así somos

Bienvenidos, espero que disfrutéis con la utilidad de este blog.

miércoles, 18 de abril de 2018

Aprender en Orientación Familiar

   Allá por el año 1999 decidí estudiar Orientación Familiar porque no me veía en mí; algo estaba desacompasado tan interiormente que no sabía qué pasaba al sentir una dicotomía entre lo que la vida me ponía delante y lo que aún no sabía que quería vivir. Era una sensación de vacío y de vértigo, de ganas de hacer y al mismo tiempo de apatía… ¡Qué raro me sentía!

Me llamó la atención eso de Orientación Familiar dentro de la corriente Sistémica y Humanista. Mucho más cuando supe que podía entenderse como un proceso de ayuda, encaminado a facilitar una dinámica familiar positiva, la solución de problemas y la toma de decisiones, además de potenciar y desarrollar los recursos familiares y que pretendía fortalecer y enriquecer el bienestar y la calidad de vida de las personas.
Pero había más, porque me informaron que trataba todos los problemas que puedan surgir en una familia y por extensión en los miembros que la componen, destacando las crisis en su ciclo vital y las situaciones de conflicto.

Y comencé a experimentar sensaciones al imbuir conocimientos relacionados con la asertividad, con la dinámica de grupos, con la empatía, con ver que la vida vivida a veces no tenía nada que ver con la vida querida, con aprender a relativizar, con la introspección seria y el análisis de la expectativas en la pareja, la sensación de una parentalidad adecuada pero carente de situaciones decisivas que me podían socavar hasta la propia personalidad y carácter.

Aprendí estos años de ejercicio que la Comunicación no es cosa baladí, sino más bien una necesidad determinante y decisiva para poder acercar criterios y posturas, nada que ver con las sensaciones de estrechez mental que en ocasiones destrozaba mi alma al no poder hacerme entender. Todo es cosa de dos y si uno se cierra es imposible establecer una comunicación eficaz creándose como enemigo una actitud rígida que precisamente no deja establecer ninguna pauta de negociación para acuerdos vitales de convivencia.

El profundizar en los inconvenientes que todo ser humano presenta en alguna etapa de su vida me ha hecho ver que somos capaces de obtener recursos y tomar decisiones personales y afrontar los problemas con amplitud de miras, no dejando que las necesidades de otro sean cárcel de tus propias voluntades o necesidades. Pero también he visto personas que se niegan a luchar por ellas mismas; personas que magnifican sus situaciones con grandes dosis de victimismo, gran enemigo, que impide verse uno como en un espejo, con la realidad vital ante tus ojos. La necesidad de mentirnos se hace evidente, pero hemos de desterrarla si queremos salir a la vida que queremos vivir de acuerdo a las circunstancias individuales personales.

He aprendido que las gentes empiezan a querer solucionarse los problemas de forma incipiente y que no hace falta tener grandes problemas enquistados para poder solucionar las bases que encierran las futuras problemáticas si no hacemos nada para caminar en las soluciones. Porque la Orientación Familiar, más bien, en familia, me ha demostrado que crea autopistas de entendimiento si está en la voluntad de todos los componentes del sistema y no aparece ningún quintacolumnista o aquella persona que, aunque extrañe, quiere hacer fracasar el éxito de las buenas pautas que se establecen, entre sesión y sesión, para equilibrar los sistemas relacionales. Y los hay, aunque siempre he creído que el amor que se siente entre los componentes de un sistema familiar debería ser el gran facilitador para dirimir pequeños problemas puntuales.

Pero cuando llegan a Orientación porque necesitan ayuda ves a personas que quieren, que necesitan encontrar una razón para efectuar los cambios que no saben que requieren, pero están abiertos, en disposición de aprender y son ellos los que hacen todo el trabajo, con esfuerzo, ganas y cuando ven luz al final la satisfacción no tiene parecido con nada que hasta ahora haya vivido. Y aprenden a hacer, aprenden a convivir y aprenden a ser, y yo también.
No es el objetivo ser perfecto sino saber y ser conscientes de los errores y elegir las herramientas adecuadas que hemos aprendido para detectar primero los fallos y paliar, mitigar o solucionar las situaciones a las que nos podemos ver abocados si no lo hacemos. Para ello, al final, he visto mejorar la comprensión de las características psicológicas y comportamentales de los demás.

Y lo que sí he aprendido es que la gente necesita ser escuchada, comprendida, entendida, y si le demostramos que lo hacemos les encaminamos a que ellos aprendan también a hacerlo, para que el abordaje de sus verdaderos problemas ellos mismos los entiendan y formen parte también de la solución, no solo de las desavenencias. Porque en la Orientación Familiar y la Terapia sistémica no hay etiquetas, no hay porqué diagnosticar, sino que buscas el problema y ves lo que se ha intentado para dar ese giro necesario de ciento ochenta grados. Y sí, eso es, he aprendido a escuchar, a observar todos los lenguajes, el verbal y el no verbal. Eso que tanto se ha dicho: la escucha activa. Y todo esto me ha servido para conocer cuales son las necesidades de la familia y tratar de ayudarla. Y jamás he visto más necesario incidir en algo tan necesario como es la gestión de las emociones.

He visto claramente que en los sistemas familiares no hay que buscar la patología, ya que muchas veces no las hay, sino que es un sistema que está funcionando de forma irregular porque las soluciones que se implementan no son las adecuadas. La forma: hacer lo contrario, entonces, de lo que hasta ahora se estaba haciendo.


Todos estos años han sido muy gratificantes para mí y he puesto mis conocimientos y mi corazón en intentar ayudar a familias, a padres que pedían consejos y orientación porque no se entendían con los hijos, a matrimonios que se querían separar, a otros que se separaban pero querían hacerlo de la mejor manera, a hijos que no entendían a los padres, a parejas que se querían pero algo les faltaba y ocurría entre ellos, etc. Y sobre todo, a la vez que ayudaba a los demás sé que he conseguido ayudarme a mí mismo y ese ha sido mi mayor éxito, aunque siempre estoy en el camino y sigo intentando mejorar en todas aquellas zonas erróneas que por aquel año 1999, ahora consciente, me movieron a estudiar en el bendito Instituto Superior de Ciencias de la Familia de Murcia.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Score 15: Escala de evaluación familiar

Del noticiario de la FEATF

El Score 15 es un instrumento de evaluación de la Terapia Familiar desarrollado en los últimos años en Europa, creado por Stratton y cols., de la Universidad de Leeds, e impulsado por la Asociación Europea de Terapia Familiar (European Family Therapy Association – EFTA), y te servirá para medir el cambio a nivel individual y familiar en tres áreas: comunicación, angustia y adaptación.


