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viernes, 2 de febrero de 2018

Enfado continuo...¿Qué me pasa?

   Durante muchas semanas no he parado de escuchar que no se puede hablar con la pareja porque siempre está enfadada. No se sabe cómo llegar a ella (hombre o mujer) y no se puede hablar porque nada le parece bien. Es un enfado continuo y aunque se intenta razonar para bajar ese nivel tan alto de emociones desmedidas y a destiempo, no se logra disminuir la situación tan estresante y tan destructora de las relaciones y de los sentimientos. 

Ocurra la situación que ocurra, el acontecimiento previo que sea, siempre se encuentra un "motivo" para tirar del hilo que lleva al cajón de los truenos y se estalla, hasta tal punto que se empiezan a decir barbaridades que, aunque luego lamentes, quedan dichas y, generalmente, dejan una huella que nos puede "suspender de empleo y sueldo en la labor cotidiana de trabajar para que la relación sea lo más estable posible."

"...Es que me pones en el disparadero..."
"...es que me haces enfadar, porque yo venía bien..."

Parece que la responsabilidad de mi actitud siempre la tiene el otro.

Para dar respuesta, o más bien, para ofreceros una plataforma que os pueda servir de ilustración en este tema, os transcribo un artículo escrito por Irene Nuevo Delgado, Psicóloga especialista en estrés y psicoterapia Cognitivo-Conductual, que ha titulado ¿Por qué me enfado tan fácilmente? 9 estrategias para manejar mi irritabilidad.

Espero que arroje la luz suficiente para reflexionar y veros reflejados en la medida que a cada uno le afecte, ya que la primera variable a tener siempre en cuenta es aceptar que nosotros no somos perfectos y que la responsabilidad de nuestras acciones, generalmente, nos corresponden a cada uno y no al que tenemos enfrente, que suele ser el cabeza de turco de casi todos nuestros errores, manías e imperfecciones.

Irene Nuevo, comienza así:

"-Me planteé trabajar en manejar mi estrés el día que mi hija me dijo: papá, últimamente estás siempre enfadado...
-¿Y sabes por qué estás siempre enfadado?
-No es culpa suya, ¿sabes? <¡Me cabreo porque no estoy bien!>

Es posible que en ocasiones hayas notado que llevas una época en que te enfadas con demasiada frecuencia, que todo te irrita y saltas a la más mínima. Es posible que, de hecho, no lo hayas notado tú, sino aquellos que te rodean, esos con los que convives y empiezan a decirte frases como: ¡últimamente estás que no hay quien hable contigo!", "es que no te aguantas ni tú." Y, ¿sabes lo peor? Que tienen razón y lo sabes. Pero eso no hace que tus sensaciones mejoren, más bien al contrario, a esa irritación constante se une la sensación de no sentirte entendido/a y estar siendo injusto/a con los demás.

A esto tenemos que añadir la conciencia de cómo nuestros estados emocionales afectan a todos los contextos en los que nos movemos. Las emociones se contagian, las positivas y las negativas. Por eso, cuando iniciamos la espiral de irritabilidad y respuestas agresivas y explosivas, el ambiente general se tensa, y no solo afecta a nuestra vida personal, también al grupo de trabajo, que empieza a percibirse más crispado, con menos paciencia; se reduce el sentido del humor y la comunicación, se disparan las quejas constantes...Esa dinámica puede tener consecuencias en el trato entre compañeros, jefes y empleados e incluso en la atención que damos al cliente. Y una vez más, no se trata de qué situación concreta te ha molestado esta vez, sino del estado de tensión constante que mantienes des de hace un tiempo.

¿O no? ¿Crees que son ellos de verdad los únicos culpables de que te molesten tantos ruidos, los retrasos, los imprevistos, cualquier contratiempo que no cumple tus expectativas...?

No, no lo son. Y esto nos lleva a la frase que cierra el diálogo inicial: cuando no estamos bien nos mostramos menos pacientes, más rígidos en nuestros planes e ideas, más irascibles...Tenemos el sistema de alerta encendido permanentemente. Y nuestro sistema primitivo sólo conoce tres respuestas posibles: huida, ataque o ¡hacerse el muerto!

El ataque es la respuesta que nos ocupa ahora. Como acabamos de decir, si en épocas de estrés o malestar tenemos la alerta encendida, es posible que respondamos atacando ante cualquier situación que nos contraríe. Ser consciente de que esto me está pasando es el primer paso, pero después de este hay que seguir dando otros.

9 estrategias para controlar la irritabilidad.

El primer mandamiento del manejo de la rabia es: NUNCA CONTESTES EN CALIENTE. En ese momento somos todo emoción, somos más vehementes y podemos estar magnificando mucho las cosas (somos incapaces de relativizar)

Párate, espera unos minutos...¡el mundo no se va a acabar ahora! Seguro que lo que tengas que decir puedes decirlo un poco más tarde. Además, con esto también evitarás tener que pedir disculpas o sentirte mal después por lo que dijiste o cómo lo dijiste.

Haz algo de ejercicio. Te ayudará a descargar parte de la tensión acumulada y bajar tus niveles de activación. Si estoy más relajado afrontaré con más calma las dificultades. (Tened en cuenta siempre que no es lo mismo enfrentarse a un problema que a un pequeño contratiempo)

Aprende a leer las señales de tu cuerpo. Aunque creas que tu respuesta es impredecible, no lo es. Es sólo que aún no has aprendido a detectar tus señales, esas que te avisan de que te estás tensando, que algo no te está gustando: te notas más impaciente, has dejado de escuchar a quien te habla, tus músculos están tensos... Cuando empieces a notarlos, haz caso al punto 2: PÁRATE.

Recuerda QUE NO HAY UNA ÚNICA FORMA DE HACER LAS COSAS, QUE NO TODO EL MUNDO VE LAS COSAS IGUAL QUE TÚ, QUE EXISTEN DISTINTOS PUNTOS DE VISTA Y QUE ESO NO TIENE PORQUÉ SER TAN MALO.  De hacho nos enriquece y nos enseña.


La vida está llena de imprevistos, asúmelos. Empieza el día dando por hecho que habrá cosas que no saldrán como planeaste y enfréntalo como parte de la realidad. Eso ayudará a no hacer un drama cuando suceda.


Acepta lo que no puedes cambiar. En muchas ocasiones lo que más nos frustra e irrita es precisamente lo que no depende de nosotros, lo que escapa a nuestro control. No vamos a cambiar la realidad que nos rodea a base de enfados e irritaciones. Ocúpate de lo que puedes modificar, aquello que entra dentro de tus posibilidades.


