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miércoles, 13 de abril de 2011

ACTUACION DEL TERAPEUTA FAMILIAR.

Hemos recibido en nuestro correo distintas consultas de orientadores familiares de distintos países preguntando cómo enfocamos nosotros la orientación ante una familia con problemas con hijos adolescentes. Es complicado aseverar que sólo hay una forma efectiva de abordar esto, pero como manera básica y bajo nuestra perspectiva, podemos aportar lo siguiente:

Es bien conocido que el adolescente, por ejemplo, responde a las tensiones que afectan a la familia (como así lo hacen todos y cada uno de los integrantes del sistema familiar, porque todo afecta a todos). Es entonces cuando adquiere fácilmente la etiqueta de "paciente identificado" que se lleva a la consulta, ya que es él -según los padres- el que tiene problemas o el que constituye el problema.

Con facilidad el hijo se convierte así en la víctima propiciatoria (sinónimos: cabeza de turco, chivo expiatorio, etc.) de las desavenencias familiares. Viene a ser como el cubo de basura, en el que todo el mundo puede tirar los trapos sucios de la casa. Viene a ser la parte más débil y espejo que manifiesta las crisis del sistema familiar.

En estas circunstancias, y una vez ha sido el joven remitido, junto con su familia, a la entrevista con el terapeuta familiar, se establece la oportuna estrategia de actuación. De entrada, el terapeuta familiar evitará "patologizar" aún más la situación, no tomando partido ni con los padres ni con el adolescente. En los casos en que hay discordia entre los miembros de la pareja, por ejemplo, es muy frecuente que una de las figuras parentales intente "monopolizar" al terapeuta en alianza con él y en contra del otro consorte, y hay que estar muy alerta para no caer en esta trampa.

El terapeuta examinará objetivamente la estructura familiar que tiene delante, valorando la severidad de la crisis, la capacidad funcional que presupone tiene la familia y si cuenta con suficiente red de apoyo social.
En la terapia familiar interesa casi siempre conocer el "qué", no el "por qué", de la situación familiar que plantea problemas, lo que en otros artículos hemos llamado “abordar el aquí y el ahora”. La finalidad de esta terapia consiste en modificar el presente, no en explorar e interpretar el pasado, ya que el presente de las personas es su pasado más sus circunstancias actuales.

La evaluación del funcionamiento familiar incluye saber el grado de cercanía, de cohesión entre los miembros de la familia. Los vínculos emocionales entre ellos podrán ser más o menos cercanos. Los extremos están representados por la situación de simbiosis y la de distanciamiento. Las familias que mantienen un alto grado de cercanía (familias fusionadas) pueden tener más dificultades para aceptar los procesos de diferenciación adolescente (por ejemplo: separación y partida del hogar).

Por otra parte, las que son distantes no reaccionan debidamente ante el adolescente (que se coloca en situaciones peligrosas) y tienen dificultades en poner límites.
La adaptabilidad familiar es la capacidad de la familia de cambiar sus reglas o pautas de funcionamiento en respuesta a situaciones de estrés. También hay que medir la capacidad de identificar y solucionar problemas de la propia estructura familiar, ya que existen familias que evitan el enfrentamiento de los problemas o que tienden a culparse a sí mismas o a otros por las crisis (lo que se llama secuencias acusatorias). Asimismo, debe conocerse el nivel de comunicación entre los miembros familiares y su capacidad de interactuar tanto a nivel afectivo como con realizaciones prácticas.

La terapia debe focalizarse en hechos concretos, logros visibles, en contraposición a la tendencia propia de los adolescentes de hablar mucho de intenciones, ideas abstractas, confusiones internas, logros futuros, etc.

Debe hacerse hincapié en los "logros mínimos" para alcanzar tales objetivos: día de comienzo, qué pasará en caso de cumplimiento, de incumplimiento, etc., dejando todos los cabos bien atados, de forma previsible y coherente.

La entrevista familiar es, sin duda, el principal instrumento en la evaluación de la dinámica familiar. Sin embargo, el terapeuta puede contar con otros instrumentos de información, como son las encuestas de autoevaluación.
A veces con simples cuestionarios y con muy pocas preguntas, se logra que las personas comiencen a “vaciar” la información que realmente necesitamos y si no lo hacen nos sirve para observar su lenguaje no verbal ante la importancia de esas cuestiones en su vida.

Ejemplo de preguntas a realizar en un contexto o estadio de las sesiones adecuados, a criterio del orientador y de la conveniencia de la situación:

- ¿Estás satisfecho con la ayuda que recibes de tu familia cuando tienes un problema?

- ¿Conversáis entre vosotros sobre los problemas que tenéis en casa?

- ¿Las decisiones importantes se toman en conjunto en la familia?

- ¿Los fines de semana son compartidos por todos los de la casa?

- ¿Sientes que tu familia te quiere?

El especialista, orientador o terapeuta familiar, que aborda el grupo familiar como una unidad de análisis, es como un experto jugador de ajedrez que estudia detenidamente la posición de todas las piezas sobre el tablero. Elabora el denominado "mapa familiar", descubriendo las fronteras entre sus miembros, el espacio físico de cada uno dentro de la familia, las alianzas entre los miembros, etc. Luego, cuando el terapeuta mueve las piezas del sistema, observa las reacciones y resistencias que manifiestan cada uno de los integrantes de la familia. Y así, con suma paciencia, practicando el viejo arte del "tira y afloja", podrá recomponer y equilibrar una estructura familiar que se estaba desmoronando.

Personalmente, siempre recomiendo, como ayuda, pasar el cuestionario de funcionamiento familiar para establecer una base orientativa de la funcionalidad o disfuncionalidad del sistema familiar. A este cuestionario hago referencia en un artículo que encontraréis en ARTICULOS POR SECCIONES Y TEMAS, en la barra lateral.


Juan José López Nicolás
Ref. de datos http://www.proyectopv.org/

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