Su validación en los países ibéricos, llevada a cabo por el Grupo de Avalíação sobre a Familia de la Facultada de Psicología y de Ciencías de la Educación de la Universidad de Coímbra (GAIF / FPCE-UC) en Portugal, y por la Escuela Vasco Navarra de Terapia Familiar – EVNTF, en España, adaptado y validado por Roberto Pereira y Garazi Rivas.

Con el apoyo económico de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar – FEATF, ha permitido poner a disposición de los Terapeutas Familiares ibéricos este útil y sencillo instrumento para su utilización clínica o con fines de investigación.


Los objetivos específicos del estudio fueron:
  1. Traducir y realizar la adaptación cultural y validar el cuestionario Score-15 para su utilización en el desempeño psicoterapéutico con parejas y/o sistemas familiares completos.
  2. Obtener una herramienta en castellano que permita efectuar comparaciones empíricas internacionales sobre la intervención en Terapia Familiar Sistémica.
  3. Disponer de una herramienta para la investigación cuantitativa de aplicación rápida y en castellano.
  4. Realizar un análisis estructural que determine las dimensiones del Score-15 traducido.
  5. Desarrollar normas y baremos para su corrección.
Presentación del Score 15

Corrección del Score 15

jueves, 22 de marzo de 2018

Dejar de hablar

    Todos nos hemos enfadado en alguna ocasión, o muchas y hemos decidido dejar de hablar con esa persona; la tenemos que castigar y la mejor manera es no hablarle, manifestar nuestro pesar o enojo con ese silencio que taladra e incomoda a ver quién puede más. ¿De verdad es eficaz este método para aclarar las situaciones o lograr que la otra persona cambie su actitud o sea consciente de ella?

“…si en lugar de abordar el tema directamente lo que se hace es dejar de hablar al otro, lo único que se logra es introducir una tensión adicional. A la disputa no resuelta se suma un limbo que puede llegar a ser una verdadera incubadora de veneno.” (Edith Sánchez, escritora y periodista)

Sigo insistiendo, el objetivo de nuestro silencio es el castigo, que el otro entienda que hay un reproche en nuestra actitud, en esa ausencia total de palabras y no sólo esto, sino que el reproche va a ir tan lejos como pueda, hasta a no tratar con la misma justicia que a los demás, ya que en ocasiones y más de las que uno pueda suponer, tras la fachada de una normalidad en las conductas, que si se analizan se ven agravios comparativos, se esconden razones para “castigar” por algo que tal vez el otro ni siquiera sepa.

Sócrates dijo: “habla para que yo te conozca.” Menuda frase sencilla, pero entraña un mensaje que pocas veces llevamos a cabo. Más bien todo lo contrario, ya que parece que no se tiene interés en resolver el conflicto mediante el diálogo y lo que se persigue es que a través de ese doloroso silencio de palabras, actitudes y ninguneo, alguien pretende que el otro se doblegue y comulgue con un punto de vista que, como es común, nunca se ha comunicado. Finalmente, como sigue diciendo E. Sánchez, se trata de una actitud infantil y lo peor es que no resuelve nada. Eso sí, proporciona una gratificación egoísta.

En el Blog La mente es Maravillosa, podemos leer lo siguiente:

Las razones para castigar con el silencio

Hay todo tipo de argumentos para defender la idea de que dejar de hablar a alguien es válido. En el fondo, lo que se busca es castigo. Que entienda que hay un reproche en esa ausencia de palabras. Pero, ¿por qué no decirlo, sino tramitarlo a través del silencio? Estas son las principales razones que esgrimen aquellos que optan por esta medida:
  • Es mejor dejar de hablar a una persona que participar de una discusión en la que se intercambien insultos.
  • Esa persona no me escucha. Por más que le pido que cambie, no me hace caso. Entonces, es mejor no decir nada porque, ¿para qué?
  • Tiene que disculparse conmigo por lo que me hizo (o me dijo, o no hizo, o no dijo). Hasta que no lo haga, voy a dejar de hablar (o de actuar con justicia, con cariño como con los demás)
  • Para qué hablar si siempre llegamos al mismo punto. Mejor dejar de hablar para ver si entiende que no voy a ceder.
En todos los casos se afirma que el silencio es la mejor opción para tramitar el conflicto. Por una razón u otra, la palabra se ha mostrado ineficaz. Se acude entonces a la decisión de dejar de hablar a alguien para que esto sea asumido como un castigo y, en consecuencia, el otro reconsidere su actitud.

Un silencio puede tener multitud de significados. Algunos de ellos son realmente violentos. Dejar de hablar a alguien es asumir una actitud pasivo-agresiva. Esto quiere decir que se está violentando al otro, pero de manera implícita. La mayoría de las veces este tipo de actitudes son tanto o más nocivas que la agresión directa, y lo son porque el silencio se convierte en un vacío que es susceptible de cualquier tipo de interpretación.
Para quien deja de hablar a alguien hay razones claras. También hay una expectativa clara frente a lo que esta situación debe traer como desenlace. Pero, a quienes acuden a estos recursos habría que preguntarles: ¿estás seguro de que el otro comprende realmente el significado de tu silencio? 

¿Jurarías que la mejor manera de lograr que cambie, o haga lo que tú quieres que haga, es atacándolo con la falta de diálogo?

El silencio alarga distancias. Y la distancia no suele ser un buen aliado para la comprensión o para restaurar lazos rotos o dañados. Por el contrario, contribuye a ahondar las diferencias.

Es cierto que a veces es mejor callar. Cuando estamos muy exaltados, por ejemplo. La ira hace que exageremos y nos preocupemos más por herir al otro que por expresar realmente lo que pensamos o sentimos. En cambio, dejar de hablar para castigar o propiciar que otra persona “se rinda” como hemos dicho es raro que traiga buenos resultados.