Valora las cosas positivas de cada día. Siempre hay algunas, solo es cuestión de saber buscarlas, de valorare esos pequeños detalles a los que hemos dejado de prestar atención porque sólo miramos lo negativo, lo que no nos gusta. ¡Para las quejas!


Di lo que tengas que decir cuando seas capaz de decirlo con calma. Si callamos demasiado el final puede llegar el momento en que lo digas de la peor manera posible, reprochando todo lo acumulado anteriormente.


Crea un momento de desconexión cada día. Es un momento únicamente para tí. La información constante, el ruido, las tareas sin pausa, las prisas, etc., aumentan la tensión que desencadena la explosión. Una larga ducha, mirar por la ventana sintiendo la brisa, o la lluvia, una habitación con luz tenue en la que simplemente podamos concentrarnos en nuestra respiración..., no necesitas mucho tiempo, sólo el propósito de empezar a cuidarte.


Trabajar para reducir mi irritación, mi control de impulsos, mi rabia, es una inversión en mi bienestar, en el de los que me rodean y, por tanto, también en la calidad de mis relaciones. Y recuerda que puedes recorrer el camino corriendo, pero llegarás demasiado pronto y habiendo perdido el paisaje."


Espero que este artículo pueda ser el inicio de una buena reflexión, una toma de conciencia de que debemos y podemos hacer algo en aras de nuestro bienestar y felicidad. También es necesario recordar que es necesaria una buena dosis de humildad para empezar a reconocer nuestros propios errores, que no son otra cosa que lecciones que nos pone la vida para que aprendamos, si es que queremos aprender. Y si no queremos aprender nos seguirá pasando siempre lo mismo. ¿Qué decides?

miércoles, 10 de enero de 2018

Hijos rotos

 Estas últimas semanas he recibido varias consultas sobre el comportamiento de las parejas cuando deciden separarse y además tienen hijos. Hijos que ya “ven y observan” perfectamente lo que pasa a su alrededor y pueden convertirlos en las víctimas no deseadas de esta ruptura siempre crítica y cargada de intensos episodios emocionales.

Bernabé Tierno, creo que por todos conocido, en El Semanal del 28 de junio de 1998, (a pesar del año sigue vigente en los procesos que solemos ver en sesión) nos aportó un artículo que les transcribo, con unas anotaciones y consejos sobre las conductas que debemos evitar a toda costa para que en lo posible nuestros vástagos vivan, de la mejor manera posible, esta decisión, a veces valiente, pero no exenta de vivas emociones que nos pueden introducir en una vida plena y normal o en otra cargada de frustraciones y anomalías emocionales que marcarán de una u otra manera la vida presente y futura de nuestros hijos, y la nuestra propia.

   “Hace unas semanas, se me acercaron dos adolescentes y me dijeron: ‘Somos unos hijos rotos por la separación de nuestros padres, pero lo que más nos duele es ver cómo se insultan, se desprecian y se odian y nos culpan a nosotros si no nos ponemos de su parte. Escriba algo, por favor, sobre cómo deben los padres tratar a sus hijos cuando se da algo tan doloroso como la separación; tenemos 16 y 14 años’.

Sé por experiencia profesional que muchos niños y adolescentes interpretan la separación y el divorcio de sus padres como un rechazo o como un abandono. En estos momentos en los que la unidad familiar se rompe, sienten una intensa inseguridad, temor y culpabilidad.  Las reacciones de agresividad, tristeza, depresión, falta de apetito, fracaso escolar, etcétera, que manifiestan, son expresión del temor a ser abandonados y no queridos por sus padres.

Casi siempre desean que sus progenitores vuelvan a unir sus vidas y culpan a uno o a los dos de esa separación que casi siempre consideran remediable. Sólo en los casos más graves y dramáticos, cuando uno de los cónyuges es claramente el causante de los conflictos y de hacer imposible la paz y el equilibrio familiar, y por añadidura se dan maltratos físicos y psíquicos, los hijos aceptan la separación como un mal menor, pero con mucho dolor y pena. Reconocen que así es imposible seguir por más tiempo en ese infierno diario de insultos y desprecios entre personas vacías de amor y llenas de odio.

Comprendo que en esos casos extremos en los que la convivencia ha llegado a un estado tan deteriorado y lastimoso, sean los mismos hijos los que deseen la separación en esa huida a la desesperada del infierno familiar. Pero mi deber es pedir desde aquí a los matrimonios en conflicto que hagan lo imposible por intentar un acercamiento mutuo desde la sinceridad, la buena voluntad y el poco o mucho amor y capacidad de generosidad que les quede, contando con la ayuda de un buen especialista en terapia conyugal y el apoyo incondicional de familiares y amigos. Es posible aprender una forma más humana, madura, respetuosa y tolerante de convivencia entre los esposos, al descubrir que las causas de las disputas, tiranteces y conflictos son casi siempre auténticas nimiedades y bobadas, rabietas y pataletas de niños inmaduros que pretenden que su cónyuge deje de ser él mismo (o ella misma) y se convierta en dócil muñeco fabricado según sus deseos, apetencias y caprichos.

Pero vayamos a esa serie de sugerencias para los padres que se encuentran en situación de separación para procurar que la ruptura de la convivencia conyugal, rompa, además de la armonía, el corazón y la vida de los hijos.

Sólo hay una forma de estar seguros de que el daño psicológico de la separación será mínimo y es manteniendo conductas, modales y expresiones de mutuo respeto, aunque no sean de afecto.

Jamás tratar de granjearse sólo para sí la confianza y el apoyo de los hijos a costa del abandono del otro cónyuge.
Evitar a toda costa la violencia y la hostilidad entre el padre y la madre en presencia de los hijos, especialmente si todavía son niños o adolescentes. Los episodios de cólera, hostilidad y escándalo les marcan profundamente.

Obligar a los hijos a tomar parte, a decantarse por uno de los progenitores es la manera más inhumana y egoísta de romper el corazón de ese ser temeroso e inseguro que no entiende cómo puede pedirle uno de sus padres que no quiera y respete al otro.

Es fundamental ser respetuoso y considerado con el ex y no caer en la miseria humana y en la falta de elegancia de hablar mal y menospreciar al otro ante los demás, sobre todo si están presentes los hijos.

Debe quedar claro a los hijos que el hecho de que sus padres se hayan separado, porque se hacía imposible la convivencia por incompatibilidad u otros motivos, no significa que vayan a carecer del mismo amor, atenciones y cuidados.

