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jueves, 22 de marzo de 2018

Dejar de hablar

    Todos nos hemos enfadado en alguna ocasión, o muchas y hemos decidido dejar de hablar con esa persona; la tenemos que castigar y la mejor manera es no hablarle, manifestar nuestro pesar o enojo con ese silencio que taladra e incomoda a ver quién puede más. ¿De verdad es eficaz este método para aclarar las situaciones o lograr que la otra persona cambie su actitud o sea consciente de ella?

“…si en lugar de abordar el tema directamente lo que se hace es dejar de hablar al otro, lo único que se logra es introducir una tensión adicional. A la disputa no resuelta se suma un limbo que puede llegar a ser una verdadera incubadora de veneno.” (Edith Sánchez, escritora y periodista)

Sigo insistiendo, el objetivo de nuestro silencio es el castigo, que el otro entienda que hay un reproche en nuestra actitud, en esa ausencia total de palabras y no sólo esto, sino que el reproche va a ir tan lejos como pueda, hasta a no tratar con la misma justicia que a los demás, ya que en ocasiones y más de las que uno pueda suponer, tras la fachada de una normalidad en las conductas, que si se analizan se ven agravios comparativos, se esconden razones para “castigar” por algo que tal vez el otro ni siquiera sepa.

Sócrates dijo: “habla para que yo te conozca.” Menuda frase sencilla, pero entraña un mensaje que pocas veces llevamos a cabo. Más bien todo lo contrario, ya que parece que no se tiene interés en resolver el conflicto mediante el diálogo y lo que se persigue es que a través de ese doloroso silencio de palabras, actitudes y ninguneo, alguien pretende que el otro se doblegue y comulgue con un punto de vista que, como es común, nunca se ha comunicado. Finalmente, como sigue diciendo E. Sánchez, se trata de una actitud infantil y lo peor es que no resuelve nada. Eso sí, proporciona una gratificación egoísta.

En el Blog La mente es Maravillosa, podemos leer lo siguiente:

Las razones para castigar con el silencio

Hay todo tipo de argumentos para defender la idea de que dejar de hablar a alguien es válido. En el fondo, lo que se busca es castigo. Que entienda que hay un reproche en esa ausencia de palabras. Pero, ¿por qué no decirlo, sino tramitarlo a través del silencio? Estas son las principales razones que esgrimen aquellos que optan por esta medida:
  • Es mejor dejar de hablar a una persona que participar de una discusión en la que se intercambien insultos.
  • Esa persona no me escucha. Por más que le pido que cambie, no me hace caso. Entonces, es mejor no decir nada porque, ¿para qué?
  • Tiene que disculparse conmigo por lo que me hizo (o me dijo, o no hizo, o no dijo). Hasta que no lo haga, voy a dejar de hablar (o de actuar con justicia, con cariño como con los demás)
  • Para qué hablar si siempre llegamos al mismo punto. Mejor dejar de hablar para ver si entiende que no voy a ceder.
En todos los casos se afirma que el silencio es la mejor opción para tramitar el conflicto. Por una razón u otra, la palabra se ha mostrado ineficaz. Se acude entonces a la decisión de dejar de hablar a alguien para que esto sea asumido como un castigo y, en consecuencia, el otro reconsidere su actitud.

Un silencio puede tener multitud de significados. Algunos de ellos son realmente violentos. Dejar de hablar a alguien es asumir una actitud pasivo-agresiva. Esto quiere decir que se está violentando al otro, pero de manera implícita. La mayoría de las veces este tipo de actitudes son tanto o más nocivas que la agresión directa, y lo son porque el silencio se convierte en un vacío que es susceptible de cualquier tipo de interpretación.
Para quien deja de hablar a alguien hay razones claras. También hay una expectativa clara frente a lo que esta situación debe traer como desenlace. Pero, a quienes acuden a estos recursos habría que preguntarles: ¿estás seguro de que el otro comprende realmente el significado de tu silencio? 

¿Jurarías que la mejor manera de lograr que cambie, o haga lo que tú quieres que haga, es atacándolo con la falta de diálogo?

El silencio alarga distancias. Y la distancia no suele ser un buen aliado para la comprensión o para restaurar lazos rotos o dañados. Por el contrario, contribuye a ahondar las diferencias.

Es cierto que a veces es mejor callar. Cuando estamos muy exaltados, por ejemplo. La ira hace que exageremos y nos preocupemos más por herir al otro que por expresar realmente lo que pensamos o sentimos. En cambio, dejar de hablar para castigar o propiciar que otra persona “se rinda” como hemos dicho es raro que traiga buenos resultados.

¡Cuánto bueno sería que leyéramos esto con el mejor ánimo para enmendar o paliar las situaciones en las que nos veamos o nos podamos ver! ¿No creéis?


Idea, comentarios y datos del blog https://lamenteesmaravillosa.com

viernes, 2 de febrero de 2018

Enfado continuo...¿Qué me pasa?

   Durante muchas semanas no he parado de escuchar que no se puede hablar con la pareja porque siempre está enfadada. No se sabe cómo llegar a ella (hombre o mujer) y no se puede hablar porque nada le parece bien. Es un enfado continuo y aunque se intenta razonar para bajar ese nivel tan alto de emociones desmedidas y a destiempo, no se logra disminuir la situación tan estresante y tan destructora de las relaciones y de los sentimientos. 