¡Cuánto bueno sería que leyéramos esto con el mejor ánimo para enmendar o paliar las situaciones en las que nos veamos o nos podamos ver! ¿No creéis?


Idea, comentarios y datos del blog https://lamenteesmaravillosa.com

viernes, 2 de febrero de 2018

Enfado continuo...¿Qué me pasa?

   Durante muchas semanas no he parado de escuchar que no se puede hablar con la pareja porque siempre está enfadada. No se sabe cómo llegar a ella (hombre o mujer) y no se puede hablar porque nada le parece bien. Es un enfado continuo y aunque se intenta razonar para bajar ese nivel tan alto de emociones desmedidas y a destiempo, no se logra disminuir la situación tan estresante y tan destructora de las relaciones y de los sentimientos. 

Ocurra la situación que ocurra, el acontecimiento previo que sea, siempre se encuentra un "motivo" para tirar del hilo que lleva al cajón de los truenos y se estalla, hasta tal punto que se empiezan a decir barbaridades que, aunque luego lamentes, quedan dichas y, generalmente, dejan una huella que nos puede "suspender de empleo y sueldo en la labor cotidiana de trabajar para que la relación sea lo más estable posible."

"...Es que me pones en el disparadero..."
"...es que me haces enfadar, porque yo venía bien..."

Parece que la responsabilidad de mi actitud siempre la tiene el otro.

Para dar respuesta, o más bien, para ofreceros una plataforma que os pueda servir de ilustración en este tema, os transcribo un artículo escrito por Irene Nuevo Delgado, Psicóloga especialista en estrés y psicoterapia Cognitivo-Conductual, que ha titulado ¿Por qué me enfado tan fácilmente? 9 estrategias para manejar mi irritabilidad.

Espero que arroje la luz suficiente para reflexionar y veros reflejados en la medida que a cada uno le afecte, ya que la primera variable a tener siempre en cuenta es aceptar que nosotros no somos perfectos y que la responsabilidad de nuestras acciones, generalmente, nos corresponden a cada uno y no al que tenemos enfrente, que suele ser el cabeza de turco de casi todos nuestros errores, manías e imperfecciones.

Irene Nuevo, comienza así:

"-Me planteé trabajar en manejar mi estrés el día que mi hija me dijo: papá, últimamente estás siempre enfadado...
-¿Y sabes por qué estás siempre enfadado?
-No es culpa suya, ¿sabes? <¡Me cabreo porque no estoy bien!>

Es posible que en ocasiones hayas notado que llevas una época en que te enfadas con demasiada frecuencia, que todo te irrita y saltas a la más mínima. Es posible que, de hecho, no lo hayas notado tú, sino aquellos que te rodean, esos con los que convives y empiezan a decirte frases como: ¡últimamente estás que no hay quien hable contigo!", "es que no te aguantas ni tú." Y, ¿sabes lo peor? Que tienen razón y lo sabes. Pero eso no hace que tus sensaciones mejoren, más bien al contrario, a esa irritación constante se une la sensación de no sentirte entendido/a y estar siendo injusto/a con los demás.

A esto tenemos que añadir la conciencia de cómo nuestros estados emocionales afectan a todos los contextos en los que nos movemos. Las emociones se contagian, las positivas y las negativas. Por eso, cuando iniciamos la espiral de irritabilidad y respuestas agresivas y explosivas, el ambiente general se tensa, y no solo afecta a nuestra vida personal, también al grupo de trabajo, que empieza a percibirse más crispado, con menos paciencia; se reduce el sentido del humor y la comunicación, se disparan las quejas constantes...Esa dinámica puede tener consecuencias en el trato entre compañeros, jefes y empleados e incluso en la atención que damos al cliente. Y una vez más, no se trata de qué situación concreta te ha molestado esta vez, sino del estado de tensión constante que mantienes des de hace un tiempo.

¿O no? ¿Crees que son ellos de verdad los únicos culpables de que te molesten tantos ruidos, los retrasos, los imprevistos, cualquier contratiempo que no cumple tus expectativas...?

No, no lo son. Y esto nos lleva a la frase que cierra el diálogo inicial: cuando no estamos bien nos mostramos menos pacientes, más rígidos en nuestros planes e ideas, más irascibles...Tenemos el sistema de alerta encendido permanentemente. Y nuestro sistema primitivo sólo conoce tres respuestas posibles: huida, ataque o ¡hacerse el muerto!

El ataque es la respuesta que nos ocupa ahora. Como acabamos de decir, si en épocas de estrés o malestar tenemos la alerta encendida, es posible que respondamos atacando ante cualquier situación que nos contraríe. Ser consciente de que esto me está pasando es el primer paso, pero después de este hay que seguir dando otros.

9 estrategias para controlar la irritabilidad.

El primer mandamiento del manejo de la rabia es: NUNCA CONTESTES EN CALIENTE. En ese momento somos todo emoción, somos más vehementes y podemos estar magnificando mucho las cosas (somos incapaces de relativizar)

Párate, espera unos minutos...¡el mundo no se va a acabar ahora! Seguro que lo que tengas que decir puedes decirlo un poco más tarde. Además, con esto también evitarás tener que pedir disculpas o sentirte mal después por lo que dijiste o cómo lo dijiste.

Haz algo de ejercicio. Te ayudará a descargar parte de la tensión acumulada y bajar tus niveles de activación. Si estoy más relajado afrontaré con más calma las dificultades. (Tened en cuenta siempre que no es lo mismo enfrentarse a un problema que a un pequeño contratiempo)

Aprende a leer las señales de tu cuerpo. Aunque creas que tu respuesta es impredecible, no lo es. Es sólo que aún no has aprendido a detectar tus señales, esas que te avisan de que te estás tensando, que algo no te está gustando: te notas más impaciente, has dejado de escuchar a quien te habla, tus músculos están tensos... Cuando empieces a notarlos, haz caso al punto 2: PÁRATE.