Si los hijos asisten a una separación respetuosa y civilizada, sienten y viven el amor de sus padres, aunque sea por separado, y les ven atentos y considerados entre sí, crecerán maduros y sin traumas y los efectos de la separación o del divorcio serán siempre menos graves. En cualquier caso no serán esos «hijos rotos» que me participaban su dolor.”

jueves, 4 de enero de 2018

Conveniencia de la Orientación Familiar. ENCUESTA INTERESANTE.

1. ¿Cuándo hay que acudir a una terapia de pareja?
Cuando la relación empieza a deteriorarse y se piensa seriamente que no se aguanta más y no se ve salida, es el momento de plantearse la posibilidad de que alguien ajeno y profesional, con perspectiva y distancia,  pueda echar una mano. La posibilidad de la separación está siempre ahí, pero hay que tener en cuenta que es muy dolorosa, sobre todo cuando hay hijos pequeños.
La terapia de pareja es cosa de dos y normalmente es uno el que da la voz da alarma y el otro, al menos, tiene que estar dispuesto a colaborar. Si no es así, el que ve el problema todavía puede acudir al profesional, que podrá ayudar aunque, lógicamente con menos capacidad de maniobra. El principal handicap en el fallo de la terapia de pareja es que se acude al profesional cuando ya no hay solución o se está muy enquistado en posiciones totalmente rígidas y de los dos, uno cree en las posibles soluciones y el otro piensa que no forma parte del problema.

2. ¿Ha aumentado el número de parejas que solicita estos servicios? Si es así, ¿a qué se debe?
Efectivamente, hay un aumento substancial los últimos años. Entre los factores que influyen está el hecho de que se ha avanzado muy positivamente en la libertad para plantear las quejas en la pareja, y que la terapia de pareja ha demostrado su eficacia en los últimos años y se tiene cada vez más confianza en la labor profesional de los orientadores y terapeutas familiares.

3. ¿Cuáles son los problemas más frecuentes que presentan estas parejas?
El fallo en la comunicación es el más frecuente. Engancharse en discusiones inútiles y destructivas en las que se hace sufrir y se sufre tremendamente sin llegar a ninguna solución. También puede ocurrir lo contrario, no se hablan ni se comunican y la relación va muriendo. La vida laboral frenética que se lleva contribuye tremendamente a ello; la diferencia de expectativas también lleva a grandes “batallas campales.”
Otro problema frecuente es la falta de aceptación de las peculiaridades del otro. La sociedad nos enseña a luchar por nuestros deseos, y a veces eso se lleva a un extremo en la pareja, mientras que un poco de aceptación del otro nos puede conducir a una mayor felicidad, dándonos cuenta de todos sus valores y no solamente del aspecto que nos gustaría cambiar.

4. ¿Cómo se actúa si un miembro de la pareja no colabora? ¿la mujeres suelen ser más colaboradoras y los hombres más reticentes?
A la hora de acudir a la terapia, lo hacen más fácilmente las mujeres, porque tienen una capacidad mucho mayor para compartir sus sentimientos y emociones y también para pedir ayuda. Sin embargo, una vez iniciada la terapia, cuando se rompen las primeras barreras, el hombre está tan interesado como la mujer, de hecho la dependencia emocional del hombre hacia su pareja suele ser mucho más grande que la de la mujer.

5. ¿Cuántas sesiones suelen ser necesarias? ¿Cuánto suele costar una sesión?
La duración de cualquier terapia depende del problema que se presente. Hay que tener en cuenta que la terapia la hacen los pacientes y no el terapeuta y por tanto depende de cada uno de ellos, del cariño que todavía queda entre ellos, etc. A veces basta con un par de sesiones para poner las cosas en su sitio, otras veces es necesaria una terapia más profunda. Las sesiones se suelen desarrollar con entrevistas individuales y luego una conjunta, duran entre una hora y hora y media, lo que las hace más costosas que las sesiones individuales.

6. ¿Cómo se desarrollan las sesiones? ¿Siempre se hacen con los dos miembros de la pareja o hay sesiones individuales?
La terapia supone que cada uno tiene que hacer cambios en su comportamiento, que es la vía para lograr un progreso interior profundo. El seguimiento y apoyo para esos cambios se hace en sesiones individuales con cada miembro y luego en las sesiones conjuntas se pone en común el avance que se va dando. En ocasiones se da un problema psicológico en alguno de los componentes de la pareja que necesita terapia personal y distinta en algunos matices, que puede hacer el propio terapeuta, otro profesional o el psicólogo. Esto es abundar el algo que nosotros queremos e intentamos llevar a cabo, que es el tratamiento multidisciplinar, si es necesario.

7. ¿Se trata sólo de hablar de los problemas o la pareja ha de realizar ejercicios prácticos? ¿Puede dar algún ejemplo?
Los cambios son de comportamiento, de actitudes, por lo tanto no se trata solo de hablar, hay que poner en práctica lo necesario para poder convivir y disfrutar uno del otro. Un ejemplo muy frecuente es enseñar a la pareja cómo discutir, qué se puede decir y cómo, lograr no callarse nada, pero sin hacer daño al otro. Aprender a plantear problemas de forma que se llegue a soluciones y no a discusiones estériles. Esto tiene su técnica y se aprende en las sesiones de terapia y se practica en casa.

8. ¿Cuál es la efectividad de este recurso?
Los datos indican que la gran mayoría de las parejas que acuden a terapia, alrededor del 75% informan de una mejora en la satisfacción matrimonial. Cuando se llega solamente para que no diga nadie que no se ha probado todo, la efectividad es mucho menor. Quiere esto decir que un elemento primordial en el comienzo de la Orientación Terapéutica es la VOLUNTAD, EL CONVENCIMIENTO. Sin una voluntad inicial por parte del cliente que mueva la necesidad de cambiar o adaptar las situaciones para mejorar la relación, es imposible que la terapia haga su efecto positivo. Es contraproducente ir “obligado” a las sesiones.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

La comunicación familiar

A lo largo de todos estos años he observado que si la comunicación entre los integrantes de la unidad familiar no funciona se debe principalmente, y entre otras razones, a una ausencia de la capacidad de empatizar.