Ocurra la situación que ocurra, el acontecimiento previo que sea, siempre se encuentra un "motivo" para tirar del hilo que lleva al cajón de los truenos y se estalla, hasta tal punto que se empiezan a decir barbaridades que, aunque luego lamentes, quedan dichas y, generalmente, dejan una huella que nos puede "suspender de empleo y sueldo en la labor cotidiana de trabajar para que la relación sea lo más estable posible."

"...Es que me pones en el disparadero..."
"...es que me haces enfadar, porque yo venía bien..."

Parece que la responsabilidad de mi actitud siempre la tiene el otro.

Para dar respuesta, o más bien, para ofreceros una plataforma que os pueda servir de ilustración en este tema, os transcribo un artículo escrito por Irene Nuevo Delgado, Psicóloga especialista en estrés y psicoterapia Cognitivo-Conductual, que ha titulado ¿Por qué me enfado tan fácilmente? 9 estrategias para manejar mi irritabilidad.

Espero que arroje la luz suficiente para reflexionar y veros reflejados en la medida que a cada uno le afecte, ya que la primera variable a tener siempre en cuenta es aceptar que nosotros no somos perfectos y que la responsabilidad de nuestras acciones, generalmente, nos corresponden a cada uno y no al que tenemos enfrente, que suele ser el cabeza de turco de casi todos nuestros errores, manías e imperfecciones.

Irene Nuevo, comienza así:

"-Me planteé trabajar en manejar mi estrés el día que mi hija me dijo: papá, últimamente estás siempre enfadado...
-¿Y sabes por qué estás siempre enfadado?
-No es culpa suya, ¿sabes? <¡Me cabreo porque no estoy bien!>

Es posible que en ocasiones hayas notado que llevas una época en que te enfadas con demasiada frecuencia, que todo te irrita y saltas a la más mínima. Es posible que, de hecho, no lo hayas notado tú, sino aquellos que te rodean, esos con los que convives y empiezan a decirte frases como: ¡últimamente estás que no hay quien hable contigo!", "es que no te aguantas ni tú." Y, ¿sabes lo peor? Que tienen razón y lo sabes. Pero eso no hace que tus sensaciones mejoren, más bien al contrario, a esa irritación constante se une la sensación de no sentirte entendido/a y estar siendo injusto/a con los demás.

A esto tenemos que añadir la conciencia de cómo nuestros estados emocionales afectan a todos los contextos en los que nos movemos. Las emociones se contagian, las positivas y las negativas. Por eso, cuando iniciamos la espiral de irritabilidad y respuestas agresivas y explosivas, el ambiente general se tensa, y no solo afecta a nuestra vida personal, también al grupo de trabajo, que empieza a percibirse más crispado, con menos paciencia; se reduce el sentido del humor y la comunicación, se disparan las quejas constantes...Esa dinámica puede tener consecuencias en el trato entre compañeros, jefes y empleados e incluso en la atención que damos al cliente. Y una vez más, no se trata de qué situación concreta te ha molestado esta vez, sino del estado de tensión constante que mantienes des de hace un tiempo.

¿O no? ¿Crees que son ellos de verdad los únicos culpables de que te molesten tantos ruidos, los retrasos, los imprevistos, cualquier contratiempo que no cumple tus expectativas...?

No, no lo son. Y esto nos lleva a la frase que cierra el diálogo inicial: cuando no estamos bien nos mostramos menos pacientes, más rígidos en nuestros planes e ideas, más irascibles...Tenemos el sistema de alerta encendido permanentemente. Y nuestro sistema primitivo sólo conoce tres respuestas posibles: huida, ataque o ¡hacerse el muerto!

El ataque es la respuesta que nos ocupa ahora. Como acabamos de decir, si en épocas de estrés o malestar tenemos la alerta encendida, es posible que respondamos atacando ante cualquier situación que nos contraríe. Ser consciente de que esto me está pasando es el primer paso, pero después de este hay que seguir dando otros.

9 estrategias para controlar la irritabilidad.

El primer mandamiento del manejo de la rabia es: NUNCA CONTESTES EN CALIENTE. En ese momento somos todo emoción, somos más vehementes y podemos estar magnificando mucho las cosas (somos incapaces de relativizar)

Párate, espera unos minutos...¡el mundo no se va a acabar ahora! Seguro que lo que tengas que decir puedes decirlo un poco más tarde. Además, con esto también evitarás tener que pedir disculpas o sentirte mal después por lo que dijiste o cómo lo dijiste.

Haz algo de ejercicio. Te ayudará a descargar parte de la tensión acumulada y bajar tus niveles de activación. Si estoy más relajado afrontaré con más calma las dificultades. (Tened en cuenta siempre que no es lo mismo enfrentarse a un problema que a un pequeño contratiempo)

Aprende a leer las señales de tu cuerpo. Aunque creas que tu respuesta es impredecible, no lo es. Es sólo que aún no has aprendido a detectar tus señales, esas que te avisan de que te estás tensando, que algo no te está gustando: te notas más impaciente, has dejado de escuchar a quien te habla, tus músculos están tensos... Cuando empieces a notarlos, haz caso al punto 2: PÁRATE.