Recuerda QUE NO HAY UNA ÚNICA FORMA DE HACER LAS COSAS, QUE NO TODO EL MUNDO VE LAS COSAS IGUAL QUE TÚ, QUE EXISTEN DISTINTOS PUNTOS DE VISTA Y QUE ESO NO TIENE PORQUÉ SER TAN MALO.  De hacho nos enriquece y nos enseña.


La vida está llena de imprevistos, asúmelos. Empieza el día dando por hecho que habrá cosas que no saldrán como planeaste y enfréntalo como parte de la realidad. Eso ayudará a no hacer un drama cuando suceda.


Acepta lo que no puedes cambiar. En muchas ocasiones lo que más nos frustra e irrita es precisamente lo que no depende de nosotros, lo que escapa a nuestro control. No vamos a cambiar la realidad que nos rodea a base de enfados e irritaciones. Ocúpate de lo que puedes modificar, aquello que entra dentro de tus posibilidades.


Valora las cosas positivas de cada día. Siempre hay algunas, solo es cuestión de saber buscarlas, de valorare esos pequeños detalles a los que hemos dejado de prestar atención porque sólo miramos lo negativo, lo que no nos gusta. ¡Para las quejas!


Di lo que tengas que decir cuando seas capaz de decirlo con calma. Si callamos demasiado el final puede llegar el momento en que lo digas de la peor manera posible, reprochando todo lo acumulado anteriormente.


Crea un momento de desconexión cada día. Es un momento únicamente para tí. La información constante, el ruido, las tareas sin pausa, las prisas, etc., aumentan la tensión que desencadena la explosión. Una larga ducha, mirar por la ventana sintiendo la brisa, o la lluvia, una habitación con luz tenue en la que simplemente podamos concentrarnos en nuestra respiración..., no necesitas mucho tiempo, sólo el propósito de empezar a cuidarte.


Trabajar para reducir mi irritación, mi control de impulsos, mi rabia, es una inversión en mi bienestar, en el de los que me rodean y, por tanto, también en la calidad de mis relaciones. Y recuerda que puedes recorrer el camino corriendo, pero llegarás demasiado pronto y habiendo perdido el paisaje."


Espero que este artículo pueda ser el inicio de una buena reflexión, una toma de conciencia de que debemos y podemos hacer algo en aras de nuestro bienestar y felicidad. También es necesario recordar que es necesaria una buena dosis de humildad para empezar a reconocer nuestros propios errores, que no son otra cosa que lecciones que nos pone la vida para que aprendamos, si es que queremos aprender. Y si no queremos aprender nos seguirá pasando siempre lo mismo. ¿Qué decides?

miércoles, 10 de enero de 2018

Hijos rotos

 Estas últimas semanas he recibido varias consultas sobre el comportamiento de las parejas cuando deciden separarse y además tienen hijos. Hijos que ya “ven y observan” perfectamente lo que pasa a su alrededor y pueden convertirlos en las víctimas no deseadas de esta ruptura siempre crítica y cargada de intensos episodios emocionales.

Bernabé Tierno, creo que por todos conocido, en El Semanal del 28 de junio de 1998, (a pesar del año sigue vigente en los procesos que solemos ver en sesión) nos aportó un artículo que les transcribo, con unas anotaciones y consejos sobre las conductas que debemos evitar a toda costa para que en lo posible nuestros vástagos vivan, de la mejor manera posible, esta decisión, a veces valiente, pero no exenta de vivas emociones que nos pueden introducir en una vida plena y normal o en otra cargada de frustraciones y anomalías emocionales que marcarán de una u otra manera la vida presente y futura de nuestros hijos, y la nuestra propia.

   “Hace unas semanas, se me acercaron dos adolescentes y me dijeron: ‘Somos unos hijos rotos por la separación de nuestros padres, pero lo que más nos duele es ver cómo se insultan, se desprecian y se odian y nos culpan a nosotros si no nos ponemos de su parte. Escriba algo, por favor, sobre cómo deben los padres tratar a sus hijos cuando se da algo tan doloroso como la separación; tenemos 16 y 14 años’.

Sé por experiencia profesional que muchos niños y adolescentes interpretan la separación y el divorcio de sus padres como un rechazo o como un abandono. En estos momentos en los que la unidad familiar se rompe, sienten una intensa inseguridad, temor y culpabilidad.  Las reacciones de agresividad, tristeza, depresión, falta de apetito, fracaso escolar, etcétera, que manifiestan, son expresión del temor a ser abandonados y no queridos por sus padres.

Casi siempre desean que sus progenitores vuelvan a unir sus vidas y culpan a uno o a los dos de esa separación que casi siempre consideran remediable. Sólo en los casos más graves y dramáticos, cuando uno de los cónyuges es claramente el causante de los conflictos y de hacer imposible la paz y el equilibrio familiar, y por añadidura se dan maltratos físicos y psíquicos, los hijos aceptan la separación como un mal menor, pero con mucho dolor y pena. Reconocen que así es imposible seguir por más tiempo en ese infierno diario de insultos y desprecios entre personas vacías de amor y llenas de odio.

Comprendo que en esos casos extremos en los que la convivencia ha llegado a un estado tan deteriorado y lastimoso, sean los mismos hijos los que deseen la separación en esa huida a la desesperada del infierno familiar. Pero mi deber es pedir desde aquí a los matrimonios en conflicto que hagan lo imposible por intentar un acercamiento mutuo desde la sinceridad, la buena voluntad y el poco o mucho amor y capacidad de generosidad que les quede, contando con la ayuda de un buen especialista en terapia conyugal y el apoyo incondicional de familiares y amigos. Es posible aprender una forma más humana, madura, respetuosa y tolerante de convivencia entre los esposos, al descubrir que las causas de las disputas, tiranteces y conflictos son casi siempre auténticas nimiedades y bobadas, rabietas y pataletas de niños inmaduros que pretenden que su cónyuge deje de ser él mismo (o ella misma) y se convierta en dócil muñeco fabricado según sus deseos, apetencias y caprichos.

Pero vayamos a esa serie de sugerencias para los padres que se encuentran en situación de separación para procurar que la ruptura de la convivencia conyugal, rompa, además de la armonía, el corazón y la vida de los hijos.