Es del todo negativo iniciar una comunicación sin entender al que tengo enfrente, sin ser consciente de qué problemas ha tenido o tiene y cuáles son las razones que le han llevado a actuar de tal o cual manera. Claro que es cierto que una llamada de atención, la aclaración de alguna situación entre la pareja, un castigo y toda una parrafada de los padres a los hijos, es necesaria para equilibrar las situaciones, establecer las normas  a las que se ha faltado y poner las sanciones que se deban poner, pero no podemos olvidar que el que tenemos enfrente, sea padre, madre o hijo, no ha actuado así por nada, por capricho. Y debemos conocerle, ponernos en su situación y no comunicar con rabia, ira, desprecio…Es un humano con necesidades y sobreentiende que el amor y el respeto son ingredientes que deben existir en ese hogar.

No se espera la impaciencia, el hartazgo, y mucho menos si es un adulto el que requiere el inicio de la conversación. Pero esta falta de empatía se suele dar también en ambas direcciones, o sea, de las figuras parentales a hijos y de hijos a figuras parentales, porque no podemos olvidar que en ese ambiente familiar y de confianza (debería existir), cada uno defiende sus criterios y necesidad de expresión (cosa muy sana).

Tras sesiones diversas con diversas familias, observamos que hay factores muy comunes en todos aquellos núcleos familiares en los que se disparan los problemas y se enquistan, y es que no se suele escuchar de forma activa. Sí, no se escucha al otro, no se sabe qué piensa y siente sobre la vida y existe una ausencia de criterios y pautas que no han sido dadas a nuestros hijos que le ayuden a crecer y madurar.

También es cierto que las presiones del trabajo, los problemas personales, la sociedad, su ritmo tan neurótico, etc., nos someten a mucha presión y tal vez cuando llegamos a casa y la comunicación comienza, todo eso nos pesa y, tal vez también, con nuestros hijos entramos en conflicto y precisamente esa forma hace que las reacciones de retroalimentación de ellos sean totalmente negativas y “aprenden” que con nosotros no se pueden comunicar, ni tan siquiera hablar porque no entendemos nada de ellos. Ni lo intentamos. Pueden llegar a cortar toda relación con nosotros y comienzan a no contarnos nada de ellos ni de sus problemas. Y si eso pasa desde sus dos o tres años, podemos imaginarnos cómo están cuando tengan 14. Triste, ¿verdad?

Pues todo esto es fruto de nuestras acciones adversas ante la comunicación porque no nos preparamos para ello y no entendemos que los mensajes que se dan y reciben, tanto los verbales como los no verbales, son cruciales en la conducta presente y futura de nuestros vástagos. Tal vez porque solemos ser excesivamente “policías” e interrogamos sin dar la sensación de estar verdaderamente interesados en cómo llevan su aún breve vida en todos sus aspectos.

Esto sucede porque volcamos nuestra ansiedad con ellos, y aunque sé que a veces es difícil no hacerlo por la impotencia que nos produce la situación, hemos de esforzarnos en no entrar al ritmo que ellos mismo ponen. En vez de ser docentes, cariñosos y demostrar que nuestra adultez sirve para algo más que para ver películas de mayores de 18 años y poder beber alcohol, descargamos nuestras frustraciones con ellos y así nos luce el pelo.

Creo sinceramente que procede revisar nuestras actitudes y aptitudes respecto a la comunicación eficaz y para eso existen profesionales que nos pueden ayudar a tomar conciencia de nuestros errores para equilibrar las relaciones que, aún siendo difíciles, se pueden llevar a un estado homeostático que produzca más beneficios que perjuicios. ¿Cómo? Pues identificando los errores que cometemos sin ser conscientes de ello. A veces cambiando o modificando pequeñísimas cosas se obtienen grandes adelantos.

Y algo más, si estamos observando que seguimos unas pautas durante largo tiempo en la comunicación que siguen produciendo problemas y no solucionamos nada, ¿por qué seguimos actuando de la misma manera? Algo habrá que hacer, ¿no creen?


Juan José López Nicolás

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Reflexiones de un padre “imperfecto”

He sido padre de dos hijos…Dos buenos hijos y, sobre todo, dos buenas personas. Y ahora creo que puedo reflexionar sobre los acontecimientos como padre porque estoy en la dimensión del ser abuelo, que nada tiene que ver con el nivel anterior.

No es la reflexión pormenorizada de los años en los que he vivido con ellos, con sus risas, sus lágrimas, sus juegos en el suelo, sus enfermedades, sus soledades, sus reproches, sus perdones por mis fallos, mis perdones por los suyos, etc., sino desescombrar desde mi interior una serie de vivencias que me han llevado a unas reflexiones que para nada espero que sean dogmas de fe, sino un entramado más que pueda dar luz a las ideas que padres puedan tener en los mismos recorridos de esta grandiosa aventura que ellos, los hijos, ni se imaginan, porque aún no han vivido en toda su dimensión, y la juzgan (la mía) sin tener todas las cartas en su mano. Es igual, son atrevidos, pero creo que es ley de vida porque llegará el momento de repetir experiencias y entonces entenderán todos y cada uno de mis actos.

A veces creo que criamos hijos y en cambio nos salen jueces cuando empiezan a empinarse.

He aprendido que, aunque duela y cueste lo indecible, no deberíamos sobreprotegerlos, porque nuestra obligación es educar en la realidad social que se van a encontrar, sobre todo, cuando salgan a la vida y les comience esta a decir con voz ronca: NO, NO, NO…Es ahora cuando vamos a ver qué capacidad de frustración tienen y su potencial resiliente, porque ellos hacen muchas cosas, se meten en muchos “fregaos” porque tienen el colchón de toda una red familiar que les hacen las cosas…Y así es muy fácil, creo yo.

Por eso muchos padres son hijos de los hijos y no ocupan realmente ese rol tan maravilloso de ser padres, con todo lo que conlleva en su justa medida, llegando a convertir a los propios hijos en tirano y los padres en inseguros y débiles de personalidad. Sé que esto no es bueno, pero créanme que a veces lo entiendo. Pero sobre todo he visto que sucede porque hay padres que se sienten culpables de haberles fallado, de haber cometido algo “horrendo” por lo que se les está juzgando toda la vida y, por que somos humanos, necesitamos que no nos rechacen y nos acepten y ser “buenos” reparando todos los días la falta que alguien dice que cometimos y que no perdonan (no les interesa hacerlo para tenernos siempre sometidos y pagando la deuda histórica)

También sé que cuando los hijos son adultos ya no te deben obediencia, pero lo que nunca deberían perder es el amor y el respeto que te deben como padre y generalmente olvidan que un padre teme mucho ser rechazado por ellos, aunque se aprende, madurando, que si esto sucede, es su decisión y con el corazón roto de alguna manera sigues viviendo tu vida, como ellos deben vivir la suya, pero eso sí, mi puerta está abierta las 24 horas del día para ellos y sus consultas, problemas, abrazos, besos, a pesar de que he aprendido a respetar, porque yo sí respeto sus decisiones, equivocadas o no. Dicen que son adultos y esto lleva implícito muchas situaciones que deben aprender, supongo, con las vivencias de ensayo/error.

