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jueves, 10 de noviembre de 2011

No podemos ir de salvadores.

Tras una consulta de una lectora de nuestro blog, se me ha ocurrido hacer unas reflexiones sobre la necesidad que algunas personas tienen de encargarse de la vida de los demás y de proteger y ayudar hasta el punto de llegar a olvidarse de la vida de uno mismo. Y eso no es tener en absoluto espíritu de sacrificio.

El ir de salvador, de ayudador de causas, de amigos, aunque no te lo pidan, tan sólo porque tú mismo ves la necesidad, no es una excesiva buena manera de actuar. El preocuparse de los otros dejando de ver tu propia necesidad, no es una buena manera de actuar. Y esta manera de actuar inapropiada hace que los demás dejen de esforzarse por crecer, dejen en manos de uno la propia necesidad que se tiene de desarrollarse en todos los ámbitos de la vida, y hasta, si me apuráis, ponen en nuestras manos la solución a sus vidas y la consecución de su propia felicidad…¡Pero a qué precio!

He encontrado un mini relato que puede ilustrar de una forma clara y concisa el tema que os traigo a reflexión. Es de un autor anónimo y aquí os lo dejo para que después me comentéis.

El hombre y la mariposa

Un hombre encontró el capullo de una mariposa y se lo llevó a casa para poder verla cuando saliera de él. Un día, vio que había un pequeño orificio, y entonces se sentó a observar por varias horas, viendo que la mariposa luchaba por poder salir del capullo.

El hombre observó que forcejeaba duramente para poder pasar su cuerpo a través del pequeño orificio en el capullo, hasta que llegó un momento en el que pareció haber cesado la lucha, pues aparentemente no progresaba en su intento. Parecía que se había atascado. Entonces el hombre, en su bondad, decidió ayudar a la mariposa y con una pequeña tijera cortó al lado del orificio del capullo para hacerlo más grande y de esta manera por fin la mariposa pudo salir.

Sin embargo, al salir, tenía el cuerpo muy hinchado y unas alas pequeñas y dobladas.

El hombre continuó observando, pues esperaba que en cualquier instante las alas se desdoblarían y crecerían lo suficiente para soportar al cuerpo, el cual se contraería al reducir lo hinchado que estaba. Ninguna de las dos situaciones sucedieron y la mariposa solamente podía arrastrarse en círculos con su cuerpecito hinchado y sus alas dobladas... Nunca pudo llegar a volar.

Lo que el hombre, en su bondad y apuro no entendió, fue que la restricción de la apertura del capullo, y la lucha requerida por la mariposa para salir por el diminuto agujero, era la forma en que la naturaleza forzaba fluidos del cuerpo de la mariposa hacia sus alas, para que estuviesen grandes y fuertes y luego pudiese volar.

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