Sólo hay una forma de estar seguros de que el daño psicológico de la separación será mínimo y es manteniendo conductas, modales y expresiones de mutuo respeto, aunque no sean de afecto.

Jamás tratar de granjearse sólo para sí la confianza y el apoyo de los hijos a costa del abandono del otro cónyuge.
Evitar a toda costa la violencia y la hostilidad entre el padre y la madre en presencia de los hijos, especialmente si todavía son niños o adolescentes. Los episodios de cólera, hostilidad y escándalo les marcan profundamente.

Obligar a los hijos a tomar parte, a decantarse por uno de los progenitores es la manera más inhumana y egoísta de romper el corazón de ese ser temeroso e inseguro que no entiende cómo puede pedirle uno de sus padres que no quiera y respete al otro.

Es fundamental ser respetuoso y considerado con el ex y no caer en la miseria humana y en la falta de elegancia de hablar mal y menospreciar al otro ante los demás, sobre todo si están presentes los hijos.

Debe quedar claro a los hijos que el hecho de que sus padres se hayan separado, porque se hacía imposible la convivencia por incompatibilidad u otros motivos, no significa que vayan a carecer del mismo amor, atenciones y cuidados.

Si los hijos asisten a una separación respetuosa y civilizada, sienten y viven el amor de sus padres, aunque sea por separado, y les ven atentos y considerados entre sí, crecerán maduros y sin traumas y los efectos de la separación o del divorcio serán siempre menos graves. En cualquier caso no serán esos «hijos rotos» que me participaban su dolor.”

jueves, 4 de enero de 2018

Conveniencia de la Orientación Familiar. ENCUESTA INTERESANTE.

1. ¿Cuándo hay que acudir a una terapia de pareja?
Cuando la relación empieza a deteriorarse y se piensa seriamente que no se aguanta más y no se ve salida, es el momento de plantearse la posibilidad de que alguien ajeno y profesional, con perspectiva y distancia,  pueda echar una mano. La posibilidad de la separación está siempre ahí, pero hay que tener en cuenta que es muy dolorosa, sobre todo cuando hay hijos pequeños.
La terapia de pareja es cosa de dos y normalmente es uno el que da la voz da alarma y el otro, al menos, tiene que estar dispuesto a colaborar. Si no es así, el que ve el problema todavía puede acudir al profesional, que podrá ayudar aunque, lógicamente con menos capacidad de maniobra. El principal handicap en el fallo de la terapia de pareja es que se acude al profesional cuando ya no hay solución o se está muy enquistado en posiciones totalmente rígidas y de los dos, uno cree en las posibles soluciones y el otro piensa que no forma parte del problema.

2. ¿Ha aumentado el número de parejas que solicita estos servicios? Si es así, ¿a qué se debe?
Efectivamente, hay un aumento substancial los últimos años. Entre los factores que influyen está el hecho de que se ha avanzado muy positivamente en la libertad para plantear las quejas en la pareja, y que la terapia de pareja ha demostrado su eficacia en los últimos años y se tiene cada vez más confianza en la labor profesional de los orientadores y terapeutas familiares.

3. ¿Cuáles son los problemas más frecuentes que presentan estas parejas?
El fallo en la comunicación es el más frecuente. Engancharse en discusiones inútiles y destructivas en las que se hace sufrir y se sufre tremendamente sin llegar a ninguna solución. También puede ocurrir lo contrario, no se hablan ni se comunican y la relación va muriendo. La vida laboral frenética que se lleva contribuye tremendamente a ello; la diferencia de expectativas también lleva a grandes “batallas campales.”
Otro problema frecuente es la falta de aceptación de las peculiaridades del otro. La sociedad nos enseña a luchar por nuestros deseos, y a veces eso se lleva a un extremo en la pareja, mientras que un poco de aceptación del otro nos puede conducir a una mayor felicidad, dándonos cuenta de todos sus valores y no solamente del aspecto que nos gustaría cambiar.

4. ¿Cómo se actúa si un miembro de la pareja no colabora? ¿la mujeres suelen ser más colaboradoras y los hombres más reticentes?
A la hora de acudir a la terapia, lo hacen más fácilmente las mujeres, porque tienen una capacidad mucho mayor para compartir sus sentimientos y emociones y también para pedir ayuda. Sin embargo, una vez iniciada la terapia, cuando se rompen las primeras barreras, el hombre está tan interesado como la mujer, de hecho la dependencia emocional del hombre hacia su pareja suele ser mucho más grande que la de la mujer.

5. ¿Cuántas sesiones suelen ser necesarias? ¿Cuánto suele costar una sesión?
La duración de cualquier terapia depende del problema que se presente. Hay que tener en cuenta que la terapia la hacen los pacientes y no el terapeuta y por tanto depende de cada uno de ellos, del cariño que todavía queda entre ellos, etc. A veces basta con un par de sesiones para poner las cosas en su sitio, otras veces es necesaria una terapia más profunda. Las sesiones se suelen desarrollar con entrevistas individuales y luego una conjunta, duran entre una hora y hora y media, lo que las hace más costosas que las sesiones individuales.

6. ¿Cómo se desarrollan las sesiones? ¿Siempre se hacen con los dos miembros de la pareja o hay sesiones individuales?
La terapia supone que cada uno tiene que hacer cambios en su comportamiento, que es la vía para lograr un progreso interior profundo. El seguimiento y apoyo para esos cambios se hace en sesiones individuales con cada miembro y luego en las sesiones conjuntas se pone en común el avance que se va dando. En ocasiones se da un problema psicológico en alguno de los componentes de la pareja que necesita terapia personal y distinta en algunos matices, que puede hacer el propio terapeuta, otro profesional o el psicólogo. Esto es abundar el algo que nosotros queremos e intentamos llevar a cabo, que es el tratamiento multidisciplinar, si es necesario.

7. ¿Se trata sólo de hablar de los problemas o la pareja ha de realizar ejercicios prácticos? ¿Puede dar algún ejemplo?
Los cambios son de comportamiento, de actitudes, por lo tanto no se trata solo de hablar, hay que poner en práctica lo necesario para poder convivir y disfrutar uno del otro. Un ejemplo muy frecuente es enseñar a la pareja cómo discutir, qué se puede decir y cómo, lograr no callarse nada, pero sin hacer daño al otro. Aprender a plantear problemas de forma que se llegue a soluciones y no a discusiones estériles. Esto tiene su técnica y se aprende en las sesiones de terapia y se practica en casa.