También sé, porque soy abuelo, que si un hijo reprocha algo a su padre y no es capaz de reconciliarse de alguna manera y simplemente deja pasar las horas, los días, los años, la inmadurez está de su parte, pero mi corazón desea que la experiencia les enseñe y dejen la inmadurez para crear la urdimbre necesaria del paso del estrecho a ser SER, aunque esto, la espera, crea mucho dolor y lágrimas. Pero la vida sigue y es la que cada uno debe dirigir y gestionar de la mejor manera posible.

Un padre respeta a sus hijos, los ama, lo sé, pero no espera aprobación ni se somete a ellos, por lo menos eso he inferido a lo largo de estos años, y es lo que debe ser, y por lo que sé no he sido un excelente padre, pero lo he hecho lo mejor que he sabido, lo mejor que he podido y poniendo siempre todo mi empeño en donar a mis hijos la esperanza de verlos como son, buenas personas. ¿Y tú?

También sé que fácilmente los hijos van a juzgar a los padres como pareja, punto que es totalmente injusto, ya que ellos conocen a sus progenitores como tales y no como miembros de esa unión y precisamente por esa su justicia justiciera inmadura, a veces, cuando los padres toman decisiones pensadas, necesarias y correctas para la vida individual y no son entendidas por los hijos que se llaman adultos, lo que está claro entonces es que la personalidad y la madurez aún no están bien determinadas y definidas en ellos. Y no es cuestión de edades fijas.

Pero todo esto no son más que situaciones típicas que se dan todos los días, todos los años, a todas horas para que se crezca ante el afrontamiento de la vida misma para lograr la tan ansiada madurez porque al fin un adulto se vale por sí mismo, sus reglas y sus propias elecciones. ¿Y tú?

Yo, como padre, sé también que mis hijos tienen errores, y duelen, pero he aprendido a respetar sus decisiones porque ya no les puedo ver como niños y yo sí les concedo la madurez del adulto que creo que deben poseer, aunque vayan andando aún hacia ella… Ya llegarán, aunque yo ya no esté.

Felices Fiestas.

Juan José López Nicolás

martes, 24 de octubre de 2017

Fin de semana…Pareja peleando

Muchos me habéis preguntado que qué os pasa cuando llega el fin de semana, que por una parte estáis deseando que llegue para estar con vuestra pareja y por otra parece que es el momento que, no se sabe por qué, es cuando se establecen los rings adecuados para llevar a cabo las peleas más contundentes y, a veces, más ridículas, pero que dejan una huella profunda, por la asiduidad con las que ocurren.
El amor que decís que existe se va por la puerta cuando vuestras discrepancias entran por la ventana…Y cada vez es peor, porque el deterioro de ese amor se va haciendo más sensible a los pequeños o grandes altibajos y cambia. Cambia a otros tipos de sentimientos que nada tienen que ver con el aprecio, la tolerancia, el respeto, etc. Como dice Graciela Moreschi, psiquiatra, los enojos y reproches se convierten en una constante en el tiempo libre de las parejas.
La mayoría de las veces, las claves son el diálogo y la negociación, aunque ahora no os lo creáis. Si no os surten efecto es porque no sabéis desarrollarlos e implementarlos para que os lleven al puerto de la concordia, el respeto y el equilibrio necesarios para hacer perdurar ese vínculo que aparentemente os une, que muchas veces es una necesidad y no una realidad serena que se siente dentro del alma.
La Dra. Moreschi, al respecto, nos comenta en este artículo, lo siguiente: “Muchas parejas creen que vivir juntos implica tener que hacer todo juntos. Por más parecidos que fueran (y habitualmente no lo son), es imposible desear lo mismo y en el mismo momento. Para colmo, las exigencias cotidianas de la vida actual impiden tener un espacio propio durante la semana laboral. Todos esperamos el fin de las actividades para poder dedicarnos a nosotros mismos. Pero no siempre la pareja tiene las mismas intenciones y, si la creencia es que se debe actuar en conjunto, probablemente surjan diferencias, peleas y reproches.
Algunos ejemplos de esta problemática del fin de semana son los siguientes comentarios:
*Estoy toda la semana ocupada con mi trabajo y después, con la casa. Espero el fin de semana para distraerme y él se va a jugar al tenis con sus amigos o mira televisión. La estoy pasando peor que mis amigas solteras. Envidio sus posibilidades de salir y hacer cosas nuevas.
*Estoy cansado de que ella quiera ir siempre a la casa de su familia. Es un plomo y yo necesito despejarme. Por otra parte, ella dice que no puede verlos durante la semana, cosa que es real, pero no estoy dispuesto a sacrificarme.
*A ella le gustan las actividades sociales y, a mí, las deportivas. Tampoco nos ponemos de acuerdo respecto a las películas que elegimos, ni siquiera con los amigos. Cada fin de semana es un problema. La mayoría de las veces terminamos peleados y sin ir a ninguna parte.
En todos estos casos es evidente que no hay coincidencia de intereses y es lógico que así sea. Son personas diferentes, con historias, inquietudes y características personales distintas, pero esto no quiere decir que no se amen o que hayan perdido el interés en el otro, aunque de persistir la situación, el vínculo podría deteriorarse.
Hombres y mujeres tienen una actitud diferente ante este problema. En general, ellos son menos expresivos verbalmente, se repliegan sobre sí mismos, y llegan muchas veces a la abulia. Al ser incapaces de reclamar por lo suyo, anulan su deseo. Ellas, en cambio, suelen plantear sus necesidades, aunque la mayor parte de las veces lo hacen en forma de reproche. Creo que la mejor opción para este problema es que cada uno tenga su espacio individual. Muchas veces, recomiendo que se pongan de acuerdo sobre qué van a hacer juntos el fin de semana, como cuando eran novios. Pueden elegir una actividad para compartir (desde una buena salida hasta quedarse en casa juntos) y, el resto del tiempo, cada uno podrá emplearlo en aquello que le sea grato.
Algunos ejercicios para hacer en pareja
*Cada uno, haga una lista de las cosas que desea hacer. Diferencien las individuales y las compartidas. Junto a las actividades compartidas, escriban entre paréntesis quiénes podrían acompañarlos además de su pareja.
*Escojan un papel de calcar (semitransparente) y hagan un círculo que represente su tiempo de fin de semana. Luego, marquen proporcionalmente en qué ocupan su tiempo. Hagan abajo el mismo círculo, pero ahora dibujen cómo les gustaría que estuviese dividido su tiempo. Después, superpongan los dibujos. Tomen en cuenta los segundos, y revisen de qué manera deberían hacerlo para que los satisfaga a ambos.”
En el mismo hilo temático que estamos explicando, John Gottman, científico y profesor emérito de la Universidad de Washington, creó un "laboratorio del amor". Allí, después de estudiar a una pareja mientras sus miembros gritan y se enojan, predice con un 95% de acierto si seguirán juntos o se separarán en los próximos 15 años. ¿Cómo lo hizo? Lo consiguió después de analizar a más de 3.000 parejas desde 1980. Tiene una fórmula casi infalible: investigar aquellas emociones que no son "tan evidentes" y sólo se vislumbran al discutir.  
El poder del desprecio
El inventor del "laboratorio del amor" estudió y profundizó las reacciones de cada individuo y clasificó aquellas que son decisivas en provocar las rupturas entre las parejas. Las dividió en cuatro tipos: la defensiva, la crítica, la obstruccionista (quien trata de impedir o dificultar el desarrollo normal de un proceso) y la despectiva. Y es esta emoción, el desprecio, la responsable del mayor número de separaciones. Ser despectivo no es solo criticar, es mucho más. Es responder desde un lugar de superioridad, lo que hace disminuir al otro como persona hasta hacerlo sentir excluido.
Es la reacción que resulta más dolorosa para la otra persona. Incluso, afecta a nuestro sistema inmunológico y nos hace más propensos a enfermarnos, tener resfriados, o dolores en el cuerpo. El desprecio es una respuesta de "jerarquía" y no siempre es generada en forma agresiva. Puede esconderse en comentarios sutiles cómo: "Sí, sí… ¿y tú qué sabes?", frase que a todos nos resulta conocida.
Ante un problema y posterior discusión las mujeres tienden más a reaccionar con la crítica y los hombres al obstruccionismo. Pero en lo que se refiere al desprecio, parece que no hay diferencia de géneros.
La fórmula para discutir
Si queremos que nuestra pareja perdure en el tiempo hay que ser honestos con lo que sentimos y hacemos. Nuestras emociones muchas veces son sutiles, pero las exteriorizamos (conscientemente o no) y la otra persona las percibe.
Por lo tanto, después de una discusión - y con los nervios más calmados- Gottman recomienda conversar con la pareja no tanto del problema, sino de las emociones que había detrás de ésta. Lo que hicimos sentir al otro con lo que dijimos, y lo que el otro nos hizo sentir a nosotros.
Es importante evitar el desprecio. Luego de la conversación es interesante identificar si en algún momento la otra persona utilizó palabras despectivas e hirientes, o si lo hicimos nosotros.
Una buena receta
Si queremos que nuestra relación de pareja perdure en el tiempo, tenemos un buen margen de maniobra. Se basa en cómo hacemos sentir al otro con lo que decimos o, mejor aún, con lo que expresamos sin que seamos necesariamente conscientes de ello.
Ante esto, Gottman da un consejo para los momentos de discusión: hagamos sentir importante al otro. Aún en los enfrentamientos, debemos saber expresar reconocimiento sincero a la otra persona. En la pelea tiene que haber reproches y pedidos de justificaciones, pero además debe haber halagos hacia la pareja. Él sugiere una ecuación entre emociones positivas y negativas que dé como resultado cinco a una: por cada cinco críticas, se aconseja dar una caricia o mimo.
                                                                                  