Recuerda QUE NO HAY UNA ÚNICA FORMA DE HACER LAS COSAS, QUE NO TODO EL MUNDO VE LAS COSAS IGUAL QUE TÚ, QUE EXISTEN DISTINTOS PUNTOS DE VISTA Y QUE ESO NO TIENE PORQUÉ SER TAN MALO.  De hecho nos enriquece y nos enseña.


La vida está llena de imprevistos, asúmelos. Empieza el día dando por hecho que habrá cosas que no saldrán como planeaste y enfréntalo como parte de la realidad. Eso ayudará a no hacer un drama cuando suceda.


Acepta lo que no puedes cambiar. En muchas ocasiones lo que más nos frustra e irrita es precisamente lo que no depende de nosotros, lo que escapa a nuestro control. No vamos a cambiar la realidad que nos rodea a base de enfados e irritaciones. Ocúpate de lo que puedes modificar, aquello que entra dentro de tus posibilidades.


Valora las cosas positivas de cada día. Siempre hay algunas, solo es cuestión de saber buscarlas, de valorare esos pequeños detalles a los que hemos dejado de prestar atención porque sólo miramos lo negativo, lo que no nos gusta. ¡Para las quejas!


Di lo que tengas que decir cuando seas capaz de decirlo con calma. Si callamos demasiado el final puede llegar el momento en que lo digas de la peor manera posible, reprochando todo lo acumulado anteriormente.


Crea un momento de desconexión cada día. Es un momento únicamente para tí. La información constante, el ruido, las tareas sin pausa, las prisas, etc., aumentan la tensión que desencadena la explosión. Una larga ducha, mirar por la ventana sintiendo la brisa, o la lluvia, una habitación con luz tenue en la que simplemente podamos concentrarnos en nuestra respiración..., no necesitas mucho tiempo, sólo el propósito de empezar a cuidarte.


Trabajar para reducir mi irritación, mi control de impulsos, mi rabia, es una inversión en mi bienestar, en el de los que me rodean y, por tanto, también en la calidad de mis relaciones. Y recuerda que puedes recorrer el camino corriendo, pero llegarás demasiado pronto y habiendo perdido el paisaje."


Espero que este artículo pueda ser el inicio de una buena reflexión, una toma de conciencia de que debemos y podemos hacer algo en aras de nuestro bienestar y felicidad. También es necesario recordar que es necesaria una buena dosis de humildad para empezar a reconocer nuestros propios errores, que no son otra cosa que lecciones que nos pone la vida para que aprendamos, si es que queremos aprender. Y si no queremos aprender nos seguirá pasando siempre lo mismo. ¿Qué decides?