8. ¿Cuál es la efectividad de este recurso?
Los datos indican que la gran mayoría de las parejas que acuden a terapia, alrededor del 75% informan de una mejora en la satisfacción matrimonial. Cuando se llega solamente para que no diga nadie que no se ha probado todo, la efectividad es mucho menor. Quiere esto decir que un elemento primordial en el comienzo de la Orientación Terapéutica es la VOLUNTAD, EL CONVENCIMIENTO. Sin una voluntad inicial por parte del cliente que mueva la necesidad de cambiar o adaptar las situaciones para mejorar la relación, es imposible que la terapia haga su efecto positivo. Es contraproducente ir “obligado” a las sesiones.


miércoles, 20 de diciembre de 2017

La comunicación familiar

A lo largo de todos estos años he observado que si la comunicación entre los integrantes de la unidad familiar no funciona se debe principalmente, y entre otras razones, a una ausencia de la capacidad de empatizar.

Es del todo negativo iniciar una comunicación sin entender al que tengo enfrente, sin ser consciente de qué problemas ha tenido o tiene y cuáles son las razones que le han llevado a actuar de tal o cual manera. Claro que es cierto que una llamada de atención, la aclaración de alguna situación entre la pareja, un castigo y toda una parrafada de los padres a los hijos, es necesaria para equilibrar las situaciones, establecer las normas  a las que se ha faltado y poner las sanciones que se deban poner, pero no podemos olvidar que el que tenemos enfrente, sea padre, madre o hijo, no ha actuado así por nada, por capricho. Y debemos conocerle, ponernos en su situación y no comunicar con rabia, ira, desprecio…Es un humano con necesidades y sobreentiende que el amor y el respeto son ingredientes que deben existir en ese hogar.

No se espera la impaciencia, el hartazgo, y mucho menos si es un adulto el que requiere el inicio de la conversación. Pero esta falta de empatía se suele dar también en ambas direcciones, o sea, de las figuras parentales a hijos y de hijos a figuras parentales, porque no podemos olvidar que en ese ambiente familiar y de confianza (debería existir), cada uno defiende sus criterios y necesidad de expresión (cosa muy sana).

Tras sesiones diversas con diversas familias, observamos que hay factores muy comunes en todos aquellos núcleos familiares en los que se disparan los problemas y se enquistan, y es que no se suele escuchar de forma activa. Sí, no se escucha al otro, no se sabe qué piensa y siente sobre la vida y existe una ausencia de criterios y pautas que no han sido dadas a nuestros hijos que le ayuden a crecer y madurar.

También es cierto que las presiones del trabajo, los problemas personales, la sociedad, su ritmo tan neurótico, etc., nos someten a mucha presión y tal vez cuando llegamos a casa y la comunicación comienza, todo eso nos pesa y, tal vez también, con nuestros hijos entramos en conflicto y precisamente esa forma hace que las reacciones de retroalimentación de ellos sean totalmente negativas y “aprenden” que con nosotros no se pueden comunicar, ni tan siquiera hablar porque no entendemos nada de ellos. Ni lo intentamos. Pueden llegar a cortar toda relación con nosotros y comienzan a no contarnos nada de ellos ni de sus problemas. Y si eso pasa desde sus dos o tres años, podemos imaginarnos cómo están cuando tengan 14. Triste, ¿verdad?

Pues todo esto es fruto de nuestras acciones adversas ante la comunicación porque no nos preparamos para ello y no entendemos que los mensajes que se dan y reciben, tanto los verbales como los no verbales, son cruciales en la conducta presente y futura de nuestros vástagos. Tal vez porque solemos ser excesivamente “policías” e interrogamos sin dar la sensación de estar verdaderamente interesados en cómo llevan su aún breve vida en todos sus aspectos.

Esto sucede porque volcamos nuestra ansiedad con ellos, y aunque sé que a veces es difícil no hacerlo por la impotencia que nos produce la situación, hemos de esforzarnos en no entrar al ritmo que ellos mismo ponen. En vez de ser docentes, cariñosos y demostrar que nuestra adultez sirve para algo más que para ver películas de mayores de 18 años y poder beber alcohol, descargamos nuestras frustraciones con ellos y así nos luce el pelo.

Creo sinceramente que procede revisar nuestras actitudes y aptitudes respecto a la comunicación eficaz y para eso existen profesionales que nos pueden ayudar a tomar conciencia de nuestros errores para equilibrar las relaciones que, aún siendo difíciles, se pueden llevar a un estado homeostático que produzca más beneficios que perjuicios. ¿Cómo? Pues identificando los errores que cometemos sin ser conscientes de ello. A veces cambiando o modificando pequeñísimas cosas se obtienen grandes adelantos.

Y algo más, si estamos observando que seguimos unas pautas durante largo tiempo en la comunicación que siguen produciendo problemas y no solucionamos nada, ¿por qué seguimos actuando de la misma manera? Algo habrá que hacer, ¿no creen?


Juan José López Nicolás

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Reflexiones de un padre “imperfecto”

He sido padre de dos hijos…Dos buenos hijos y, sobre todo, dos buenas personas. Y ahora creo que puedo reflexionar sobre los acontecimientos como padre porque estoy en la dimensión del ser abuelo, que nada tiene que ver con el nivel anterior.

No es la reflexión pormenorizada de los años en los que he vivido con ellos, con sus risas, sus lágrimas, sus juegos en el suelo, sus enfermedades, sus soledades, sus reproches, sus perdones por mis fallos, mis perdones por los suyos, etc., sino desescombrar desde mi interior una serie de vivencias que me han llevado a unas reflexiones que para nada espero que sean dogmas de fe, sino un entramado más que pueda dar luz a las ideas que padres puedan tener en los mismos recorridos de esta grandiosa aventura que ellos, los hijos, ni se imaginan, porque aún no han vivido en toda su dimensión, y la juzgan (la mía) sin tener todas las cartas en su mano. Es igual, son atrevidos, pero creo que es ley de vida porque llegará el momento de repetir experiencias y entonces entenderán todos y cada uno de mis actos.

