dios, ser egoísta es lo peor! Esto aparece para cercenar toda actitud que no se asemeje y vaya de dedicación altruista y generosa hacia nuestros semejantes. Pero vuelvo a preguntar: ¿Y nosotros, qué?

Nuestra mochila de reproches ante este egoísmo debe empequeñecerse porque el objetivo es dejar de crecer con la preocupación de no defraudar a nadie, a veces, con el gran precio a pagar de no importar lo que uno mismo siente ante esas situaciones.

Si vemos la definición de egoísta, leemos que es la persona que realiza acciones y conductas orientadas hacia el yo. ¿Y qué tiene eso de malo?
Mamen Garrido, psicóloga y experta en coaching, en uno de sus artículos, nos comenta: “Todo esto es para ser uno feliz y no conozco a nadie que sea feliz que piense en hacer daño a los demás.” Es más, pienso que el egoísmo del que hablo está íntimamente ligado a la honestidad y honesto es quien actúa de acuerdo a como piensa y siente, y si por ser fiel a mí mismo y sentirme en paz  me etiquetan de egoísta, que lo hagan.

También conozco a personas que han decidido hacer todo por los demás, primando el tiempo, el ritmo y la vida de los otros frente a la suya, y sin embargo no veo que sean excesivamente felices, más bien es el cuento de nunca acabar porque cada vez renuncian a más cosas y se les exige más.

Ayudar a los demás está muy bien, todos lo hacemos y todos necesitamos a alguien en momentos determinados, pero el problema vienen cuando siempre se antepone las necesidades de los demás a las propias; debería decir tal cosa pero no la digo porque qué van a pensar… Y sé que muchas veces decimos sí cuando queremos decir no, precisamente por ese miedo ancestral a poder parecer “egoístas”.

“Quienes viven a merced de los demás, quienes dan mucho a cambio de poco o de nada,-continúa diciendo Mamen Garrido- son personas que se conforman con migajas en lugar de aspirar al mejor trozo del pastel.”

miércoles, 17 de mayo de 2017

Ayuda ante el dolor

Es muy difícil acceder a la persona doliente si nuestra actitud es de indiferencia y no sabemos hacer entender con nuestro cuerpo y expresiones que comprendemos por lo que tiene que estar pasando. Hay profesionales que a esto lo llaman EMPATÍA, pero según mi experiencia, va más allá de ese concepto.

Es algo difícil de explicar pero fácil de entender cuando formamos parte de la situación aún teniendo la habilidad de estar en un plano lo suficientemente lejano para tener las perspectivas adecuadas para poder ser ayuda y no formar parte de ese mismo dolor que machaca el cuerpo y el alma. Hemos de reconocer la experiencia del dolor. Pero que su dolor no nos atenace hasta el punto de incapacitar nuestra relación de ayuda.

Nuestra situación es estar en un escalón superior para poder observar quién necesita qué y qué necesita en el momento adecuado. Nuestro silencio a veces puede manifestar mejor lo que queremos que una palabra inadecuada que puede tirar por tierra toda nuestra labor para conseguir el objetivo que nos identifiquen como “partícipes” de su grupo y no como un elemento extraño que no tiene ni idea de lo que está ocurriéndoles en ese trágico momento, aunque al principio es lo que normalmente piensan porque no hemos aún tenido la oportunidad de trabajar esta integración con el “grupo”. No somos ellos, no somos de los de ellos, pero podemos conseguir ser con ellos y que nos acepten. Esto es importante.

De ninguna manera puedo pretender que alguien sienta como yo sentiría ante su situación, por lo que es preciso que tenga muy en cuenta que cada persona siente a su manera y que esa es la forma adecuada de expresión ante la situación. No es correcto llevar a extremos las reacciones que se deben sentir como una relación con orden de prelación ante los acontecimientos de pérdida. Ahora debe llorar… Ahora debe enfadarse…Ahora debe expresar ira…Ahora debe estar confuso… ¡No!

Puede pasar por las diferentes etapas que todos deberíamos saber o no pasar por ellas. No nos empeñemos en que pasen por ellas. Cada uno siente como siente y siente lo que siente cuando lo siente. Hasta no sentir (aparentemente) nada en absoluto es otra forma de sentir y hemos de ser hábiles para detectar en la forma en la que se está desarrollando en la persona que tenemos delante. Como dicen varios autores, es importante validar sus sentimientos como respuestas naturales a la pérdida, porque lo que necesitamos todos es tiempo para procesar la información y los acontecimientos (nuevos y a veces inesperados) que nos está tocando vivir.

Es fácil que veamos estos acontecimientos de otros bajo nuestros prismas personales y subjetivos, bajo la óptica de nuestras creencias y conceptos, lo que nos haría errar por presuponer que ellos también tienen que pasar este trance como yo lo viviría. Insisto en ello porque he vivido experiencias con compañeros que me decían que tal persona no está viviendo de forma adecuada este momento porque no está experimentando tal o cual cosa.