Recuerda que  hay una delgada línea que separa la discusión del ataque personal o de la pelea, y hay quienes no saben diferenciarlo. La discusión cuestiona la opinión o la acción, la pelea cuestiona a la persona.

(Artículo confeccionado sobre datos extraídos de www.clarin.com)

                                                

lunes, 16 de octubre de 2017

¡Socorro, un adolescente!

Muchos profesionales, psicólogos, terapeutas, orientadores, etc. lo dicen: un adolescente conflictivo no surge de forma espontánea.
Damos muchas vueltas para dar explicaciones de esto, pero la verdad es que no queremos poner el dedo en la llaga porque la responsabilidad, en la mayoría de las ocasiones, es de los padres o figuras parentales de referencia directa. De esos polvos, estos lodos, como se suele decir.

Un niño nace y va aprendiendo, madura, evoluciona y va a ser en gran medida de una manera u otra, muchas veces, según los mensajes y actitudes educativas que vaya recibiendo de sus referentes en las distintas etapas por las que va pasando. Y es en esas etapas cuando se tiene que cargar de objetivos y contenidos adecuados, en cambio, es ahora, cuando se nos va de las manos cuando queremos tomar cartas en el asunto porque la desesperación hace incluso que la relación con los demás miembros del círculo familiar se esté deteriorando.

El amor no es suficiente para solucionar estos problemas (aunque es un gran facilitador y ojalá se empleara más) y una vez asumida la responsabilidad de cada miembro en esta situación que se nos presenta, tal vez podamos intentar reeducar y abrir una ventana a la esperanza que condicione las incongruencias en nuestra conducta, lenguaje (forma de comunicarnos) y expresión de emociones  y sentimientos.

Lo crucial en estos momentos es prestarles atención, interés, por lo que hemos de aprender a escucharles, a traducir sus peticiones cargadas de exigencias en la mayoría de los casos, que nos perturban y nos hacen muy difícil saber qué quieren, pero, ¿es que no somos nosotros los adultos los que deberíamos poner “lógica” en este “lío irracional” que aparece ante cualquier situación que se viva?

Tal vez nuestro exceso de autoridad no deje salir nuestra verdadera emoción desde el fondo de nuestro corazón; tal vez llevemos mucho tiempo sin decirles un “te quiero”, o abrazarlos. Tal vez sigamos tratándoles como bebés o los comparemos con otro hermano que “es mejor que él.” Tal vez…

Son muchas cosas las que hay que ajustar. Hasta hemos de aprender a poner las normas que en toda casa deben existir en beneficio de una buena convivencia y entendimiento, ya que el trastorno de los comportamientos relacionales hace evidente la toma de decisiones en el sentido de ir a la solución de los problemas que se presentan: abordaje adecuado de los síntomas.