A veces creo que criamos hijos y en cambio nos salen jueces cuando empiezan a empinarse.

He aprendido que, aunque duela y cueste lo indecible, no deberíamos sobreprotegerlos, porque nuestra obligación es educar en la realidad social que se van a encontrar, sobre todo, cuando salgan a la vida y les comience esta a decir con voz ronca: NO, NO, NO…Es ahora cuando vamos a ver qué capacidad de frustración tienen y su potencial resiliente, porque ellos hacen muchas cosas, se meten en muchos “fregaos” porque tienen el colchón de toda una red familiar que les hacen las cosas…Y así es muy fácil, creo yo.

Por eso muchos padres son hijos de los hijos y no ocupan realmente ese rol tan maravilloso de ser padres, con todo lo que conlleva en su justa medida, llegando a convertir a los propios hijos en tirano y los padres en inseguros y débiles de personalidad. Sé que esto no es bueno, pero créanme que a veces lo entiendo. Pero sobre todo he visto que sucede porque hay padres que se sienten culpables de haberles fallado, de haber cometido algo “horrendo” por lo que se les está juzgando toda la vida y, por que somos humanos, necesitamos que no nos rechacen y nos acepten y ser “buenos” reparando todos los días la falta que alguien dice que cometimos y que no perdonan (no les interesa hacerlo para tenernos siempre sometidos y pagando la deuda histórica)

También sé que cuando los hijos son adultos ya no te deben obediencia, pero lo que nunca deberían perder es el amor y el respeto que te deben como padre y generalmente olvidan que un padre teme mucho ser rechazado por ellos, aunque se aprende, madurando, que si esto sucede, es su decisión y con el corazón roto de alguna manera sigues viviendo tu vida, como ellos deben vivir la suya, pero eso sí, mi puerta está abierta las 24 horas del día para ellos y sus consultas, problemas, abrazos, besos, a pesar de que he aprendido a respetar, porque yo sí respeto sus decisiones, equivocadas o no. Dicen que son adultos y esto lleva implícito muchas situaciones que deben aprender, supongo, con las vivencias de ensayo/error.

También sé, porque soy abuelo, que si un hijo reprocha algo a su padre y no es capaz de reconciliarse de alguna manera y simplemente deja pasar las horas, los días, los años, la inmadurez está de su parte, pero mi corazón desea que la experiencia les enseñe y dejen la inmadurez para crear la urdimbre necesaria del paso del estrecho a ser SER, aunque esto, la espera, crea mucho dolor y lágrimas. Pero la vida sigue y es la que cada uno debe dirigir y gestionar de la mejor manera posible.

Un padre respeta a sus hijos, los ama, lo sé, pero no espera aprobación ni se somete a ellos, por lo menos eso he inferido a lo largo de estos años, y es lo que debe ser, y por lo que sé no he sido un excelente padre, pero lo he hecho lo mejor que he sabido, lo mejor que he podido y poniendo siempre todo mi empeño en donar a mis hijos la esperanza de verlos como son, buenas personas. ¿Y tú?

También sé que fácilmente los hijos van a juzgar a los padres como pareja, punto que es totalmente injusto, ya que ellos conocen a sus progenitores como tales y no como miembros de esa unión y precisamente por esa su justicia justiciera inmadura, a veces, cuando los padres toman decisiones pensadas, necesarias y correctas para la vida individual y no son entendidas por los hijos que se llaman adultos, lo que está claro entonces es que la personalidad y la madurez aún no están bien determinadas y definidas en ellos. Y no es cuestión de edades fijas.

Pero todo esto no son más que situaciones típicas que se dan todos los días, todos los años, a todas horas para que se crezca ante el afrontamiento de la vida misma para lograr la tan ansiada madurez porque al fin un adulto se vale por sí mismo, sus reglas y sus propias elecciones. ¿Y tú?

Yo, como padre, sé también que mis hijos tienen errores, y duelen, pero he aprendido a respetar sus decisiones porque ya no les puedo ver como niños y yo sí les concedo la madurez del adulto que creo que deben poseer, aunque vayan andando aún hacia ella… Ya llegarán, aunque yo ya no esté.

Felices Fiestas.