martes, 24 de octubre de 2017

Fin de semana…Pareja peleando

Muchos me habéis preguntado que qué os pasa cuando llega el fin de semana, que por una parte estáis deseando que llegue para estar con vuestra pareja y por otra parece que es el momento que, no se sabe por qué, es cuando se establecen los rings adecuados para llevar a cabo las peleas más contundentes y, a veces, más ridículas, pero que dejan una huella profunda, por la asiduidad con las que ocurren.
El amor que decís que existe se va por la puerta cuando vuestras discrepancias entran por la ventana…Y cada vez es peor, porque el deterioro de ese amor se va haciendo más sensible a los pequeños o grandes altibajos y cambia. Cambia a otros tipos de sentimientos que nada tienen que ver con el aprecio, la tolerancia, el respeto, etc. Como dice Graciela Moreschi, psiquiatra, los enojos y reproches se convierten en una constante en el tiempo libre de las parejas.
La mayoría de las veces, las claves son el diálogo y la negociación, aunque ahora no os lo creáis. Si no os surten efecto es porque no sabéis desarrollarlos e implementarlos para que os lleven al puerto de la concordia, el respeto y el equilibrio necesarios para hacer perdurar ese vínculo que aparentemente os une, que muchas veces es una necesidad y no una realidad serena que se siente dentro del alma.
La Dra. Moreschi, al respecto, nos comenta en este artículo, lo siguiente: “Muchas parejas creen que vivir juntos implica tener que hacer todo juntos. Por más parecidos que fueran (y habitualmente no lo son), es imposible desear lo mismo y en el mismo momento. Para colmo, las exigencias cotidianas de la vida actual impiden tener un espacio propio durante la semana laboral. Todos esperamos el fin de las actividades para poder dedicarnos a nosotros mismos. Pero no siempre la pareja tiene las mismas intenciones y, si la creencia es que se debe actuar en conjunto, probablemente surjan diferencias, peleas y reproches.
Algunos ejemplos de esta problemática del fin de semana son los siguientes comentarios:
*Estoy toda la semana ocupada con mi trabajo y después, con la casa. Espero el fin de semana para distraerme y él se va a jugar al tenis con sus amigos o mira televisión. La estoy pasando peor que mis amigas solteras. Envidio sus posibilidades de salir y hacer cosas nuevas.
*Estoy cansado de que ella quiera ir siempre a la casa de su familia. Es un plomo y yo necesito despejarme. Por otra parte, ella dice que no puede verlos durante la semana, cosa que es real, pero no estoy dispuesto a sacrificarme.
*A ella le gustan las actividades sociales y, a mí, las deportivas. Tampoco nos ponemos de acuerdo respecto a las películas que elegimos, ni siquiera con los amigos. Cada fin de semana es un problema. La mayoría de las veces terminamos peleados y sin ir a ninguna parte.
En todos estos casos es evidente que no hay coincidencia de intereses y es lógico que así sea. Son personas diferentes, con historias, inquietudes y características personales distintas, pero esto no quiere decir que no se amen o que hayan perdido el interés en el otro, aunque de persistir la situación, el vínculo podría deteriorarse.
Hombres y mujeres tienen una actitud diferente ante este problema. En general, ellos son menos expresivos verbalmente, se repliegan sobre sí mismos, y llegan muchas veces a la abulia. Al ser incapaces de reclamar por lo suyo, anulan su deseo. Ellas, en cambio, suelen plantear sus necesidades, aunque la mayor parte de las veces lo hacen en forma de reproche. Creo que la mejor opción para este problema es que cada uno tenga su espacio individual. Muchas veces, recomiendo que se pongan de acuerdo sobre qué van a hacer juntos el fin de semana, como cuando eran novios. Pueden elegir una actividad para compartir (desde una buena salida hasta quedarse en casa juntos) y, el resto del tiempo, cada uno podrá emplearlo en aquello que le sea grato.
Algunos ejercicios para hacer en pareja
*Cada uno, haga una lista de las cosas que desea hacer. Diferencien las individuales y las compartidas. Junto a las actividades compartidas, escriban entre paréntesis quiénes podrían acompañarlos además de su pareja.
*Escojan un papel de calcar (semitransparente) y hagan un círculo que represente su tiempo de fin de semana. Luego, marquen proporcionalmente en qué ocupan su tiempo. Hagan abajo el mismo círculo, pero ahora dibujen cómo les gustaría que estuviese dividido su tiempo. Después, superpongan los dibujos. Tomen en cuenta los segundos, y revisen de qué manera deberían hacerlo para que los satisfaga a ambos.”
En el mismo hilo temático que estamos explicando, John Gottman, científico y profesor emérito de la Universidad de Washington, creó un "laboratorio del amor". Allí, después de estudiar a una pareja mientras sus miembros gritan y se enojan, predice con un 95% de acierto si seguirán juntos o se separarán en los próximos 15 años. ¿Cómo lo hizo? Lo consiguió después de analizar a más de 3.000 parejas desde 1980. Tiene una fórmula casi infalible: investigar aquellas emociones que no son "tan evidentes" y sólo se vislumbran al discutir.  
El poder del desprecio
El inventor del "laboratorio del amor" estudió y profundizó las reacciones de cada individuo y clasificó aquellas que son decisivas en provocar las rupturas entre las parejas. Las dividió en cuatro tipos: la defensiva, la crítica, la obstruccionista (quien trata de impedir o dificultar el desarrollo normal de un proceso) y la despectiva. Y es esta emoción, el desprecio, la responsable del mayor número de separaciones. Ser despectivo no es solo criticar, es mucho más. Es responder desde un lugar de superioridad, lo que hace disminuir al otro como persona hasta hacerlo sentir excluido.
Es la reacción que resulta más dolorosa para la otra persona. Incluso, afecta a nuestro sistema inmunológico y nos hace más propensos a enfermarnos, tener resfriados, o dolores en el cuerpo. El desprecio es una respuesta de "jerarquía" y no siempre es generada en forma agresiva. Puede esconderse en comentarios sutiles cómo: "Sí, sí… ¿y tú qué sabes?", frase que a todos nos resulta conocida.
Ante un problema y posterior discusión las mujeres tienden más a reaccionar con la crítica y los hombres al obstruccionismo. Pero en lo que se refiere al desprecio, parece que no hay diferencia de géneros.
La fórmula para discutir
Si queremos que nuestra pareja perdure en el tiempo hay que ser honestos con lo que sentimos y hacemos. Nuestras emociones muchas veces son sutiles, pero las exteriorizamos (conscientemente o no) y la otra persona las percibe.
Por lo tanto, después de una discusión - y con los nervios más calmados- Gottman recomienda conversar con la pareja no tanto del problema, sino de las emociones que había detrás de ésta. Lo que hicimos sentir al otro con lo que dijimos, y lo que el otro nos hizo sentir a nosotros.
Es importante evitar el desprecio. Luego de la conversación es interesante identificar si en algún momento la otra persona utilizó palabras despectivas e hirientes, o si lo hicimos nosotros.
Una buena receta
Si queremos que nuestra relación de pareja perdure en el tiempo, tenemos un buen margen de maniobra. Se basa en cómo hacemos sentir al otro con lo que decimos o, mejor aún, con lo que expresamos sin que seamos necesariamente conscientes de ello.
Ante esto, Gottman da un consejo para los momentos de discusión: hagamos sentir importante al otro. Aún en los enfrentamientos, debemos saber expresar reconocimiento sincero a la otra persona. En la pelea tiene que haber reproches y pedidos de justificaciones, pero además debe haber halagos hacia la pareja. Él sugiere una ecuación entre emociones positivas y negativas que dé como resultado cinco a una: por cada cinco críticas, se aconseja dar una caricia o mimo.
                                                                                  
Recuerda que  hay una delgada línea que separa la discusión del ataque personal o de la pelea, y hay quienes no saben diferenciarlo. La discusión cuestiona la opinión o la acción, la pelea cuestiona a la persona.

(Artículo confeccionado sobre datos extraídos de www.clarin.com)

                                                

jueves, 25 de abril de 2013

Te quiero...¿y nos enfadamos?