Pero lo que quiero subrayar y aportar a este abordaje es que cuanto más separemos al adolescente del grupo familiar, más se aleja, y por lo tanto va a ser más complicado reeducar si está a años luz de nosotros. Lo justo y necesario es hacerle sentir, porque lo es, miembro de hecho y de derecho de nuestro grupo familiar, de este grupo de pertenencia. No es el “apestado” que hay que separar; no es el diferente que se saca de “nuestro grupo” de “perfectos” y al que etiquetamos como “el imposible”, como el paciente identificado.

Todo el sistema se ve influido por el problema porque forma parte de él, así como de sus soluciones. Si el mensaje es que nuestro hijo o hija es un problema,… ¡Menudo mensaje le llega!

Ahora nuestro adolescente tiene el problema, pero él no es el problema (que también es nuestro) y espero que se entienda perfectamente este crucial matiz.


viernes, 25 de agosto de 2017

La amplitud de miras

Cada vez es más cotidiano encontrar personas con un alto nivel de desequilibrio emocional. Un no sé qué que queda y deja la vida en manos únicas del destino porque no tenemos ganas de luchar. Nos sentimos mal porque la vida no nos acompaña en nuestros deseos. A muchos les va perfecto y a nosotros nos va el camino cada vez de una forma más lamentable. Y es que los problemas vienen a borbotones encontrando nuestro vaso siempre medio vacío.

Los hechos externos nos marcan y nos inmovilizan no encontrando soluciones a nada de los que nos proponemos, ya que el aire se hace cada vez más escaso y no entra en los pulmones con esa ansia que tenemos para respirar, con angustia vital porque no nos sale nada derecho. No nos sentimos bien y cada vez nos va peor.

Es un círculo vicioso del que no podemos salir (por lo menos sin ayuda) y parece que cada vez nos vemos más hundidos y más inmersos en él…Necesitamos escapar y huimos andando grandes distancias que no hacen otra cosa que acercarnos más a la realidad que no podemos aceptar. ¡Qué mala suerte tenemos!

Es como el gato que se asusta de su cola y huye de ella…Y cuanto más corría más se le echaba encima su “propia” cola. Huir de él mismo era totalmente imposible.

No soportamos sentirnos así, pero mantenemos el camino que nos hace estar en esas situaciones y entramos en un victimismo que no nos ayuda absolutamente nada (en lo que te centras, lo amplificas).

Vivir es complicado y todo lo bueno no dura siempre, pero lo malo tampoco. Se alternan las olas en el mar y hay un arriba y un abajo. Pero lo principal es no equivocarnos o pedir ayuda para  que alguien nos guíe en nuestro necesario diálogo interno que acepte los desafíos vitales. Que marque el rumbo adecuado en nuestra brújula energética para que podamos saber en cada momento hacia dónde dirigirnos y cómo entablar las conversaciones con nuestro propio yo.

La actitud es fundamental para lograr un empoderamiento que vislumbre lo positivo ante la vida. Cambia mucho la situación si comenzamos a cambiar las preguntas que nos hacemos: ¿Qué es lo mejor que te pasó ayer? (Positivo),  en vez de qué cosas malas me pasaron ayer.

Las personas creyentes pedimos muchas cosas a Dios, pero creo que algo que debíamos solicitarle con ahínco es fuerza emocional para manejar nuestro propio estrés a medida que aprendemos cosas nuevas y poder  aplicarlas a la realidad, a nuestra realidad de cada momento.

La realidad siempre es la de cada uno y por mucho que intentemos huir esta nos acompaña, queramos o no y con ello nos dice que nos enfrentemos a las durezas de la aventura de vivir.

Uno de los principios de la Programación Neurolingüística (PNL) dice que podemos elegir cómo nos sentimos, independientemente de los hechos “externos”.

Esperar que todo en la vida sea un lecho de rosas es irracional y si se piensa así no trae más que frustración y malestar cuando la realidad se hace presente en nuestras vidas y nos presenta problemas que no sabemos cómo afrontar.

No es fácil, lo sé, pero sí creo que se puede adquirir la capacidad de elegir con qué tipos de pensamientos se alimenta la vida de cada día, de cada momento. “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.”

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿El egoísmo es bueno?

Aunque no lo parezca, y es cierto que ser egoísta no tiene buena prensa ni suele ser bueno cuando su práctica va en contra de la caridad y la misericordia, creo que andaríamos mejor si aprendiéramos a utilizar las necesidades propias hacia la felicidad en vez de hipotecar nuestro tiempo y la vida para que sean otros los que se beneficien de nuestro yo más interno y vital.

¿De verdad es tan malo ser egoísta?

Muchos deciden dedicar su vida completa al capricho de los demás, tal vez motivado por la sensación de culpa en ese tan denostado momento de satisfacer la deuda histórica, por la búsqueda del amor y la compañía, por la necesidad de aceptación, de caricias…Tal vez en la búsqueda irracional de que todos nos quieran, nos acepten y les caigamos bien. Pero nos falta la decisión o la capacidad para reflexionar y tomar conciencia de que es muy pesado complacer a todos todo el tiempo y más cuando renunciamos a lo que realmente uno quiere o necesita.

Intentamos no hacer o hacer tal o cual cosa por ellos, cuando precisamente si no hago, lo que quiero yo es hacer y si hago, lo que me apetece es no hacer. Siempre al revés de mí mismo. Y es que no entendemos que hagamos lo que hagamos, seamos lo cariñosos, competentes, habilidosos, seductores que seamos, siempre habrá alguien a quien no le guste nuestra conducta. Siempre habrá alguien que no aprecie nuestra manera de ser y se sentirá a disgusto con nuestro proceder. Tal vez por miedo, por envidia, por sus propias frustraciones, por su incompetencia, por quién sabe qué, pero uno lo que hace es adaptarnos a ellos para que no se sientan así, para que no se disgusten… ¿Y nosotros, qué?

En varios artículos consultados hemos podido leer: “Cuando aprendemos a dejar de escuchar a los demás con sus comentarios negativos, cuando aprendemos a amarnos tanto que somos capaces de ver nuestra propia luz, es cuando realmente empezamos a ser libres. Estar pendientes todo el tiempo, como base de nuestra vida, de los demás, lo único que va a hacer es que seamos personas frustradas…”, seguramente porque nunca llegaremos a conseguir contentar del todo a quien recibe nuestras eternas atenciones.

