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lunes, 13 de mayo de 2013

Solucionar problemas de forma eficaz en pareja

No es raro que en cualquier consulta me digan que ojalá supieran resolver los problemas que les están haciendo meterse “en un gran berenjenal”, y hasta tal punto es así que la propia mente los engaña y creyendo que solucionan algo “no hacemos más que repetir conductas que nos introducen más en el problema.” (Ya es un paso importante darse cuenta de esto)

No me suelen gustar normalmente las “recetas mágicas”; sinceramente creo que no existen porque lo que realmente cuenta para las soluciones es el trabajo individual y en pareja con el mismo objetivo puesto en ir hacia la solución de las divergencias. Pero, ¿qué hacer? La respuesta es introducirse en la misión de:

Cómo solucionar problemas de forma eficaz

Vanesa Narváez Peralta, Psicóloga, en uno de sus artículos tratando este tema nos dice:

“El hecho de que a lo largo de la vida vayamos adquiriendo cada vez más responsabilidades hace que a veces nos encontremos en situaciones ante las cuales no sabemos con certeza cuál es la mejor manera de reaccionar: estas situaciones en las que la respuesta no resulta evidente es lo que solemos llamar “problemas”.

Ante la evidencia de que el simple hecho de hacerse mayores no hace por sí solo que nuestras habilidades para resolver problemas mejoren, autores como D'Zurilla y Goldfried han ideado unos sencillos pasos a seguir que facilitan mucho el entrenamiento de las mismas. Aunque los “libros de recetas” no siempre resultan útiles para temas tan complejos como éste, este intento de simplificación es lo suficientemente amplio para que cada uno pueda adaptarlo a sus necesidades y problemas particulares. Estos autores presentaron en 1971 su propuesta dividida en cinco sencillos pasos:

Al primero de ellos lo llamaron Orientación general hacia el problema, refiriéndose a la actitud o predisposición que más facilita que acabemos encontrando una buena solución a nuestros problemas. Un primer elemento de esta actitud es el acto de tomar consciencia de que los problemas forman parte de la vida diaria y de que es posible hacerles frente de una forma eficaz. Esta actitud nos permitirá dejar de auto-compadecernos y culpabilizarnos y concentrar toda nuestra energía en encontrar la mejor solución posible. Sería en definitiva decirnos a nosotros mismos: “Vale, esto es lo que hay. Lo que importa ahora es: ¿qué puedo hacer yo para mejorar la situación?” En esta fase resulta igualmente importante evitar caer en dos trampas muy tentadoras que aparecen cuando uno se enfrenta a un problema complejo: hacer como si este no existiera, y responder de forma impulsiva y sin reflexionar.

El segundo paso en el proceso es Definir el problema y marcarnos objetivos realistas. Esta fase resulta crucial para que el proceso llegue a buen puerto, ya que si no tenemos clara la situación ante la que nos encontramos y a dónde queremos llegar difícilmente podremos hacerle frente con éxito. Para lograr definir el problema con claridad podemos hacernos preguntas del tipo: ¿qué es exactamente lo que no marcha bien? Debemos esforzarnos para dar una respuesta lo más concreta posible a esta pregunta (por ejemplo: sería preferible responder “a causa de nuestros horarios laborales mi pareja y yo no tenemos mucho tiempo para estar juntos” que “mi relación de pareja se está yendo al traste”). Una vez definido el problema, el siguiente paso consiste en determinar cuáles son nuestros objetivos. Es importante que estos sean realistas y que esté en nuestras manos conseguirlos. Recuerda: la solución “perfecta” pero no viable es la más imperfecta de todas.

La Generación de soluciones alternativas es la siguiente de las fases que D'Zurilla y Goldfried nos proponen. Se trata de hacer una “lluvia de ideas” sobre las posibles actuaciones que nos podrían permitir alcanzar nuestros objetivos. Como es fácil suponer, la creatividad en esta parte del proceso resulta de gran ayuda. Para aumentarla puedes seguir tres sencillas reglas: escribe tantas soluciones como te sea posible; no juzgues si son buenas, malas o disparatadas aún (eso ya lo haremos más adelante); y por último, contempla la posibilidad de combinar dos o más soluciones anteriores para crear otras nuevas y más variadas.

Llegados a este punto del camino llega la hora de la Toma de decisiones, en la que valoraremos las consecuencias de cada una de las soluciones pensadas para elegir la que nos permita acercarnos mejor a nuestros objetivos. A parte del grado en que cada alternativa nos permita solucionar el problema, debemos tener en cuenta otros criterios igualmente importantes. Uno de ellos es el cómo va a repercutir implementar cada alternativa en nuestro bienestar emocional: en ocasiones puede ser preferible una alternativa un poco menos eficaz que nos haga disfrutar que otra más eficaz pero que nos genere un alto sufrimiento. Otro aspecto a tener en cuenta es la relación tiempo/esfuerzo de las distintas alternativas: si hay dos igual de eficaces será preferible que nos decantemos por la menos costosa.

La última fase del proceso de solución de problemas es la de Verificación, en la cuál ponemos en práctica la alternativa que hemos elegido durante la fase anterior. Después de ello deberemos felicitarnos por el esfuerzo hecho en el proceso y evaluar los resultados obtenidos. Si vemos que éstos no son los esperados podemos repasar el proceso para introducir los cambios que consideremos necesarios.

Como puedes ver, estos sencillos pasos son aplicables a una amplia variedad de situaciones. Las habilidades de solución de problemas no son algo estático que uno tiene o deja de tener, si no que se pueden aprender y entrenar. Es por esta razón por la que aunque en un principio te pueda parecer un poco artificial seguir este proceso, si lo practicas te darás cuenta de que llegará un momento en que te saldrá de forma casi automática: es entonces cuando podrás disfrutar de su máxima utilidad. La próxima vez que te descubras diciendo “No se como hacerlo” recuerda que tienes esta sencilla herramienta a tu disposición.”