Juan José López Nicolás

martes, 24 de octubre de 2017

Fin de semana…Pareja peleando

Muchos me habéis preguntado que qué os pasa cuando llega el fin de semana, que por una parte estáis deseando que llegue para estar con vuestra pareja y por otra parece que es el momento que, no se sabe por qué, es cuando se establecen los rings adecuados para llevar a cabo las peleas más contundentes y, a veces, más ridículas, pero que dejan una huella profunda, por la asiduidad con las que ocurren.
El amor que decís que existe se va por la puerta cuando vuestras discrepancias entran por la ventana…Y cada vez es peor, porque el deterioro de ese amor se va haciendo más sensible a los pequeños o grandes altibajos y cambia. Cambia a otros tipos de sentimientos que nada tienen que ver con el aprecio, la tolerancia, el respeto, etc. Como dice Graciela Moreschi, psiquiatra, los enojos y reproches se convierten en una constante en el tiempo libre de las parejas.
La mayoría de las veces, las claves son el diálogo y la negociación, aunque ahora no os lo creáis. Si no os surten efecto es porque no sabéis desarrollarlos e implementarlos para que os lleven al puerto de la concordia, el respeto y el equilibrio necesarios para hacer perdurar ese vínculo que aparentemente os une, que muchas veces es una necesidad y no una realidad serena que se siente dentro del alma.
La Dra. Moreschi, al respecto, nos comenta en este artículo, lo siguiente: “Muchas parejas creen que vivir juntos implica tener que hacer todo juntos. Por más parecidos que fueran (y habitualmente no lo son), es imposible desear lo mismo y en el mismo momento. Para colmo, las exigencias cotidianas de la vida actual impiden tener un espacio propio durante la semana laboral. Todos esperamos el fin de las actividades para poder dedicarnos a nosotros mismos. Pero no siempre la pareja tiene las mismas intenciones y, si la creencia es que se debe actuar en conjunto, probablemente surjan diferencias, peleas y reproches.
Algunos ejemplos de esta problemática del fin de semana son los siguientes comentarios:
*Estoy toda la semana ocupada con mi trabajo y después, con la casa. Espero el fin de semana para distraerme y él se va a jugar al tenis con sus amigos o mira televisión. La estoy pasando peor que mis amigas solteras. Envidio sus posibilidades de salir y hacer cosas nuevas.
*Estoy cansado de que ella quiera ir siempre a la casa de su familia. Es un plomo y yo necesito despejarme. Por otra parte, ella dice que no puede verlos durante la semana, cosa que es real, pero no estoy dispuesto a sacrificarme.
*A ella le gustan las actividades sociales y, a mí, las deportivas. Tampoco nos ponemos de acuerdo respecto a las películas que elegimos, ni siquiera con los amigos. Cada fin de semana es un problema. La mayoría de las veces terminamos peleados y sin ir a ninguna parte.
En todos estos casos es evidente que no hay coincidencia de intereses y es lógico que así sea. Son personas diferentes, con historias, inquietudes y características personales distintas, pero esto no quiere decir que no se amen o que hayan perdido el interés en el otro, aunque de persistir la situación, el vínculo podría deteriorarse.
Hombres y mujeres tienen una actitud diferente ante este problema. En general, ellos son menos expresivos verbalmente, se repliegan sobre sí mismos, y llegan muchas veces a la abulia. Al ser incapaces de reclamar por lo suyo, anulan su deseo. Ellas, en cambio, suelen plantear sus necesidades, aunque la mayor parte de las veces lo hacen en forma de reproche. Creo que la mejor opción para este problema es que cada uno tenga su espacio individual. Muchas veces, recomiendo que se pongan de acuerdo sobre qué van a hacer juntos el fin de semana, como cuando eran novios. Pueden elegir una actividad para compartir (desde una buena salida hasta quedarse en casa juntos) y, el resto del tiempo, cada uno podrá emplearlo en aquello que le sea grato.
Algunos ejercicios para hacer en pareja
*Cada uno, haga una lista de las cosas que desea hacer. Diferencien las individuales y las compartidas. Junto a las actividades compartidas, escriban entre paréntesis quiénes podrían acompañarlos además de su pareja.
*Escojan un papel de calcar (semitransparente) y hagan un círculo que represente su tiempo de fin de semana. Luego, marquen proporcionalmente en qué ocupan su tiempo. Hagan abajo el mismo círculo, pero ahora dibujen cómo les gustaría que estuviese dividido su tiempo. Después, superpongan los dibujos. Tomen en cuenta los segundos, y revisen de qué manera deberían hacerlo para que los satisfaga a ambos.”
En el mismo hilo temático que estamos explicando, John Gottman, científico y profesor emérito de la Universidad de Washington, creó un "laboratorio del amor". Allí, después de estudiar a una pareja mientras sus miembros gritan y se enojan, predice con un 95% de acierto si seguirán juntos o se separarán en los próximos 15 años. ¿Cómo lo hizo? Lo consiguió después de analizar a más de 3.000 parejas desde 1980. Tiene una fórmula casi infalible: investigar aquellas emociones que no son "tan evidentes" y sólo se vislumbran al discutir.  
El poder del desprecio
El inventor del "laboratorio del amor" estudió y profundizó las reacciones de cada individuo y clasificó aquellas que son decisivas en provocar las rupturas entre las parejas. Las dividió en cuatro tipos: la defensiva, la crítica, la obstruccionista (quien trata de impedir o dificultar el desarrollo normal de un proceso) y la despectiva. Y es esta emoción, el desprecio, la responsable del mayor número de separaciones. Ser despectivo no es solo criticar, es mucho más. Es responder desde un lugar de superioridad, lo que hace disminuir al otro como persona hasta hacerlo sentir excluido.
Es la reacción que resulta más dolorosa para la otra persona. Incluso, afecta a nuestro sistema inmunológico y nos hace más propensos a enfermarnos, tener resfriados, o dolores en el cuerpo. El desprecio es una respuesta de "jerarquía" y no siempre es generada en forma agresiva. Puede esconderse en comentarios sutiles cómo: "Sí, sí… ¿y tú qué sabes?", frase que a todos nos resulta conocida.
Ante un problema y posterior discusión las mujeres tienden más a reaccionar con la crítica y los hombres al obstruccionismo. Pero en lo que se refiere al desprecio, parece que no hay diferencia de géneros.
La fórmula para discutir
Si queremos que nuestra pareja perdure en el tiempo hay que ser honestos con lo que sentimos y hacemos. Nuestras emociones muchas veces son sutiles, pero las exteriorizamos (conscientemente o no) y la otra persona las percibe.
Por lo tanto, después de una discusión - y con los nervios más calmados- Gottman recomienda conversar con la pareja no tanto del problema, sino de las emociones que había detrás de ésta. Lo que hicimos sentir al otro con lo que dijimos, y lo que el otro nos hizo sentir a nosotros.
Es importante evitar el desprecio. Luego de la conversación es interesante identificar si en algún momento la otra persona utilizó palabras despectivas e hirientes, o si lo hicimos nosotros.
Una buena receta
Si queremos que nuestra relación de pareja perdure en el tiempo, tenemos un buen margen de maniobra. Se basa en cómo hacemos sentir al otro con lo que decimos o, mejor aún, con lo que expresamos sin que seamos necesariamente conscientes de ello.
Ante esto, Gottman da un consejo para los momentos de discusión: hagamos sentir importante al otro. Aún en los enfrentamientos, debemos saber expresar reconocimiento sincero a la otra persona. En la pelea tiene que haber reproches y pedidos de justificaciones, pero además debe haber halagos hacia la pareja. Él sugiere una ecuación entre emociones positivas y negativas que dé como resultado cinco a una: por cada cinco críticas, se aconseja dar una caricia o mimo.
                                                                                  
Recuerda que  hay una delgada línea que separa la discusión del ataque personal o de la pelea, y hay quienes no saben diferenciarlo. La discusión cuestiona la opinión o la acción, la pelea cuestiona a la persona.

(Artículo confeccionado sobre datos extraídos de www.clarin.com)