Sé que no es una situación deseable, pero nos enfadamos. Nos enfadamos hasta tal punto que no somos capaces de mantener un equilibrio en nuestras relaciones y estas hacen agua por donde las cojamos, porque algo interno se nos mueve hasta tal nivel que no nos deja controlar las situaciones como deseamos. Nos puede. Nos hace ver cosas que no existen fuera pero sí en nuestro interior, hasta tal punto que nuestra histeria puede llegar a dispararse y matar con las palabras que se exhalan como balas mortíferas.

Y no controlamos. Se nos desfigura hasta el alma porque algo dentro se rompe y nuestro pensamiento nos controla, nos maneja como a marioneta inerme, a su antojo.

“La mayoría de las personas pasamos demasiado tiempo enfadadas, aunque sean sólo explosiones cortas de un grito o dos, pero reiteradas. Nos enfadamos con los hijos, con los amigos, con la pareja, con el trabajo, con la vida. Y el enfado es como una batería que se va cargando, cada vez coloca a las partes en posiciones más enfrentadas y hace nuestros esfuerzos más ineficaces. Por si fuera poco, tiene una incidencia directa en un amplio abanico de enfermedades -incluidas las del corazón, presión arterial y otras.”

En los últimos meses me he enfrentado a personas que se enfadan por cualquier cosa y sobre todo con las personas a las que se quiere sin saber aparentemente el motivo por el que se sienten todo este abanico de sentimientos tan contrarios al puro amor que queremos sentir. Hasta yo me enfado (obviamente soy humano además de orientador familiar), pero intento que la duración, el nivel de descontrol y los motivos, no amenacen en exceso mi equilibrio relacional, tanto interno como externo. Para ello reflexiono, me enfrento a la realidad relativa del acontecimiento (siempre se puede apoyar uno en personas, libros, etc.) para asumir y relativizar la situación a niveles suficientes para que el enfado pueda convertirse en ese malestar que soy capaz de verbalizar y confrontar con la persona o con la situación que me lo provoca.

“El enfado supone una negación de la realidad, que no nos gusta y nos hiere. Nos duele como un golpe y reaccionamos con rabia y con agresividad -si podemos, hacia fuera, y si no podemos exteriorizarla, hacia dentro. En cualquier caso, siempre que nos enfadamos algo se altera dentro y reaccionamos atacando en una actitud de defensa. El problema es que esa supuesta defensa, contra quien primero arremete es contra nosotros mismos, ya que se trata de una emoción con incidencia directa en nuestro estado físico y mental. Como el odio, el enfado es "como una piedra ardiendo que a quien primero quema es a quien la lanza".

Nos enfadamos contra lo que no aceptamos.

Nos enfadamos en relación directa al nivel de nuestras exigencias y nuestras expectativas. Y, por el contrario, es inversamente proporcional a nuestro nivel de aceptación. La frecuencia de nuestros enfados nos proporcionan, pues, una pista clara de nuestra capacidad de tolerancia y aceptación; asimismo, el objetivo de nuestros enfados identifica nuestros puntos flacos emocionales y cuáles son las personas y situaciones en las que deseamos ejercer un mayor control.

Por ejemplo, hay personas que tienen una relativa paciencia en los conflictos laborales y difícilmente pierden la sonrisa con sus amistades y, sin embargo, cuando están con sus hijos, o con la pareja, las explosiones son frecuentes y el grito fácil. Esto no significa que sus hijos o su pareja le traten peor que el resto del mundo -si bien generalmente el enfado va asociado a la autocompasión, la victimización y una idea latente de injusticia contra la que nos rebelamos. Sin embargo, por mucho que insistamos en culpabilizar al objeto de nuestros enfados, el mensaje claro que deberíamos observar es que tenemos un conflicto de aceptación con esa persona o situación en concreto, y más profundo cuanto mayor es la intensidad de nuestro enfado.

El primer test que deberíamos plantearnos consiste, por consiguiente, en detectar las personas o situaciones con las que nos alteramos con más frecuencia.

Si la respuesta es "todo" (las obras en la calle, la escuela de nuestros hijos, los tics de nuestra pareja, o de nuestra expareja, el carácter de nuestros hijos, las "traiciones" de nuestras amigas o las chapuzas del gobierno), significará que necesitamos una buena dosis de reflexión y, probablemente, cierta ayuda externa (libros de filosofía o autoayuda, técnicas de relajación...) que nos posibiliten una perspectiva más abierta y nos aporten una buena dosis de amor para mirar y relacionarnos con el mundo que nos rodea. Si, por el contrario, los objetos de nuestro enfado son pocos y claramente identificados, nos estarán señalando los puntos flacos de nuestra inteligencia emocional. Lo que más nos duele. Lo que no controlamos y queremos desesperadamente dominar.

A mayor ego, más motivos para el enfado.


Otra pista clara que nos presenta la frecuencia e intensidad de nuestros enfados tiene relación con el tamaño de nuestro ego. Cuanto más grande es nuestro ego, más inflado y gigante, más fácil es que cualquier acontecimiento lo perturbe. Cualquier movimiento exterior puede tocar su sensible piel en carne viva. Un gesto de disgusto de alguien es considerado una ofensa (sin pensar que esa persona puede tener un millón de motivos presentes en su vida, aparte de nuestra mera presencia); una mirada puede resultar hiriente, todas las palabras, gestos o actitudes de nuestro entorno pueden entrar en confrontación con un ego demasiado hinchado al que todo le toca.

