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lunes, 5 de noviembre de 2012

El pozo emocional

Otro artículo interesantísimo y reflexión crucial les dejo, de la mano de nuestra colega Graciela Large, que como siempre ahonda en la interioridad de nuestro ser. Ese que nos cuesta sacar y al que llegar para conocer nuestras mínimas reacciones de nuestra propia alma. Ese interior que se nos pierde en la distancia y que nos sugiere que le sigamos para encontrarnos, pero del que casi siempre huimos por no enfrentarnos a nuestro propio espejo que nos muestra verdaderamente quienes somos. Y nos ayuda…, y nos quiere ayudar pero somos nosotros lo que no escuchamos su voz cálida, expectante y tan directa y cruda que también nos asusta de una manera real.

Limpiar el pozo emocional, como dice Large, es lo que nos toca experimentar cuando un día descubrimos que nos ha podido el resentimiento. Una limpieza que a veces nos revela que el alejamiento o la evitación hacen más patente el autodesprecio.

Este artículo lo subtitula “crece…crece…crece…resentimiento”

Cuando algo se espera por lo general se guarda dentro y callamos. Aguardamos con la expectativa de que se cumpla. Elaboramos una petición bajo la premisa de que es justo aquello que deseamos, y por lo general, como la norma es no recibirlo, sobre todo en pareja, nos resentimos.

Casi siempre el comportamiento es inapropiado para aquellos que esperan algo y se dilata con el tiempo: que se nos pida perdón, que cambie, que esté más próximo, que actúe con responsabilidad o que nos haga su socio.

A veces sólo consiste en esperar que se nos acepte y se nos quiera porque somos su madre, maestro, esposo, amigo, o compañero de trabajo. Y no pasa. Todo lo contrario. Parece que todo se confabula para alejar la posibilidad.

Es más, ese otro, no sólo deja de cumplir nuestras expectativas sino que además nos muestra con su comportamiento ciertas actitudes que no soportamos y, que por lo general, si nosotros caemos en ellas, las miramos con condescendencia, pero las vivimos rematadamente mal si las hace aquel de quien esperamos algo.

Puede ocurrir por ejemplo que hacemos un favor a alguien en apuros, y luego su comportamiento deja en entredicho nuestra recomendación. Es el caso de Juan que hace poco consiguió a un familiar dos trabajos y sin embargo, por un problema con la bebida le echaron de ambos.

Durante meses se guardó dentro todo su malestar, sin dejar de rumiar su disgusto. Le resultaba imposible dejar de ver a ese familiar como una persona irresponsable que le había fallado. Y ese es el sentimiento que experimentamos cada vez que percibimos al otro como alguien equivocado.

Y en esa percepción se esconde una interesante actitud: la incapacidad para respetar la libertad del otro hasta para equivocarse. Para vivir conforme quiere aquello que necesita.

En el caso de Juan quizás con un aviso habría bastado. Seguramente conocía el histórico de su familiar y llegar a ciertos acuerdos antes de dar el paso de recomendarle le habría ahorrado el disgusto.

El ejemplo nos vale para que contemplemos los efectos que tiene en nuestro ánimo la petición encubierta del tipo que sea. La demanda está en el inconsciente colectivo y se vive como justificada: quiero una pareja para que me quiera; un socio para que me dé poder; una amiga para que me acompañe.

Sin embargo pedir aporta sensación de carencia, convirtiéndonos en personas apegadas y poco desprendidas. La clave para salir de la dinámica mundial de sentirnos con resentimiento y además sentirnos carentes, se basa en dar activando lo que pedimos.

Un mundo en donde cada uno da desde lo que es, sin forzar a nadie en su libertad, nos permite descubrir que cuando coincidimos somos ricos en vivencias, conocimientos y afectos. Y sin olvidar que a muchas personas les gusta vivir su soledad llena de ellos mismos.

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