Dejémosles que sean exclusivamente ellos y tratemos de saber ayudarles para hacer ese momento, por lo menos, más “tragable”, más aceptable. Alentar a la persona a contar sus recuerdos es una buena manera de integrarnos, integrar sus conceptos actuales en la realidad, e iniciar el proceso siempre difícil de la aceptación y no confundirlo con la resignación.


Gran labor, importante labor e ineludible la necesidad de aportar personas preparadas para ayudar en el aspecto psicológico de los acontecimientos en las emergencias: Unidades de primeros auxilios psicológicos, tanto en primera intervención como en segunda.      

jueves, 9 de febrero de 2017

El Distrés retardado

Muchas veces he sugerido que nunca estamos vacunados contra la recogida de raciones de estrés, pequeños pedazos de pena, rabia, confusión, llanto, que como integrantes de equipos de atención en emergencias estamos expuestos. Nos movilizan para acudir a emergencias…Accidente, 5 muertos…Suicidio, persona ahorcada…Accidente de autobús, 14 muertos…Y así podemos citar una lista interminable de sucesos a los que acudimos para facilitar los procesos y acompañar en el duelo a esas personas que han recibido un trallazo emocional y que sus recursos habituales no les son suficientes para poder dar explicación o poner en su realidad esto que ha sucedido tan de repente.

En cambio ahora lo que me preocupa es la persona que ayuda, que acompaña, que gestiona la pena de otros estabilizando zonas de comportamiento para que los procesos se normalicen y el futuro de la inestabilidad surgida sea más parte de una realidad que nos hace poner los pies en el suelo y vivir la situación de forma más “natural”. Sí, esta persona que está tragando dosis ajenas de estrés y vive la pena de otros con empatía, no con simpatía, para establecer una distancia los suficientemente importante para que el trauma vicario no les afecte de forma que no lo pueda controlar. El incidente crítico produce una serie de reacciones físicas, emocionales, conductuales, cognitivas, y potencialmente puede interferir emocionalmente en las habilidades para actuar en el lugar de trabajo en forma inmediata, o posteriormente en el retorno o la rutina laboral y familiar: este es el estrés del personal de primera respuesta

Es aconsejable hacer pequeñas reuniones de estructuración cognitiva, de rememorar situaciones que nos quedaron dentro, impactadas por lo impactantes que fueron, porque las vivimos en primera persona cargadas de un nivel emocional de alto voltaje, si es que me permiten llamarlo así. Y sucede porque no somos insensibles y no nos podemos insensibilizar…, mejor que no. El principal objetivo inmediato con compañeros expuestos a situaciones estresantes, conflictivas y traumáticas es el de minimizar la severidad y duración del trauma emocional. Se debe permitir la expresión de sus emociones y ayudarlos a entender y comprender sus sentimientos y los efectos psicológicos que puedan aparecer algunas semanas después. Pero para ello hay que preparar reuniones, entrevistas, “quedadas” para hablar de aquella o aquellas situaciones que me están empezando a aparecer en sueños, por ejemplo.

Al vivir una experiencia traumática, las experiencias psicológicas, a menudo subestimadas, pueden provocar de una forma más o menos lenta, un deterioro de la capacidad adaptativa y sociocomunicativa de la persona. El Debriefing, por ejemplo, es un instrumento importante que ofrece alivio a la persona a la vez que le posibilita exteriorizar y comparar sus ideas, recuerdos y emociones perturbadoras con las de otras personas, de modo tal que el sujeto víctima pueda comprenderlas y normalizarlas.

No olviden los líderes de los equipos que si quieren mantener a un equipo “sano” deben facilitar la ventilación emocional de los integrantes de su propio equipo, y más cuando se tiene constancia de que se ha estado activado en muchos o en seguidos sucesos impactantes para cualquiera, aunque es cierto, que la preparación de estas personas para atender a los demás es de primera calidad y su formación ha ido encaminada a encuadrar en su sitio las situaciones que a otros le suceden.

Si buscamos, por otra parte, la palabra “Desmovilización” encontramos que nos la describe también esta técnica que facilita nuestra ventilación, como una intervención brevísima que se realiza al final de todo el acontecimiento crítico. Es una técnica de soporte grupal que tiene como finalidad disminuir la presencia de perturbaciones cognitivas y reacciones emocionales reactivas y desadaptativas y facilitar su descarga.

No confiaros, hacedlo porque a la larga veréis los inconvenientes si no prestáis atención a estas situaciones. Vuestros equipos lo agradecerán y los resultados se verán, porque, además, las reuniones unen, te hacen conocerte mejor y facilitan la comunicación de forma totalmente distinta a los chat que tan imprescindibles se han hecho. No sustituir una buena reunión cara a cara por una conversación por chat. Incluso podemos empezar a ser conscientes que algunas personas se desligan de los equipos y no acuden a las activaciones porque, aparentemente sin razón, no se encuentran con la suficiente fuerza como para enfrentarse a esa llamada. ¿Sabéis por qué? Analizadlo, por favor. ¿Miedo? ¿Desinterés? ¿Falta de motivación? NO, no, no…¿Tenéis la respuesta?