El filósofo tolteca Miguel Ruiz nos recuerda, en uno de sus cuatro acuerdos, la importancia de "no tomarnos nada personalmente". Cada persona vive su vida como una película en la que ella es la protagonista y el resto son meros figurantes. Cada cual intenta resolver sus miedos, sus carencias y sus pequeñas miserias lo mejor que puede, y sus reacciones ante el mundo y ante la vida tienen más que ver con eso (con sus miedos, frustraciones y, finalmente, con su propia búsqueda) que con nosotros, pobres figurantes que simplemente pasábamos por ahí.

No somos tan importantes, o tan gigantes, o tan presentes en la vida de todo el mundo como para que cualquier cosa que digan, miren, piensen o sientan tenga que ver precisamente con nosotros. Desde el momento en que comprendemos esto (que cada persona está en su propia búsqueda, afrontando unos problemas y unas limitaciones concretas en cada momento dado, y resolviéndolo lo mejor que puede) nos sentiremos menos afectados personalmente por las opiniones o actitudes ajenas. Y probablemente haremos uso de una paciencia más sincera, y sin esfuerzo, asentada en la comprensión y el amor.

Porque al fin y al cabo, ¿no es ésa la propia historia personal, la de cualquiera? El crecimiento es como un parto difícil, una retahíla de contracciones dolorosas, que cada cual vive a su manera. Y en cada una de ellas, a veces perdemos las formas.

Controlar versus reprimir.


Cuando sentimos las consecuencias del enfado (la presión alta, dolor de cabeza, la garganta irritada tras los gritos y, sobre todo, el aplastante peso del mal rollo, la culpa y la ausencia de amor), a menudo nos preguntamos, ¿por qué es tan difícil controlarlo? ¿Por qué se me va de las manos por mucho que me proteja y me empeñe en que "esta vez no me desbordará", que "esta vez tendré paciencia y mantendré la calma"? El maestro budista Kelsang Gyatso considera que la respuesta está en que nuestra paz interior es muy débil, por lo que nos supone un gran esfuerzo alcanzarla, aun momentáneamente, y mucho más mantenerla. Por el contrario, todas las causas de rechazo y sufrimiento que hemos establecido en nuestra mente (ego, apegos, competitividad, territorialismo, exigencias...) son muchas, muy diversas y muy fuertes, presentándonos continuas oportunidades de dolor y frustración.

Nuestros hábitos cotidianos de pensamiento, palabra y comportamiento afianzan continuamente nuestras tendencias más destructivas mientras que el supuesto objetivo primero y prioritario de felicidad/paz interior se pierde en el camino y nos desentendemos de él. Y lo desatendemos.

Cuando el budismo, la Terapia Racional Emotivo Conductual (TREC) la Gestalt o un sinfín de filósofos de todos los tiempos nos recuerdan, por tanto, la necesidad de un pensamiento racional que nos ayude a controlar las emociones que nos traicionan y a fortalecer las que se presentan como nuestras mejores aliadas, nos están señalando una estrategia que no tiene nada que ver con la represión de los sentimientos.

"Controlar el enfado no es lo mismo que reprimirlo. Esto último lo hacemos cuando ya domina nuestra mente, aunque no lo reconozcamos. Pretendemos no estar enfadados y controlamos nuestras acciones, pero no el odio propiamente dicho". (C. Longaker)

Cuando reprimimos los sentimientos, las emociones o los pensamientos, no dejamos de sentirlos. Una amiga nos dice algo que nos molesta profundamente y callamos para evitar el conflicto. Reprimimos un impulso que podría conducirnos a una situación de conflicto que no deseamos, pero no lo controlamos, porque el sentimiento está ahí (nos molesta), y probablemente siga estando con más fuerza, calentándose como una olla a vapor conforme surgen reiteradamente situaciones similares que nos dolerán cada vez más y más, hasta que llega el momento del estallido. Momento que siempre llega, ya sea hacia fuera (con toda la larga lista de resentimientos archivados) o hacia dentro (con dolores de cabeza, insomnio, gastritis y alteraciones varias de la salud).

El control, por otra parte, no implica represión ni dolor alguno. Podemos callar o podemos responder ante el supuesto "ataque" de nuestra amiga, pero no hay molestia ni dolor si simplemente comprendemos y aceptamos. Si no sentimos la herida, probablemente lo que digamos, con amor, no será hiriente. En ese momento en que realmente controlamos nuestra mente (nuestros pensamientos, nuestras emociones) no experimentamos dolor, y por lo tanto no hay nada que reprimir. Y consecuentemente, no hay motivo para el enfado.

El arte de "pensar mejor para vivir mejor" consiste en el arte de controlar nuestro pensamiento (y por consiguiente nuestras emociones) sin olvidar en ningún momento nuestro objetivo prioritario (ser felices, nuestra paz interior). Con la práctica acaba convirtiéndose en una actitud espontánea y sin esfuerzo. Y ya no hay nada que controlar. Ni mucho menos reprimir.