No hemos de abandonar nuestra personalidad, ni nuestros anhelos deben verse relegados y supeditados constantemente a los deseos de los demás, porque, en el sentido que deseo reflexionar sobre esto de ser egoísta, es aprender a decir qué es lo que queremos en la vida, es proclamar nuestro deseo de ser felices, es hacer lo que realmente queremos sin tener que fingir aquello que no deseamos. Es ser libres y honestos con uno mismo y también, por qué no, honrado con los demás.

Con este poder en nuestras almas hasta nos queda fuerza y energía para dársela a los demás, pero sin caer en la trampa de que uno tiene que solucionar la vida de los otros antes que la suya propia.
Soy consciente de que este tema suscita multitud de controversias, pero ahí está y así es. Si yo soy feliz puedo dar felicidad, si yo estoy bien puedo dar lo positivo de mí. ¿Qué opinas?

Tal vez la situación a descubrir es qué pasaría si nos decidiéramos a ser sanamente egoístas. Oímos “egoísmo” y salen los juicios negativos de nuestras ancestrales creencias, nuestra moral y escuchamos o ponemos un gran grito en el cielo: ¡Por Dios, ser egoísta es lo peor! Esto aparece para cercenar toda actitud que no se asemeje y vaya de dedicación altruista y generosa hacia nuestros semejantes. Pero vuelvo a preguntar: ¿Y nosotros, qué?

Nuestra mochila de reproches ante este egoísmo debe empequeñecerse porque el objetivo es dejar de crecer con la preocupación de no defraudar a nadie, a veces, con el gran precio a pagar de no importar lo que uno mismo siente ante esas situaciones.

Si vemos la definición de egoísta, leemos que es la persona que realiza acciones y conductas orientadas hacia el yo. ¿Y qué tiene eso de malo?
Mamen Garrido, psicóloga y experta en coaching, en uno de sus artículos, nos comenta: “Todo esto es para ser uno feliz y no conozco a nadie que sea feliz que piense en hacer daño a los demás.” Es más, pienso que el egoísmo del que hablo está íntimamente ligado a la honestidad y honesto es quien actúa de acuerdo a como piensa y siente, y si por ser fiel a mí mismo y sentirme en paz  me etiquetan de egoísta, que lo hagan.

También conozco a personas que han decidido hacer todo por los demás, primando el tiempo, el ritmo y la vida de los otros frente a la suya, y sin embargo no veo que sean excesivamente felices, más bien es el cuento de nunca acabar porque cada vez renuncian a más cosas y se les exige más.

Ayudar a los demás está muy bien, todos lo hacemos y todos necesitamos a alguien en momentos determinados, pero el problema vienen cuando siempre se antepone las necesidades de los demás a las propias; debería decir tal cosa pero no la digo porque qué van a pensar… Y sé que muchas veces decimos sí cuando queremos decir no, precisamente por ese miedo ancestral a poder parecer “egoístas”.

“Quienes viven a merced de los demás, quienes dan mucho a cambio de poco o de nada,-continúa diciendo Mamen Garrido- son personas que se conforman con migajas en lugar de aspirar al mejor trozo del pastel.”

miércoles, 17 de mayo de 2017

Ayuda ante el dolor

Es muy difícil acceder a la persona doliente si nuestra actitud es de indiferencia y no sabemos hacer entender con nuestro cuerpo y expresiones que comprendemos por lo que tiene que estar pasando. Hay profesionales que a esto lo llaman EMPATÍA, pero según mi experiencia, va más allá de ese concepto.

Es algo difícil de explicar pero fácil de entender cuando formamos parte de la situación aún teniendo la habilidad de estar en un plano lo suficientemente lejano para tener las perspectivas adecuadas para poder ser ayuda y no formar parte de ese mismo dolor que machaca el cuerpo y el alma. Hemos de reconocer la experiencia del dolor. Pero que su dolor no nos atenace hasta el punto de incapacitar nuestra relación de ayuda.

Nuestra situación es estar en un escalón superior para poder observar quién necesita qué y qué necesita en el momento adecuado. Nuestro silencio a veces puede manifestar mejor lo que queremos que una palabra inadecuada que puede tirar por tierra toda nuestra labor para conseguir el objetivo que nos identifiquen como “partícipes” de su grupo y no como un elemento extraño que no tiene ni idea de lo que está ocurriéndoles en ese trágico momento, aunque al principio es lo que normalmente piensan porque no hemos aún tenido la oportunidad de trabajar esta integración con el “grupo”. No somos ellos, no somos de los de ellos, pero podemos conseguir ser con ellos y que nos acepten. Esto es importante.

De ninguna manera puedo pretender que alguien sienta como yo sentiría ante su situación, por lo que es preciso que tenga muy en cuenta que cada persona siente a su manera y que esa es la forma adecuada de expresión ante la situación. No es correcto llevar a extremos las reacciones que se deben sentir como una relación con orden de prelación ante los acontecimientos de pérdida. Ahora debe llorar… Ahora debe enfadarse…Ahora debe expresar ira…Ahora debe estar confuso… ¡No!

Puede pasar por las diferentes etapas que todos deberíamos saber o no pasar por ellas. No nos empeñemos en que pasen por ellas. Cada uno siente como siente y siente lo que siente cuando lo siente. Hasta no sentir (aparentemente) nada en absoluto es otra forma de sentir y hemos de ser hábiles para detectar en la forma en la que se está desarrollando en la persona que tenemos delante. Como dicen varios autores, es importante validar sus sentimientos como respuestas naturales a la pérdida, porque lo que necesitamos todos es tiempo para procesar la información y los acontecimientos (nuevos y a veces inesperados) que nos está tocando vivir.

Es fácil que veamos estos acontecimientos de otros bajo nuestros prismas personales y subjetivos, bajo la óptica de nuestras creencias y conceptos, lo que nos haría errar por presuponer que ellos también tienen que pasar este trance como yo lo viviría. Insisto en ello porque he vivido experiencias con compañeros que me decían que tal persona no está viviendo de forma adecuada este momento porque no está experimentando tal o cual cosa.

Dejémosles que sean exclusivamente ellos y tratemos de saber ayudarles para hacer ese momento, por lo menos, más “tragable”, más aceptable. Alentar a la persona a contar sus recuerdos es una buena manera de integrarnos, integrar sus conceptos actuales en la realidad, e iniciar el proceso siempre difícil de la aceptación y no confundirlo con la resignación.


Gran labor, importante labor e ineludible la necesidad de aportar personas preparadas para ayudar en el aspecto psicológico de los acontecimientos en las emergencias: Unidades de primeros auxilios psicológicos, tanto en primera intervención como en segunda.