"Nuestra tarea en la vida es aprender a amar. Y los ingredientes más útiles para aprobar la asignatura residen en la comprensión y la aceptación".(C. Longaker)

Con la idea de documentar todo lo que comparto con vosotros (y con mi propio diálogo interno, fundamental) en este tema que trato hoy, me apoyo en los escritos de Christine Longaker, maestra de cuidados espirituales (área que en esta sociedad estamos descuidando en exceso) y en artículos de Marié Morales, en su página http://crecejoven.com.

miércoles, 11 de marzo de 2009

LA ACTITUD DEL ENFADO PERMANENTE

En diversos artículos de este blog, hemos mencionado la serie de mensajes inadecuados que nosotros, los padres, damos a nuestros hijos de forma inconsciente, provocando la desorientación en ellos. Pero nunca referenciamos el hecho de que nuestro propio “enfado” puede ser un arma de doble filo para conseguir o no nuestros objetivos en las relaciones tanto con nuestros hijos como con nuestra pareja.

En los últimos casos de Orientación Familiar que han acudido a nosotros, hemos observado que la relación familiar estaba sumida constantemente en un estado de “enfado crónico” que por sí mismo llevaba a todo el sistema familiar a un estado de nerviosismo que desembocaba en un tipo de transacción claramente disfuncional.

Os expongo a continuación una reflexión a través de un artículo que nos ofrece, como siempre, con muchísimo acierto, en la sección de Orientación Familiar, el Instituto de Formación y Recursos en Red para el Profesorado (ISFTIC)

“Suele ocurrir que los padres que recurren con frecuencia al enfado hacen propósitos para no llegar a él y aguantan una situación problemática pero no logran su objetivo y terminan por caer en lo más fácil y casi lo único que saben hacer que es aplicar la fuerza, gritar, las malas maneras, etc. Esto supone una frustración más porque han caído como siempre en la misma situación y les crea malestar interno. Todo esto porque ven que si no recurren al enfado los demás no la toman en serio, los hijos no le obedecen y es una forma de autoafirmarse, adquirir autoridad ante los demás.

En lugar de distanciarse o afrontar las cuestiones y los conflictos en su etapa inicial y aguantar a que el hijo sepa reaccionar y así evitar la reprimenda, recurren a enfadarse para exigir una respuesta. El resultado es el constante enfado.

Lo peor viene cuando deben incrementar constantemente el nivel de enfado para seguir obteniendo autoridad y los resultados deseados. Esto es un peligro porque en algún momento está el límite y por otro lado también es difícil discernir en qué medida hay que enfadarse ante un problema presentado por un hijo.

Lo que ocurre es que el enfado en sí no es malo, al contrario, los hijos deben aprender a reaccionar ante un enfado y asumir el malestar que causa en el otro una situación problemática generada por ellos. En algunas ocasiones, el enfado es la única respuesta razonable ante determinadas situaciones como por ejemplo poner en peligro la integridad física de un hermano; cuando se es desconsiderado con los sentimientos de los demás; o cuando el hijo se niega a atenerse a las decisiones de la familia respecto a cuestiones importantes.

En su día se llegó a decir que era negativo enfadarse y podía herir la sensibilidad del menor. Esta idea provocó que hoy día haya muchos padres teman mostrar enfado. Esta actitud se da en situaciones en que el padre o madre está muy nervioso, “explotaría” de buena gana y no lo hace y ofrecen como respuesta al niño una sonrisa que en muchas ocasiones resulta irónica o burlona con lo que confunde aún más al niño y puede que el resultado obtenido sea más negativo todavía. Si por el contrario los padres no consiguen controlar sus instintos y llegan a mostrar su ira el “terremoto” que se produce es nefasto.

En las situaciones descritas anteriormente, el hijo va controlando su comportamiento y mide o pone a prueba el nivel de tolerancia de los padres. Los padres sensatos se reservan el enfado para cuestiones y comportamientos que realmente lo merecen.
Como en toda reacción humana, si se abusa del enfado llega a perder efectividad. Es como esa alabanza constante que hacemos hacia el hijo cuando realmente no se la merece..., en realidad, no se consigue el efecto esperado de aliviar y reforzar al niño. Con el enfado ocurre algo parecido. El enfado habitual se convierte en rutinario y deja de ser eficaz para conseguir propósitos.

Cuando los padres caen en el enfado habitual y quieren cambiar deben empezar por preguntarse en cada situación vivida si merece la pena que se enfaden. Hubo una vez alguien que nos dijo que para controlar los comportamientos irascibles de los padres es mejor contar hasta 10 antes de responder ante una situación problemática generada por un hijo. Así que ya saben, podría ser una buena forma de comenzar.
El enfado consume una gran cantidad de energía que es mejor utilizar para establecer comportamientos aceptables y evitar los conflictos y así se evita la situación de enfado.
Y es que el enfado se puede predecir. Ocurre frecuentemente que los padres sometidos a una situación en que tienen que estar largos ratos con los hijos, satisfaciendo sus necesidades, cediendo ante sus peticiones, aguantando (mirando hacia otro lado) sus discusiones... llegan a acumular resentimiento en su interior hasta que por algo trivial, sin importancia, que supone la gota que rebosa el vaso y reaccionan de forma enérgica y por tanto negativa. Y realmente lo que colma el vaso puede ser cualquier respuesta, acto, actitud del niño que no requiere un enfado tan contundente por parte de los padres. La reacción resulta desproporcionada.

Para evitar situaciones como las descritas en el párrafo anterior es necesario que los padres se planteen desde el principio expresar sus sentimientos en cuanto empiezan a observar que las cosas no salen como ellos esperan. De esta forma están evitando llenar innecesariamente el vaso de frustraciones y por tanto previenen la explosión desproporcionada en la que, por norma general, se pierden los papeles y no se sabe lo que se dice. Ni que decir tiene que el malestar posterior que se genera en el adulto le llena de congoja y remordimiento que se transmite sin querer a todos los miembros de la familia.

Hay que tener cuidado con los mensajes que transmitimos a los niños en un estado de cólera y enfado grave. Estos malos tratos verbales llegar a crear sentimientos duraderos y profundamente enraizados de inseguridad y falta de confianza en uno mismo, e incluso de odio contra uno mismo y autodesprecio por pensar que son ellos mismos los culpables de haber generado la situación que ha llevado al enfado irascible del adulto. Los padres deben plantear los límites a sus enfados. Esto es posible. Ya hemos afirmado que es adecuado que un padre muestre su enfado pero hay una serie de reglas que hay que conocer y cumplir.

En primer lugar hay que saber que atacar al niño en lugar de al comportamiento es destructivo.

En casa se le ha repetido hasta la saciedad a Eva que coloque su habitación. La niña, un día más ha hecho caso omiso a la norma y la madre cansada de tanta despreocupación y desobediencia se ensaña con la niña: “eres insoportable, estoy cansada de repetirte las cosas”, “te estás malcriando porque eres una consentida”, “no vas a conseguir nada con esta actitud de desprecio a los demás”...

La consecuencia es que la niña termina llorando, dolida, la casa se llena de silencio tenso y Eva no comprende esa reacción tan desproporcionada por parte de su madre cuando encima otros días ha hecho lo mismo y la madre no le ha hablado de esa manera para terminar como en otras ocasiones que además la madre coloca la habitación lo que le supone un gasto de energía innecesario.
Realmente, la madre ha utilizado su enfado de una manera inadecuada porque ha atacado a Eva en lugar de a su comportamiento. Por eso una respuesta más eficaz y adecuada hubiera sido centrarse en la conducta y actitud en lugar de atacar a la niña: “hoy no quedas con tus amigas”, “esta situación no debe repetirse”, “puede que mañana consigas cumplir la norma”

Otra regla a tener en cuenta y que surte efecto es limitar la cantidad de tiempo utilizado para tratar un comportamiento específico.

Todas aquellas regañinas que duren más de un minuto pierden efectividad y son contraproducentes, porque los niños desconectan a partir de ese tiempo y empiezan a acumular resentimiento. Para colmo los padres no terminan con la regañina sino que siguen refunfuñando en voz alta con lo que la transmisión de malestar y enfado perdura en el tiempo casi de forma inmemorial.

En ocasiones, hemos podido escuchar a un niño comentar que no le hacía caso, por ejemplo, a su madre porque siempre estaba enfadada, y sin embargo su padre se enfada muy pocas veces por lo que cuando lo hace hay que tener mucho cuidado y además lo hace de una forma controlada, sin alzar la voz.
Por otro lado ya sabemos que los niños aprenden fundamentalmente por imitación de lo que ven en los que le rodean, los adultos, sus padres. Quiero decir que debemos tener en cuenta que el enfado de los padres genera enfado en los niños. Y si conocemos el principio de que a un enfado se reacciona con otro enfado, es preciso limitar el mismo a las cuestiones que realmente lo merecen.

Muchas investigaciones han llegado a la conclusión de que el carácter agresivo y violento que aparece en los niños y adolescentes se debe a diversas causas conocidas -la mayoría de ellas relacionadas con la familia- como son, entre otras:
Exposición a la violencia en el hogar.
Factores genéticos (hereditarios de la familia)
Exposición a la violencia en los medios de comunicación (televisión, internet, etc.)
Combinación de factores de estrés socioeconómicos de la familia (pobreza, carencia de medios, etc.)
Separación matrimonial, divorcio, desempleo, falta de apoyo por parte de la familia, etc.
De entre las causas citadas encontramos una que destaca y que tiene estrecha relación con lo que venimos describiendo en este artículo y es la exposición a la violencia en el hogar que se manifiesta a través de esas inadecuadas maneras en la familia que denunciamos desde aquí.
Por esta razón debemos defender la siguiente conclusión: no se debe reaccionar de forma enérgica ante problemas de escasa importancia. Si esta máxima no la cumplimos corremos el riesgo (según lo que venimos comentando) de que los hijos terminen siendo agresivos habitualmente en la familia y expresen esa actitud y manera de ser con sus amigos y en definitiva fuera del hogar. Esta situación evidentemente recaería sobre nuestra responsabilidad y conciencia y nos pesaría si realmente somos padres responsables.

Por último hay que decir que en este tipo de familias el enfado se convierte en la forma habitual de comunicarse. Cualquier mensaje por trivial que sea se transmite con malas maneras y no son conscientes de que existen otras formas alternativas de comunicación que seguro potencian el bienestar y las buenas relaciones. Y llama la atención en estas familias que sean educados con personas fuera del núcleo familiar y sin embargo no son capaces de comprender que también tienen una obligación con los suyos. No olvidemos que vivir en una situación constante de enfado genera mucho desgaste emocional.”